EL
ABORTO:
POR
UN CONSENSO ÉTICO-CIENTÍFICO
Llevamos
años con la disputa del aborto, marcada por una tendencia a
favor y otra en contra. Y, en la lid, con postura
contundentemente conservadora, la Iglesia católica. Una
causa que a nadie deja indiferente.
La
verdad no la posee nadie en exclusiva, pero como sinónimo de
realidad "nos puede y se nos impone a todos". La cuestión
está en que, cuando de realidad se trata, nos acercamos a
ella más para cubrirla con el manto de nuestra ideología que
para verla tal cual es, objetivamente.
¿Cuál
es, pues, la verdad real del aborto?
Muchos
estamos convencidos de que, en este punto, puede haber un
acuerdo racional, científico y ético político, porque la
base de que disponemos para entrar en esa "realidad" es
común a todos. Se trata de un problema humano, del que no se
ocupa la Biblia y al que hoy podemos acercamos por la puerta
de la ciencia, de la filosofía y de la ética.
Todos
apostamos por la vida, ¿pero cuándo esa vida comienza a ser
un individuo?
“Todo
individuo tiene derecho a la vida”, proclama la Declaración
universal de los Derechos Humanos (Art. 3). Y todo individuo
tiene el deber de respetar ese derecho. Y, sobre este
derecho-deber, reposa la posibilidad, el hecho y el futuro
de la convivencia humana.
Sin
embargo, no goza al parecer de esta evidencia lo que
constituye el proceso embrionario del prenacido: ¿se puede
afirmar con seguridad que ese proceso es desde el inicio un
individuo humano?
Nos
movemos sobre una duda, que nadie puede atreverse a despejar
a priori diciendo que el embrión es individuo o no lo es; el
embrión anuncia la presencia de algo que desborda el
contorno y naturaleza de la vida misma de la madre.
La
cuestión se plantea simple y agudamente porque si no se
paraliza el proceso, éste acabaría con un hijo que no se
pensó o no se desea y puede representar ciertos
inconvenientes o complicaciones. Es entonces cuando, frente
a ese límite, surge la pregunta: ¿puede la mujer impedir el
proceso del embrión por determinados motivos o dentro de un
plazo determinado?
Es
cierto que los motivos para impedirlo no van a convencer si
se supone que el embrión es un individuo, y la solución de
los plazos tampoco si se lo da como existente desde el
principio.
Resulta,
por tanto, crucial averiguar si el proceso del embrión,
variante en su desarrollo, admite establecer dentro de él un
antes en que no es individuo y un después en que lo es.
El
estatuto epistemológico del embrión
Se trata
simplemente de saber cuándo, en el desarrollo evolutivo del
embrión, hay una vida humana.
La
puerta que nos lleva a descubrir ese cuándo está
abierta para todos, también para los que se profesan
creyentes. La fe, del tipo que sea, no sirve aquí para
resolver el problema del aborto.
"No está
en el ámbito del Magisterio de la Iglesia el resolver el
problema del momento preciso después del cual nos
encontramos frente a un ser humano en el pleno sentido de la
palabra"
(Bernhard
Haring, autor de la famosa "La ley de Cristo", célebre y
acaso el más reconocido moralista en la Iglesia católica).
Por
supuesto, también los católicos pueden pronunciarse sobre el
tema, pero con los métodos propios de las ciencias humanas.
El Nuevo Testamento no aborda este tema y sobre él la
Iglesia no tiene autoridad para resolverla como si de una
verdad de fe se tratara.
La
Iglesia católica ha defendido siempre -y es de loar - la
vida del prenacido. Pero, antes de llegar a las
valoraciones, hay que señalar el contorno preciso de esa
realidad. El concilio Vaticano II tuvo, respecto a este
tema, unas palabras acertadas:
"La vida
desde su concepción ha de ser salvaguardada con el
máximo cuidado" (GS, 51).
Texto
fundamental para los católicos, pues fue puesto con toda
deliberación para dejar bien claro que la Iglesia no tiene
palabra o respuesta propia sobre el "cuándo" se da la
concepción de una vida humana, por ser algo que
pertenece a las ciencias humanas.
El
concilio, al tratar el tema de la Cultura, reconoció la
autonomía e inviolabilidad del saber humano, dejando
superada la posición anterior de sostener que la Iglesia
católica tiene autoridad para interpretar como nadie las
verdades incluso de la ética natural.
La
lección histórica debiera servir para distinguir entre lo
que es la fe y lo que son los conceptos o representaciones
que la misma Iglesia utiliza como vehículo para su
conocimiento y explicación. Una cosa es la explicación
cultural del momento y otra la verdad de la realidad,
nunca formulada definitivamente.
