col ares

El Papa Francisco llega al final de su visita a Chipre y Grecia, siguiendo los pasos de Pablo y Bernabé, regresando a los orígenes, a las “fuentes de la fraternidad”. Un momento importante de esta “peregrinación a las fuentes” ha sido el encuentro en Lesbos en el centro de acogida a refugiados. Sin duda un encuentro con una carga simbólica muy grande, pues fue el mismo lugar en el que en 2013 iniciara sus visitas apostólicas al inicio de su pontificado.

Una visita oportuna, en un momento de fuerte tensión migratoria

Previa a su visita, una trentena de organizaciones de la sociedad civil griegas hicieron llegar una carta a Francisco transmitiéndole que “Su visita a Lesbos nos ha llenado de esperanza y alegría. Es muy significativo que la Iglesia católica muestre su gran interés por los refugiados, la población más vulnerable y perseguida del mundo... El hecho de que la Iglesia católica se dirija a los seres humanos, buscando un terreno común, es uno de los signos más reconfortantes de nuestro tiempo.”

Es bueno recordar que esta visita, de algún modo se realiza en un momento muy estratégico en plena crisis humanitaria en la frontera entre Bielorrusia y Polonia, las muertes que se repiten en el Mediterráneo y con los desarrollos de algunas directrices del Pacto de Migraciones y Refugio Europeo, que siguen poniendo el acento en la secutización, la externalización de fronteras, las identificaciones exprés y los nuevos centros de acogida e identificación. Elementos de los que da buena cuenta la citada carta, sobre todo en lo referente a la ausencia de una estrategia de gestión de las migraciones a largo plazo y facilitar la integración, unido a las deplorable práctica de devoluciones en caliente y la creación de nuevos centros "cerrados y controlados" de acogida e identificación en cinco islas del Egeo. Uno de ellos ya se ha establecido y está actualmente operativo en Samos.

“Nos gustaría compartir nuestra opinión sobre ellos. Creemos que la permanencia durante un largo periodo de tiempo en instalaciones confinadas, priva a nuestros semejantes de sus derechos fundamentales y dificulta su integración, a la vez que repercute negativamente en su vida cotidiana y provoca daños en su bienestar psicológico y existencial. Para nosotros, su integración en una futura comunidad de acogida es un proceso que debe comenzar desde el primer día. El aislamiento en condiciones inhumanas provoca un apoyo sanitario insuficiente y, lo que es peor, deja a los niños privados de una educación adecuada. En realidad, vivir en estas circunstancias refleja tristemente un estado de reclusión. A este estado se suma el estricto confinamiento de los solicitantes de asilo que viven en estas instalaciones.

Llegamos a la conclusión de que estos centros, financiados exclusivamente por la Unión Europea, deberían reformarse por completo y cambiar su filosofía, de modo que puedan establecer una relación funcional entre los residentes y la comunidad de acogida, ayudando así a un proceso de integración más fluido. Al mismo tiempo, deben protegerse los derechos humanos fundamentales de los solicitantes de asilo, incluido el acceso a la sanidad y la educación. Y, sobre todo, no debe privarse a las personas de su libertad y dignidad.”

El Papa pone el acento en la riqueza de la diversidad y el no resignarnos a vivir en un mundo dividido

Chipre y Grecia son la cuna de Europa en la vivencia de la diversidad, auténticos espacios de convivencia y de riqueza, donde la Iglesia católica está llamada especialmente a vivir como un pueblo multicultural: “El entusiasmo de la fe, gracias a la presencia de tantos hermanos y hermanas migrantes, se presenta como un pueblo “multicolor”, un auténtico lugar de encuentro entre etnias y culturas diferentes... La Iglesia católica es una casa común, un lugar de relaciones, de convivencia en la diversidad. La diversidad de todos y, en esa diversidad, la riqueza de la unidad. ¿Y quién hace la unidad? El Espíritu Santo. ¿Y quién hace la diversidad? El Espíritu Santo. Quien puede entender que entienda.” (Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre. Jueves, 2 de diciembre de 2021)

Junto a esto no podemos vivir de espaldas ante las divisiones, ni de espaldas al verdadero sueño de Dios: “Dios también a nosotros nos llama a no resignarnos a vivir en un mundo dividido, a no resignarnos a comunidades cristianas divididas, sino a caminar en la historia atraídos por el sueño de Dios, que es una humanidad sin muros de separación, liberada de la enemistad, sin más forasteros sino sólo conciudadanos, como nos decía Pablo. Diferentes, es verdad, y orgullosos de nuestras peculiaridades; orgullosos de ser diferentes, de estas peculiaridades que son un don de Dios, Diferentes, orgullosos de serlo, pero siempre reconciliados, siempre hermanos.” (Encuentro con sacerdotes, religiosos y religiosas, diáconos, catequistas, asociaciones y movimientos eclesiales de Chipre. Jueves, 2 de diciembre de 2021)

