EVANGELIOS Y COMENTARIOS   

                             
                              

 

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Jn 10, 27-30

(pinchar cita para leer evangelio)

 

Dar la vida en vida,

transformándola en vida definitiva

 

 

En la lectura del evangelio, hemos terminado con las apariciones, pero seguimos con un texto más profundamente pascual que los mismos relatos de apariciones. Juan nos habla de Vida definitiva, que es la clave de todo este tiempo pascual.

 

Es una pena que al hablar de vida eterna sigamos pensando en una vida biológica en el más allá. Seguimos esperando que después de la muerte se nos devolverá está vida que ahora tenemos. La verdad es que los evangelios nos hablan de una Vida que hay que conseguir aquí y ahora, y que no tiene nada que ver con la biológica.

 

Parece mentira el poco caso que hacemos al evangelio cuando no está de acuerdo con nuestros prejuicios. En el evangelio de Juan está muy claro: “Hay que nacer de nuevo. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu, Espíri­tu”.

 

Para poder entender los cuatro versículos que hemos leído hoy, hay que tener en cuenta todo el discurso que sigue a la curación del ciego de nacimiento: Jesús como puerta, Jesús como modelo de pastor. El pastor modelo da la vida a las ovejas. Ésta es una de las claves del relato.

 

Bien entendido que “dar la vida” no significa aquí dejarse matar, sino “matarse” en beneficio de los demás mientras se vive. En efecto: en griego hay tres palabras para designar “vida”: “Bios” y “Zoê”, que significan vida biológica, y “psykhê” que significa la personalidad sicológica. Aquí el griego, dice psykhê. Quiere decir que no se refiere a dar la vida biológica muriendo, sino a entregarse  como persona durante la vida.

 

La imagen del pastor en muy frecuente en el AT, sobre todo para designar la solicitud de Dios para con su pueblo. También se emplea para hablar de los dirigentes que actúan en su nombre. Jesús dijo a los judíos lo mismo que leemos en Ezequiel:

 

"¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que pastorear los pastores? Os  coméis su enjundia, os vestís con su lana, matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis las débiles, ni curáis las enfermas ni vendáis las heridas; no recogéis las descarriadas ni buscáis a las perdidas y maltratáis brutalmente a las fuertes... Los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de pastorearse a sí mismos..."

 

Siempre ha pasado lo mismo; se utiliza a Dios en beneficio propio.

 

Debemos tener en cuenta que en el evangelio de Juan no habla Jesús sino los cristianos de finales del siglo I, que expresan lo que aquella comunidad pensaba de Jesús. No concibo a Jesús creyéndose pastor de nadie.

 

Como ser humano, Jesús llega a su plenitud por las relaciones con los demás. Pero unas verdaderas relaciones humanas solo son posibles entre iguales. Porque nunca se creyó más que nadie, sino al servicio de todos, se presenta ante nuestros ojos como modelo de relaciones humanas. Relación entrañable con los demás hombres, de tal manera que se preocupa por todos como un pastor auténtico se preocupa por cada oveja.

 

Pero también se propone como modelo de relación entrañable con Dios, manifestada en esa entrega total al servicio de cada una de las ovejas.

 

Después de decir que ellos no son ovejas suyas, describe con todo detalle qué significa ser de los suyos, les está acusando de no querer seguirle, comprometiéndose con él al servicio del hombre.

 

No se trata sólo de oír a Jesús, se trata de escuchar, que es algo mucho más complicado. La mayoría de las veces oímos y aceptamos sólo lo que está de acuerdo con nuestros intereses. No estamos abiertos a la novedad, sobre todo si lo nuevo nos hace salir de nuestras seguridades egoístas. Escuchar significa acercarse sin prejuicios (sin juicios previos) y aceptar lo que nos dice, aunque eso suponga cambiar nuestras conviccio­nes.

 

No basta aceptar lo que (Jesús) nos da. Seguirle es aceptar darse a los demás como Jesús y como Dios se dan. Es aceptar a los demás como lo que más importa.

 

“Y ellas me siguen”. No basta escuchar, hay que ponerse en movimien­to y entrar en la nueva dinámica. La buena noticia de Jesús consiste en manifestar que hay una nueva manera de afrontar la existencia humana, una manera de vivir que esté más de acuerdo con las exigencias profundas del ser humano. Esa será la manera de cumplir lo que Dios espera de nosotros. La voluntad de Dios está ya en mí. Jesús no nos pide ser ovejas o borregos...

 

Si le escuchan y le siguen, él les da la Vida definitiva. La Vida que transciende y que está por encima de las limitaciones de lo terreno. La Vida que el mismo Jesús, demuestra haber desplegado en él. La consecuencia primera de seguirle es alcanzar esa Vida definitiva, Vida en el Espíritu.

 

Esto es lo verdaderamente importante para nosotros. Lo que pasó en Jesús tiene que pasar también en mí. Éste es el meollo del misterio pascual.

 

Como modelo de pastor, defiende a los suyos con todo su ser, no pasarán a manos de ladrones y bandidos. Ponerse en las manos de Jesús equivale a estar en las manos del Padre. "No hay quien libre de mi mano; lo que yo hago, ¿quién lo deshará? (Is 43,13)

 

La frase más sublime, y que mejor refleja la conciencia que la comunidad de Juan tenía de Jesús, es ésta: "Yo y el Padre somos uno".

