col carminna navia

 

Conmemoramos en el mes de Noviembre y especialmente el día 25, la lucha de las mujeres contra las violencias ejercidas sobre ellas en la sociedad patriarcal, y la denuncia de estas prácticas que se mantienen y aumentan. Me quiero detener en una de las múltiples violencias que en las iglesias se desarrollan contra las mujeres: La violencia simbólica, especialmente la violencia contra el legítimo derecho de construir una memoria justa y digna. Aunque soy consciente de que esta forma de violencia atraviesa todas las instituciones eclesiales, detengo mi mirada en la iglesia católica por ser la tradición en la que me he formado y de la que tengo más datos.

El término violencia simbólica ha sido introducido y trabajado por Pierre Bourdieu y se refiere a:

…lo que llamo la violencia simbólica, violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento.

(Pierre Bourdieu: LA DOMINACIÓN MASCULINA, Ed. Anagrama, Barcelona 2000, pág. 12)

Esta violencia muchas veces es desapercibida e invisible para sus mismas víctimas, porque es sutil y deformada. En las iglesias se han ejercido múltiples tipos de violencia contra las mujeres, baste pensar en los horrores de la inquisición y de la quema de brujas, masacre inverosímil e inaceptable por la cual ningún Papa ha pedido aún perdón. De estas violencias, no ha sido la menor, la ejercida en el universo de lo simbólico, por ejemplo toda la realizada en los siglos XVII a mediados del XX, a través de la confesión. Ahora sólo me detendré en el atropello a la memoria femenina, llevada a cabo en la tradición eclesial.

Hay que tomar conciencia de la importancia de esta memoria manipulada, para el conjunto de las comunidades cristianas femeninas a lo largo de la historia:

Las memorias se pueden borrar, modificar o ampliar, y son susceptibles de tergiversar aquello que ocurrió. Al mismo tiempo, representan una herramienta de reconstrucción de los hechos del pasado a través de una mirada del presente.

De esta forma la memoria es un elemento cargado de subjetividad pero con gran capacidad simbólica: recupera aquello que no está presente de manera tangible en la historia pero que tiene un papel esencial en la configuración de identidades e ideologías.

(https://theconversation.com/por-que-es-necesaria-la-memoria-historica-105670)

EN LOS MISMOS ORÍGENES

Los ataques a la memoria femenina y los intentos de borrarla de las conciencias, se iniciaron muy pronto en el movimiento de Jesús de Nazaret. Pablo, que escribe sobre la década del 30 de esta era, dice en su primera carta a los Corintios:

Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras;  fue sepultado y  resucitó al tercer día, según las Escrituras; se apareció a Cefas y luego a los Doce;  después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles. Y en último término se me apareció también a mí, como a un abortivo. (1 Corintios, 15, 3-8)

Esta transmisión de la experiencia de la resurrección, ignora completamente los relatos llamados de la tumba vacía y las experiencias que hay detrás de ellos. Hay que esperar hasta finales del siglo I, para que la literatura canónica (los Evangelios) recoja esta experiencia y palabra femenina que alcanza su momento cumbre en el relato de Juan 20, aparición a María Magdalena.

El caso de las mujeres testigos de la resurrección, es sólo uno entre el conjunto de los escritos canónicos, en los cuales es claro que las huellas femeninas tienden a ser minimizadas y ocultadas. En los relatos de “la tumba vacía” las mujeres tienen un sitio privilegiado y es claro que la tradición femenina logro mantenerlos e insertarlos en los evangelios. Pero no siempre fue así, el seguimiento femenino y el protagonismo de las mujeres está, en general oscurecido.

Después del intento paulino de minimizar la importancia de la relación femenina con el Resucitado… el caso más grave lo tenemos en la figura de María de Magdala. Esta mujer, pasa de ser: una apóstol, una compañera y benefactora de Jesús y su movimiento, a ser una prostituta arrepentida una lacrimosa penitente. Sin que una sólo línea de los escritos canónicos o extra-canónicos del segundo testamento lo puedan acreditar.

