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Charla de Paco Almenar,

al recibir el “Premio Auras”

Antiguos Alumnos Jesuitas

2/junio/2007 – Valencia

 

 

“Con los Pobres de la Tierra,

quiero yo mi suerte echar”

 

[-la itinerancia de mi vida itinerante-]

 

 

¡Buenos días a todos!

Es una alegría muy grande para mí estar con vosotros y encontrarme de nuevo con cada uno, algunos desde que terminamos el colegio… en 1967!

 

José Maria Tomás, en nombre de la Asociación de Antiguos Alumnos, me invitó a venir para este homenaje. Casi no vengo, a pesar del cariño que os tengo y lo mucho que quiero a los que me invitaron. Llegué a decirle a mi hermana Elena que no venía… Pero, el grupo del Equipo Itinerante (mixto) al cual pertenezco me liberó y empujó para que viniese. Acepté con UNA ESPERANZA: que esta venida mía sirva para que vosotros, y yo también, nos aproximemos más a los pobres y su mundo, no tanto para dar limosnas sino para dejar que ellos cambien nuestra vida, nuestras ideas, nuestra manera de vivir y nuestras opciones…

 

Sólo he venido con la esperanza de ser PUENTE. Y el puente es para atravesarlo y poder llegar a la otra orilla. No es para quedarse admirándolo o haciéndole homenajes, sino para llegar al tesoro que está en la otra orilla = LOS POBRES. Entonces, mi intención es que os encontréis, no conmigo y sí con ellos. No quiero “ser voz de los que no tienen voz”. Quiero que los que no tienen voz en este mundo TENGAN VOZ y nosotros LES ESCUCHEMOS. Para eso no hace falta venir al Brasil, pues como vosotros sabéis mejor que yo, en España hay muchos: inmigrantes, enfermos del sida, drogadictos, desempleados… Y, ante un pobre, debemos estar atentos, como si fuese conocedor de un secreto maravilloso que solo él nos puede revelar.

 

Pues bien, lo que ha dado y sigue dando sentido a mi vida, como persona, como cristiano y como jesuita es vivir con los pobres y, en la medida de lo posible, como ellos. Sin embargo, cuanto más convivo con ellos y estoy cerca de ellos, más percibo lo lejos que aún estoy, pero son ellos los que me dan el sentido de vivir y la alegría de la vida…

 

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¿Cómo he llegado a esta manera de pensar y vivir?

Como veréis, lo considero un regalo del cariño del Padre por mí, que no merezco. Soy realmente consciente de que no es mérito mío. Conozco mis fragilidades y limitaciones (al menos algunas de ellas) y no puedo enorgullecerme de nada.

 

Os cuento pues la itinerancia de mi vida itinerante. La itinerancia hacia los pobres, excluidos y vencidos de este mundo con los que Dios-Padre/Madre quiso complicarse su existencia, porque es Amor.

 

Papá y Mamá (Ramón y Maria Teresa) fueron los primeros en enseñarme el camino. Mi padre era notario en Benisa cuando yo nací (en la casa de mi abuela en Valencia), en 1949. Después pasamos a San Mateo/Castellón (6 años), Chiva y Valencia (Torrente). No éramos ricos pero no pasamos hambre. Ellos me contagiaron el cariño y respeto que siempre tuvieron por los pobres, la amistad sincera con personas sencillas. Nunca sentí un solo gesto de desprecio hacia las chicas del servicio doméstico que ayudaban a mi madre y vivían con nosotros, amigas hasta hoy. Me enseñaron a repartir lo que teníamos (de pequeños eran caramelos) con generosidad, y a no desperdiciar nunca la comida pues había muchos niños en el mundo que pasaban hambre…  

 

Tía María, mi madrina, hermana de mi padre, soltera, dedicada siempre a los pobres de la parroquia, de pequeño me llevaba a visitar a los gitanos en las cuevas de Godella. Mucho después, con 70 años, se fue a una residencia de ancianos para ayudarles y cuidar de ellos hasta que le faltaron sus fuerzas y allí murió.

 

Con mis tres hermanas Teresa Maria, Elena y Maria Amparo, siempre tuvimos amigos y amigas de clases pobres sin sentirnos superiores y sí iguales, dando y recibiendo amistad y compartiendo lo que ellos y nosotros teníamos.

 

Con siete años de edad, en Valencia, entré en el Colegio de San José de los jesuitas. Dos imágenes fuertes se me quedaron grabadas: Me preguntaba por qué había niños que estudiaban en las “Escuelitas”, frente a nuestro colegio en la misma manzana, y no lo hacían con nosotros. Y por qué, cuando salíamos al patio del recreo, niños de la calle subían al muro y, desde lo alto, nos pedían los bocadillos de la merienda que habíamos echado al suelo.

