Charla de Paco Almenar,
al
recibir el “Premio Auras”
Antiguos Alumnos Jesuitas
“Con los Pobres de la Tierra,
quiero yo mi suerte echar”
[-la itinerancia de mi vida itinerante-]
¡Buenos días a todos!
Es una alegría muy
grande para mí estar con vosotros y encontrarme de nuevo
con cada uno, algunos desde que terminamos el colegio…
en 1967!
José Maria Tomás,
en nombre de la Asociación de Antiguos Alumnos,
me invitó a venir para este homenaje. Casi no vengo, a
pesar del cariño que os tengo y lo mucho que quiero a
los que me invitaron. Llegué a decirle a mi hermana
Elena que no venía… Pero, el grupo del Equipo
Itinerante (mixto) al cual pertenezco me liberó y empujó
para que viniese. Acepté con UNA ESPERANZA: que esta
venida mía sirva para que vosotros, y yo también, nos
aproximemos más a los pobres y su mundo, no tanto para
dar limosnas sino para dejar que ellos cambien nuestra
vida, nuestras ideas, nuestra manera de vivir y nuestras
opciones…
Sólo he venido con la
esperanza de ser PUENTE. Y el puente es para atravesarlo
y poder llegar a la otra orilla. No es para quedarse
admirándolo o haciéndole homenajes, sino para llegar al
tesoro que está en la otra orilla = LOS POBRES.
Entonces, mi intención es que os encontréis, no conmigo
y sí con ellos. No quiero “ser voz de los que no tienen
voz”. Quiero que los que no tienen voz en este mundo
TENGAN VOZ y nosotros LES ESCUCHEMOS. Para eso no hace
falta venir al Brasil, pues como vosotros sabéis mejor
que yo, en España hay muchos: inmigrantes, enfermos del
sida, drogadictos, desempleados… Y, ante un pobre,
debemos estar atentos, como si fuese conocedor de un
secreto maravilloso que solo él nos puede revelar.
Pues bien, lo que ha
dado y sigue dando sentido a mi vida, como persona, como
cristiano y como jesuita es vivir con los pobres y, en
la medida de lo posible, como ellos. Sin embargo, cuanto
más convivo con ellos y estoy cerca de ellos, más
percibo lo lejos que aún estoy, pero son ellos los que
me dan el sentido de vivir y la alegría de la vida…
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¿Cómo he llegado a
esta manera de pensar y vivir?
Como veréis, lo
considero un regalo del cariño del Padre por mí, que no
merezco. Soy realmente consciente de que no es mérito
mío. Conozco mis fragilidades y limitaciones (al menos
algunas de ellas) y no puedo enorgullecerme de nada.
Os cuento pues la
itinerancia de mi vida itinerante. La itinerancia hacia
los pobres, excluidos y vencidos de este mundo con los
que Dios-Padre/Madre quiso complicarse su existencia,
porque es Amor.
Papá y Mamá (Ramón y
Maria Teresa)
fueron los primeros en enseñarme el camino. Mi padre era
notario en Benisa cuando yo nací (en la casa de mi
abuela en Valencia), en 1949. Después pasamos a San
Mateo/Castellón (6 años), Chiva y Valencia (Torrente).
No éramos ricos pero no pasamos hambre. Ellos me
contagiaron el cariño y respeto que siempre tuvieron por
los pobres, la amistad sincera con personas sencillas.
Nunca sentí un solo gesto de desprecio hacia las chicas
del servicio doméstico que ayudaban a mi madre y vivían
con nosotros, amigas hasta hoy. Me enseñaron a repartir
lo que teníamos (de pequeños eran caramelos) con
generosidad, y a no desperdiciar nunca la comida pues
había muchos niños en el mundo que pasaban hambre…
Tía María,
mi madrina, hermana de mi padre, soltera, dedicada
siempre a los pobres de la parroquia, de pequeño me
llevaba a visitar a los gitanos en las cuevas de Godella.
Mucho después, con 70 años, se fue a una residencia de
ancianos para ayudarles y cuidar de ellos hasta que le
faltaron sus fuerzas y allí murió.
Con mis tres hermanas
Teresa Maria, Elena y Maria Amparo, siempre
tuvimos amigos y amigas de clases pobres sin sentirnos
superiores y sí iguales, dando y recibiendo amistad y
compartiendo lo que ellos y nosotros teníamos.
Con siete años de
edad, en Valencia, entré en el Colegio de San José de
los jesuitas. Dos imágenes fuertes se me quedaron
grabadas: Me preguntaba por qué había niños que
estudiaban en las “Escuelitas”, frente a nuestro colegio
en la misma manzana, y no lo hacían con nosotros. Y por
qué, cuando salíamos al patio del recreo, niños de la
calle subían al muro y, desde lo alto, nos pedían los
bocadillos de la merienda que habíamos echado al suelo.
