col agrelo

 

No sé por dónde empezar esta confesión. Porque es confesión, hablo de lo que encuentro dentro de mí y de lo que creo ver a mi alrededor, bien sabiendo que sobre todo ello puedo estar equivocado, todo puede estar desenfocado, sin duda puedo estar ciego.

Dentro de mí, la oscuridad se ensaña con mi fe, se burla de ella, la desafía, algo así como hicieron los verdugos con Jesús crucificado.

En torno a mí, el sufrimiento de los pobres me parece una llaga que, en vez de limpiarse y cerrarse, se infecta cada vez más, se extiende cada vez más, y los va matando sin que se encienda en las conciencias la alarma de humanidad.

Si considero el modo cristiano de vivir la fe y doy nombre a nuestras fidelidades, éstas suelen ser lugares, advocaciones, invocaciones, ritos, ofrendas, fórmulas, doctrinas, ideologías, y más parecen fidelidades nacidas de nuestros miedos que de nuestras esperanzas, más parecen deudoras de la magia que de la confianza, y se hace legítima la sospecha de que están al servicio de nosotros mismos más que al servicio del reino de Dios, más que al servicio de Cristo Jesús y del evangelio.

Sospecho que hay una relación estrecha entre ese modo ambiguo de vivir la fe y la facilidad, por no decir el alivio, con que muchos la abandonan, y la despreocupación sosegada en que se quedan quienes nunca la han tenido.

Y sospecho que un vínculo semejante une el continuo deterioro de la tierra –a mí me gustaría decir de la creación–, y los ídolos –la codicia y la mentira– que, en nuestras conciencias, perdida la fe, ocuparon el lugar de Dios.

No sé si las cosas están así. Mejor si no lo están.

En cualquier caso, ya sea porque la tierra –la creación entera– lo necesita, ya sea porque lo necesita una humanidad distraída y enferma, ya sea porque lo necesita una fe desorientada, ya sea porque lo necesitan los pobres, hemos de dar nombre a lo que creemos, o lo que es lo mismo, a lo que desechamos cuando creemos mal o dejamos de creer.

El que nos llamó a seguirlo, nos dijo: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor”.

Es Cristo Jesús el que habla: habla del amor que el Padre le tiene a él. Lo habéis entendido bien: habla del amor del Padre a su único Hijo.

Y añade: “Así os he amado yo”. Y volvéis a entenderlo bien: como el Padre ama a Jesús, Jesús ama a sus discípulos; Jesús nos ama.

Y en ese amor, que es del Padre y suyo, nos pide que vivamos, que habitemos, que permanezcamos, que no nos ausentemos de allí.

Luego añade: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. La palabra “mandamiento” hace sonar las alarmas en tu sentido de la libertad, de la autonomía. Pero puedes anularlas tranquilamente, porque los mandamientos de que se trata, se reducen a uno, y vuelve a ser el mandamiento del amor. No te sorprenda que ahora se te pida amar si antes se te pidió que permanecieras en el amor.

Y fíjate en quiénes van a ser los destinatarios de ese amor: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Tenemos el mandato, tenemos la medida, y tenemos una vida para amar hasta alcanzar ese amor imposible y sin medida.

“¡Dios es amor!” “El amor de Dos ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado”. ¡El amor, que es Dios, se ha derramado!

Ya no hay modo de vivir la fe si no es amando.

Quien diga que cree en Dios, y no ama a su prójimo, miente.

Es hora de devolver la verdad a nuestra vida. La verdad está en el amor.

Feliz domingo.

 

Santiago Agrelo

Religión Digital