 

Cuando íbamos a sexto de bachiller, un joven jesuita que se iba al Brasil, Arturo Jordán, pasó por nuestra clase y nos dio una charla cuyo título aún recuerdo: “Brasil, país de contrastes”: colocando las maravillas y riquezas naturales, tecnológicas, culturales de un lado… y de otro lado, las desigualdades, injusticias, chabolas, opresión de la dictadura militar… Realmente me impactó. Entonces pensé estudiar medicina y después ir al Brasil algunos años para trabajar como voluntario. Pero… en “Preu” me lo pensé mejor y decidí entrar en la Compañía de Jesús para irme al Brasil el resto de mi vida.

 

Antes de entrar en el noviciado, aún estuve mes y medio en Lérida -junto con el compañero de colegio Cogollos-, recogiendo cebollas bajo un sol de 42 grados, con andaluces que iban a ganarse el pan. Otra experiencia que me abrió los ojos y el corazón.

 

En los dos años de noviciado en Veruela (Moncayo/Zaragoza), teníamos cada año un mes de experiencias. A mi me tocó ir a Valdefierro, un barrio obrero de Zaragoza -junto con Natalio (Ignacio Boix)-, donde descubrí el mundo de las familias sufridas obreras. Y, mientras arreglaba los papeles para ir al Brasil, aún estuve un año en Valencia cursando el primero de filosofía. Aquí también hice una experiencia de un mes trabajando en “Macosa”, empresa metalúrgica, donde experimenté la dureza del trabajo pesado y mal remunerado.

 

Así pues, en 1970 me fui al Brasil. Llegué a Recife, capital del estado de Pernambuco, nordeste de Brasil. Me impactó la clamorosa realidad de desigualdad que saltaba a la vista. Y la terrible situación, en el interior, de los cortadores de caña de azúcar. Dos semanas después de mi llegada, presencié un accidente de camión que se salió de la pista, pues el conductor trabajaba 24 horas sin parar, cargando caña, para ganar un miserable sueldo. Su pierna cortada quedó a 50 metros de su cuerpo destrozado.

 

Estuve un año en Sao Paulo terminando la filosofía y los fines de semana -con mi compañero Vicente Masip-, íbamos a visitar comunidades en pueblitos pobres y también un orfanato.

 

Volví al Nordeste (mi provincia jesuítica) para hacer un año de experiencia pastoral en Trairí, parroquia pobre del interior del estado del Ceará, donde Tomás Feliu  era el párroco. Allá me tropecé con la  realidad de la hambruna generalizada, mortandad de niños y desespero de adultos frente a las sequías periódicas que acontecen, en aquel tiempo sin medios ni ayuda que la pudiesen remediar. Yo tuve mi crisis de agnosticismo, pero me acordé siempre de la frase de Ignacio de Loyola: “En tiempo de desolación, no hacer mudanza”: y continué haciendo el bien que podía, aún sin sentir el sentido de lo que hacía… ¡Sobreviví!

 

Me enviaron para estudiar teología a Río de Janeiro de 1973-75. Me encantó la teología y tuve la suerte de conocer y trabajar con las personas –que son como mi familia hasta hoy- de la “Favela Rociña”, mayor conjunto de chabolas de América Latina. Muchas noches y todos los fines de semana, íbamos allá, donde empezó una comunidad cristiana, clases de alfabetización de adultos, asociación de vecinos, etc. Las personas que vivían en la “favela” (conjunto de chabolas) eran casi todos nordestinos que, huyendo de las sequías y pobreza del nordeste, habían venido con la esperanza de vida mejor. Yo pedí al provincial que me dejase vivir allí, pero no me dejó. En la universidad también experimenté la terrible represión de la dictadura militar: En nuestra organización de estudiantes, más de un compañero y compañera desaparecían por estar repartiendo copias de la carta de los Derechos Humanos (algo que hacíamos frecuentemente, y aún más porque Brasil era país firmante). Semanas después, estos compañeros reaparecían tras haber sido torturados… Algún compañero seminarista que venía a comer a casa, así como otra compañera muy amiga, supimos después que, a cambio de un dinero, eran informantes al DOPS (servicio secreto de la dictadura): terrible el no poder fiarse de nadie.

 

Fui ordenado sacerdote aquí en Zaragoza, con 26 años de edad, junto con mi compañero maño Salvador Soler con el que viví estudié y trabajé durante seis años. Nos quedamos un año en Madrid para terminar la teología en un instituto latinoamericano. Año de transición franquista, donde participé en algunas manifestaciones pacíficas, pidiendo “amnistía y libertad”, con Javi Quinzá, Pepo Olmos, “Chiqui” Mantecón y otros, corriendo por las calles cuando la policía nos atacaba con bolas de goma y gas lacrimógeno.