Cuando íbamos a sexto
de bachiller, un joven jesuita que se iba al Brasil,
Arturo Jordán, pasó por nuestra clase y nos dio una
charla cuyo título aún recuerdo: “Brasil, país de
contrastes”: colocando las maravillas y riquezas
naturales, tecnológicas, culturales de un lado… y de
otro lado, las desigualdades, injusticias, chabolas,
opresión de la dictadura militar… Realmente me impactó.
Entonces pensé estudiar medicina y después ir al Brasil
algunos años para trabajar como voluntario. Pero… en
“Preu” me lo pensé mejor y decidí entrar en la Compañía
de Jesús para irme al Brasil el resto de mi vida.
Antes de entrar en el
noviciado, aún estuve mes y medio en Lérida -junto con
el compañero de colegio Cogollos-, recogiendo
cebollas bajo un sol de 42 grados, con andaluces que
iban a ganarse el pan. Otra experiencia que me abrió los
ojos y el corazón.
En los dos años de
noviciado en Veruela (Moncayo/Zaragoza), teníamos cada
año un mes de experiencias. A mi me tocó ir a
Valdefierro, un barrio obrero de Zaragoza -junto con
Natalio (Ignacio Boix)-, donde descubrí el mundo de
las familias sufridas obreras. Y, mientras arreglaba los
papeles para ir al Brasil, aún estuve un año en Valencia
cursando el primero de filosofía. Aquí también hice una
experiencia de un mes trabajando en “Macosa”, empresa
metalúrgica, donde experimenté la dureza del trabajo
pesado y mal remunerado.
Así pues, en 1970 me
fui al Brasil. Llegué a Recife, capital del estado de
Pernambuco, nordeste de Brasil. Me impactó la clamorosa
realidad de desigualdad que saltaba a la vista. Y la
terrible situación, en el interior, de los cortadores de
caña de azúcar. Dos semanas después de mi llegada,
presencié un accidente de camión que se salió de la
pista, pues el conductor trabajaba 24 horas sin parar,
cargando caña, para ganar un miserable sueldo. Su pierna
cortada quedó a 50 metros de su cuerpo destrozado.
Estuve un año en Sao
Paulo terminando la filosofía y los fines de semana -con
mi compañero Vicente Masip-, íbamos a
visitar comunidades en pueblitos pobres y también un
orfanato.
Volví al Nordeste (mi
provincia jesuítica) para hacer un año de experiencia
pastoral en Trairí, parroquia pobre del interior del
estado del Ceará, donde Tomás Feliu era el
párroco. Allá me tropecé con la realidad de la hambruna
generalizada, mortandad de niños y desespero de adultos
frente a las sequías periódicas que acontecen, en aquel
tiempo sin medios ni ayuda que la pudiesen remediar. Yo
tuve mi crisis de agnosticismo, pero me acordé siempre
de la frase de Ignacio de Loyola: “En tiempo de
desolación, no hacer mudanza”: y continué haciendo
el bien que podía, aún sin sentir el sentido de lo que
hacía… ¡Sobreviví!
Me enviaron para
estudiar teología a Río de Janeiro de 1973-75. Me
encantó la teología y tuve la suerte de conocer y
trabajar con las personas –que son como mi familia hasta
hoy- de la “Favela Rociña”, mayor conjunto de chabolas
de América Latina. Muchas noches y todos los fines de
semana, íbamos allá, donde empezó una comunidad
cristiana, clases de alfabetización de adultos,
asociación de vecinos, etc. Las personas que vivían en
la “favela” (conjunto de chabolas) eran casi todos
nordestinos que, huyendo de las sequías y pobreza del
nordeste, habían venido con la esperanza de vida mejor.
Yo pedí al provincial que me dejase vivir allí, pero no
me dejó. En la universidad también experimenté la
terrible represión de la dictadura militar: En nuestra
organización de estudiantes, más de un compañero y
compañera desaparecían por estar repartiendo copias de
la carta de los Derechos Humanos (algo que hacíamos
frecuentemente, y aún más porque Brasil era país
firmante). Semanas después, estos compañeros reaparecían
tras haber sido torturados… Algún compañero seminarista
que venía a comer a casa, así como otra compañera muy
amiga, supimos después que, a cambio de un dinero, eran
informantes al DOPS (servicio secreto de la dictadura):
terrible el no poder fiarse de nadie.
Fui ordenado
sacerdote aquí en Zaragoza, con 26 años de edad, junto
con mi compañero maño Salvador Soler con
el que viví estudié y trabajé durante seis años. Nos
quedamos un año en Madrid para terminar la teología en
un instituto latinoamericano. Año de transición
franquista, donde participé en algunas manifestaciones
pacíficas, pidiendo “amnistía y libertad”, con Javi
Quinzá, Pepo Olmos, “Chiqui” Mantecón y otros,
corriendo por las calles cuando la policía nos atacaba
con bolas de goma y gas lacrimógeno.