Europa, la cuna de la solidaridad y también de vivencias de tantos procesos migratorios y de refugiados parece hoy atrincherada en su narcisismo ideológico y nacionalista, sin capacidad de coordinación y dejando a la deriva a tantas personas forzadas a huir en busca de un hogar y de esperanza:

“La Comunidad europea, desgarrada por egoísmos nacionalistas, más que ser un tren de solidaridad, algunas veces se muestra bloqueada y sin coordinación. Si en un tiempo los contrastes ideológicos impedían la construcción de puentes entre el este y el oeste del continente, hoy la cuestión migratoria también ha abierto brechas entre el sur y el norte. Quisiera exhortar nuevamente a una visión de conjunto, comunitaria, ante la cuestión migratoria, y animar a que se dirija la atención a los más necesitados para que, según las posibilidades de cada país, sean acogidos, protegidos, promovidos e integrados en el pleno respeto de sus derechos humanos y de su dignidad. Más que un obstáculo para el presente, eso representa una garantía para el futuro, de modo que sea signo de una convivencia pacífica para cuantos se ven forzados a huir en busca de un hogar y de esperanza, y que son cada vez más numerosos. Son los protagonistas de una terrible odisea moderna.” (Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en Atenas. Sábado, 4 de diciembre de 2021)

Dios nos espera en la tierra prometida que es de todos y todas, donde estamos llamados a vivimos como hermanos. ¿Qué sociedades estamos construyendo?

“Dios ha preparado para nosotros, la tierra donde, si te preguntan: “¿Quién eres?”, puedes responder a cara descubierta: “Mira, soy tu hermano, ¿no me conoces?”   (Oración ecuménica con los migrantes en Nicosia. Viernes, 3 de diciembre de 2021)

El JRS Grecia: con agradecimiento, preocupación, esperanza y alegría

El Servicio Jesuita a Refugiados en Grecia a través de la visita de la comunidad jesuita en Atenas le hizo llegar una carta al Papa Francisco y también un regalo.

El JRS Grecia gestiona tres centros en el corazón de Atenas. Uno, es un Centro de Día para Mujeres, que incluye servicios de lavandería, duchas y actividades. También incluye la colaboración con otras organizaciones para ofrecer atención sanitaria primaria y asesoramiento a las nuevas madres para la nutrición de sus bebés, así como los derechos de los niños. Este centro también se centra en la integración a través de la empleabilidad.

Un segundo centro, que incluye actividades que fomentan la integración, como clases de griego, inglés y francés, así como clases de informática. El tercero, el Centro Pedro Arrupe, se centra en la acogida a niños y niñas refugiados e inmigrantes mediante una educación no formal. Este centro también proporciona cestas de alimentos una vez al mes a las familias más vulnerables. Asimismo, El JRS Grecia también apoya a los barrios urbanos de Atenas mediante la distribución de alimentos no perecederos.

En la carta que dirigimos al Papa Francisco nos sentíamos muy contentos tanto de la visita como de la inspiración que nos transmite:

“Su visita ha mostrado una gran empatía por los refugiados y los desplazados forzosos, una inspiración para las organizaciones católicas que trabajan en primera línea, para construir puentes en nuestra sociedad para fomentar una cultura del encuentro y un futuro lleno de justicia y paz. En estos tiempos en los que el mundo muestra más indiferencia y falta de compasión por los demás, nos parece muy importante destacar su mensaje sobre el valor fundamental de la dignidad humana, la solidaridad y la comprensión. Hoy tenemos una gran oportunidad para superar nuestros miedos y dejarnos enriquecer por la diversidad de los dones de cada persona.” (Carta del JRS Grecia en Atenas. Sábado, 4 de diciembre de 2021)

El regalo consistía en un trabajo artístico por los niños refugiados del Centro Padre Arrupe. Cada dibujo refleja el amor, la belleza y la verdad, además del gran potencial que llevan dentro.

El Papa Francisco recibió el regalo con mucho cariño y emoción, y nos obsequió con una medalla como signo de agradecimiento y de apoyo en tan importante misión.

¡No dejemos que el mare nostrum se convierta en un desolador mare mortuum!

“Han pasado cinco años desde la visita que realicé con los queridos hermanos Bartolomé y Ieronymos. Después de todo este tiempo constatamos que poco ha cambiado sobre la cuestión migratoria”.

