LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Capítulo 4
Símbolo y realidad
Para la mentalidad de muchas personas, quizá poco formadas
en este orden de conocimientos, el símbolo no coincide con
lo real.
De ahí, las sospechas y hasta el malestar que tales personas
experimentan cuando oyen decir que los sacramento son
símbolos. Porque hay quienes tienen la impresión de que, si
las cosas son así, estamos vaciando los sacramentos de un
determinado contenido de algo real.
Es decir, si un sacramento, por ejemplo la eucaristía, se
explica como un símbolo, hay quienes temen que, de esa
forma, lo que se está haciendo es negar la presencia real de
Cristo en ese sacramento.
Quienes piensan de esa forma dan a entender que no
comprenden adecuadamente lo que es el símbolo. Seguramente
la mentalidad científica, tan predominante en nuestra
cultura, nos dificulta la adecuada comprensión de la
relación entre “sacramento” y “realidad”.
Esta comprensión defectuosa queda resuelta cuando se
recuerda que el símbolo es siempre comunicación, no de
“ideas” y, menos aún, de “cosas”, sino que es comunión de
“experiencias”.
Ahora bien, las “cosas”, los objetos, o se dan tal cual,
como son en su realidad tangible, o no se dan. Si yo doy un
billete de cien euros “simbólicamente”, el hecho real es que
no doy ese dinero. Porque el dinero es una cosa. Y eso no se
puede comunicar mediante un símbolo.
Pero, cuando hablamos de símbolos, no nos referimos a nada
de eso. Nos referimos a “realidades”, pero de otro orden.
Tan real como el dinero es el amor. Pero, ¿cómo se puede
expresar y comunicar el amor entre dos personas? Se puede
comunicar dando cosas: dinero, joyas, objetos de valor, etc.
Pero todo eso expresa amor (y no interés) en la medida, y
sólo en la medida, en que mediante tal objeto se expresa una
experiencia. Y entonces, el objeto (un ramo de flores, por
ejemplo) se convierte en símbolo.
Pero hay más. Porque, si todo este asunto se piensa más
despacio, pronto se advierte que en la vida humana hay
realidades que solamente se pueden expresar y comunicar
simbólicamente.
Las grandes experiencias, que dan sentido a la vida, sólo
pueden adquirir su manifestación más real y verdadera
mediante símbolos.
De ahí que, en el caso de los sacramentos, las experiencias
que se transmiten a través de ellos solamente pueden
resultar auténticamente reales mediante las expresiones
simbólicas que, en cada cultura, sirven de vehículo a la
experiencia en cuestión.
Esa es la razón por la que los sacramentos, además de
“signos”, son también “símbolos” eficaces de la comunicación
de Dios y de nuestra comunicación con Dios.
Sacramentalidad y teología de la Iglesia
Todo esto supuesto, de lo dicho se siguen algunas
consecuencias básicas para la teología de la Iglesia como
sacramento. Ante todo, se entiende la razón por la que la
Iglesia es presentada como sacramento.
La Iglesia no existe para sí misma, sino para los hombres y
mujeres de este mundo. Esto, obviamente, quiere decir que la
Iglesia es ella misma cuando se comunica con los seres
humanos de cada tiempo y de cada cultura.
Ahora bien, la comunicación con los humanos se realiza
mediante signos y símbolos. Lo cual quiere decir que la
Iglesia es, por su misma razón de ser, sacramento, es decir,
signo y símbolo de comunicación con la humanidad.
En segundo lugar, es necesario comprender que, por más
verdadero que sea que la Iglesia tiene que ser comunicación
de mensajes ideológicos o de conocimientos (las verdades de
la fe), en todo este asunto es capital comprender que lo
primero y principal que la Iglesia tiene que comunicar y
contagiar son experiencias.
Se trata de las experiencias fundamentales de la vida: la
fe-confianza, el amor, la esperanza, la paz, la bondad, etc.
Esto quiere decir que, en la Iglesia, más importantes que
los signos (las verdades) son los símbolos (las
experiencias).
En tercer lugar, si tanto los signos como los símbolos son
siempre expresiones culturales, de ahí se sigue que la
Iglesia, si es que quiere ser ella misma en cada tiempo y en
cada cultura, no tiene más remedio que adaptarse, en cada
momento histórico, en cada cultura y en cada sociedad, a las
mediaciones significativas y simbólicas que viven y utilizan
las gentes de los distintos tiempos y culturas de la
humanidad.
Por eso no es imaginable que la Iglesia pueda ser fiel, a sí
misma y al designio de Dios sobre ella, si sus dirigentes se
empeñan en mantener e imponer una uniformidad de expresiones
significativas y simbólicas que sean idénticas en todo el
mundo.
Los signos y los símbolos no se imponen por decreto, sino
que son manifestaciones fundamentales de la vida, de la
cultura y de la sociedad.
Por eso, si es que la Iglesia toma en serio que ella es y
tiene que aparecer como sacramento de salvación, la Iglesia
tendría que comportarse, vivir y aparecer ante la gente de
forma que no hiciese falta presentar el mensaje mediante
numerosas y eruditas teologías especializadas, al alcance de
los sabios y entendidos de este mundo.
La Iglesia-sacramento tiene que ser y vivir de tal forma que
se meta por los ojos de la gente. Y que la gente la vea y la
sienta como algo que les es connatural y propio. De no ser
así, algo muy serio falla en la Iglesia.
José M. Castillo
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