Volví a Brasil y pasé
el año 1997 en la periferia de Recife, ayudando a
Salvador en una parroquia llena de “favelas”, que
visitábamos casa por casa, organizando pequeñas
comunidades de vida y de fe: Pobres ayudando pobres. Yo
empecé a vivir entre los pobres, en un cuartito, junto
con mi compañero Miguel Espar que era
sacerdote-albañil. Un matrimonio vecino –Severino y
Socorro- con doce hijos y las dos abuelas, viviendo
en una casucha estrecha, nos acogió como a sus hijos y,
hasta hoy, es mi familia de Recife. Compartíamos todo lo
(poco) que teníamos, ellos y nosotros. Pero yo siempre
deseaba ir hacia el interior, el “Sertao”, región del
nordeste semiárida, caracterizada por las sequías.
Así, en 1978, conocí
la diócesis de Crateús (Ceará), con su obispo y profeta
Antonio Fragoso, con sus 750 Comunidades de Base
con apenas 9 padres y 18 religiosas, con su lucha a
favor de los pobres y con los pobres para conseguir la
reforma agraria. Iglesia perseguida por la dictadura
militar con prisiones y torturas… Y fue amor a primera
vista. Me quedé 18 años y medio, hasta 1996. Don Fragoso
y esta iglesia han marcado profundamente mi vida para
siempre.
Como no me siento con
vocación ni cualidades de liderazgo ni de organizar
pastorales o administraciones, pedí en la Asamblea
Diocesana de Pastoral (representantes laicos de las
comunidades, los padres, las religiosas y el obispo) que
me permitiesen vivir con y como los pobres de la
diócesis, siendo una presencia gratuita y de apoyo a su
organización, celebración de la vida y lucha a partir de
la fe, y de presencia itinerante donde se me solicitase
en las parroquias de la diócesis. Y fueron tan buenos
que me acogieron así mismo con el corazón abierto.
Estuve primero siete
años y medio en Pitombeira, pueblito de unas 60
familias, a 42 kilómetros (a pié) de la sede del
municipio de Poranga. Gonzalo y Creusa –con sus
cuatro hijas vivas, pues se les murieron ocho!-, fue el
matrimonio que me acogió en su casa. Aprendí a ser
agricultor y comer de lo que plantábamos, o a no comer
cuando era tiempo de sequía. Hubo una que duró 5 años y
presencié dos suicidios a muerte lenta de dos mujeres
desesperadas que tomaron sosa cáustica. Compartíamos
todo: comida, sufrimiento, esperanza, luchas y alegrías.
Cuando podía era misionero andante, junto con Luisiña,
Jane y Margarete, agentes de pastoral en este
municipio.
A petición de la Asamblea Diocesana
de Pastoral -en la que yo percibía la voz de Dios pues
eran 80 personas discerniendo juntas el camino a seguir-
salí de Pitombeira y estuve cinco años en Crateús, sede
de la diócesis. Viví en un barrio de la periferia, en un
cuartito. Dos años junto con el santo padre Alfrediño
(Fredy Kunz), fundador de la Hermandad del Siervo
Sufriente en que los más pobres y excluidos ayudan a los
más pobres y recuperan su dignidad como personas: la
organización más linda que he conocido en mi vida! Él se
fue a Sao Paulo y yo continué acompañando la lucha de
los labradores sin tierra por la reforma agraria, la
catequesis a nivel diocesano andando por todas las
parroquias, y las comunidades eclesiales de base.
Continuaba siendo medio labrador para poder comer
fríjoles y harina de mandioca.
En Crateús, pueblo de
40.000 habitantes, aconteció la primera ocupación de
tierra urbana para habitar [en la zona rural, para
plantar y forzar la reforma agraria, apoyamos muchas
ocupaciones]: Eran 36 familias sin casa. Vivían
cambiando cada mes de cuarto, pues no tenían cómo pagar
el alquiler. Nos reuníamos cada semana para ver los
pasos a dar para resolver esta situación. Fuimos al
alcalde que dijo estar esperando un proyecto para casas
populares… pero nos quedamos esperando hasta ocho meses
y nada! Con mucho coraje y movidos por la necesidad, una
noche ocupamos una manzana limpia (o sea, con plumas de
gallina que apestaba, pues había sido un matadero), en
la zona noble del pueblo donde los ricos hacían sus
chalets. Montamos nuestras barracas con cartones y
plásticos. Al día siguiente enseguida apareció el señor
que se decía dueño con la policía y un abogado
amenazando y queriendo saber quien era el líder, a lo
que las mujeres con sus niños respondían: “Todas
nosotras somos las cabezas y quien nos mando venir aquí
fue sentir la necesidad de nuestros hijitos”. Fuimos
procesados y durante un año estuvimos en este impasse,
pero construyendo todos juntos casa por casa. Al final
se demostró que el terreno era público y, como era año
de elecciones, el ayuntamiento hizo donación de éste
para las familias que, hasta hoy, viven con sus hijos y
ya muchos nietos. Dios es bueno!
