ESCLAVOS
Si las preocupaciones y estrecheces, que estamos pasando con
la crisis económica, además de quejarnos y protestar de la
mala gestión de los políticos, nos sirven para pensar en los
problemas de fondo que tenemos planteados, comprenderemos
que no todo lo que está ocurriendo es negativo.
Si nuestras privaciones de ahora nos obligan a dejar a las
generaciones futuras un mundo más humano, tendremos que
concluir que estamos dando un paso importante. No todo es
negativo en este momento.
Digo estas cosas porque los apuros, que estamos sufriendo,
me hacen pensar en los esclavos. No en los del pasado, sino
en los del presente, los de ahora mismo. Mucha gente piensa
que la esclavitud pasó a la historia. Y pocos se dan cuenta
de que, en nuestro avanzado siglo XXI, hay más esclavos que
en los tiempos del imperio romano. Entre otras razones
porque ahora tener esclavos es más barato que entonces.
Hace veinte siglos, sólo podían tener esclavos las gentes de
dinero, los ricos, los potentados. Hoy, los que disfrutamos
de la sociedad del bienestar, aunque el bienestar pase por
una crisis (como ahora), todos tenemos esclavos.
Y quiero destacar que, al decir esto, ni exagero, ni estoy
utilizando frases que llamen la atención. Lo que pretendo es
que tomemos conciencia de que, en los tiempos modernos, la
democracia y la esclavitud coexisten en lo que los
economistas ven como una fuerte correlación directa, en
otras palabras, ambos fenómenos muestran idénticas
tendencias y uno condiciona al otro (Loretta Napoleonni).
Desde que en 1950,el proceso de descolonización consiguió la
libertad democrática para millones de ciudadanos (el caso de
África es elocuente)el número de esclavos y esclavas
creció y su coste cayó en picado. Hoy los esclavos, y
esclavos baratos, son imprescindibles para que nuestras
democracias sigan funcionando.
Me explico. Por supuesto, abundan los casos de compra y
venta de personas que son imprescindibles para ciertos
servicios: niños para la pornografía infantil o para el
comercio de transplantes de órganos, mujeres de países del
Este o de América Latina para la prostitución, niños para
emplearlos en trabajos duros y ocultos, etc.
Pero todo eso, con ser tan grave, no es lo peor. Lo que más
impresiona es pensar en la cantidad de cientos de miles de
personas, sobre todo mujeres, que trabajan para la
producción de ropa, calzado, objetos de marcas deportivas,
etc. Si por esclavos se entiende, en su versión moderna, las
gentes que no tienen más salida en la vida que someterse a
las diversas formas de trabajo, más o menos forzado, y
prácticamente sin retribuir, que se realizan en no pocos
países del Tercer Mundo, enseguida se comprenden dos cosas:
1) que los esclavos son legión; 2) que sin esclavos, las
grandes multinacionales y buena parte del “mercado canalla”
del que vivimos, no podría funcionar.
Todo esto es posible, entre otras razones, porque la mayoría
de la gente no lo sabe. Yo me quedé de una pieza, hace unos
años, cuando una tarde, en Guatemala, una niña de doce años
que encontré en la calle me dijo que trabajaba, en una
“maquila” de confección de ropa, de ocho de la tarde a ocho
de la mañana. Y por doce horas seguidas, trabajando de pie,
ganaba un dólar. Con eso le podía dar de comer a su mamá
enferma y a dos hermanos pequeños. Así viven los esclavos de
ahora.
Lo que me impresiona no es tal o cual caso concreto, sino el
hecho de que la oferta de bienestar, que se nos hace a todas
horas, tiene sobre nosotros más fuerza que los gritos de
dolor de todo el mundo. Esto impresiona mucho cuando se
piensa en serio.
Hace un par de años, leí un libro del reconocido profesor de
Historia Contemporánea, de la universidad de Oxford, Timothy
Garton Ash, que lleva el pomposo título de “Mundo libre”. En
ese libro, el sabio historiador y analista del mundo actual
dice: “Nosotros, los libres, nos hallamos ante una ocasión
de proporciones gigantescas. En las generaciones anteriores,
también para la gente que vivía en lo que se llamó ‘el
mundo libre’, un mundo libre no era más que un sueño. Ahora
podemos empezar a construirlo. Nunca ha habido tantas
personas libres, y nunca nuestras posibilidades de ayudar a
los demás a salir de la falta de libertad han sido tan
grandes”.
No sé la información que maneja el profesor Garton Ash en
cuanto se refiere a cómo funciona el comercio que hace
posible que nosotros, los ciudadanos de Europa, de Estados
Unidos y de Canadá, nos sintamos tan libres y nos veamos con
tan alta vocación liberadora para bien del mundo entero. Lo
único que sé es que, como el mundo siga en nuestras manos
(como viene ocurriendo desde el proceso que arranca en 1492
y se agrava a partir del final de la segunda guerra
mundial), la esclavitud seguirá aumentando en flecha, al
mismo ritmo que nosotros vayamos saliendo de la crisis y
viviendo mejor.
Me da por pensar que tenemos a la vista un futuro tan
esperanzador como espantoso. A no ser que China apriete el
acelerador y nos obligue a todos a hacer de este mundo un
incesante y asombroso espectáculo como el que vimos el
pasado día ocho, en la inauguración de los Juegos Olímpicos:
miles de seres humanos convertidos en una impresionante
máquina de marionetas.
José M. Castillo