EVANGELIOS Y COMENTARIOS     

                             
                              

 

                            

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Jn 8, 1-11

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Jugamos a pensar que somos libres

 

 

¿Qué es más importante: la norma o la persona? La ley judía, tal como indican quienes llevan a la mujer ante Jesús, exigía la muerte de los adúlteros: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte” (Libro del Levítico 20,10); “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos” (Libro del Deuteronomio 22,22). Aunque en una cultura machista, quien realmente moría era la mujer.

 

Con frecuencia, la violación de la norma se ha pagado con la muerte. De ese modo, los grupos humanos buscaban protegerse frente a comportamientos “desviados” que podían poner en peligro la estabilidad social.

 

A nivel individual, el motivo tiene que ver también con la seguridad: el individuo se siente seguro y resguardado de imprevistos cuando ve que las normas son respetadas.

 

Desde el lado religioso, la norma se reviste de un “manto sagrado” que puede hacerla “intocable” e infinitamente más rígida, al ser presentada y considerada como expresión de la voluntad divina. Nos encontramos, de nuevo, con lo que aparecía en el comentario de la semana pasada: la religión suele entender la norma como expresión de los “intereses de Dios” frente a los intereses del ser humano, dando como resultado un planteamiento en clave de rivalidad.

 

En esa confrontación, es claro que los supuestos intereses de Dios han de estar siempre por encima de los humanos; lo contrario es considerado “pecado”. Y, por esa misma razón, la persona religiosa puede convertirse en fanática, arrogándose nada menos que la defensa de la Voluntad divina. Así se explica la obcecación cruel de quienes, en nombre de la Ley, no dudan en apedrear a una mujer hasta la muerte.

 

Mientras la persona se halla identificada con ese modo de ver, no se cuestiona su actitud: aunque sea dar muerte a alguien, eso es “lo que se debe hacer”. Pero apenas tomamos un mínimo de distancia, empiezan los interrogantes: ¿Qué religión es esa en cuyo nombre se pueden matar personas y que no defiende al ser humano por encima de cualquier otro valor?

 

Se trata, sencillamente, de una religión que, al absolutizarse, se ha pervertido, porque se ha confundido de Dios, olvidando que Dios no puede ser sino Vida para todos sus hijos.

 

Ese riesgo suele acechar a la persona religiosa…, mientras no desmonta sus ideas sobre Dios. Una prueba de ello es que este pasaje que comentamos fue omitido en la mayoría de los códices y a punto estuvo de perderse. Finalmente, ya en el siglo V, recaló en el cuarto evangelio, aunque ciertamente no es joánico; parece más propio de Lucas. Quizás el motivo por el que terminó aterrizando aquí sea el texto que vienen un poco más adelante: “Yo no juzgo a nadie” (Juan 8,15).

 

Lo que la peripecia de este texto pone de relieve es la tendencia humana a asegurar el cumplimiento de la norma, así como el miedo a admitir excepciones a la misma. En definitiva, aquella comunidad primera, probablemente por su rigidez frente al adulterio, tuvo miedo de la actitud libre y perdonadora de Jesús, hasta el punto de silenciar (censurar) su novedad. 

 

Es esa novedad precisamente la que destaca el relato. Frente a una religión que condena, Jesús es perdón sin reservas. Sus palabras a los acusadores parecen reproducir aquellas otras cargadas también de sabiduría: “¿Cómo te atreves a decir a tu hermano: déjame sacarte la mota del ojo, mientras llevas una viga en el tuyo?” (evangelio de Mateo 7,4).

 

A lo largo del evangelio, Jesús ofrece perdón gratuito, mostrando de ese modo a un Dios “diferente”: no amenazante ni condenador, sino compasión incondicional.

 

Esta manera de ofrecer el perdón pareciera indicar que es también nuestro mismo concepto de “pecado” el que debemos modificar. Para una religión basada en la norma –y, en consecuencia, en el “mérito”-, el pecado aparecía revestido de malicia consciente y deliberada, por lo que la persona se hacía acreedora de la culpa y el castigo.