Otra vez las
compañeras y compañeros de la Asamblea Diocesana me
pidieron que fuese a ayudar en otro de los municipios
mas necesitados de agentes de pastoral. Y me fui a Nova
Rusas donde estuve tres años y medio. Raimundiña y
Felipe, con sus 10 hijos, me acogieron junto a su
casa, última de uno de los barrios periféricos. Continué
acompañando a los trabajadores, a las Comunidades y a
una organización de unas 300 “crochezeiras” (que hacen
punto de gancho) que sobreviven gracias a eso.
Y, cómo no!, de nuevo
la Asamblea Diocesana me pidió que fuese a ayudar ahora
en otra área: el municipio de Tauá. Viví en un barrio
“temido” porque había droga y era violento. Yo me sentí
en casa, con el cariño de las personas, particularmente
doña Naisa, abuela encantadora a la que quiero
como mi segunda madre. En la parroquia -cuyos párrocos
eran la hermana Ailce y el padre Mauricio-
había 102 comunidades eclesiales de base, y la lucha de
los agricultores sin tierra por la reforma agraria era
firme y arriesgada. Aquí fue donde pasé los dos últimos
años y medio de permanencia en esta querida diócesis en
la que aprendí prácticamente todo lo que es trabajar y
vivir junto con las personas excluidas, explotadas y
marginadas de nuestra “civilizada” sociedad.
Fue entonces cuando
mi provincial jesuita me envió a Manaus, capital de la
Amazonía, pues necesitaban un jesuita más para acompañar
la formación de los seminaristas diocesanos (algunos de
ellos indígenas), a petición de los obispos de esta
región, durante 3 años y medio. Yo acepté este destino.
Con gran dolor en mi corazón y a pesar de no verlo
claro, acepté con alegría. Lo único que pedí es que me
dejase vivir con los pobres y no en el seminario, lo que
el provincial aceptó sin problemas. Mis queridos
compañeros jesuitas que ayudaban en el seminario, aunque
esperaban que viviese en el seminario, también acogieron
mi deseo. Así pues, fui a vivir en los “palafitos”, que
son casas sobre palos de madera encima del agua sucia de
los ríos que atraviesan la ciudad, pues los pobres que
vienen del interior no tienen dinero para comprarse un
terreno, y el cauce del río es publico. Esta vez quien
me acogió fue el matrimonio de rostro y costumbres
indígenas Raimunda y José del Socorro con sus 6
hijos: entre su casa y la vecina tenían un espacio de
metro y medio por cuatro metros que me ofrecieron con
alegría y yo, más alegre aun, compartí la vida con ellos
durante cuatro años.
Al contrario de lo
que imaginaba, el acompañamiento de los seminaristas fue
una bendición de Dios. Primero porque con la orientación
espiritual me hice muy amigo de ellos y aprendí mucho
con ellos, siendo que los indígenas me escogieron para
acompañarles. Después porque en el acompañamiento
pastoral, los enviamos –de dos en dos- a pasar los fines
de semana en los barrios de la periferia (ocupaciones, “favelas”).
Yo itineraba yendo cada fin de semana con dos de ellos.
O sea que en un semestre visitaba 16 o 17 de estos
barrios y al cabo de cuatro años ya conocía bastante las
personas que viven en ellos. Fue un regalo de Dios pues
la misión que se me había encomendado se alió con mi
pasión que son las comunidades y los pobres.
Acabada la misión
junto a los seminaristas, en el año 2.000, el
coordinador jesuita del Amazonas Claudio Perani
me pidió que continuase por allá. Y me quedé. Entonces
inventamos el “Equipo Itinerante”, que empezó liberando
dos o tres jesuitas, no para hacer ninguna obra propia,
sino estar disponibles para ir a cualquier lugar de la
Amazonía o hacer cualquier trabajo necesario donde fuese
preciso, o asesorar algún curso o encuentro. O sea, para
trabajar en las “obras” de los otros, apoyando
comunidades indígenas, ribereñas, urbanas, asociaciones,
movimientos, parroquias o diócesis… Poco después,
empezaron a acompañarnos algunas religiosas y seglares.
