VENTANA ABIERTA     

                             
                              

 

                             cristianos siglo veintiuno
ÍndicePágina Principal

 

 

 

UNIVERSALIDAD DE

LOS DERECHOS HUMANOS

 

 

En 1948  la Asamblea General de las Naciones Unidas establecía que “la libertad, la justicia y la paz en el mundo  tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”.

 

Hoy nos encontramos con el dilema de cómo compaginar la unidad de esos derechos universales con la diversidad o multiplicidad de pueblos, culturas y religiones que se acogen a ellos. Conviene recordar que esa Declaración Universal de Derechos Humanos está prácticamente firmada por todos los pueblos.

 

La conciencia actual está muy sensibilizada hacia el reconocimiento del otro, hacia el respeto de  la alteridad como condición indispensable para implantar un orden justo. Tal conciencia esta espoleada por la reiterada y desastrosa experiencia del pasado, del sobre todo imperialista y colonizador Occidente que, en lugar de reconocer alteridades, las asimiló y sometió con muestras de intolerable arbitrariedad y crueldad.

 

Esa empresa aconteció en Europa y se alentó desde Europa, desde una Europa cristiana, en la que el cristianismo hizo muchas veces de papel legitimador. Por esa razón, entiendo que cuantos miren a Europa como cuna de los Derechos Humanos lo hagan desconfiadamente y se atrevan a afirmar que no es posible un encuentro de civilizaciones sobre la base de unos derechos humanos universales. En este caso, diría con Metz, padre de la teología política, que “nada se ha vuelto más sospechoso que lo universal”.

 

Ciertamente, tenemos una historia de dominación, donde la misión de Europa estuvo impregnada con una voluntad de poder, contraria a la  Ilustración como razón de libertad de otros y de justicia “que mira  a la dignidad  y libertad de todos los hombres como sujetos”. Nos hemos distinguido con predominio de la “voluntad de poder”, ejerciendo por ello de eurocéntricos y, al mismo tiempo, de antieurocéntricos. 

 

Pero en ese camino, la perspectiva del  cristianismo no se agota en la misión de mera complicidad y servidumbre, sino que se alza como recuerdo y compromiso de las víctimas, del amor a los otros, incluso de los enemigos, de profecía y de constante cambio y reforma. Desde el principio, el otro, y el otro pobre, extranjero o enemigo, ha sido valorado por el cristianismo como vicario de lo sagrado.

 

Ahora, ¿qué fue y cómo se hizo posible en la Europa cristiana, el holocausto de Auschwitz?  ¿Cómo se pudo seguir siendo cristiano al margen del sufrimiento de tantos seres humanos?

 

Pero, no hagamos escándalo de algo pasado y que, bajo otras formas, lo está siendo en nuestros días. En el escándalo del imperialismo actual, del colonialismo y de las  multinacionales, de guerras invasoras que fabrican pobres, sumisión y dolor, está metida hasta los huesos la apatía de la Europa cristiana. Para ser más exacto, está dentro el “cristianismo como religión burguesa”.

 

Mi pregunta es si, en esa religión, Dios (el Dios bíblico)  vive o está muerto. Para mí que está muerto, pues en esa religión hemos aprendido a celebrar el olvido de Dios. La religión burguesa es “opio” para los que más tienen, “ideología de la seguridad”, “cómplice de una sociedad que no quiere cambiar”. Y esta religión es estrictamente apolítica, es decir, convertida en asunto privado, por ser ajena precisamente  a los sufrimientos de las mayorías, y poder llevarlo adelante impunemente.

 

Si Jesús hubiera sido apolítico o políticamente neutral no habría sido crucificado. Jamás ningún seguidor de la religión burguesa será crucificado, porque en su opción religiosa está fuera la esencia política de la religión.

 

Quien rastrea en la historia halla numerosas huellas de este oprobio y  complicidad del cristianismo, pero también descubre el fulgor de hombres  que tuvieron el coraje de ejercer la profecía política, si hubo un Juan Ginés de Sepúlveda, hubo también un Fray  Bartolomé de las Casas y junto a una teología idealista ha habido otra teología crítica y liberadora.

 

En este sentido, para los que ponen en duda o  bajo sospecha el universalismo, hay que recordarles que  “no todo universalismo es manifestación de una voluntad de poder” y concederles que el universalismo europeo de los derechos humanos sólo puede hacerse valer si su dimensión se lleva a cabo desde la predisposición a reconocer a los otros en su alteridad.

 

En la actualidad, la Declaración Universal de los Derechos Humanos representa el pilar sobre el que erigir una común convivencia de respeto y cooperación universal. Ciertamente, esos Derechos no son reconocidos ni están implantados en muchas partes de la tierra, pero son ya una guía y una meta, unos ideales o propuestas que  deben arraigar en todos como exigencia e imperativo ético.

 

La ideologización hecha con tales derechos desde el primer Mundo, como si la  mera proclamación de los mismos bastara para su efectivo reconocimiento, no anula su base y consistencia, que se apoya en la intrínseca dignidad de la persona humana. Esa dignidad surge en parte del subsuelo y espíritu  europeo y se encuentra también en la identidad cultural de otros pueblos y religiones. Coincidencia ésta que establece una base común, de validez universal, que hace posible el reconocimiento, el respeto, la cooperación y, sin que se implique en ello, la  negación de otras peculiaridades  de la identidad de cada pueblo.

 

El que la dimensión profunda de Europa haya sido tragada en buena parte por el neoliberalismo económico y burgués, que sanciona la primacía de la economía y la le ley del más fuerte, no fundamenta la renuncia a un   intercambio positivo de civilizaciones, que converge sobre la dignidad universal de la persona y crece con profundo arraigo en Europa. La modernidad ha supuesto una vuelta al antropocentrismo, al ser humano como sujeto de libertad, justicia y solidaridad. Pero hay quienes que, como el teólogo J.B. Metz,  resaltan “la emergencia de un cierto culto  de la postmodernidad europea, que llevaría a la muerte de aquella racionalidad que desea hacerse práctica como solidaria y propia de sujetos. En el fondo estaría Nietzsche , el profeta del adiós a la modernidad quien, además de crítico apasionado del monoteísmo cristiano, alentaría el final de la conciencia normativa  y de la  moral en una vida “más allá del bien y del mal”.

 

En todo caso, saludando con gozo el policentrismo cultural hoy en auge, pienso que el cristianismo de Occidente, fiel a sus componentes más originarios, puede actuar junto con las otras religiones como soporte de los Derechos Humanos y  causa y modelo productivos para la paz mundial.

 

 

Benjamín Forcano

Sacerdote y teólogo