 

Volví a Brasil y pasé el año 1997 en la periferia de Recife, ayudando a Salvador en una parroquia llena de “favelas”, que visitábamos casa por casa, organizando pequeñas comunidades de vida y de fe: Pobres ayudando pobres. Yo empecé a vivir entre los pobres, en un cuartito, junto con mi compañero  Miguel Espar que era sacerdote-albañil. Un matrimonio vecino –Severino y Socorro- con doce hijos y las dos abuelas, viviendo en una casucha estrecha, nos acogió como a sus hijos y, hasta hoy, es mi familia de Recife. Compartíamos todo lo (poco) que teníamos, ellos y nosotros. Pero yo siempre deseaba ir hacia el interior, el “Sertao”, región del nordeste semiárida, caracterizada por las sequías.

 

Así, en 1978, conocí la diócesis de Crateús (Ceará), con su obispo y profeta Antonio Fragoso, con sus 750 Comunidades de Base con apenas 9 padres y 18 religiosas, con su lucha a favor de los pobres y con los pobres para conseguir la reforma agraria. Iglesia perseguida por la dictadura militar con prisiones y torturas… Y fue amor a primera vista. Me quedé 18 años y medio, hasta 1996. Don Fragoso y esta iglesia han marcado profundamente mi vida para siempre.

 

Como no me siento con vocación ni cualidades de liderazgo ni de organizar pastorales o administraciones, pedí en la Asamblea Diocesana de Pastoral (representantes laicos de las comunidades, los padres, las religiosas y el obispo) que me permitiesen vivir con y como los pobres de la diócesis, siendo una presencia gratuita y de apoyo a su organización, celebración de la vida y lucha a partir de la fe, y de presencia itinerante donde se me solicitase en las parroquias de la diócesis. Y fueron tan buenos que me acogieron así mismo con el corazón abierto.

 

Estuve primero siete años y medio en Pitombeira, pueblito de unas 60 familias, a 42 kilómetros (a pié) de la sede del municipio de Poranga. Gonzalo y Creusa –con sus cuatro hijas vivas, pues se les murieron ocho!-, fue el matrimonio que me acogió en su casa. Aprendí a ser agricultor y comer de lo que plantábamos, o a no comer cuando era tiempo de sequía. Hubo una que duró 5 años y presencié dos suicidios a muerte lenta de dos mujeres desesperadas que tomaron sosa cáustica. Compartíamos todo: comida, sufrimiento, esperanza, luchas y alegrías. Cuando podía era misionero andante, junto con Luisiña, Jane y Margarete, agentes de pastoral en este municipio.

A petición de la Asamblea Diocesana de Pastoral -en la que yo percibía la voz de Dios pues eran 80 personas discerniendo juntas el camino a seguir- salí de Pitombeira y estuve cinco años en Crateús, sede de la diócesis. Viví en un barrio de la periferia, en un cuartito. Dos años junto con el santo padre Alfrediño (Fredy Kunz), fundador de la Hermandad del Siervo Sufriente en que los más pobres y excluidos ayudan a los más pobres y recuperan su dignidad como personas: la organización más linda que he conocido en mi vida! Él se fue a Sao Paulo y yo continué acompañando la lucha de los labradores sin tierra por la reforma agraria, la catequesis a nivel diocesano andando por todas las parroquias, y las comunidades eclesiales de base. Continuaba siendo medio labrador para poder comer fríjoles y harina de mandioca.

En Crateús, pueblo de 40.000 habitantes, aconteció la primera ocupación de tierra urbana para habitar [en la zona rural, para plantar y forzar la reforma agraria, apoyamos muchas ocupaciones]: Eran 36 familias sin casa. Vivían cambiando cada mes de cuarto, pues no tenían cómo pagar el alquiler. Nos reuníamos cada semana para ver los pasos a dar para resolver esta situación. Fuimos al alcalde que dijo estar esperando un proyecto para casas populares… pero nos quedamos esperando hasta ocho meses y nada! Con mucho coraje y movidos por la necesidad, una noche ocupamos una manzana limpia (o sea, con plumas de gallina que apestaba, pues había sido un matadero), en la zona noble del pueblo donde los ricos hacían sus chalets. Montamos nuestras barracas con cartones y plásticos. Al día siguiente enseguida apareció el señor que se decía dueño con la policía y un abogado amenazando y queriendo saber quien era el líder, a lo que las mujeres con sus niños respondían: “Todas nosotras somos las cabezas y quien nos mando venir aquí fue sentir la necesidad de nuestros hijitos”. Fuimos procesados y durante un año estuvimos en este impasse, pero construyendo todos juntos casa por casa. Al final se demostró que el terreno era público y, como era año de elecciones, el ayuntamiento hizo donación de éste para las familias que, hasta hoy, viven con sus hijos y ya muchos nietos. Dios es bueno!

