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El próximo domingo 31 de mayo, las diversas iglesias cristianas celebran la fiesta llamada de Pentecostés, que conmemora la conciencia de las primeras comunidades cristianas, sobre el Espíritu de Dios que las visitó. Espíritu y aliento de vida que nos habita y nos mueve desde el primer instante que existimos, y que los y las creyentes reconocemos como la presencia del Misterio Divino que nos trasciende. Es siempre necesario celebrar esa vida, ese aliento en el mundo y en nosotros y nosotras.

La palabra Espíritu nos viene del hebreo: RUAH, término femenino que significa hálito, motor de vida. El primer libro bíblico nos dice que El Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas. Ese mismo espíritu que nos habita, nos da vida y nos conduce por ella. Miriam Therese Winter en su reflexión nos dice:

El Espíritu está en el corazón de todo lo que es, ha sido y será y de alguna manera es uno con nuestro propio ser y devenir. [Citado por Diarmuid O`Murchu: EN EL PRINCIPIO ERA EL ESPÍRITU]

En los últimos tiempos esta fiesta se ha celebrado como la fiesta de los inicios de la iglesia, sin embargo yo creo que se trata de una conmemoración que hay que situar mucho más allá de esta realidad. La fuerza del Espíritu, es una fuerza humana-universal que atraviesa las barreras y rompe las fronteras.

El capítulo 2 del libro de los Hechos, en el segundo testamento, representa muy bien esta realidad:

"Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua. Estupefactos y admirados decían: ¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios.» Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: «¿Qué significa esto?»" [Hechos 2, 5-12]

Tenemos una enumeración de los pueblos y naciones en ese momento conocidos, todos están allí presentes. El Espíritu les llega a todos, a cada uno en su propia lengua, en su propia realidad y cultura. Como otras veces, no se trata de un hecho histórico, se trata de una representación literaria que nos permite ver la universalidad del Espíritu como hálito de vida que nos cobija a todos y todas.

Es esa entonces, la fiesta que se celebra el próximo domingo: La fiesta de la fraternidad y sororidad universal en la que la energía más íntima que nos constituye y nos mueve, nos hermana por encima de múltiples barreras.

En este sentido, Pentecostés adquiere un significado especial en medio de esta pandemia del Coronavirus. Porque aunque la pandemia definitivamente no nos hermana: algunos tenemos condiciones para sobrevivir sus consecuencias y otros no; algunos padecemos el encerramiento pero otros padecen el hambre, la falta de vivienda, alimento o salud… La actuación y la presencia de Espíritu Divino sí nos llaman a la vivencia universal. Al camino del hermanamiento y la solidaridad.

Que ese “mundo geográfico” del que nos hablan Los Hechos, se convierta para nosotras y nosotros en un llamado a vivir en encuentro por encima de tantas barreras como hemos construido los hombres en nuestro recorrido histórico. Que esa energía de vida que nos mueves a todos, nos empuje hacia el otro, en estos momentos de distanciamiento social. Que reconozcamos en cada rostro el hálito de Dios que celebramos en Pentecostés y que por tanto lo reverenciemos.

Pero también es importante que esta fiesta nos ayude a vivenciar el aliento de Dios sobre la superficie de las aguas. Como nos dice Jürgen Ann:

Mediante las energías y potencialidades del Espíritu, el Creador mismo está presente en su creación. [En: O`Murchu, texto citado.]

Tenemos que reconocer y respetar la vida en todas sus formas. Es importante que nuestra conciencia se desarrolle y sepamos que también la tierra y la naturaleza son portadoras del espíritu de Dios y por ello debemos reverenciarlas. Pentecostés nos llama entonces a la universalidad, a trascender naciones, razas, pueblos: El Espíritu es un destino común para todas y todos.

Termino con una invocación de Anselmo de Canterbury:

Dios mío, enseña a mi corazón

dónde y cómo buscarte,

dónde y cómo encontrarte.

 

Carmiña Navia Velasco

Cali, 26 de Mayo de 2020