Rezar cristiano y pensar mundano
Las
parábolas evangélicas me llegan hondo. Tienen para mí una
gran fuerza aun cuando pasado el tiempo me haya alejado de
la práctica religiosa y me halle ahora en ese espacio mental
que denomino “tierra de nadie”, ni religioso ni profano. Y
tal vez sea esta fuerza motivadora la razón por la que me
cuesta a menudo coincidir con el punto de vista de quienes
las comentan desde la perspectiva religiosa.
Tal me
ocurrió con el evangelio del pasado domingo, 25 Tiempo
Ordinario (A) Mateo 20, 1 – 16, que me llegó, como de
costumbre, a través del boletín de “ecleSALia” comentado por
José Antonio Pagola [1].
Admiro a
Pagola, leo con agrado sus escritos y suelo reenviarlos a
mis contactos. En esta ocasión lo hice con una cabecera que
en síntesis decía:
Os invito a reflexionar sobre esta parábola desde la perspectiva que
puede tener una persona no creyente. Sin el menor ánimo
blasfemo, os invito a suprimir el término Dios y tratar de
ver esta parábola con ojos puramente humanos. Si lo hacéis,
veréis que es un claro ejemplo de esa justicia equitativa
que tanta falta hace en nuestro mundo actual.
Me movió
a ello el título que Pagola había puesto a su comentario:
“Bondad escandalosa”. Me parece bien, es provocativo, invita
a pensar. Sólo que para mí lo escandaloso es que la bondad
pueda parecer escandalosa a las personas cristianas; que
mayormente éstas piensen igual que las paganas, y que un
ateo comunista tenga mayor sentido de la justicia equitativa
que cualquier buen católico de nuestra “civilización
occidental cristiana”. Y digo esto último porque me
viene a la memoria una frase de uno de los protagonistas del
film “Cien años de oración” que dice: «A cada cual
lo que necesita, no lo que merece. Esto es comunismo, y es
hermoso».
Es
hermoso, sin duda. Pero guiones cinematográficos y estética
aparte, el criterio que rige nuestra decadente civilización
es la meritocracia. A cada cual según merece, ya sea por su
esfuerzo o por lo que designen las leyes, bien sea el legado
de sus antepasados o cualquier otra causa establecida. Dar a
cada cual lo que necesita para vivir parece hoy día a la
inmensa mayoría de la gente una estupidez. En pocas
ocasiones se le ocurre a nadie tener en cuenta las
necesidades de la persona excepto para hacer caridad,
asistencialismo descarado y humillante que en ningún momento
se propone erradicar la injusticia.
A todo el
mundo aquí y ahora le parece justo que un catedrático gane
más dinero que un basurero, y que un alto cargo de una
multinacional gane más que un catedrático. Y si bien aparece
de vez en cuando alguien que se escandaliza por lo que
cobran las gentes famosas, como los deportistas de élite y
las estrellas de lo que sea, no falta quien lo justifique
tanto por la ley de la oferta y la demanda dada la gran
escasez que hay de esas personas y el alto rendimiento
comercial que de ellas se obtiene, como por el esfuerzo que
significa llegar a alcanzar esas capacidades y mantenerlas.
Pero bien sabemos que puestos a justificar, se justifica
todo, porque el pensamiento encuentra siempre razones para
lo que el corazón pide.
Lo que mi
herética mente se pregunta es si esta forma de interpretar
esta bella parábola no es un modo de desviar su mensaje
hacia la vía muerta que se supone es camino del cielo. ¿Qué
razón hay para derivar el pensamiento hacia la bondad divina
cuando en la narración hay una tan clara invitación a
cuestionar de arriba abajo nuestra propia forma de pensar y
de sentir? ¿Acaso no es la transformación total de la
persona lo que pretende el mensaje jesuánico?
Tal vez
quienes así predican el cristianismo tengan poderosas
razones para obrar como lo hacen. Tal vez mi pobre mente
profana no alcance a comprender el gran misterio que
encierra la vida religiosa, y ésta sea la causa por la cual
me parece incoherente rezar en cristiano y pensar y vivir en
mundano. De ser así, me gustaría que alguna persona
entendida se tomase el trabajo de explicármelo.
Gracias
de antemano.
Pepcastelló
pde.lhdg@gmail.com
[1]
http://eclesalia.blogia.com/2008/091701-intuir.php
Nota de la redacción: Feadulta publica igualmente desde hace algún tiempo los comentarios
de José Antonio Pagola.