 

Otra vez las compañeras y compañeros de la Asamblea Diocesana me pidieron que fuese a ayudar en otro de los municipios mas necesitados de agentes de pastoral. Y me fui a Nova Rusas donde estuve tres años y medio. Raimundiña y Felipe, con sus 10 hijos, me acogieron junto a su casa, última de uno de los barrios periféricos. Continué acompañando a los trabajadores, a las Comunidades y a una organización de unas 300 “crochezeiras” (que hacen punto de gancho) que sobreviven gracias a eso.

 

Y, cómo no!, de nuevo la Asamblea Diocesana me pidió que fuese a ayudar ahora en otra área: el municipio de Tauá. Viví en un barrio “temido” porque había droga y era violento. Yo me sentí en casa, con el cariño de las personas, particularmente doña Naisa, abuela encantadora a la que quiero como mi segunda madre. En la parroquia -cuyos párrocos eran la hermana Ailce y el padre Mauricio- había 102 comunidades eclesiales de base, y la lucha de los agricultores sin tierra por la reforma agraria era firme y arriesgada. Aquí fue donde pasé los dos últimos años y medio de permanencia en esta querida diócesis en la que aprendí prácticamente todo lo que es trabajar y vivir junto con las personas excluidas, explotadas y marginadas de nuestra “civilizada” sociedad.

 

Fue entonces cuando mi provincial jesuita me envió a Manaus, capital de la Amazonía, pues necesitaban un jesuita más para acompañar la formación de los seminaristas diocesanos (algunos de ellos indígenas), a petición de los obispos de esta región, durante 3 años y medio. Yo acepté este destino. Con gran dolor en mi corazón y a pesar de no verlo claro, acepté con alegría. Lo único que pedí es que me dejase vivir con los pobres y no en el seminario, lo que el provincial aceptó sin problemas. Mis queridos compañeros jesuitas que ayudaban en el seminario, aunque esperaban que viviese en el seminario, también acogieron mi deseo. Así pues, fui a vivir en los “palafitos”, que son casas sobre palos de madera encima del agua sucia de los ríos que atraviesan la ciudad, pues los pobres que vienen del interior no tienen dinero para comprarse un terreno, y el cauce del río es publico. Esta vez quien me acogió fue el matrimonio de rostro y costumbres indígenas Raimunda y José del Socorro con sus 6 hijos: entre su casa y la vecina tenían un espacio de metro y medio por cuatro metros que me ofrecieron con alegría y yo, más alegre aun, compartí la vida con ellos durante cuatro años.

 

Al contrario de lo que imaginaba, el acompañamiento de los seminaristas fue una bendición de Dios. Primero porque con la orientación espiritual me hice muy amigo de ellos y aprendí mucho con ellos, siendo que los indígenas me escogieron para acompañarles. Después porque en el acompañamiento pastoral, los enviamos –de dos en dos- a pasar los fines de semana en los barrios de la periferia (ocupaciones, “favelas”). Yo itineraba yendo cada fin de semana con dos de ellos. O sea que en un semestre visitaba 16 o 17 de estos barrios y al cabo de cuatro años ya conocía bastante las personas que viven en ellos. Fue un regalo de Dios pues la misión que se me había encomendado se alió con mi pasión que son las comunidades y los pobres.

 

Acabada la misión junto a los seminaristas, en el año 2.000, el coordinador jesuita del Amazonas Claudio Perani me pidió que continuase por allá. Y me quedé. Entonces inventamos el “Equipo Itinerante”, que empezó liberando dos o tres jesuitas, no para hacer ninguna obra propia, sino estar disponibles para ir a cualquier lugar de la Amazonía o hacer cualquier trabajo necesario donde fuese preciso, o asesorar algún curso o encuentro. O sea, para trabajar en las “obras” de los otros, apoyando comunidades indígenas, ribereñas, urbanas, asociaciones, movimientos, parroquias o diócesis… Poco después, empezaron a acompañarnos algunas religiosas y seglares. Hoy este Equipo es interinstitucional y mixto (mujeres y hombres). Nos repartimos en tres sub-equipos: indígena, ribereño y marginado urbano. Vamos, normalmente, de dos en dos, visitando durante un mes o dos, comunidades y barrios. Después pasamos unos pocos días en Manaus y vamos para otra región de esta Amazonia sin fin… Yo trabajo más con los ribereños junto con mi compañera Claudia. Tenemos también dos casitas (palafitos) para los del equipo que quieran vivir en ellas. Y hace tres años, abrimos otro núcleo y casita en la triple frontera amazónica Brasil-Colombia-Perú. Nuestro método es escuchar primero a la gente para conocerles, aprender, apoyar lo que ellos hacen y atender lo que nos piden. Queremos tejer redes: lo que aprendemos en un lugar lo pasamos adelante e intentamos que mejore la organización e intercambio de experiencias en esta pelea por una vida digna para todos.

