LA MISA EN LATÍN
La
decisión del papa, permitiendo que los sacerdotes puedan
decir la misa en latín sin pedir permiso para ello, me
lleva a pensar en lo que les decía san Pablo a los
primeros cristianos sobre la lengua que debían utilizar
en sus asambleas o celebraciones litúrgicas.
Entre aquellos cristianos, había algunos que, en los
actos religiosos que celebraban, se ponían a hablar en
una lengua extraña (“glósse”) que no se
entendía. Y había otros que hablaban como profetas (“propheteúson”)
y esto “era constructivo, animaba y consolaba” a todos
(1 Cor 14, 2-3).
Como es lógico, san Pablo prefería que los cristianos
hablasen como profetas (1 Cor 14, 5). Y lo explica
diciendo: “Vamos a ver, si yo os hiciera una visita
hablando lenguas extrañas, ¿de qué os serviría...?” (1
Cor 14, 6).
Pablo saca la conclusión: “Pues lo mismo vosotros con la
lengua: si no pronunciáis palabras reconocibles, ¿cómo
va a entenderse lo que habláis?” (1 Cor 14, 9).
La consideración final de san Pablo da que pensar:
“Supongamos que la comunidad entera tiene una reunión y
que todos van hablando en esas lenguas (extrañas); si
entra gente no creyente o simpatizantes, ¿no dirán que
estáis locos?
En cambio, si todos hablan proféticamente y entra un no
creyente o un simpatizante, lo que dicen unos y otros le
demuestra sus fallos, lo escruta, formula lo que lleva
secreto en el corazón; entonces se postrará y rendirá
homenaje a Dios, reconociendo que Dios está realmente
con vosotros” (1 Cor 14, 23-25).
No es frecuente que los ateos y agnósticos que entran
ahora en una iglesia, cuando allí se dice misa, se
emocionen hasta el extremo de postrarse diciendo
“realmente Dios está aquí”. Pues bien, si eso ya es
difícil en las condiciones actuales, ¿qué va a pasar
cuando los ateos y los indiferentes entren en las
iglesias y se den cuenta de que allí se habla en latín?
Sospecho que podrán decir lo que ya apuntaba san Pablo:
“¿No dirán que estáis locos?” (1 Cor 14, 23).
Yo respeto la decisión del papa. Seguramente
así, Benedicto XVI ha querido atraerse a los seguidores
de Lefebvre, un obispo que no consintió abandonar el
latín y que nunca aceptó el concilio Vaticano II. Por
eso Juan Pablo II lo excomulgó.
Lo extraño es que ahora el Vaticano haga tantas
concesiones para atraerse a la gente más cerradamente
conservadora, mientras que a otros grupos más abiertos
se les ignora, se les margina o incluso, con todo el
disimulo que haga falta, se les persigue. Esto es duro
de entender.
Pero la reciente decisión del papa sobre la misa ha
puesto en evidencia algo mucho más serio. Hasta el s.
VIII, la eucaristía era ofrecida por toda la
comunidad.
Ya en el
Liber officialis de Amalario (a. 827),
se dice que la eucaristía es ofrecida sólo por los
sacerdotes. Esto expresaba una nueva mentalidad. Y
las consecuencias se siguieron de inmediato.
En aquel tiempo, los fieles entendían cada vez menos el
latín, el canon de la misa se empezó a recitar en voz
baja, los sacerdotes celebraban de espaldas al pueblo,
las misas solitarias se multiplicaban en los monasterios
y, en el fondo, todo esto representaba algo más que
meras costumbres: lo que estaba en juego era una nueva
forma de entender a la Iglesia y de vivir en ella.
En esta época empieza a designarse, con la palabra
“Iglesia”, principalmente al “clero”. Los papas Gregorio
IV y Juan VIII dan buen testimonio de esto, así como
Floro de Lyon, uno de los autores más influyentes de
aquel tiempo. Desde entonces, el centro pensante y de
decisiones en la Iglesia está en el clero. Los laicos
han venido a ser, cada vez más y más, la clientela
sumisa y al servicio de los clérigos.
Y aquí es donde está el problema de fondo que se
manifiesta, una vez más, en la decisión de Benedicto XVI
al permitir, sin restricciones, la misa en latín. Está
claro que en Roma no preocupa demasiado si la gente se
entera o no se entera de lo que se dice y se reza en la
misa.
Lo que parece que preocupa es atraerse a los más
integristas, los seguidores de Lefebvre. Si la mayoría
de los laicos no se preocupa por eso y ni le interesa
eso, es asunto que a los clérigos romanos les trae sin
cuidado.
¿Qué hemos hecho los cristianos con la eucaristía? Jesús
la instituyó en una cena. Cosa que, a juicio de todos
los entendidos, es clave para comprender lo que es la
eucaristía y cómo debe celebrarse.
Los evangelios hablan mucho más del tema de la comida
que del tema de la oración o de las ceremonias rituales.
Esto no es, no puede ser, mera casualidad. Los
evangelios le conceden interés a lo que de verdad lo
tiene.
Una de las cosas que más unen a las personas es comer
juntos. Mucho más que oír todos juntos que uno, allá en
su altar o en su trono, habla en latín.
En cualquier caso, es seguro que la Iglesia no va a
estar más unida porque en ella haya sacerdotes que dicen
la misa en latín. La Iglesia estará más unida el día en
que todos nos tengamos más respeto y, sobre todo, cuando
seamos capaces de poner en común lo que somos y tenemos,
como lo hizo Jesús en la cena de despedida.
Pero, por lo visto, eso no es lo que preocupa en Roma.
Y si es que eso preocupa, desde luego la cosa no se
arregla poniendo a los curas mirando al retablo, dando
las espaldas a la gente y hablando una lengua muerta que
ni muchos clérigos entienden a estas alturas. Por este
camino, mal futuro nos espera a los que todavía pensamos
que lo importante es “hacer” lo que nos mandó hacer el
Señor: “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 24).
José M. Castillo
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