col franco uribe

Una de estas tardes en Medellín tuve la oportunidad de visitar a Lolita Londoño, ella estaba en su casa que es además taller de costura y almacén; sus relatos, de un dolor que se va volviendo alegría, siguen resonando a mis oídos como buena noticia y aquí se los comparto.

Lolita me contó que hace unos años, al ver a dos hijos asesinados, al perder al tercero que nunca apareció, ella se sentía viviendo como una tortuga, arrastrándose pesadamente, con un caparazón de odio que la oprimía y que no le provocaba ni siquiera alzar la cabeza y prefería esconderse en su desespero y acabar hasta con su propia vida y la de los suyos que le quedaban. Todo fue así hasta que se encontró con otras mujeres, las madres de la Candelaria y empezó con ellas a resistir, a buscar no sólo a sus familiares desaparecidos sino también a recuperarles su dignidad. Y con esas mujeres, Lolita halló fuerzas para ir a la cárcel y encontrar allá a los victimarios que entonces se habían entregado a la justicia y que estaban dispuestos a decirles la verdad y facilitarles la búsqueda.

Al principio, como ella lo relata, iban a esas visitas con miedo y llenas de desconfianza, pero en ese mucho escuchar, poco a poco, las cosas tomaron rumbo imprevisto y las mujeres pudieron llegar a los fondos de sus antiguos victimarios, de los que habían ocasionado el mal y la muerte a sus seres queridos, y se encontraron con la humanidad de estos hombres y mujeres que antes tenían por bestias; se asombraron de comprobar que echaban de menos a sus familias, que amaban, que sufrían, que se enamoraban, que se arrepentían, que se enfermaban, que soñaban. Lolita me habló de esos encuentros: -“comenzamos a escucharnos, a dialogar, a mirarnos frente a frente, a oír las historias de ellos y al oír ellos las nuestras nos sorprendimos llorando juntos, y fueron aflorando las verdades; esas historias fueron cambiando nuestros corazones hasta que nos dimos cuenta de que eran seres humanos iguales que nosotros y nos pusimos en los zapatos de ellos…”

El perdón, como una flor, se fue abriendo despacito y sin que nadie lo forzara; decía también Lolita que fue un largo viaje, empezaron el camino odiando a los victimarios y terminaron llorando con ellos y sintiéndolos suyos. Ahora, Lolita y sus amigas, no quieren seguir diferenciándose de ellos poniéndose en grupos opuestos de víctimas y victimarios y han decidido que todos juntos se definan más bien como “sobrevivientes victoriosos”, y esto porque Dios les ha dado a ellas el valor de perdonar y a ellos la oportunidad para reinsertarse en la sociedad y empezar una nueva vida.

Lolita además decidió adoptar a tres de los antiguos victimarios y así recuperar en ellos a sus hijos perdidos. A Oscar, tocayo de su hijo desaparecido y a quien la violencia había dejado huérfano desde niño, le propuso cuando iba a salir de la prisión: -“de ahora en adelante no buscaré más a mi hijo, cuando salgas de aquí ocuparás su lugar y yo seré tu mamá”. Eso de adoptarlos brotó así no más, ella dice que no lo planeó, que simplemente se le salió del corazón, “-es cosa de Dios”, añade ella.  A ese punto, Lolita también me lo confesó, no se sintió más como una tortuga, y sí como una iguana, no con caparazón duro y sí con piel sensible, capaz de treparse alto y llena de dignidad, lista para levantar la cabeza y luchar por sus derechos y los de tantas otras personas que han sufrido la guerra y que vienen a su casa a encontrar consuelo y sanación.

Me llena de alegría todo esto que me contó Lolita; y es que ella se volvió para mí símbolo de Dios que es mamá y que ama incondicionalmente no sólo a su único Hijo, Jesucristo, sino a todos nosotros en Él; en el corazón de Dios, o mejor en su útero, todos tenemos espacio y todos somos gestados; Lolita se parece a Dios porque, así como Él, ella también da vida incluso a los que dieron muerte a sus hijos. Qué bueno que la Iglesia, así como Lolita, fuera en el mundo como el útero de Dios y guardara a todos en su intimidad sin moralismos ni prejuicios y, especialmente a los descartados, darlos a luz para vida plena. Gracias a Lolita y a las madres de la Candelaria, evangelio puro de esta Colombia que quiere la reconciliación. Gracias también a la Iglesia Esperanza de Vida, la comunidad cristiana con la que se reúne Lolita para celebrar su fe.

 

Jairo Alberto Franco Uribe