 

Otra cosa importante en mi vida itinerante ha sido orientar Ejercicios Espirituales de san Ignacio en diversos lugares de Brasil donde me han llamado. Es una experiencia fantástica pues uno ve como es el Espíritu de Dios quien trabaja en las personas, independientemente de las cosas bonitas o feas que tú puedas decir. Dios toca a cada uno cuando quiere y como quiere. Siempre para mejor.

 

Tal vez la característica más acentuada en mi vida itinerante es la “gratuidad” entre los pobres. Como ya dije, yo no soy mucho de organizar, liderar, emprender… Así, mi vida se resume en convivir, estar presente, compartir mi tiempo, escuchar y aprender, apoyar y animar, y celebrar la vida a partir de nuestra fe en Jesucristo. No parece pues ser muy “eficiente”, ni veo mucho los frutos de mi presencia o trabajo. Dios quiera que sea “eficaz”, Él sabe…

 

Siempre me he sentido íntimamente formando parte viva de la Iglesia (pueblo de Dios) y de la Compañía de Jesús. Y me he sentido llamado a subrayar la gratuidad, tal vez por sentir que es más olvidada que la eficiencia, y no menos importante pues Dios también es gratuito y mucho, así como Jesús de Nazaret que “perdió” 30 años de su vida no haciendo nada mas que “vivir” la vida de cada día. Admiro y apoyo la eficiencia de muchos de mis compañeros y compañeras, pero también me siento bien completándoles con esta mi manera vagabunda de ser.

 

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Quisiera terminar hablando de lo más importante: algunas de las cosas que he aprendido de LOS POBRES y junto con ellos. Realmente ellos han sido y siguen siendo MIS MAESTROS:

 

·Me han enseñado a ser agricultor: Gonzalo de Pitombeira es quien me ha enseñado los secretos de la tierra y del trabajo para sacar de ella el sustento de cada día. Me ha enseñado a amar a la tierra y no verla como una mercancía. Me ha enseñado a sentirme hijo de la tierra y no su dueño. Y yo he sido ocasión para que ellos recuperasen su orgullo y dignidad como agricultores, ya que yo, siendo sacerdote y habiendo estudiado, era analfabeto en el trabajo de la tierra y ellos me enseñaban con gusto.
 

Recuerdo el día en que Juan Roberto, admirando en silencio un pequeño callo en el dedo de tanto escribir de un amigo que me visitó, miró su propia mano encallecida, cogió su azada y dijo riendo de satisfacción: “Mi bolígrafo es mayor que el tuyo”.

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 He aprendido a tener una nueva relación con la naturaleza: A sentirme no dueño de la tierra, pues no me pertenece. Soy yo quien es hijo de la tierra y pertenezco a ella. Por tanto le debo respeto, agradecimiento y cuidado cariñoso.
 

Un anciano cacique Macuxí, en una comunidad indígena, me decía: “No entiendo como los blancos llegan aquí y dicen que son dueños de la tierra, o que quieren comprarnos la tierra. Nosotros no somos los dueños. Ella es nuestra Gran Madre, pues en ella nacimos y de ella nos alimentamos. Ella es quién nos da la vida. Cómo puedo comprarla y venderla como si me perteneciese?... Tampoco entiendo ese asunto de colocar una línea en el mapa y dividir nuestro pueblo. Esa es una idea loca y nos hace reír. Solo se les ocurre a ustedes los blancos. Yo con mi familia vivo aquí, mi hija vive con su familia en el otro lado del río. Ustedes dicen que al otro lado es otro país!? Cortar con una línea que llaman frontera nuestra tierra sagrada es dividir nuestro pueblo, sin ni siquiera preguntarnos si nos parece bien. Es un asunto que nos duele y no podemos entender… Esta agua brillante que corre por el río no es apenas agua. Es la sangre de nuestros antepasados. El murmullo del agua es la voz de mis antepasados. Cada reflejo en el agua de los lagos cuenta la vida de mi pueblo…”.

