EVANGELIOS Y COMENTARIOS   

                             
                              

 

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Juan 20, 19 - 31

 

 

Comentarios de Patxi Loidi

  

 

El capítulo 20 de Juan está dedicado a la resurrección de Jesús. Era el último del evangelio, como se ve en los versículos 30 y 31. Después le añadieron un apéndice, que es el capítulo 21.

 

En el capítulo 20 tenemos 4 narraciones, que son:

 

1ª) Dos discípulos ven el sepulcro vacío

 

2ª) Primera aparición: a una mujer, María, no la madre de Jesús. Esta María, a la que solemos llamar Magdalena, fue líder junto a Pedro en la primitiva comunidad.

 

3ª) Aparición a los discípulos en grupo en ausencia de Tomas.

 

4ª) Aparición a los discípulos en grupo, estando con ellos Tomás. Este apóstol es el que había dicho anteriormente: “Vayamos también nosotros a morir con él” (Jn 11,16). Después de la crucifixión se había separado de la comunidad y había perdido la fe. Jesús sale a buscarlo, como en la parábola de la oveja perdida.

 

El evangelio de hoy toma las dos últimas narraciones. El último relato nos muestra que la fe, aunque es personal, no es individual sino comunitaria y eclesial; se nos da en la comunidad de Jesús, que es la Iglesia. No nace de los milagros o de la visión ocular, sino del don de Dios, que se nos revela.

 

 

Comentarios de Pedro Olalde

  

¿Qué era la paz, el shalom para un judío? Era el buen saludo, el buen deseo. La paz que Jesús da no es ausencia de riñas. Es bienestar general. Es anchura de espíritu. Es una situación plena. Es poder decir desde dentro: Soy feliz.

 

Esta es la comunicación de Jesús, a la que le da la máxima importancia, porque quiere que acojamos en nuestra vida esta paz profunda, para que estemos a gusto con nosotros y con los demás y demos gloria a Dios. Esta es la felicidad que Jesús nos quiere transmitir, felicidad que abarca la hondura de nuestro ser.

 

El que acepta la paz, la felicidad interior que da Jesús, se siente impulsado a transmitir eso mismo a otros. Es algo que no se puede poseer en exclusiva. Como se contagia la tristeza y el pesimismo, así también se transmite la alegría y la dicha profunda.

 

No podemos reducir el perdón a la función sacramental. Todos nosotros estamos llamados a vivir en el perdón y a darlo en nuestro vivir diario.

 

Jesús nos invita a comunicar vida y libertad. Y esto está dirigido a todos. Todos somos ahora la presencia viva de Jesús. Él quiere llegar por medio de nosotros a nuestros hijos, familiares, amigos y desconocidos.

 

El texto aborda también las dificultades. Tomás era uno de los Doce. No creía. No estaba con los demás en la Comunidad. Los otros le decían: “Hemos visto al Señor”, pero él seguía sin creer.

 

Y ¿dónde estaba la dificultad? Hoy mismo, si alguien de otra cultura nos pregunta: “Vosotros, ¿de quién sois seguidores? Y si le contestáis: “De un crucificado”, él os puede contestar: “Qué insensatez”.                                                                

 

Nosotros, a 2000 años de distancia, lo vemos todo normal; pero los primeros cristianos se preguntaban: ¿Se puede mostrar Dios en un condenado a muerte?

 

Dios estaba con Jesús cuando su compromiso por los marginados de este mundo lo llevó a morir ajusticiado. Dios está en la debilidad, en la pobreza. Esta es la lógica de Dios. Y parece que tiene que ser así.

             

 “Al anochecer, el primer día de la semana”, es decir, en domingo, cuando están reunidos para la Fracción del Pan, tiene lugar el encuentro con Jesús Resucitado. Como nosotros, que podemos tener experiencia de Jesús en nuestra Eucaristía, a través de la Palabra y del Sacramento… Y así sentimos la presencia de Jesús, su paz, su alegría.

 

Tomás supera las dificultades en la Comunidad, por el testimonio de los demás, porque se pone a tiro de recibir el don del Espíritu. También a él se le calienta el corazón en contacto con Jesús y siente su paz y su alegría. Al final se rinde: ¡Señor mío y Dios mío!

 

 

 

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