Ya tenemos suficientes estudios en varios idiomas sobre la figura de esta mujer, sobre sus orígenes, su práctica sus representaciones a lo largo de la historia del cristianismo. Yo recomiendo sobre todo, el reciente trabajo de Carmen Bernabé: Qué se sabe de… María Magdalena, trabajo serio y exhaustivo, muy bien documentado. (Editorial Verbo Divino - Navarra 2020). Sabemos que fue una líder de las primeras comunidades cristianas y que acompañó a Jesús, su maestro, en sus recorridos por Galilea y en su pasión y muerte. No hay el menor indicio en la literatura neo testamentaria que permita relacionarla con una prostituta. A pesar de ello, la iglesia hizo pasar a la historia a María Magdalena como una mujer arrepentida de su pasado y penitente.

Para  los varones eclesiales fue necesario borrar las huellas de liderazgo en las  mujeres y a cambio de ello, construir paso a paso un “modelo de penitente, lacrimosa¸ que inspirara siempre la posibilidad de arrodillarse para hacerse perdonar. Pocas veces en la historia de la humanidad, si es que ha habido alguna, una memoria ha sido deformada y robada de tal manera.

Nos dice de nuevo Bourdieu:

La fuerza simbólica es una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos y como por arte de magia, al margen de cualquier coacción física; pero esta magia sólo opera apoyándose en unas disposiciones registradas, a la manera de unos resortes, en lo más profundo de los cuerpos. Si es capaz de actuar como un disparador, es decir con un gasto extremadamente bajo de energía, es porque se limita a desencadenar las disposiciones que el trabajo de inculcación y de asimilación ha realizado en aquellos o aquellas que, gracias a ese hecho, le dan pábulo.

(Pierre Bourdieu, obra citada, página 54)  

Está claro que al convertir una líder en una penitente se estaba propiciando un falso espejo que facilitaba la dominación de las mujeres cristianas por medio de una especie de “mala conciencia” o de vergüenza colectiva generalizada.

Avanzamos un poco en el tiempo y nos encontramos con otra mujer ocultada: Marcela de Roma quien organiza en la iglesia la primera escuela de estudios bíblicos.  Nace en Roma, en el 329 de esta era, pertenece a la nobleza y queda viuda muy joven. A partir de su viudez, convoca a unas cuántas jóvenes para llevar una vida en común y dedicarse al estudio y a la oración, entrega a esta tarea toda su fortuna, estableciendo una “casa de vida en común”, en su palacio del Monte Aventino. En el año 382 funda la primera escuela bíblica y llama a Jerónimo de Stridon, traductor de la Vulgata para que sea el maestro que dirija estos estudios.

Jerónimo en su carta a Principia atestigua de ella:

Únicamente diré que todo lo que yo había cosechado tras largos años de estudio, lo que yo había convertido como en una especie de segunda naturaleza tras prolongada meditación, ella lo absorbió con avidez, lo aprendió y lo hizo suyo de tal forma que, después de mi partida, cuando surgía una discusión sobre algún texto de las escrituras, se acudía a ella como árbitro.

(Jerónimo de Stridon: EPISTOLARIO, Volumen II, BAC - Madrid 1995, Pág. 612)

Modernamente ya sabemos que la historia no la hacen hombres o mujeres solos, que los movimientos históricos se generan y desarrollan en colectivo. En la iglesia se adjudica a San Jerónimo en soledad la totalidad de la fundación de los estudios bíblicos ignorando por completo el papel desempeñado en ellos por Marcela de Roma. Papel que le es reconocido por Jerónimo en varias de sus cartas. Una de las integrantes de su círculo fue Fabiola de Roma, fundadora del primer hospital de Occidente y a quien hoy, por fuera de la iglesia, se honra como la iniciadora de los cuidados paliativos. Marcela muere en Roma en el 410, a causa de las heridas y torturas que le ocasionaros los bárbaros en una de sus incursiones a la ciudad.

