EVANGELIOS Y COMENTARIOS     

                             
                              

 

                            

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Jn 18, 33-37

(pinchar cita para leer evangelio)

 

Que venga tu Reino

 

 

Hoy estamos proclamando nuestra fe en que Jesús es el eje de la vida humana, nuestro acceso a Dios, el que da sentido a la vida, el que marca el Bien y el Mal, el acierto y el error. Estamos proclamando nuestra fe en que "al final, Dios", y en el camino, Jesús. Esto es acertar.

 

Y nosotros, los humanos no necesitamos otro intermediario, otro Sacerdote: cada hombre es sacerdote de su vida. El puente a Dios, Jesús.

 

Es el Rey, el Único. Los que le siguen están en "el Reino", donde la Ley es el amor exigente y generoso de Dios; el sentido de la vida, ayudar a salvar.

 

Los pecados son cadenas que me impiden ser lo que Dios espera de mí; donde la riqueza, el dolor, la persecución, el triunfo... no son buenos o malos porque agraden o molesten sino porque sirven o no sirven para salvar...

 

Nosotros vivimos en ese reino, y nos sentimos reyes, hijos, sacerdotes que consagran su vida, sus acciones, su trabajo...

 

La imagen de "vivir como un rey" "es el rey de la casa..." la usamos todavía: sabemos lo que significa: vivir muy bien, ser el mejor... Pero la metáfora es siempre mucho más expresiva que el concepto. Y Jesús habla mucho en metáforas. Dios es padre, médico, puerta, agua, pastor, luz, pan y vino... cada metáfora aporta un poco, y ninguna es completa.

 

En esta línea, Jesús es el anti-rey. Ni poder, ni dinero, ni reconocimiento oficial, ni armas, ni acepción de personas. Los reyes de este mundo serán así, pero Jesús no es un rey de este mundo. Sus armas son la capacidad de con-padecer, la dedicación a curar, decir la verdad hasta la muerte, preferir a los últimos, ponerse siempre a favor de las personas, ser impuro para poder ayudar. Extrañas armas y extraño rey.

 

Y, en esta misma línea, el reino de Dios es “el anti-reino”. Lo que reina en el mundo es la necesidad obsesiva de consumir, de trepar, de competir. Lo que reina en el mundo es la desconfianza y la venganza y la injusticia; el menosprecio de los pobres, la explotación de la naturaleza… y no digo que reinan porque todos sean así, sino porque eso es lo que domina, lo que se impone, lo que aparece en los medios, lo que se propone como éxito.

 

Jesús propone exactamente lo inverso: que domine, que se imponga, que se considere como éxito la solidaridad, el respeto, la justicia, la buena fe, la reconciliación.

 

Jesús lo propone a tres niveles:

 

§  el mundo, la humanidad, todos los seres humanos: lo de Jesús es un proyecto de consumación de la creación, que todo llegue a donde el Padre soñó al engendrar.

 

§  la iglesia, los que siguen a Jesús: que tienen que ser ya el reino, el referente, una sociedad dentro de la sociedad global, que se rige por esos criterios y esos valores, para hacer creíble el reino, para hacer evidente su bondad y su posibilidad … para que todos los seres humanos vean el reino posible y deseable.

 

§  cada persona: que tiene que luchar por estar en el reino, por no dejarse engañar por el señuelo de otros valores y criterios, apetitosos como la fruta del paraíso, pero absolutamente inferiores a lo que Dios propone.

 

Ese reino de Dios es el reinado de los criterios y los valores de Jesús. Y Jesús está afirmando (hasta morir por ello) que ese reinado es posible, es construible, es futuro seguro, porque es el empeño de Dios.

 

El reino de la verdad y de la vida

el reino de la santidad y de la gracia

el reino de la justicia, el amor y la paz

 

"Someter todas las cosas bajo sus pies". No se trata de hombres sometidos a un poder exterior, naciones reconociendo soberanía eclesiástica... ¡Qué superficial es todo esto! Se trata de espíritus humanos que se han vuelto a Dios, en los que Dios reina.

 

Por esta razón, en la primera predicación del Reino, lo expresa Jesús así: "Convertíos, que el Reino está ya entre vosotros".

 

Esto nos lleva a la última consideración sobre la vida cristiana: "Cristo tiene que reinar" es la misión que hemos recibido: pero Cristo no reina porque en mi corazón reina el pecado, porque en los corazones de otros hombres sucede lo mismo. Y de aquí, del pecado del corazón de los hombres, nace el mal del mundo que impide que éste sea lo que Dios ha soñado.

