DIOS DEBE IR A LA ESCUELA
Dios no es la religión. Y menos aún la asignatura de
religión. Casi todos los españoles han dado esa
asignatura en la escuela o el colegio. Casi todos la han
aprobado. Y algunos con nota. Pero a pocos se les nota
que han tomado en serio a Dios.
Si
el fracaso escolar es preocupante, el fracaso de la
asignatura de religión es clamoroso. ¿No será que esa
asignatura hace lo que las demás, que da unos
“conocimientos”, pero no transmite una “fe”?
Ningún estudiante, por aventajado que sea, dice “yo creo
en el teorema de Pitágoras”, sino que asegura “yo me sé
el teorema de Pitágoras”. Como nadie dice “yo creo en
Napoleón”, sino que afirma “yo sé lo que hizo Napoleón”.
Me
temo que, en el mejor de los casos, los muchachos, que
acaban la escuela, salen de ella diciendo “yo sé que
Dios es mi Padre”. Pero no estoy seguro de que afirmen
“yo creo que Dios es mi Padre”, con todas las
consecuencias que eso lleva consigo. Es más, estoy
seguro de que casi todos los estudiantes se van de la
escuela, del colegio, sin tomar en serio a Dios.
La
escuela se inventó para enseñar “conocimientos” y
comunicar “valores”. Para transmitir “creencias” está la
familia y la parroquia o su equivalente en otras
confesiones.
Y
sin embargo, yo pienso que Dios debe estar en la
escuela. Primero, porque en la escuela se debe enseñar
el respeto a los demás, a los que son creyentes y a los
que no lo son. Y se debe enseñar la tolerancia. Con los
que tienen creencias religiosas y los que no las tienen.
En la escuela se debe enseñar a convivir en paz en una
sociedad plural, en la que viven creyentes, agnósticos y
ateos. Y hay creyentes con creencias distintas.
Por lo tanto, en la escuela se debe enseñar que Dios,
por medio de las conciencias, no puede ser el gobernante
supremo. Porque hay conciencias que admiten a Dios y
conciencias que no lo admiten o que creen en dioses
distintos. Una escuela que no aclara estas cosas, es una
escuela que no educa para el respeto y la tolerancia,
sino que deseduca y crea fanáticos que convierten la
convivencia en un infierno.
Pero hay algo más importante todavía. Dios debe ir a la
escuela para que allí se aprenda a no utilizar el nombre
de Dios para lo que no se debe utilizar. Cuando los
cristianos decimos “santificado sea tu nombre”, es eso
lo que queremos decir. Echar mano del nombre de Dios
para imponer a otros lo que queremos (o para rechazar lo
que no queremos) no se debe hacer nunca.
Además, eso es peligroso, muy peligroso. Porque no es lo
mismo decir “yo quiero esto” que decir “Dios quiere
esto”. Para mucha gente no es lo mismo desobedecer a un
hombre que desobedecer a Dios.
Por eso ocurre que, con frecuencia, las religiones,
utilizando el santo nombre de Dios, limitan, recortan o
niegan los derechos de las personas. Por ejemplo, les
conceden a los hombres derechos que niegan a las
mujeres. O les asignan a los creyentes una dignidad que
les niegan a los ateos. Con lo que se establecen
privilegios para unos y humillaciones para otros.
En
ese caso, Dios irrumpe en la sociedad civil para sembrar
la discordia y el enfrentamiento. Y lo peor ocurre
cuando, esgrimiendo la voluntad divina, se justifican
resentimientos, odios, venganzas, humillaciones,
violencias y guerras.
El
terror brota con frecuencia de mentes “enfermas de
divinidad”, que ofenden, insultan y si es preciso matan
en nombre de Dios. Estoy hablando de uno de los azotes
más crueles que padecemos en este momento.
Muchas veces, el abuso de Dios no llega a tanto. Pero si
es abuso, siempre es peligroso. Eso también se debe
enseñar en la escuela. Porque hay gente que utiliza la
voluntad de Dios y sus sagrados designios para hacer
carrera, para trepar en la vida, para instalarse y
aparecer como un notable, un personaje importante,
dotado con una autoridad indiscutible. Con el agravante
de que quien hace eso, normalmente invoca también a Dios
para obtener privilegios, ganancias y favores que no se
les conceden al común de los mortales.
Es
importante que Dios esté en la escuela para evitar estos
abusos. Porque sólo así será posible el respeto para
todos por igual. Es más, sólo así será posible que la
gente le tenga respeto a Dios. Porque un Dios que
favorece a unos con detrimento de otros no puede ser el
verdadero Dios.
Por eso a veces pienso que quienes se imaginan que son
los más dignos representantes de Dios en la tierra, lo
que realmente hacen es provocar el rechazo. El rechazo
hacia ellos mismos, que, en última instancia, llega a
ser rechazo de Dios. Dicho más claramente, el llamado
“ateísmo” de algunos, no es sino la manifestación más
fuerte del explicable “anticlericalismo” de muchos.
No
sé si la asignatura de educación para la ciudadanía
puede entrañar posibles peligros. Lo que sí sé con
seguridad es que lo que he intentado explicar en este
artículo es uno de los más serios problemas que tenemos
que resolver en España lo antes posible. Por respeto a
nosotros mismos, a los demás, y también a Dios. Por eso
he dicho (y repito) que Dios debe ir a la escuela.
En
España, la de antes y la de ahora, el “factor Dios”
siempre ha sido (y es) importante. Y también ha sido (y
sigue siendo) un problema. Porque nuestros intereses y
nuestras revanchas andan casi siempre “enfermas de
divinidad”. Y ya está visto que esta enfermedad no se
cura sólo con clases de religión. Se curará el día que
empiece a ir a la escuela el Dios que exige, antes que
nada, respeto y tolerancia. El Dios que no tolera el
abuso de su santo nombre. El Dios que nos enseña a
convivir en derecho, igualdad y armonía.
José María Castillo
El
Ideal de Granada,
6
de octubre, 2007