EN LA LARGA EDAD MEDIA

La historia sigue, nombres de abadesas que predicaban y administraban la eucaristía, mujeres que influyeron en la sociedad y en la iglesia de su tiempo,  nombres y figuras ignorados. Repetimos siempre nombres de hombres ilustres o santos, en tanto que no mencionamos nombres de mujeres. Clara de Asís en los principios del siglo XIII actualiza una nueva palabra: SORORIDAD,  para esclarecer la parte femenina de la fraternidad. El pacto entre hermanos muchas veces ignora a las  hermanas, de ahí la necesidad de explicitar las potencialidades y sentidos de la relación y el pacto entre las sores. La iglesia, ámbito privilegiado para acunar esta palabra la ignoró, la desechó y tuvimos que esperar al siglo XX para que feministas ateas la recuperaran. Y uno de los silencios más fuertes es el que ha habido en torno a Hildegarda de Bingen: Teóloga, científica, música, pintora… fundadora y predicadora. A lo largo del siglo XIII su teología iluminó a Europa. En la iglesia sólo se le ha hecho un reconocimiento tímido y tardío.

Un crimen simbólico inconmensurable lo constituye el intento de borrar de la historia la memoria de LAS BEGUINAS. No hay hechos para comparar esta realidad, porque de los herejes tenemos constancia en la lucha contra sus ideas, pero de estas agrupaciones femeninas no hay rastros. Ninguna historia de la iglesia las menciona, ninguna evocación espiritual. Y sin embargo…

Las beguinas configuraron un movimiento de mujeres original, libertario y fecundo como pocos, que albergó en su seno a miles de mujeres de las cuales algunas cobraron significación especial. Nace en Flandes y los países bajos y se extiende por Europa a todo lo largo de los siglos XII y XIII. En los beguinatos se agruparon mujeres que no querían someterse a la autoridad de un varón en el matrimonio y tampoco querían encerrarse en un convento, bajo la dirección espiritual de otro varón. Se agruparon para convivir, estudiar, orar y hacer el bien.

Las beguinas inauguran en la iglesia una forma de vida que combina la contemplación y la acción, tres siglos antes de que Ignacio de Loyola la popularizara. En sus casas responden a múltiples necesidades sociales: crean hospitales para enfermos, escuelas para niños, ancianatos… todo ello para responder a las nuevas demandas de las urbes nacientes. Sus casas se ubican a las entradas de las ciudades y acogen peregrinos:

Se encargaron de la defensa de los desamparados y del cuidado de los enfermos, de los niños, de los ancianos, e incluso de los enfermos de lepra, lo cual cabe destacar por su estrecha relación con el tema que estamos dando. En muchos casos también se dedicaban a la enseñanza de niñas sin recursos, e incluso fueron responsables de numerosas ceremonias litúrgicas. Además, llevaban una vida dedicada a la oración y al trabajo manual, mayoritariamente con materiales textiles, gracias a los cuales podían financiarse. No tenían ningún tipo de apoyo económico, por lo que su acción es aún más destacada, pues se dedicaban a ello por voluntad propia.

(Alicia Rodríguez Fernández: LAS BEGUINAS, SU HISTORIA Y SU FORMA DE VIDA

En: https://www.fundacionindex.com/gomeres/?p=1098, consultado 19 de Noviembre 2020)

Entre ellas encontramos mujeres cuyo nombre y experiencia mística alcanzaron cumbres muy especiales: Hadewych de Amberes, excelente poeta; Matilde de Magdeburgo, Beatriz de Nazaret y la extraordinaria Margarita Porete, con su conocida obra Espejo de las almas simples y quien fuera quemada en la hoguera por la inquisición. El hecho de que sus vidas fueran autónomas y al margen de los controles eclesiales establecidos para mujeres determinó que la iglesia condenara su forma de vida. El Concilio de Viena, en 1312 la condenó y aunque algunos beguinatos sobrevivieron aún mucho tiempo, un gran número de ellas terminó por acogerse a las congregaciones convencionales. Su invaluable herencia apenas empieza a ser recuperada por las feministas creyentes.