Hoy este Equipo es interinstitucional y mixto (mujeres y
hombres). Nos repartimos en tres sub-equipos: indígena,
ribereño y marginado urbano. Vamos, normalmente, de dos
en dos, visitando durante un mes o dos, comunidades y
barrios. Después pasamos unos pocos días en Manaus y
vamos para otra región de esta Amazonia sin fin… Yo
trabajo más con los ribereños junto con mi compañera
Claudia. Tenemos también dos casitas (palafitos)
para los del equipo que quieran vivir en ellas. Y hace
tres años, abrimos otro núcleo y casita en la triple
frontera amazónica Brasil-Colombia-Perú. Nuestro método
es escuchar primero a la gente para conocerles,
aprender, apoyar lo que ellos hacen y atender lo que nos
piden. Queremos tejer redes: lo que aprendemos en un
lugar lo pasamos adelante e intentamos que mejore la
organización e intercambio de experiencias en esta pelea
por una vida digna para todos.
Otra cosa importante
en mi vida itinerante ha sido orientar Ejercicios
Espirituales de san Ignacio en diversos lugares de
Brasil donde me han llamado. Es una experiencia
fantástica pues uno ve como es el Espíritu de Dios quien
trabaja en las personas, independientemente de las cosas
bonitas o feas que tú puedas decir. Dios toca a cada uno
cuando quiere y como quiere. Siempre para mejor.
Tal vez la
característica más acentuada en mi vida itinerante es la
“gratuidad” entre los pobres. Como ya dije, yo no soy
mucho de organizar, liderar, emprender… Así, mi vida se
resume en convivir, estar presente, compartir mi tiempo,
escuchar y aprender, apoyar y animar, y celebrar la vida
a partir de nuestra fe en Jesucristo. No parece pues ser
muy “eficiente”, ni veo mucho los frutos de mi presencia
o trabajo. Dios quiera que sea “eficaz”, Él sabe…
Siempre me he sentido
íntimamente formando parte viva de la Iglesia (pueblo de
Dios) y de la Compañía de Jesús. Y me he sentido llamado
a subrayar la gratuidad, tal vez por sentir que es más
olvidada que la eficiencia, y no menos importante pues
Dios también es gratuito y mucho, así como Jesús de
Nazaret que “perdió” 30 años de su vida no haciendo nada
mas que “vivir” la vida de cada día. Admiro y apoyo la
eficiencia de muchos de mis compañeros y compañeras,
pero también me siento bien completándoles con esta mi
manera vagabunda de ser.
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Quisiera terminar
hablando de lo más importante: algunas de las cosas que
he aprendido de LOS POBRES y junto con ellos. Realmente
ellos han sido y siguen siendo MIS MAESTROS:
·Me
han enseñado a ser agricultor: Gonzalo de
Pitombeira es quien me ha enseñado los secretos
de la tierra y del trabajo para sacar de ella el
sustento de cada día. Me ha enseñado a amar a la tierra
y no verla como una mercancía. Me ha enseñado a sentirme
hijo de la tierra y no su dueño. Y yo he sido ocasión
para que ellos recuperasen su orgullo y dignidad como
agricultores, ya que yo, siendo sacerdote y habiendo
estudiado, era analfabeto en el trabajo de la tierra y
ellos me enseñaban con gusto.
Recuerdo el día en
que Juan Roberto, admirando en silencio un
pequeño callo en el dedo de tanto escribir de un amigo
que me visitó, miró su propia mano encallecida, cogió su
azada y dijo riendo de satisfacción: “Mi bolígrafo es
mayor que el tuyo”.
·
He aprendido
a tener una nueva relación con la naturaleza: A
sentirme no dueño de la tierra, pues no me pertenece.
Soy yo quien es hijo de la tierra y pertenezco a ella.
Por tanto le debo respeto, agradecimiento y cuidado
cariñoso.
Un anciano cacique
Macuxí, en una comunidad indígena, me decía: “No
entiendo como los blancos llegan aquí y dicen que son
dueños de la tierra, o que quieren comprarnos la tierra.
Nosotros no somos los dueños. Ella es nuestra Gran
Madre, pues en ella nacimos y de ella nos alimentamos.
Ella es quién nos da la vida. Cómo puedo comprarla y
venderla como si me perteneciese?... Tampoco entiendo
ese asunto de colocar una línea en el mapa y dividir
nuestro pueblo. Esa es una idea loca y nos hace reír.
Solo se les ocurre a ustedes los blancos. Yo con mi
familia vivo aquí, mi hija vive con su familia en el
otro lado del río. Ustedes dicen que al otro lado es
otro país!? Cortar con una línea que llaman frontera
nuestra tierra sagrada es dividir nuestro pueblo, sin ni
siquiera preguntarnos si nos parece bien. Es un asunto
que nos duele y no podemos entender… Esta agua brillante
que corre por el río no es apenas agua. Es la sangre de
nuestros antepasados. El murmullo del agua es la voz de
mis antepasados. Cada reflejo en el agua de los lagos
cuenta la vida de mi pueblo…”.
·
Me han enseñado a ser
hospitalario: La capacidad de hospitalidad de los
pobres es ilimitada. Basta recordar los lugares por
donde he pasado, donde siempre he encontrado una o más
familias que me han acogido como a un hijo o hermano,
compartiendo conmigo todo lo que tenían. Basta ver la
inmensa capacidad de encontrar siempre un hueco para el
último que llega, así como el corazón de una madre donde
siempre cabe uno más.
