¿Cuándo estamos VIVOS?
Cuando se alcanzan los 80 o los 90 años se tiene acumulada
la experiencia de doce o quince años de “infancia”, quince o
20 de “juventud”, treinta de “madurez” y el resto de
“vejez”.
Damos por hecho que estas catalogaciones son relativas, pero
utilizándolas porque todas lo son, es indudable que a esas
edades avanzadas, se tiene la ventaja de haber contemplado
el desfile de varias generaciones, variopintos gobiernos,
desde repúblicas a monarquías, pasando por largas
dictaduras, se conocen los entresijos, grandezas y miserias
de asociaciones, iglesias, instituciones, partidos y
sindicatos, se han visto evoluciones e involuciones,
progresos y regresos, enriquecimientos y empobrecimientos,
felicidades y desgracias de personas, familias, pueblos,
naciones y continentes.
Uno, una por dentro es como un mundo en miniatura, como una
biblioteca pequeña pero viva, una geografía de ríos, montes,
mares disfrutados, una historia sufrida y gozada, una
literatura saboreada, una astronomía contemplada con estupor
admirativo. Una se ha sentido artesana unas veces, obrera
otras, una aprendiz de casi todo, siempre.
He creído, he dudado, he contemplado, me he hundido y
reflotado, me he estremecido con las dádivas generosas de
muchos, con la total gratuidad del Dios vivo; he abrazado a
los que decepcionados por las “religiones” dicen no tener fe
pero derraman amor.
He encontrado el quicio del AMOR y la felicidad que
conlleva, en la gratuidad y desposesión y en el deseo de que
sean felices aquellos a los que amo.
Una se extraña de que quizá los que no han vivido la
infancia intensamente, vivieron la juventud con poca
profundidad y entran en la madurez tal vez con miedo a las
muecas o los guiños que la vejez hace a la vuelta de la
esquina…, te digan: “qué joven eres” como un piropo, aunque
lo más probable es que no les interesen tus opiniones,
porque, al fin de cuentas, piensan “los años son los años y
no pasan en balde”, vamos, que pasan factura.
Pues, sesudas personas de 45 a 62 años:
Ustedes y yo no sólo hemos vivido una infancia juguetona,
imaginativa, transparente, la tenemos incorporada a nuestro
ser más profundo. Otra cosa es que no la dejemos aflorar.
Ustedes y yo no sólo hemos sido jóvenes llenas de ilusiones,
de amores, altruismos, de contradicciones también; hemos
desplegado las alas y los sueños de conquista, hasta hemos
amado locamente y rumiado desengaños. Esta juventud no ha
pasado a mejor vida, está palpitante en las fibras más
entrañadas de nuestro ser que no tiene por qué arrugarse,
que puede ser nuevo cada día, si le dejamos renacer.
Cuando a alguien le llamamos santo, místico o poeta, le
adjudicamos un apellido como el de pobre, viejo, joven...
pero esos tres apelativos tienen al menos la función
indicativa de mostrar un camino por el que todos caminamos,
una realidad que todos somos con tal de que pulsemos las
cuerdas del arpa cubierta de polvo de nuestra infancia,
reformateemos la configuración de nuestra vivida juventud y
la madurez que reordenó las subidas y bajadas del tono de
nuestros pensamientos, emociones y reacciones.
Conjugar estas experiencias, actualizarlas, eso es VIVIR.
Pero vivir, vivir, ¿Cuánta gente está viva a los 12, 15, 20,
40 años? ¡Cuánto muerto ambulante se cuela por las calles,
las oficinas, las universidades, las discotecas, hasta por
algunos escritores!
Nos extraña ver una persona “VIVA” a los 80 o 90 años y qué
pocas facilidades le damos para que siga viviendo así, como
tiene que ser.
Tendría que extrañarnos mucho más ver personas muertas a
tempranas edades, es decir, sin ganas de moverse, ahítas de
todo, con pesimismos congénitos, miopes y estigmáticas ante
la vida y sobre todo, vueltas y arrugadas sobre sí mismas,
encerradas en su propio capullo de seda que se ha convertido
en su sepulcro como el capullo del gusano para la crisálida,
su atuendo mortuorio.
Matilde
Garzón Ruipérez
catedrática de latín, jubilada