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Me han enseñado a ser hospitalario: La capacidad de hospitalidad de los pobres es ilimitada. Basta recordar los lugares por donde he pasado, donde siempre he encontrado una o más familias que me han acogido como a un hijo o hermano, compartiendo conmigo  todo lo que tenían. Basta ver la inmensa capacidad de encontrar siempre un hueco para el último que llega, así como el corazón de una madre donde siempre cabe uno más.
Una vez, en la casa de 5x8 metros de Raimunda y José en Manaus, llegaron a colgar 21 hamacas (nuestras camas), pues unos conocidos habían venido de su pueblo a la ciudad para ir al médico y hacer compras…   
 

Otra vez, en una visita que hice a Crateús encontré mi comadre Mazé (mamá de mi ahijada) con una abuelita enferma en el fondo de la hamaca. Le pregunté si era su madre y ella me dijo: “No, qué va, no es ni pariente. Pero vivía solita aquí cerca y no tenia quien le cuidase y me la traje a vivir conmigo”. Mi comadre tiene siete hijos pequeños, su marido bebe y no trae un céntimo a casa y ella se mata a trabajar para sustentar a la familia… 
Y otra vez, en la periferia de Manaus, encontré por casualidad una familia que había sido mi vecina: Manuel y María con sus nueve hijos. Vivían ahora en una casa de madera de 4x7 metros, él sin empleo pero con una permanente sonrisa de tranquilidad, María embarazada del décimo hijo, los niños delgaditos y alegres. Claudia y yo no conseguimos convencerles de que no queríamos cenar: cenamos huevos con harina todos juntos. Después Maria dijo: “Hoy vosotros dormís aquí, pues donde caben doce caben catorce. Tu ya lo sabes, Paco, pues aún cabemos mejor que cuando vivíamos vecinos en los palafitos!”. Y claro, nos quedamos.

 

He aprendido a ser solidario: En Pitombeira, cuando alguien se ponía enfermo y no mejoraba, los hombres dejaban sus trabajos, colocaban el enfermo en una hamaca colgada de un palo, y turnándose lo llevaban a lo largo de 22 kilómetros hasta el lugar por donde pasaba el autobús para ir al puesto de salud del pueblo.
 

Los indígenas Ianomanis tienen el costumbre de que, cuando uno de ellos caza un animal, este que lo cazó no lo puede comer sino que es para los otros de su aldea. Él comerá de lo que otros hayan cazado.
 

Mi vecino Manuel estaba reñido con otro vecino, Antonio, y ni se hablaban. A Antonio se le derribó una pared de la casa por causa de una fuerte lluvia. La comunidad se reunió y, el domingo, le ayudó a levantar la pared. Manuel estuvo ayudando toda la mañana. Después le pregunté si habían hecho las paces y me dijo: “Yo aún estoy enfadado con Antonio. Pero él necesitaba ayuda y había que ayudarle aunque no lo merezca!”.

 

Me han enseñado a compartir, no solo lo que me sobra sino aún lo que es necesario si la otra persona lo necesita:
En tiempo de sequía, en Pitombeira, mientras una familia tuviese un saco de fríjoles, todos comíamos fríjoles. Cuando nadie tenia, pasábamos hambre, pero juntos.
 

Adelina, de la comunidad Cuqui en el Amazonas, me decía: “En esta barraca, todos los días, las seis familias que vivimos aquí tomamos café, comemos y cenamos juntos. Cada uno prepara lo que tiene y lo repartimos en la misma mesa. Y quien no tiene nada come igualmente”.
 

Francisca, de otra comunidad llamada San Cristóvao, me contó: “Hace cinco años que llegué a este lugar. Aquí todos estamos unidos. Cuando yo necesito algo, voy hasta la casa de Raimunda y ella me alcanza (= me lo consigue). Y cuando ella necesita, viene hasta mi casa y yo se lo alcanzo. Y así vivimos todos los días las familias que aquí vivimos”.
 

Si alguien consigue algo mejor para comer, no se lo guarda escondido. Tienen el placer y la alegría de repartirlo con la primera persona que llega a su casa.

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He aprendido a vivir con sencillez, con lo imprescindible sin preocuparse por el mañana, sin acumular:
 

Severino, un amigo que encontré en la carretera Transamazónica me dijo: “Dios nunca me dio dos panes, pero nunca me dejó sin un pan. Y es así que yo soy feliz!”.
 

Los niños siempre están por casa entrando y saliendo o estudiando matemáticas conmigo. Siempre que consiguen un caramelo, se comen la mitad y me dan la otra mitad. Pero también son ellos los que no me dejan acumular, pues siempre que tengo alguna cosa de comer me preguntan: “Que es eso?... Es bueno?...”