Una vez, en la casa de 5x8 metros de Raimunda y José
en Manaus, llegaron a colgar 21 hamacas (nuestras
camas), pues unos conocidos habían venido de su pueblo a
la ciudad para ir al médico y hacer compras…
Otra vez, en una
visita que hice a Crateús encontré mi comadre Mazé
(mamá de mi ahijada) con una abuelita enferma en el
fondo de la hamaca. Le pregunté si era su madre y ella
me dijo: “No, qué va, no es ni pariente. Pero vivía
solita aquí cerca y no tenia quien le cuidase y me la
traje a vivir conmigo”. Mi comadre tiene siete hijos
pequeños, su marido bebe y no trae un céntimo a casa y
ella se mata a trabajar para sustentar a la familia…
Y otra vez, en la periferia de Manaus, encontré por
casualidad una familia que había sido mi vecina:
Manuel y María con sus nueve hijos. Vivían ahora en
una casa de madera de 4x7 metros, él sin empleo pero con
una permanente sonrisa de tranquilidad, María embarazada
del décimo hijo, los niños delgaditos y alegres. Claudia
y yo no conseguimos convencerles de que no queríamos
cenar: cenamos huevos con harina todos juntos. Después
Maria dijo: “Hoy vosotros dormís aquí, pues donde
caben doce caben catorce. Tu ya lo sabes, Paco, pues aún
cabemos mejor que cuando vivíamos vecinos en los
palafitos!”. Y claro, nos quedamos.
He aprendido a ser
solidario: En Pitombeira, cuando alguien se ponía
enfermo y no mejoraba, los hombres dejaban sus trabajos,
colocaban el enfermo en una hamaca colgada de un palo, y
turnándose lo llevaban a lo largo de 22 kilómetros hasta
el lugar por donde pasaba el autobús para ir al puesto
de salud del pueblo.
Los indígenas
Ianomanis tienen el costumbre de que, cuando uno de
ellos caza un animal, este que lo cazó no lo puede comer
sino que es para los otros de su aldea. Él comerá de lo
que otros hayan cazado.
Mi vecino Manuel
estaba reñido con otro vecino, Antonio, y ni se
hablaban. A Antonio se le derribó una pared de la casa
por causa de una fuerte lluvia. La comunidad se reunió
y, el domingo, le ayudó a levantar la pared. Manuel
estuvo ayudando toda la mañana. Después le pregunté si
habían hecho las paces y me dijo: “Yo aún estoy
enfadado con Antonio. Pero él necesitaba ayuda y había
que ayudarle aunque no lo merezca!”.
Me han enseñado a
compartir, no solo lo que me sobra sino aún lo que
es necesario si la otra persona lo necesita:
En tiempo de sequía, en Pitombeira, mientras una familia
tuviese un saco de fríjoles, todos comíamos fríjoles.
Cuando nadie tenia, pasábamos hambre, pero juntos.
Adelina, de la
comunidad Cuqui en el Amazonas, me decía: “En esta
barraca, todos los días, las seis familias que vivimos
aquí tomamos café, comemos y cenamos juntos. Cada uno
prepara lo que tiene y lo repartimos en la misma mesa. Y
quien no tiene nada come igualmente”.
Francisca, de
otra comunidad llamada San Cristóvao, me contó: “Hace
cinco años que llegué a este lugar. Aquí todos estamos
unidos. Cuando yo necesito algo, voy hasta la casa de
Raimunda y ella me alcanza (= me lo consigue).
Y cuando ella necesita, viene hasta mi casa y yo se lo
alcanzo. Y así vivimos todos los días las familias que
aquí vivimos”.
Si alguien consigue
algo mejor para comer, no se lo guarda escondido. Tienen
el placer y la alegría de repartirlo con la primera
persona que llega a su casa.
·
He aprendido a vivir
con sencillez, con lo imprescindible sin
preocuparse por el mañana, sin acumular:
Severino, un
amigo que encontré en la carretera Transamazónica me
dijo: “Dios nunca me dio dos panes, pero nunca me
dejó sin un pan. Y es así que yo soy feliz!”.
Los niños siempre
están por casa entrando y saliendo o estudiando
matemáticas conmigo. Siempre que consiguen un caramelo,
se comen la mitad y me dan la otra mitad. Pero también
son ellos los que no me dejan acumular, pues siempre que
tengo alguna cosa de comer me preguntan: “Que es
eso?... Es bueno?...”
