RECONCILIACIÓN   

COMUNITARIA   

                             
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EL PECADO

 

 

El pecado no es infringir una ley. Desde muy antiguo imperó el concepto legalista del pecado. Es decir: Dios o delegados suyos emiten leyes que prohíben o permiten. Y quien no cumpla esas leyes comete pecado contra Dios. Eso es sacralizar una ley. Pero Jesús derogó la ley. Y nos dejó sólo la conciencia.

 

La relación de Dios Padre con el hombre no entra dentro de un marco legal. La paternidad y la filiación se mueven en otra atmósfera.

 

Pecado es caer en el pozo de la egolatría. “Y seréis como Dios”. El hombre no acepta sus dimensiones de ser humano. No admite la fraternidad. En consecuencia, se convierte en producto altamente contaminante de la sociedad. Quiere utilizar a los demás y a Dios, en beneficio suyo.

 

Para ser hijo, necesitas ser hermano. No hay modo de entablar relación con Dios que es Padre, si no es desde la fraternidad humana. Si ofendes u olvidas a tu hermano no te hagas la ilusión de creerte cristiano, hijo del Padre. No hay filiación si no hay fraternidad.

 

 

 

El perdón

 

 

Jesús se llama a sí mismo “Hijo del Hombre” y se atribuye en ese momento “poder para perdonar”.

 

Perdonar, como “hijo del hombre”. ¿Será que Dios no tiene que “perdonar”? ¿No será que Dios Padre no perdona porque es Amor y el Amor no puede estar ofendido?  Perdona quien es capaz de ofenderse. El Amor no tiene receptividad de ofensas, no puede, no tiene que emitir un perdón.

 

¿No será que los únicos que nos tenemos que perdonar somos los hombres, que los únicos que nos ofendemos somos nosotros y entre nosotros?

 

¿No será que Jesús vino a decirnos que una actividad del hombre era perdonar; que la ofensa y el perdón es cosa de humanos; que no hay ser humano si no hay perdón; que el rencor paraliza lo humano; que el odio es un fracaso y que el perdón plenifica lo humano?

 

Y que, por tanto, no podemos perdonar “en nombre de Dios”, sino en nombre propio. Que, mientras no perdonemos,  Dios -el Amor- no puede entrar en lo humano y que, en la medida en la que perdonamos, el Amor entra en nosotros.

 

 “El Reino de Dios” que anunciaba Jesús era como un Jubileo Universal en el que deberían caer todas las barreras, quedar zanjadas todas las deudas, rotas todas las cadenas, abiertas todas las puertas, entrelazadas todas las manos, curadas todas las heridas, comiendo todos un mismo pan, recostados en una misma mesa.

 

 

Luís Alemán