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Me han enseñado a resistir ante situaciones difíciles, en el límite de la vida; a tener paciencia histórica y no desesperarse cuando uno no ve salida alguna; a tener constancia cuando uno vislumbra algún camino posible de solución…

 

He aprendido a como organizarse juntos para luchar con astucia y conseguir tener más vida: sea en la lucha por la reforma agraria, sea por un terreno para poder hacerse una casita, sea para revindicar de las autoridades ayudas de agua, trabajo, salud o educación… Y he aprendido a tener picardía y ser astuto para saltar leyes y normas que impiden crecer la vida, la libertad y la paz.

 

Me han enseñado a entrelazar la fe con la lucha por la justicia: Para mí evangelizar significa promover la vida en todos los sentidos y humanizar las relaciones entre las personas, grupos y con la naturaleza. Esta es la Buena Nueva que Jesús predicó, para que todos tengamos vida abundante. Lo que lleva a eso, es de Dios y es cristiano. Es tan sagrado un trabajo que hacemos juntos para construir una escuela, como comer juntos compartiendo lo que tenemos, como organizarse para conseguir la reforma agraria, como celebrar una misa si en ella celebramos esta nuestra vida y nos lleva a comprometernos con los pobres. Los pobres, de hecho, son el termómetro para comprobar si estamos evangelizándonos o no.
 

Padre Alfrediño, del que hablé antes, decía: “La distancia entre nosotros y Dios es la misma distancia que entre nosotros y los pobres”. No hay duda.

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He aprendido a tener una actitud no-violenta: Zequina, un compañero agricultor sin tierra, analfabeto y líder del sindicato de los trabajadores rurales, oprimido por los dueños de la tierra como todos, decía: “Llegará el día en que vamos a derribar a los poderosos de sus tierras improductivas y que nos esclavizan con sus absurdos arrendamientos. Cuando llegue ese día, no queremos que ellos se queden bajo nuestros pies, oprimidos por nosotros. Queremos que ellos se queden al lado de nosotros, como iguales, como hermanos!”
 

Salvino, hombre sufridor donde los haya, alcohólico, que descubrió en la Hermandad del Siervo Sufriente la dignidad de su vida, para mí un sabio y un místico, que murió de cirrosis en su chabola, dijo una vez en un encuentro: “Yo he visto matar, pero nunca maté a nadie. Siempre recibí palos, pero nunca le pegué a nadie. Yo siempre fui explotado, pero nunca exploté a nadie. Fui maltratado, pero nunca maltraté a nadie.  Yo soy un siervo sufriente!”…”Antes yo era miserable. Ahora soy pobre. Miserable es aquel que no es capaz de tener compasión por el dolor de los otros. Hoy ya puedo ofrecerte café con queso”.

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Me han enseñado a tener verdadera alegría: en medio de las riñas (pues los pobres son hechos del mismo barro que los ricos) y en medio del dolor y sufrimiento que la pobreza y exclusión producen.
 

Ellos me han enseñado a hacer chistes y reírse del propio sufrimiento para poder sobrellevarlo. Por ejemplo, yendo encima de un camión cargado a tope por la transamazónica, las ramas de los árboles rozaban constantemente sobre nosotros que nos agachábamos para protegernos, pero siempre salíamos todos arañados y nos reíamos a pierna suelta. Entonces, Basilio comentó: “Gracias a Dios que somos pobres! Los ricos no saber reírse de verdad. Si fuésemos ricos, nadie estaría riéndose tanto de los arañazos que nos hacemos aquí encima de este  camión!”.
Pienso que esta alegría, en el fondo, es por sentirse los preferidos de Dios que nunca los abandona, que camina junto a ellos y sufre con ellos. Las celebraciones litúrgicas son una prueba de esto: explosión de alegría, con gestos y expresiones corporales espontáneas, cantos, símbolos, colores… Otras celebraciones, como un cumpleaños, aunque sea solo con palomitas y gaseosa, son momentos fuertes de compartir llenos de felicidad.

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He aprendido a nunca perder la esperanza y confianza en el Dios vivo y compasivo que jamás abandona su pueblo y cuyo poder no es resolver nuestros problemas automáticamente sino compadecerse (padecer junto), caminar junto con, sufrir junto a y no dejar morir la esperanza ni caer en el desespero.
 

Gonzalo y Creusa, tuvieron 12 hijos. Se les murieron 8! En poco más de dos meses se les fueron 3 de ellos. Él me contó: “Mi hijita tenia cinco años. Estaba muy enferma pues era tiempo de sequía y no teníamos comida y menos aún, medicinas. Un día ella me dijo: -papá ponme una vela en mi mano y enciéndela-. Yo le pregunté por qué y me dijo: -porque me voy a morir- [es costumbre hacer esto con los moribundos]. Yo le dije que no se iba a morir, pero le puse la vela en la mano. Y minutos después se me murió. Paco, casi me vuelvo loco! Pero Dios no me abandonó, no me dejó desesperar. Él me consoló y me dio fuerza para continuar criando a mis otros hijos. Ahora estoy feliz ayudando a criar los muchos nietos que mis cuatro hijas me han dado, gracias a Dios!”.