·
Me han enseñado a
resistir ante situaciones difíciles, en el límite de
la vida; a tener paciencia histórica y no desesperarse
cuando uno no ve salida alguna; a tener constancia
cuando uno vislumbra algún camino posible de solución…
He aprendido a como
organizarse juntos para luchar con astucia y
conseguir tener más vida: sea en la lucha por la reforma
agraria, sea por un terreno para poder hacerse una
casita, sea para revindicar de las autoridades ayudas de
agua, trabajo, salud o educación… Y he aprendido a tener
picardía y ser astuto para saltar leyes y normas que
impiden crecer la vida, la libertad y la paz.
Me han enseñado a
entrelazar la fe con la lucha por la justicia: Para
mí evangelizar significa promover la vida en todos los
sentidos y humanizar las relaciones entre las personas,
grupos y con la naturaleza. Esta es la Buena Nueva que
Jesús predicó, para que todos tengamos vida abundante.
Lo que lleva a eso, es de Dios y es cristiano. Es tan
sagrado un trabajo que hacemos juntos para construir una
escuela, como comer juntos compartiendo lo que tenemos,
como organizarse para conseguir la reforma agraria, como
celebrar una misa si en ella celebramos esta nuestra
vida y nos lleva a comprometernos con los pobres. Los
pobres, de hecho, son el termómetro para comprobar si
estamos evangelizándonos o no.
Padre Alfrediño,
del que hablé antes, decía: “La distancia entre
nosotros y Dios es la misma distancia que entre nosotros
y los pobres”. No hay duda.
·
He aprendido a tener
una actitud no-violenta: Zequina, un
compañero agricultor sin tierra, analfabeto y líder del
sindicato de los trabajadores rurales, oprimido por los
dueños de la tierra como todos, decía: “Llegará el
día en que vamos a derribar a los poderosos de sus
tierras improductivas y que nos esclavizan con sus
absurdos arrendamientos. Cuando llegue ese día, no
queremos que ellos se queden bajo nuestros pies,
oprimidos por nosotros. Queremos que ellos se queden al
lado de nosotros, como iguales, como hermanos!”
Salvino,
hombre sufridor donde los haya, alcohólico, que
descubrió en la Hermandad del Siervo Sufriente la
dignidad de su vida, para mí un sabio y un místico, que
murió de cirrosis en su chabola, dijo una vez en un
encuentro: “Yo he visto matar, pero nunca maté a
nadie. Siempre recibí palos, pero nunca le pegué a
nadie. Yo siempre fui explotado, pero nunca exploté a
nadie. Fui maltratado, pero nunca maltraté a nadie. Yo
soy un siervo sufriente!”…”Antes yo era miserable. Ahora
soy pobre. Miserable es aquel que no es capaz de tener
compasión por el dolor de los otros. Hoy ya puedo
ofrecerte café con queso”.
·
Me han enseñado a
tener verdadera alegría: en medio de las riñas
(pues los pobres son hechos del mismo barro que los
ricos) y en medio del dolor y sufrimiento que la pobreza
y exclusión producen.
Ellos me han enseñado
a hacer chistes y reírse del propio sufrimiento para
poder sobrellevarlo. Por ejemplo, yendo encima de un
camión cargado a tope por la transamazónica, las ramas
de los árboles rozaban constantemente sobre nosotros que
nos agachábamos para protegernos, pero siempre salíamos
todos arañados y nos reíamos a pierna suelta. Entonces,
Basilio comentó: “Gracias a Dios que somos
pobres! Los ricos no saber reírse de verdad. Si fuésemos
ricos, nadie estaría riéndose tanto de los arañazos que
nos hacemos aquí encima de este camión!”.
Pienso que esta alegría, en el fondo, es por sentirse
los preferidos de Dios que nunca los abandona, que
camina junto a ellos y sufre con ellos. Las
celebraciones litúrgicas son una prueba de esto:
explosión de alegría, con gestos y expresiones
corporales espontáneas, cantos, símbolos, colores… Otras
celebraciones, como un cumpleaños, aunque sea solo con
palomitas y gaseosa, son momentos fuertes de compartir
llenos de felicidad.
·
He aprendido a nunca
perder la esperanza y confianza en el Dios vivo y
compasivo que jamás abandona su pueblo y cuyo poder no
es resolver nuestros problemas automáticamente sino
compadecerse (padecer junto), caminar junto con, sufrir
junto a y no dejar morir la esperanza ni caer en el
desespero.
Gonzalo y Creusa,
tuvieron 12 hijos. Se les murieron 8! En poco más de dos
meses se les fueron 3 de ellos. Él me contó: “Mi
hijita tenia cinco años. Estaba muy enferma pues era
tiempo de sequía y no teníamos comida y menos aún,
medicinas. Un día ella me dijo: -papá ponme una vela en
mi mano y enciéndela-. Yo le pregunté por qué y me dijo:
-porque me voy a morir- [es costumbre hacer esto con
los moribundos]. Yo le dije que no se iba a morir,
pero le puse la vela en la mano. Y minutos después se me
murió. Paco, casi me vuelvo loco! Pero Dios no me
abandonó, no me dejó desesperar. Él me consoló y me dio
fuerza para continuar criando a mis otros hijos. Ahora
estoy feliz ayudando a criar los muchos nietos que mis
cuatro hijas me han dado, gracias a Dios!”.