 

La Buena Noticia es que esto no tiene por qué ser así. La Buena Noticia es que el Bien es más poderoso que el Mal, que el Mal está irremediablemente condenado a desaparecer, porque en esta gran batalla universal, Dios no es un Juez impasible, sino que lucha en uno de los bandos. Y así, la palabra Liberación se convierte en el slogan del Cristiano. Por eso Jesús significa "Dios Libertador".

 

Pero Cristo tampoco reina porque se le hagan monumentos, ni porque la jerarquía reciba honores de los poderes del mundo, ni porque la liturgia se celebra con esplendor, ni porque algún partido político se autocalifique de “cristiano”. Cristo reina cuando Jesús es la norma de vida desde el corazón mismo de las personas. Una vez más, la levadura, la semilla. Cristo reina cuando toda la masa fermente, cuando la cosecha llegue a su fin.

 

Jesús /rey y “el reino” no tienen nada que ver con los reyes de la tierra ni mucho menos con los del tiempo de Jesús y con su poder.

 

El evangelio de Mateo termina con una frase de Jesús: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No sé cómo se aplica esto a Jesús resucitado, pero está muy claro que no podía aplicarse a Jesús de Nazaret. Le va tan mal esta expresión como calificarlo de “Rey”.

 

La tablilla puesta sobre su cabeza en la cruz pretendía ser una burla y lo era, pero no burla contra Jesús sino burla contra el poder de los reyes. Ese tipo de poder, incluidos sus símbolos: cetro, trono, oro, palacio, represión... no es camino de humanidad, ni tiene nada que ver con Jesús.

 

Jesús tiene otros poderes, “poderosos poderes”.

 

·         Jesús es capaz de curar,

·         Jesús quita el hambre y la sed,

·         Jesús puede compadecerse,

·         Jesús tiene palabras que hacen vivir,

·         Jesús puede preferir a los últimos,

·         Jesús es capaz de sembrar, y de sembrarse, de ser levadura y sal y lámpara,

·         Jesús puede arriesgar la vida por los culpables,

·         Jesús puede reconciliar, Jesús puede perdonar,

·         Jesús tiene el poder de encontrar a su Padre en la oración, de conectar con el Padre sin dejar de ser verdadero hombre,

·         Jesús tiene el supremo poder de dar la vida.

 

Esos son sus poderes, los que no tienen los reyes.

 

Y esos son los poderes de la Iglesia, nuestros poderes. Si ejercemos esos poderes, nosotros la Iglesia seremos por un lado irresistibles y por otro lado, aborrecidos por los “otros poderes”.

 

Cuando en los tres primeros siglos la Iglesia era perseguida, la viña se iba podando, los sarmientos secos eran cortados, no tenía poderes regios, aunque empezaba a estar amenazada por tenerlos. Después desapareció la animosidad de los criterios de “el mundo” contra ella... porque se habían instalado dentro de la misma Iglesia, la habían invadido... y actuaba con los mismos criterios que antes la perseguían. No repitamos el mismo error.

 

Todo lo anterior es teoría. Pero hay en esta fiesta, como en la de la Ascensión, una pregunta personal mucho más importante:

 

¿Quién es el rey de mi vida? ¿Quién o qué reina en mí? “Los reyes de las naciones los oprimen… “¿Qué soberanos opresores oprimen mi libertad? ¿El consumo desenfrenado? ¿La falta de compasión? ¿Dios juez? ¿Soy libre como un rey o agobiado como un esclavo?

 

Hay muchos reyes, muchos dioses dispuestos a impedir que las personas sean hijos, conscientes, libres, queridos, solidarios, comprometidos.

 

Hemos optado por Jesús. Hemos elegido un Rey que es libertad, dignidad, ambición de hijos, servicio, austeridad, solidaridad. Un rey libertador de todos, que invita a una guerra santa contra todos los ídolos, contra todas los opresiones, contra todo lo que humilla a las personas, a los hijos.

 

Un rey cuyos enemigos son el pecado y la muerte, cuyo poder es lavar los pies a todos. Un rey a cuya mesa están invitados todos, sobre todo los pobres, los tullidos, los ciegos, los endemoniados, las prostitutas, los pecadores. Ése, sólo ése, es mi rey.

 

Desde que le conocemos, le hemos oído hablar del Reino. Nos ha invitado al Reino, nos ha enseñado que esta vida puede ser el Reino, nos ha anunciado que llegará la plenitud del Reino.

 

Y, desde el fondo de nuestros anhelos más profundos, hacemos propias sus palabras y pedimos a Dios, para cada uno y para todos, para las personas y para la humanidad, lo que Él mismo nos enseñó a pedir: “Venga tu Reino”

 

 

José Enrique Galarreta