LA CONTAMINACIÓN
IDEOLÓGICA
Nos quejamos de la sequía, del cambio climático, del
calentamiento de la tierra que, según dicen los expertos, es
irreversible. Sabemos las consecuencias que todo esto está
teniendo. Lo que no sabemos es lo que va a ocurrir dentro de
algunos años.
Como es lógico, todo esto plantea preguntas muy
preocupantes. Pero no se toman las medidas necesarias para
evitar el desastre. ¿Quién es el responsable de que todo
esto ocurra? Y por tanto, ¿quién tendría que adoptar las
decisiones eficaces para que la situación cambie de forma
radical?
Si este problema tan grave -seguramente el más grave que
tenemos que afrontar ahora mismo- se piensa en serio,
enseguida se da uno cuenta de que, si existe “contaminación
ambiental” en la atmósfera, en los ríos, en los mares, en el
suelo..., todo eso se debe a que existe una contaminación
previa, que es la verdadera responsable de que las cosas
estén como de hecho se han puesto. Me refiero a la
“contaminación ideológica”.
Quiero decir que el ambiente no estaría tan contaminado si
no estuvieran más contaminadas aún nuestras ideas. Con lo
cual estoy afirmando que la atmósfera, los mares, los ríos,
los campos... dejarán de estar contaminados el día que se
limpien nuestros criterios, nuestras convicciones y nuestras
formas actuales de vida, que están más sucias que todas las
cloacas de esta tierra en la que no paramos de echar
toneladas y toneladas de suciedad y porquerías repugnantes.
No es cuestión de maldad o de pereza. El problema está en la
inercia y el silencio.
Como es lógico, si el planeta tierra está tan sucio y
amenazado, la cosa se debe a que el sistema económico que
manda en el mundo, para seguir funcionando, no tiene más
remedio que seguir contaminando.
Desde hace unos meses, andamos preocupados por la crisis
económica mundial. Y nos da miedo pensar en que la crisis
llegue a ser una seria amenaza para la pervivencia del
sistema y para el crecimiento económico. Pero no nos paramos
a pensar que el crecimiento económico no es posible sino a
costa de un crecimiento paralelo de la contaminación. En eso
no queremos ni pensar. Y no se nos ocurre otra solución que
echar los residuos de plástico en el contenedor amarillo y
los de papel en el contenedor azul. Cuando la pura verdad es
que las grandes empresas contaminantes prosiguen incansables
en su tarea porque no están dispuestas a dejar de ganar lo
que ganan. De la misma manera que los gobiernos hacen la
vista gorda ante el desastre porque no quieren perder votos
en las urnas.
Unos y otros, empresarios y políticos se reúnen de vez en
cuando para nada. Porque saben que cuentan con el silencio
de la población. Mientras la gente viva bien, no corren
peligro los genocidas de la tierra.
Porque el genocidio, al que estamos asistiendo, nos
proporciona todavía una calidad de vida bastante
satisfactoria, al tiempo que evitamos pensar en lo que les
espera a los chiquillos que, dentro de cincuenta años, no
sabemos cómo van a poder subsistir.
La conocida autora canadiense, Naomí Klein, en su
provocativo estudio sobre “La doctrina del Shock”, un
estudio a fondo sobre “el auge del capitalismo del
desastre”, analiza cómo este capitalismo del desastre,
aunque no conspire deliberadamente para crear cataclismos de
los cuales luego se alimenta, existen pruebas de que las
industrias capitalistas trabajan muy duro para asegurarse de
que las actuales tendencias desastrosas no van a cambiar.
Grandes compañías petroleras han financiado durante años el
movimiento ideológico que niega el cambio climático. Por
ejemplo, Exxon Mobil ha gastado aproximadamente 16 millones
de dólares en eta propaganda de ideas torpes y turbias en la
última década.
Influyentes instituciones de Washington -incluidos el
Instituto Nacional para las Políticas Públicas y el Centro
para la Política de Seguridad- están fuertemente financiados
por contratistas del ámbito de la seguridad nacional y del
negocio armamentístico, cuyos beneficios provienen
directamente de esos institutos.
En 2004, el gigante de la comunicación digital, LexisNexis,
pagó 775 millones de dólares por Seisint, una compañía de
análisis de recopilación de datos que trabaja muy de cerca
en el sector de la vigilancia con agencias federales y del
Estado. Ese mismo año, General Electric, propietaria de NBC,
compró In Vision, el productor más importante de los
controvertidos aparatos para la detección de bombas de alta
tecnología utilizados en aeropuertos y otros espacios
públicos. In Vision recibió la enorme cantidad de 15.000
millones de dólares en contratos de seguridad interna entre
2001 y 2006, para que todo esto no trascendiera a la opinión
pública.
Los que mandan sobre nosotros, en economía y en política,
contaminan. Y nosotros nos dejamos contaminar. Más que en el
aire, las temperaturas y las aguas, en nuestras ideas.
Nos han metido en la cabeza que esta carrera hacia el
desastre no depende principalmente de nosotros, sino de
ellos. Y ellos aseguran que no se puede hacer otra cosa, si
es que queremos seguir viviendo bien, cada año mejor. En eso
consiste la contaminación ideológica.
Y podemos estar seguros que mientras la contaminación
ideológica siga funcionando, seguiremos viviendo
soportablemente bien. Pero eso será posible a costa de dejar
a nuestros chiquillos y a los chiquillos de nuestros
chiquillos quizá un buen cementerio para que los entierren,
pero no mucho más.
José M. Castillo