EVANGELIOS Y COMENTARIOS   

                             
                              

 

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Jn 13, 31-35

(pinchar cita para leer evangelio)

 

Daremos gloria a Dios

amando a todos sus hijos

 

 

El pasaje de hoy también está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo, después del lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos, y es una verdadera catequesis a la comunidad, que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús.

 

Como ya he repetido muchas veces, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia y convivencia cristianas. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido nada de todo lo que el discurso dice.

 

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata sólo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: "sólo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz"; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó.

 

Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios, será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida, es el amor efectivo a todos los seres humanos.

 

El tema es eminentemente pascual; baste recordar aquellas palabras de Juan:

"Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3,14)

 

La pregunta que me tengo que hacer hoy es ésta: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristiano? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita.

 

La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: la señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Nuestras comunidades están mucho más cerca del desamor que del verdadero amor.

 

Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia en unas verdades y en la celebración de unos ritos, más que en lo esencial que es el amor.

 

¿Por qué hemos fracasado estrepitosamente en lo que es la esencia del evangelio? El fundamental error que seguimos cometiendo es presentar el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar.

 

Amar es un acto de la voluntad, cuyo único objeto es el bien conocido. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien, la voluntad no puede ser movida desde dentro.

 

Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó, confiando en que él haya descubierto esa razón de bien.

 

Aquí está el error. El que una cosa esté mandada, no me tiene que llevar a mí a cumplirla, sino a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este último paso, será para mí una programación que trataré de quitarme de encima en cuanto encuentre la menor excusa. ¡Hemos justificado tantas veces el odio y la opresión!

 

Vamos al texto que acabamos de leer. Ahora es glorificado el Hijo de hombre y Dios es Glorificado en él. Jesús ha lavado los pies a los discípulos. Judas acaba de salir del cenáculo y la muerte de Jesús está decidida. ¿Dónde está la gloria? Allí donde se manifiesta el amor en el don de Jesús. Ese amor manifestado, es a la vez, la gloria de Dios y la gloria del hombre Jesús.

 

Para entender bien este versículo tenemos que explicar el concepto de gloria, glorificación en Juan. En el griego profano “doxa” significaba simplemente opinión, fama.

 

El kabod hebreo que traducen por doxa tenía un significado muy distinto. Por una parte la trascendencia y la santidad (majestad) de Dios que el hombre debe reconocer. Por otro, la manifestación de ese ser de Dios en acciones portentosas a favor de su pueblo.

 

En el NT se mantiene este significado, Juan mantiene el sentido de “gloria” de Dios preexistente que también atribuye al Hijo. Pero además Jesús en todas sus obras, no solamente en las portentosas, manifiesta la “doxa” de Dios.

 

Lo original de Juan es que esa gloria no se manifiesta sólo en los actos espectaculares de poder, sino en los que expresan sin ambigüedades el amor total de Dios. La gloria de Dios es el Amor manifestado.

 

No se trata pues, de fama y honor por haber hecho bien las cosas. Tampoco se trata de conceder majestad, esplendor o poder.

 

La gloria de la que habla Juan no es fruto de una consideración externa, (“gloria humana no la acepto”, Jn 5,41) sino que está en la misma esencia de la persona. Morir por los demás es la mayor gloria, porque es la mayor manifestación posible de amor. La gloria de Jesús no es consecuencia de su muerte, es la misma muerte por amor.

 

Ni Dios ni Jesús pueden recibir otra clase de gloria. La única gloria que podemos dar a Dios es amar como Él ama. La gloria-amor de Jesús es poner su vida a disposición de los demás. La gloria-amor de Dios consiste en que un hombre ame como Él ama. La gloria de Jesús y la de Dios coinciden.

 

Les llama “Hijitos” (teknia) diminutivo de (tekna). En castellana el cariño se expresa mejor con el posesivo “hijitos míos”. Esta expresión está justificada porque se trata de un momento íntimo y emocionante. Les anuncia su próxima muerte, por eso lo que sigue tiene carácter de testamento: un amor incondicional y a todos sin excepción.

 

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado. El “igual que yo” no es sólo comparativo, sino originante. Quiere decir que deben amarse porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado.

 

El amor de Dios es difícil de descubrir, pero el de Jesús se percibe en sus obras. Se trata de la seña de identidad. Es pues, la característica más importante de todo cristiano.

 

Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda así establecida la diferencia entre las dos alianzas. La antigua estaba basada en una relación jurídica de toma y daca, entre Dios y el pueblo. El cumplimiento de las normas era lo importante. En la nueva alianza lo único que importa es la actitud de servicio a los demás.

 

En realidad, no se trata de una ley, sino de una respuesta personal, como la que dio Jesús, a lo que Dios era para él, como decía en el prólogo: “Un amor que responde a su amor” (1,16). El amor que pide Jesús debe surgir de dentro, no imponerse desde fuera como una obligación.

 

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada (ni siquiera gloria). Dios es puro don, amor total. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios, que a través nuestro debe llegar a todos.

 

El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta nuestro egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino con relación al hombre.

 

Jesús se presenta como “el hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama.

 

Jesús no propone un principio teórico, y después dice que vamos a cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

 

En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros. El amor que pide Jesús no es una teoría, ni una doctrina. Tiene que manifestarse en la vida, en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ni ritos, ni normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado en todas y cada una de nuestras acciones.

 

La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano.

 

Que os améis unos a otros”, se ha entendido a veces como un amor a los nuestros, a los que son cristianos como nosotros. Hay que tener mucho cuidado, porque incluso algunas formulaciones del NT, pueden dar pie a esta interpretación. Y es sobre todo Juan el que más peligro tiene de llevarnos a esta conclusión. No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos; si no, no hay cristianismo.

 

El mismo Jesús nos dice: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? Los paganos hacen lo mismo”. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero patatero.

 

No se trata de una amor humano más o menos perfecto. Se trata de entrar en la dinámica del amor de Dios. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! esta verdad es demoledora.

 

 

 

Meditación-contemplación

 

 

Como el Padre me ha amado, así os he amado yo.”

El amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.

Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.

Toda su vida es consecuencia (manifestación) de esta vivencia personal.

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También para nosotros es ese el único camino.

Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,

el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser;

y si lo acepto, será intelectualmente y como una programación.

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El amor que me pide Jesús, no es algo que pueda tener su origen en mí.

Yo sólo puedo ser espejo que refleje lo que Dios es.

No se me exige simpatía o amistad hacia todos.

No se trata de un amor humano, sino del “ágape” divino.

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Fray Marcos

 

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