¿EXISTE
UN MODELO DE
“FAMILIA CRISTIANA”?
Dijo Jesús: “¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra?
Os digo que paz no, sino espada. Porque, de ahora en
adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra
dos y dos contra tres; se dividirá padre contra hijo e hijo
contra padre, madre contra hija e hija contra madre, la
suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc 12,
51-53), “así que los enemigos del hombre serán los de su
casa” (Mt 10, 36).
Jesús dijo además: “No llaméis padre a nadie en la tierra,
pues uno solo es vuestro Padre, el del cielo” (Mt 23, 9). Y
algo más sorprendente: “Un discípulo le dijo: Señor, déjame
ir primero a enterrar a mi padre. Jesús le contestó: Sígueme
y deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8,
21-22). Más aún: “Otro le dijo: Te seguiré, Señor, pero
primero déjame despedirme de mi familia. Jesús le replicó:
Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el
Reino de Dios” (Lc 9, 61-62).
Y todavía, un relato desconcertante: “Llegó su madre con sus
hermanos y, quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una
multitud de gente estaba sentada en torno a él. Le dijeron:
Oye, tu madre y tus hermanos te buscan ahí fuera. Él les
contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y, paseando
la mirada por los que estaban sentados en corro en torno a
él, añadió: Mirad a mi madre y a mis hermanos. Pues el que
cumpla la voluntad de mi Padre del cielo, ése es hermano mío
y hermana y madre” (Mc 3, 31-35).
A todo esto hay que añadir que las relaciones de Jesús con
su familia no fueron buenas: “Entró en casa, y se reunió tal
multitud que no podían ni comer. Sus familiares, que se
enteraron, se pusieron en camino para echarle mano, pues
decían que había perdido el juicio” (Mc 3, 20-21). Después
fue un día a su pueblo, Nazaret, “se puso a enseñar en la
sinagoga” y el resultado fue que “todos se escandalizaban de
él”. Y Jesús dijo: “Sólo en su tierra, entre sus parientes y
en su casa desprecian a un profeta” (Mc 6, 4). Y es que,
según el evangelio de Juan, “ni sus parientes creían en él”
(Jn 7, 5).
Está claro que, para Jesús, ni la familia es intocable, ni
la familia es lo primero, ni las relaciones de parentesco
son lo principal. Para Jesús, lo determinante no son las
relaciones de familia, que son obligatorias legal y
socialmente a cambio de ofrecer una forma de “seguridad
social” (J. P. Meier). Para Jesús, lo fundamental son las
relaciones de fe, que son libres y se basan en el amor
mutuo, la “relación pura”, que resume la religión entera (Mt
7, 12; Lc 10, 27-28). En el fondo, esto es lo que quiere
decir Jesús cuando dice que el marido no puede repudiar a su
mujer “por cualquier causa” (Mt 19, 3-6).
Hasta el año 845, los cristianos se casaron como se casaban
todos los ciudadanos en los tiempos del Imperio Romano.
Incluso después de tantos siglos, el matrimonio se justifica
por razones de derecho civil, no por argumentos teológicos.
Así consta en los “Decretos Pseudoisidorianos” (F. G. Le
Brass).
En el reinado de Pipino el Breve, y por influencia de san
Bonifacio, se originó dentro del Imperio Franco una
evolución hacia la consecución de un control eclesiástico
sobre los matrimonios. En los siglos XI y XII, la Iglesia
tuvo total jurisdicción sobre el matrimonio y sus efectos
civiles. Pero hay que esperar hasta ese tiempo para que la
Iglesia tomara conciencia de la dimensión sacramental del
matrimonio.
La primera vez que se atribuye al matrimonio un carácter
religioso (“religiositatis species”) es en 1139, en el II
Concilio de Letrán (Denz. 718). A finales del siglo XII, en
1184, es cuando se vio el matrimonio como sacramento, en el
Concilio de Verona (Denz. 761).
Es verdad que, mucho antes, san Agustín habla del matrimonio
como sacramento (“De bono coniug.” 7). Pero Agustín no
entiende el “sacramento” en sentido propio. Ni dice que sea
fuente de gracia (P. Adnés). La liturgia del matrimonio fue
obligatoria para el bajo clero. Los laicos podían aceptarla
o prescindir de ella. Es a partir del Concilio de Trento
(siglo XVI) cuando la teología del sacramento del matrimonio
fue aceptada por toda la Iglesia (Denz. 1801-18012).
Si durante tantos siglos no estuvo clara en la Iglesia la
teología del matrimonio ni el modelo de familia, es porque
en la Biblia no hay un modelo uniforme. Y menos aún se puede
hablar de un modelo basado en una presunta “ley natural”.
Por ejemplo, la poligamia estuvo permitida en Israel, desde
los Patriarcas hasta el tiempo de Jesús y hasta mucho más
tarde (J. Jeremias). San Pablo habla del matrimonio (Ef 5,
21-32) afirmando que lo propio del marido es el “amor”, en
tanto que a la mujer le corresponde la “sumisión”.
Ahora bien, si Jesús fue tan crítico e incluso tan duro con
la institución familiar y las relaciones de parentesco; y si
además la Iglesia, durante tantos siglos, no se interesó
apenas por el sacramento del matrimonio, hay que preguntarse
por qué ahora los obispos dicen que lo más grave que está
ocurriendo es que el Gobierno está poniendo en peligro la
“familia cristiana”. ¿No será que lo de la “familia
cristiana” es una pantalla que oculta otros intereses? Me
temo que sí.
Un modelo de familia presupone un modelo de sociedad y un
modelo de política. Una política conservadora necesita un
modelo de familia tradicional. Y la familia tradicional es
el medio más eficaz para mantener la sociedad tradicional.
Jesús no tuvo familia. Dejó la familia en que vivía, no se
casó ni formó un hogar. Todo lo que ata: ataduras
familiares, políticas, religiosas..., no brota del
Evangelio, sino de otros intereses. Entonces, ¿de dónde
viene lo de la “familia cristiana”? ¿de Jesús? ¿de los
obispos? La familia es necesaria. Pero que nunca sea un
modelo de familia que somete, que ata y que impone un modelo
de política y de sociedad.
José M. Castillo