Nadie
hoy queda perturbado en su fe porque la tierra gire
alrededor del sol (cosa que al científico Galileo no se le
permitía afirmar en nombre de la fe), ni porque no acepte la
visión de una cosmología antigua, o acepte la teoría de la
evolución de las especies o niegue la interpretación literal
de la Biblia hasta aceptar el método histórico-crítico o no
haga profesión del juramento antimodernista tal como lo
impuso en 1910 Pío X a todo profesor de seminario.
La
verdad la vamos desvelando a través de los nuevos
conocimientos que van surgiendo en la historia. El saber
humano es evolutivo y no está en exclusiva en manos de la
Iglesia católica.
Entonces, queda resuelta una primera dificultad: los
católicos, al tratar del aborto, deben asumir como parte del
anuncio evangélico las verdades científicamente avaladas,
aun cuando luego puedan incrementar o reforzar la estima de
la vida desde otras perspectivas o motivaciones.
La
ciencia y la fe están "una y otra al servicio de la única
verdad", "vuestros senderos son los nuestros" (Mensaje
del concilio a los hombres del pensamiento y de la
ciencia).
Cuando
no hay convergencia en ese servicio es porque la ciencia es
falsa o es falsa la fe. Los católicos han defendido -y
siguen haciéndolo- con especial énfasis el derecho a la vida
del prenacido, pero el énfasis se ha convertido en exceso al
haberlo hecho "desde el primer instante de la fecundación",
lo cual no deja de ser una teoría discutida y discutible, no
un dogma.
De
hecho, siempre existieron en la tradición cristiana teorías
diferentes (teoría de la animación sucesiva defendida por
Sto. Tomás y teoría de la animación simultánea, defendida
por San Alberto Magno) sobre el momento de constitución de
la vida humana. Aunque la teología postridentina, a la hora
de resolver los problemas de la moral práctica, ha partido
siempre de la animación inmediata.
¿Cuál
es, pues, el estatuto epistemológico del aborto?
Podríamos resumir las posiciones respecto a esta cuestión en
dos:
·
las
teorías antiguas, las más clásicas, que afirman que el
embrión es vida humana desde el principio, por la simple
fusión de los gametos,
·
y las
teorías más modernas que afirman que el embrión no es
propiamente individuo humano hasta después de algunas
semanas.
1.
Las primeras se apoyan en el hecho de que un embrión lo es
por la clave genética de sus 46 cromosomas, específica y
originaria del individuo humano, que contendría y
caracterizaría toda su posterior evolución.
El
desarrollo del embrión sería un proceso continuo, sin
rupturas, pues estaría en él desde el comienzo toda la
potencialidad de su desarrollo. El inicio, desarrollo y
destino del embrión serían sus genes.
2.
Las teorías modernas reconocen como factor determinante del
embrión los genes, pero no bastarían ellos para constituir
un individuo humano, es decir, una estructura clausurada,
suficiente, que se convertiría en realidad sustantiva. Los
genes por sí solos no son suficientes ni acaban
constituyendo un individuo humano.
Se
necesitan otros factores extragenéticos -las hormonas
maternales, los externamente operativos- para que la
realidad del embrión pueda activarse y completarse.
Sólo en
torno a las ocho semanas esa realidad pasa a ser sujeto
humano, con una sustantividad propia, capaz de regir y
asegurar todo el desarrollo posterior.
Los
genes no son una miniatura de persona.
La biología molecular deja claro que, para el desarrollo y
la ética del embrión, la información extragenética es tan
importante como la información genética, que ella es también
constitutiva de la sustantividad humana y que la
constitución de esa sustantividad no se da antes de la
organización (organogénesis) primaria e incluso secundaria
del embrión, es decir, hasta la octava semana.
Quiere
esto decir que, si la individualidad es nota irrenunciable
de la sustantividad, el embrión antes de su constitución
como sustantividad, pasa por una organización constituyente,
pero no tiene sustantividad propia sino que es parte de la
sustantividad de la madre y, por lo tanto, no es sujeto
humano.
Queda
claro de esta manera que quien siga esta teoría puede
sostener razonablemente que la interrupción del embrión
antes de la octava semana no puede ser considerada como
atentado contra la vida humana, ni pueden considerarse
abortivos aquellos métodos anticonceptivos que impiden el
desarrollo embrionario antes de esa fecha. Esto es lo que,
por lo menos, defienden no pocos científicos de primer orden
(Grobstein, Alonso Bedate, J.M. Genis-Gálvez, etc).
Esta
hipótesis, suficientemente demostrada permite, a quien se
apoya en ella, defender como no atentatorias contra la vida
y como respetuosas de la vida aquellas acciones que se
producen en el proceso constituyente del embrión antes de
constituirse en feto, es decir, en estructura clausurada.
La
teoría expuesta modifica notablemente muchos puntos de vista
y establece un punto de partida común para entendemos, para
orientar la conciencia de los ciudadanos, para fijar el
momento del derecho a la vida del prenacido y para legislar
con un mínimo de inteligencia, consenso y obligatoriedad
para todos.
Benjamín
Forcano
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