 

Hoy sabemos que los discursos de Juan no son originales de Jesús, por lo tanto no tiene sentido pensar que esa frase exprese su conciencia de ser la segunda persona de la Trinidad. Para nosotros, tiene mucha más importancia si caemos en la cuenta de que fue la experiencia de la comunidad de Juan, la que llegó a la increíble conclusión de que el hombre Jesús era idéntico a Dios. 

 

Una de las pocas palabras que podemos asegurar que pronunció el mismo Jesús, es la de “abba”. Así y todo, el concepto de padre que nosotros usamos en el aspecto humano, no es suficiente para expresar lo que Dios es. Los padres biológicos nos ha trasmitido la vida, pero esa vida que recibimos de ellos, en un momento determinado se hace independiente y sigue sus propios derroteros.

 

En el caso de la Vida que Dios nos comunica, se trata de su única Vida, que se convierte en nuestra propia vida sin dejar de ser la de Dios. Por lo tanto no hay posibilidad de independencia, al contrario, en todo momento estamos dependiendo de ese don. Dios (Vida) está dándose Él mismo en todo instante a cada uno de nosotros.

 

El ser humano Jesús había llegado a una experiencia de unidad total con Dios. Ya no había ninguna diferencia entre lo que era él y lo que era Dios en él, porque de él, de su falso yo, no quedaba absolutamente nada.

 

Fijaros que para dar sentido a una adhesión a su persona, se muestra él mismo totalmente volcado sobre el Padre. Relacionarnos con Jesús es relacionarnos con Dios. Esta es la razón por la que, el Jesús que predicó el Reino de Dios, se convirtió, enseguida, en el objeto de la predicación de los primeros cristianos.

 

Jesús, como nuevo santuario, hace presente al Padre. No olvidemos que el dialogo se dirige a los “judíos” en el Templo, y en la fiesta de la Dedicación. El Padre se manifiesta en Jesús que realiza su obra creadora llevando al hombre a plenitud. No hay nada en Jesús que se encuentre fuera de Dios. Todo en él es expresión del Padre. Esa identifica­ción excluye toda instancia superior a él mismo. Los judíos no pueden encontrar nada en qué apoyarse para juzgarle. Ante él, sólo cabe aceptación o rechazo, que es aceptar o rechazar a Dios.

 

Jesús al entregar su vida (viviendo y muriendo para los demás) está identificándose con lo que es Dios. Se manifiesta como Hijo que hace en todo lo que de él espera el Padre. El don total de sí, es la mejor demostración de que ha cumplido fielmente la misión. Así manifiesta su condición de Hijo: hace todo lo que ve hacer al Padre.

 

Al dar la vida muriendo, manifiesta, en plenitud, la verdadera Vida, que es la misma de Dios. Esa misma Vida es la que comunicará a los demás. Dios se la está comunicando a él y él la comunica a los que le siguen. Jesús es así manifestación de Dios y modelo de Hombre.

 

Donde hay amor hasta el límite, hay Vida sin límite. Para quien ama como Jesús amó, no hay muerte. Por eso la entrega de la vida es algo espontáneo. Es la disponibili­dad total que le constituye como Hijo.

 

Si Jesús promete la Vida al que escuche su voz, quiere decir que les está ofreciendo la misma meta que él consiguió como ser humano: Una identificación total con el Padre.  Recordemos las palabras de Juan en el discurso del pan de vida:

"El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me come vivirá por mí".

 

Son realidades que nos desbordan si tratamos de comprenderlas con la inteligencia, sólo cuando nos decidimos a vivirlas, se harán patentes y claras; lo mismo que vivimos la vida biológica sin saber explicar lo que es. Ésta ha sido la experiencia de todos los místicos.

 

El camino para llegar a vivir esta realidad es la meditación-contemplación. La verdadera salvación me llegará por una toma de conciencia de lo que realmente soy, y una identificación total con lo que hay de Dios en mí.

 

Para ello hay que superar las apariencias. Yo no soy lo que creo ser. Tengo que salir del engaño y entrar en la dinámica de mi auténtica existencia. Es la principal tarea de todo ser humano. Los orientales la llamaron iluminación. Todos los místicos llegaron a la convicción de que eran una sola cosa con Dios.

 

 

Meditación-contemplación

 

Jesús da VIDA DEFINITIVA porque es UNO con el Padre.

Son dos frases eminentemente pascuales.

No se trata de una Vida para el más allá.

Se trata de participar de la misma Vida eterna de Dios.

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Desde la vida biológica, en la que me encuentro,

debo acceder a la Vida Divina, que también está en mí.

A esta VIDA no le afecta la muerte,

por eso, cuando esta vida termina, AQUELLA continúa.

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Tener fe, consiste en confiar en esta promesa de Jesús.

Es pasar ya, desde ahora, a esa Vida Nueva.

Nacer de nuevo a una Vida que ya no terminará.

Ahí encontraré la verdadera salvación.

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Fray Marcos

 

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