 

Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que el pecado se vincula, antes que nada, a la ignorancia. ¿Por qué hacemos el mal? Porque, como diría el propio Jesús, “no saben lo que hacen” (evangelio de Lucas 23,34).

 

No en vano, el término griego “hamartía” (pecado) significa literalmente “errar el blanco”. Al Buda se le atribuyen también estas palabras: “Si realmente supiéramos lo que es el bien, lo haríamos siempre”. Similares a las que dijera Sócrates: “Nadie hace el mal salvo por ignorancia de su lugar en el mundo o del bien”.

 

Evidentemente, la ignorancia de la que aquí se habla no es el mero “no saber” el código de moral o la lista de mandamientos. Se trata más bien de la “oscuridad” e inconsciencia en la que se halla nuestra mente, objeto de un sinfín de condicionamientos de los que, en la mayoría de los casos, ni siquiera somos conscientes, porque ocurren en la zona oscura de nuestro psiquismo.

 

No hemos elegido nuestros genes, tampoco a nuestros padres ni el entorno en el que hemos nacido y crecido, con toda la serie de “mensajes” que se han grabado, casi indeleblemente, en nuestro interior: ¿dónde queda la supuesta libertad? Por otro lado, los neurólogos nos dicen que el pensamiento se produce cinco segundos antes de que nos demos cuenta de él; si tampoco elegimos nuestros propios pensamientos, ¿a qué se reduce la libertad?

 

Pero incluso, desde la perspectiva no-dual, si no existe el “yo” como una entidad independiente, sino sólo como una ficción creada por nuestra mente, al apropiarse de sus propios contenidos mentales, ¿”quién” sería el supuesto sujeto libre?

 

Finalmente, cada persona puede experimentarlo por sí misma. Si vuelvo la vista atrás, hacia mi pasado, ¿puedo decir, de un modo riguroso, que fui yo quién decidí mis actos, o no fueron más bien ellos los que sencillamente ocurrieron? Si analizo sólo “mis” acciones de ayer, ¿puedo decir con verdad que fui yo el hacedor libre de ellas, o no fue sencillamente una serie de reacciones condicionadas por los diferentes estímulos, de acuerdo a la programación recibida de los genes y de los diferentes condicionamientos padecidos a lo largo de mi historia?

 

Es indudable que, a un nivel relativo, jugamos a la ficción de pensar que somos libres, y sobre esa ficción descansa, en cierto sentido, nuestra sociedad. Sin embargo, a un nivel profundo, a ese mismo nivel en el que descubrimos la inconsistencia del “yo”, venimos a reconocer que no existe lo que llamamos el “hacedor individual”, sino que los “yoes” son sencillamente diferentes “papeles” que crea la Conciencia en toda esta representación que es el mundo que conocemos.

 

En esta perspectiva, no hay lugar para el mérito ni para el orgullo; tampoco para la culpa ni para el juicio o condena del otro. Todo está sencillamente “programado” por la Conciencia. Todo es un “juego” o “sueño” de Dios. Siendo así, ¿cabe otra actitud que no sea la del perdón?

 

De entrada, el ser humano tiende a despreciar este tipo de afirmaciones, porque venimos de una identificación con el yo, o mejor, con una “idea del yo” como entidad independiente, consistente, libre y, por tanto, responsable, merecedora de premio o castigo. Y es ese “yo” el que, después de haberse considerado como protagonista autónomo, se resiste a ver su propia inconsistencia. Porque negar su presunta libertad equivale a reconocer su carácter de “marioneta”. Pero, como decía antes, cualquier persona puede empezar a experimentarlo por sí misma, con tal de que analice rigurosamente lo que llama “sus” acciones.

 

Descubierto el carácter vacío del yo, no sólo desaparecen el orgullo, el miedo, la culpabilidad, el juicio y el odio –que no es poco-, sino que nos apercibimos de que somos la Conciencia atemporal, la Presencia ilimitada, que se expresaba en esta forma concreta. Hemos nacido a nuestra identidad más profunda.     

                                  

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com