Ayer, en el encuentro en el centro de acogida e identificación de Mitilene, en Lesbos, el Papa Francisco recordaba su primer paso por la isla y anunciaba el propósito de la misma: “Hermanas, hermanos, estoy nuevamente aquí para encontrarme con ustedes; estoy aquí para decirles que estoy cerca de ustedes; estoy aquí para ver sus rostros, para mirarlos a los ojos: ojos cargados de miedo y de esperanza, ojos que han visto la violencia y la pobreza, ojos surcados por demasiadas lágrimas. Hace cinco años, el Patriarca Ecuménico y querido hermano Bartolomé dijo en esta isla algo que me impactó: «El que les tiene miedo no los ha mirado a los ojos. El que les tiene miedo no ha visto sus rostros. El que les tiene miedo no ve a sus hijos. Olvida que la dignidad y la libertad trascienden el miedo y la división.» (Discurso, 16 abril 2016)”.

Francisco denunció la realidad que viven tantas personas vulnerables en las fronteras y las prácticas que ponen el foco en la seguridad y en políticas proteccionistas que implementan muchos de nuestros países: “El futuro sólo será próspero si se reconcilia con los más débiles.  Porque cuando se rechaza a los pobres, se rechaza la paz. Cierres y nacionalismos —nos enseña la historia— llevan a consecuencias desastrosas... Que no se vuelvan las espaldas a la realidad, que termine el continuo rebote de responsabilidades, que no se delegue siempre a los otros la cuestión migratoria, como si a ninguno le importara y fuese sólo una carga inútil que alguno se ve obligado a soportar.”

Asimismo, lamentó cómo en Europa actuamos insolidariamente, mirando para otro lado ante el sufrimiento de los más débiles, atrapados en el miedo y en los muros: “debemos admitir amargamente que este país, como otros, está atravesando actualmente una situación difícil y que en Europa sigue habiendo personas que persisten en tratar el problema como un asunto que no les incumbe... Es triste escuchar que el uso de fondos comunes se propone como solución para construir muros. Ciertamente, los temores y las inseguridades, las dificultades y los peligros son comprensibles. El cansancio y la frustración, agudizados por la crisis económica y pandémica, se perciben, pero no es levantando barreras como se resuelven los problemas y se mejora la convivencia, sino uniendo fuerzas para hacerse cargo de los demás según las posibilidades reales de cada uno y en el respeto de la legalidad, poniendo siempre en primer lugar el valor irrenunciable de la vida de todo hombre.”

Intentamos dar respuestas simples a cuestiones complejas, fomentando el miedo y no yendo a las causas que generan estas situaciones tan dramáticas: “Es fácil arrastrar a la opinión pública, fomentando el miedo al otro; ¿por qué, en cambio, con el mismo tono, no se habla de la explotación de los pobres, o de las guerras olvidadas y a menudo generosamente financiadas, o de los acuerdos económicos que se hacen a costa de la gente, o de las maniobras ocultas para traficar armas y hacer que prolifere su comercio? Hay que enfrentar las causas remotas, no a las pobres personas que pagan las consecuencias de ello, siendo además usadas como propaganda política.”

No podemos seguir sosteniendo esta situación en la que tantas personas mueren y en la que naufragamos como sociedad. Francisco comparó el Mediterráneo actual con “un frío cementerio sin lápidas”, con un “espejo de muerte”, con un “desolador mare mortuum”. “Les suplico: ¡detengamos este naufragio de civilización!”.

Jesús creció a orillas del Mediterráneo, anunciando un Reino de amor y justicia, donde todos tenemos la misma dignidad como hijos e hijas, hermanos y hermanas de un mismo Padre.

“Y, en cambio, ofendemos a Dios, despreciando al hombre creado a su imagen, dejándolo a merced de las olas, en la marea de la indiferencia, a veces justificada incluso en nombre de presuntos valores cristianos. La fe nos pide compasión y misericordia, exhorta a la hospitalidad, a aquella filoxenia que impregnó la cultura clásica, encontrando luego en Jesús su propia manifestación definitiva, especialmente en la parábola del Buen Samaritano (cf. Lc 10,29-37) y en las palabras del capítulo 25 del Evangelio de Mateo (cf. vv. 31-46).”

“Jesús afirma solemnemente que está allí, en el forastero, en el refugiado, en el que está desnudo y hambriento; y el programa cristiano es estar donde está Jesús. Sí, porque el programa cristiano, escribió el Papa Benedicto, «es un corazón que ve»".

 

Alberto Ares director del Servicio Jesuita a Refugiados

Religión Digital