 

Me han enseñado a ser sincero y espontáneo: La gente sencilla es como los niños. No tienen el pudor de las clases medias y altas. Todos saben de la vida de todos, con detalle. Dicen lo que piensan espontáneamente. Te preguntan con naturalidad cosas íntimas… Y la vida se hace llevadera pues los pesares se comparten y así pesan menos, y las alegrías también y así se multiplican.
 

Después de algunos años en que no me encontraba con la ya anciana doña Isabel, en Poranga, cuando me vio, me llenó de besos mientras decía: “Pero que viejo te has vuelto con barba blanca! Pero que acabado estás!”
 

Poco tiempo después de mi ordenación, una chica amiga de una “favela” me preguntó sin problemas: “Ahora eres padre y no puedes casarte? Ni puedes “tranzar” [=tener relaciones sexuales]?”. Yo le explique que no era tanto que no pudiese, sino que no quería, por causa de mi opción de vida y trabajo. A lo que ella, mirándome con cariño me respondió exclamando: “Que desperdicio!”.

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He aprendido a relativizar el tiempo: A vivir sin reloj. A no apurarse por causa del tiempo. A tener tiempo para todo, cada cosa cuando llega. Sobre todo en el interior: la misa, por ejemplo, se marca a una hora, pero empieza cuando todos han llegado, media hora ó cuarenta minutos después. Si el barco atrasa algunas horas para salir, ó sale al día siguiente, no pasa nada: charlamos, hacemos otras cosas, vivimos el momento presente, hasta que todo esté preparado para partir.
 

Zé Augusto, joven animador de la comunidad Mapixí, comentaba conmigo: “Gracias a Dios que en mi vida tengo tiempo para todo: Tengo tiempo para trabajar y ganar el sustento para mis seis hijos y mi mujer; tengo tiempo para estar con mi familia; tengo tiempo para jugar con mis hijos y para jugar al fútbol con los amigos; también para charlar un rato con algún vecino o para visitar a alguien que se puso enfermo; tengo tiempo para rezar las novenas de casa en casa; y tiempo para animar la Celebración de la Palabra los domingos, y todavía vengo dos horas antes para prepararme y conversar con Dios… Creo que, si uno quiere, encuentra tiempo para todo!”.

 

Me han enseñado a “perder el tiempo”, gastándolo con los otros.
Simone es una mujer joven casada que tiene dos niños y vive en la ocupación de terreno más pobre que conozco en Manaus: la Pedrera. Siempre que la visito tiene otros niños en su casa. Le pregunté como cuidaba de tantos niños, y ella me dijo sencillamente: “Bien, cuando mis vecinas necesitan salir de casa, yo me quedo cuidando de sus niños y les doy lo que tengo para comer. Yo no puedo decir que no, pues todos necesitamos unos de los otros. También cuando sé que alguna persona está enferma, voy a su casa para ver cómo le puedo ayudar, haciendo alguna infusión, cuidando de los niños, lavando la ropa que tiene o llevándola al médico… Yo solo puedo ayudar si es así, pues de otra manera no se”.

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He aprendido a querer bien a las personas, escucharlas y acogerlas, cada una como ella es.
 

Chico, de la comunidad Cajú/Amazonas, me dijo delante de su esposa ciega: “Esta es doña Joana, que yo conocí en 1954 en el río Madera. Yo no sé vivir sin ella. Soy un cearense del “sertao” - tierra seca- que nunca vi un río grande ni selva, y tuve que aprender todo aquí el la Amazonia. Y todo lo que aprendí, me lo enseñó ella: pescar, cazar, sobrevivir en la selva… Pero bailar “forró” yo ya sabia y hasta hoy hacemos nuestros requiebros…

 

Muchas personas me preguntan por qué continúo viviendo solo con ella, aún después de haberse quedado ciega. Yo les digo: y cómo puedo vivir sin ella? Y cómo ella va a vivir sin mi? Con quién ella va a reñir? Con quién va a divertirse en las fiestas?”… Y doña Joana, riéndose, dice: “ah! Yo soy una persona muy feliz!”.

 

P.S.= No todo lo que he escrito aquí lo dije en la charla pero, como me pidieron que lo escribiera, lo he hecho y me han venido a la cabeza más detalles y ejemplos. Apesar de eso, creo que lo escrito aquí es apenas el 0,7%, que es lo que se suele pedir a las administraciones municipales para ayudar a los pobres. Es justo, no?

 

 

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