Me han enseñado a ser
sincero y espontáneo: La gente sencilla es como
los niños. No tienen el pudor de las clases medias y
altas. Todos saben de la vida de todos, con detalle.
Dicen lo que piensan espontáneamente. Te preguntan con
naturalidad cosas íntimas… Y la vida se hace llevadera
pues los pesares se comparten y así pesan menos, y las
alegrías también y así se multiplican.
Después de algunos
años en que no me encontraba con la ya anciana doña
Isabel, en Poranga, cuando me vio, me llenó de besos
mientras decía: “Pero que viejo te has vuelto con
barba blanca! Pero que acabado estás!”
Poco tiempo después
de mi ordenación, una chica amiga de una “favela” me
preguntó sin problemas: “Ahora eres padre y no puedes
casarte? Ni puedes “tranzar” [=tener relaciones
sexuales]?”. Yo le explique que no era tanto que
no pudiese, sino que no quería, por causa de mi opción
de vida y trabajo. A lo que ella, mirándome con cariño
me respondió exclamando: “Que desperdicio!”.
·
He aprendido a
relativizar el tiempo: A vivir sin reloj. A no
apurarse por causa del tiempo. A tener tiempo para todo,
cada cosa cuando llega. Sobre todo en el interior: la
misa, por ejemplo, se marca a una hora, pero empieza
cuando todos han llegado, media hora ó cuarenta minutos
después. Si el barco atrasa algunas horas para salir, ó
sale al día siguiente, no pasa nada: charlamos, hacemos
otras cosas, vivimos el momento presente, hasta que todo
esté preparado para partir.
Zé Augusto,
joven animador de la comunidad Mapixí, comentaba
conmigo: “Gracias a Dios que en mi vida tengo tiempo
para todo: Tengo tiempo para trabajar y ganar el
sustento para mis seis hijos y mi mujer; tengo tiempo
para estar con mi familia; tengo tiempo para jugar con
mis hijos y para jugar al fútbol con los amigos; también
para charlar un rato con algún vecino o para visitar a
alguien que se puso enfermo; tengo tiempo para rezar las
novenas de casa en casa; y tiempo para animar la
Celebración de la Palabra los domingos, y todavía vengo
dos horas antes para prepararme y conversar con Dios…
Creo que, si uno quiere, encuentra tiempo para todo!”.
Me han enseñado a “perder
el tiempo”, gastándolo con los otros.
Simone es una mujer joven casada que tiene dos
niños y vive en la ocupación de terreno más pobre que
conozco en Manaus: la Pedrera. Siempre que la visito
tiene otros niños en su casa. Le pregunté como cuidaba
de tantos niños, y ella me dijo sencillamente: “Bien,
cuando mis vecinas necesitan salir de casa, yo me quedo
cuidando de sus niños y les doy lo que tengo para comer.
Yo no puedo decir que no, pues todos necesitamos unos de
los otros. También cuando sé que alguna persona está
enferma, voy a su casa para ver cómo le puedo ayudar,
haciendo alguna infusión, cuidando de los niños, lavando
la ropa que tiene o llevándola al médico… Yo solo puedo
ayudar si es así, pues de otra manera no se”.
·
He aprendido a
querer bien a las personas, escucharlas y acogerlas,
cada una como ella es.
Chico, de la
comunidad Cajú/Amazonas, me dijo delante de su esposa
ciega: “Esta es doña Joana, que yo conocí en
1954 en el río Madera. Yo no sé vivir sin ella. Soy un
cearense del “sertao” - tierra seca- que nunca vi un río
grande ni selva, y tuve que aprender todo aquí el la
Amazonia. Y todo lo que aprendí, me lo enseñó ella:
pescar, cazar, sobrevivir en la selva… Pero bailar
“forró” yo ya sabia y hasta hoy hacemos nuestros
requiebros…
Muchas personas me
preguntan por qué continúo viviendo solo con ella, aún
después de haberse quedado ciega. Yo les digo: y cómo
puedo vivir sin ella? Y cómo ella va a vivir sin mi? Con
quién ella va a reñir? Con quién va a divertirse en las
fiestas?”… Y doña Joana, riéndose, dice: “ah! Yo
soy una persona muy feliz!”.
P.S.=
No todo lo que he escrito aquí lo dije en la charla
pero, como me pidieron que lo escribiera, lo he hecho y
me han venido a la cabeza más detalles y ejemplos.
Apesar de eso, creo que lo escrito aquí es apenas el
0,7%, que es lo que se suele pedir a las
administraciones municipales para ayudar a los pobres.
Es justo, no?
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