VIOLENCIA QUE NO LLEGÓ A SU FIN EN LA MODERNIDAD

Podríamos pensar que esta violencia simbólica contra las mujeres es cosa del pasado y que ya los presbíteros o pastores no manejan las conciencias femeninas. Desafortunadamente estas violencias llegan al siglo XX y algunas subsisten en el siglo XXI.

Hasta 1996 no se cerró en Irlanda “el último asilo de las Magdalenas”. Conocidas como “las lavanderías de las Magdalenas”, en estas instituciones de la iglesia católica, se ejerció por más de 150 años una violencia atroz tanto simbólica como física contra las mujeres. En varios países del norte de Europa se encerraba bajo régimen carcelario, en el que las monjas eran las guardianas, a muchachas jóvenes, generalmente madres solteras o algunas que supuestamente no habían mantenido su virginidad.

En  primer lugar se les estigmatizaba y condenaba a la condición de penitentes… actualizando así el robo de memoria ejercido sobre María de Magdala. En segundo lugar se les robaba a sus hijos que eran dados en adopción a parejas fieles a la iglesia. Finalmente se les vejaba en el trato y se les condenaba a largas jornadas de trabajos forzados que minaban su salud y su energía síquica y espiritual. Se trata de  una historia de horrores que está todavía por escribirse.

Y si nos situamos en América Latina y en tradiciones liberacionistas, también encontramos ataques a la  memoria femenina. La historiadora Ana María BIdegain, en su artículo: UNA HISTORIA SILENCIADA, NO RECONOCIDA, IGNORADA, OCULTADA, INVISIBILIZADA: LA VIDA RELIGIOSA FEMENINA EN LA HISTORIA BRASILEÑA E HISPANOAMERICANA, denuncia un silenciamiento más en esta larga cadena de  memorias dañadas.

(REVER Revista de estudios de la religión:

https://revistas.pucsp.br/rever/article/view/21743, 2014)

Bidegain plantea, entre otras cosas, que el clima que hizo posible el nacimiento y desarrollo de la teología de la liberación, fue el que generaron las religiosas latinoamericanas que en casi todos los países, se desplazaron en las décadas del 50 y 60 del siglo XX especialmente, a vivir en los barrios populares y marginados. Gustavo Gutiérrez es claro al afirmar que “la teología de la liberación es un segundo momento, que el primero es la praxis misma liberadora”. Pues bien, estas religiosas se insertaron en medios populares y acompañaron a las comunidades en sus alegrías y sufrimientos, en sus dolores, en sus luchas y reivindicaciones, en sus festividades religiosas… En este acompañamiento y en su reflexión, se pusieron las bases de una comprensión liberadora de la Biblia y de una comprensión liberadora de la experiencia cristiana.

Este papel de pioneras, no les ha sido reconocido por nadie, ni se ha recogido en la memoria de la teología liberadora, ni del caminar de las Comunidades Eclesiales. Fueron estas religiosas las que dieron los primeros pasos en la comprensión de Jesucristo el Liberador y en la relectura latinoamericana de la Biblia y sus diferentes hermenéuticas.

Llego al final del recorrido. Violencias hay más… Es violencia simbólica que se interprete que la masculinidad de Jesús de Nazaret coloca a las mujeres en situación de desigualdad ante Dios. Es violencia simbólica que se predique un Dios varón… pero de momento termino, otras voces vendrán.

 

Carmiña Navia Velasco

Casa Cultural Tejiendo Sororidades

Noviembre, mes de la no violencia contra la mujer 2020