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La primera de todas es que no ha tenido la relevancia en los medios de comunicación -tampoco en los que siguen al Papa en otros asuntos- teniendo en cuenta lo que allí se ha desarrollado y aprobado. Estamos hablando de un Sínodo con una participación activa cercana a las 90.000 personas centrado en la realidad del Amazonia, con treinta millones de personas que viven en culturas distintas repartidas en nueve países, que ha congregado además a numerosos grupos y organizaciones de la sociedad civil para tratar sobre asuntos de calado para la Iglesia y el mundo.

El Sínodo ha concluido sus trabajos aprobando por una mayoría cualificada (más de dos tercios) los 120 puntos del documento final, en el que se pide al Papa la ordenación sacerdotal de hombres casados, el diaconado permanente para las mujeres y la creación de un rito que tenga en cuenta la peculiaridad de los pueblos indígenas de la zona. El Papa Francisco, por su parte, ha anunciado que publicará una exhortación apostólica "antes de fin de año", que se convertirá en doctrina de la Iglesia. 

Francisco anunció que reactivará la comisión de estudio del diaconado femenino pero hay que reseñar también el lunar del Sínodo, en el que las 35 mujeres participantes no han podido votar por no ser reconocidas 'madres sinodales'. Por otra parte, el sínodo ha votado “sí” a la recomendación de que personas con familias puedan ser sacerdotes en zonas donde los fieles no pueden recibir la eucaristía. En este sentido, un número considerable de asistentes propusieron que este Sínodo abra la posibilidad  de un abordaje universal de estos temas, no solo pensando en la zona amazónica, sino en lugares con similares problemáticas de grandes zonas vaciadas de población, como pudiera ser buena parte del interior de España afectada a la vez por la escasez de sacerdotes.

La segunda gran conclusión del Sínodo ha sido poner en valor la realidad de este pulmón planetario al que los asistentes al Sínodo definieron como “Una hermosura herida y deformada, un lugar de dolor y violencia", denunciando que "los atentados contra la naturaleza tienen consecuencias contra la vida de los pueblos", y son provocados por las injusticias medioambientales humanas que impactan directamente en el cambio climático.

El documento sinodal, en clave de denuncia profética, ve detrás de todo ello "los intereses económicos y políticos de los sectores dominantes, con la complicidad de algunos gobernantes y de algunas autoridades indígenas". "Las víctimas son los sectores más vulnerables, los niños, jóvenes, mujeres y la hermana madre tierra", concluyendo que es necesario definir el pecado ecológico, el compromiso con la defensa de los derechos humanos de la región y la crítica a las empresas que explotan los recursos de esta región de manera salvaje e irresponsable que está rompiendo el equilibrio ecológico de la zona y del mundo entero.

Desde que este Sínodo comenzó a prepararse, obispos y misioneros que realizaron la consulta previa con las comunidades han descubierto que las culturas indígenas son expresión de la relación armoniosa entre Dios creador, los humanos, la comunidad y la naturaleza. Al final de las sesiones, muchos obispos amazónicos firmaron un nuevo Pacto de las Catacumbas (*), a través del cual se comprometieron a insertarse en el camino de los pueblos amazónicos y en la defensa de la Amazonia y de la Tierra como “nuestro hogar común”.

Frente a los que desde dentro de la Iglesia atacan a este Sínodo propiciado por el Papa, la voz del Cardenal Hummes, relator general del Sínodo amazónico, resuena muy claramente: la Iglesia católica es una Iglesia en salida para abrir sus puertas, derribar los muros que la rodean y construir puentes sobre todo para “las periferias de la humanidad, ayudando a la gente, a los países y a la humanidad toda a encontrar el sentido de de la vida y de la historia”. Puro evangelio, me parece, aunque en Occidente muchos cristianos, prelados incluidos, se ponen de perfil: a ver si pasa pronto todo esto.

(*) El Pacto de las Catacumbas se firmó el 16 de noviembre de 1965 por una cuarentena de obispos, la mayoría latinoamericanos, que participaban en el Concilio Vaticano II. El documento fue un compromiso de adoptar una vida de sencillez despojada de posesiones con una nueva actitud pastoral orientada a los más vulnerables.

 

Gabriel Mª Otalora