Estamos reproduciendo varios fragmentos tomados de
“Teología en serio y en broma”, en homenaje a José María
Díez Alegría.
Está escrito
hace treinta y cinco años, lo que nos permite asombrarnos de
la lucidez y el sentido profético de este hombre.
SEXO, MATRIMONIO Y CURAS
El
año 1971, un joven escritor romano, Enrico Rafii,
publicaba su primera novela, «Sposa mia», editada en
Milán por Bompiani. Es una novela de un humorismo fino,
que me encantó.
Los protagonistas son Tommaso y Alessandra, dos jóvenes
esposos, que pasan en un hotel de la Liguria sus
primeras horas de casados. …
Yo
pondría la deliciosa novela de Enrico Raffi como libro
de texto en las clases de teología moral. Hay que
leerla, para recibir toda su carga de gracia y de
observación. Tal vez ayudaría a convencer a los curas y
a los supercuras de que dejen un poco en paz a los
chicos y a las chicas, a los novios y a las novias, a
los esposos y a las esposas.
Lo
nuestro —de los curas, quiero decir—, sería ayudar a la
gente a progresar en el verdadero amor al prójimo y en
el respeto a la persona del otro. Y nada más, Si nuestro
celibato por el reino de Dios es un poco auténtico,
quizá podamos ayudar a otros en este asunto del amor
estimativo (pero no «cerebral») al prójimo. Es la «agápe»
cristiana, la «caridad», eso tan indescriptible y que ha
sido tantas veces caricaturizado malamente por nosotros,
pero que, si es genuina, constituye la clave de la moral
cristiana, que no es propiamente una moral, sino un
espíritu: el fruto del Espíritu.
Si
ayudamos a la gente a descubrir lo que es amar al
prójimo, siguiendo las huellas de Jesús, bien podemos
dejarles después vivir el eros como Yahve Dios les dé a
entender. Y creo yo que tendríamos muchas más garantías
de que su vida erótico-sexual era grata al Señor, de
quien viene el amor, que no atosigándoles con «preceptos
humanos», inventados por nosotros con mayor o menor
fundamento.
No
somos los «profesionales del celibato» los llamados a
pontificar en este asunto. Ni siquiera cuando nuestro
«celibato por el reino de Dios» sea genuinamente
carismático. Y, si no lo es en grado suficiente,
entonces estamos todavía más descalificados.
Un
psicoanalista creyente, no español, me decía,
refiriéndose al celibato impuesto por ley a los
presbíteros de la iglesia católica latina: «La castidad
impuesta y no carismática va acompañada de serios
problemas que lesionan la dignidad básica del individuo.
Veo muy difícil la solución, porque aquellos que
deberían resolverla sufren de los mismos problemas, y
eso impide la visión serena».
Resulta, por tanto, que los célibes profesionales con
carisma no tienen experiencia suficiente. Y los que no
tienen carisma y soportan el celibato obligados, no
pueden tener ni siquiera una visión serena. Y si, a
veces, pueden tener experiencia, ésta suele ser
poquísimo serena.
*
* *
Me
contó un amigo que, cuando una comisión pontificia
estaba estudiando el problema moral de los fármacos
anticonceptivos, un semanario inglés publicó, sin más
explicaciones, una historieta de humor, poco más o menos
como la siguiente: Con el aumento de los automóviles,
los accidentes de circulación crecían de una manera
alarmante. La gente estaba preocupada y angustiada. Pero
un día un inventor afortunado ideó el espejo retrovisor,
que permitía ver los coches que vienen por detrás, cosa
que disminuía mucho el número de accidentes y de
víctimas.
La
gente se puso muy contenta y empezaron a instalar en los
automóviles el espejito bienhechor.
Pero llegaron los moralistas y dijeron que los ojos
están hechos para ver lo que hay delante y no para ver
lo que está detrás. Que, por consiguiente, el uso del
espejo retrovisor era contrario a la naturaleza y, por
tanto, inmoral.
Gran tribulación y grandes discusiones.
Para salir del embrollo, acuerdan todos acudir a la
reina. La reina nombra una comisión de expertos
filósofos que estudien el asunto. Comienzan sesiones
interminables. La gente espera y desespera. Pero los
señores de la comisión no logran ponerse de acuerdo.
Entonces uno de los comisionados se arriesga a
preguntar:
—
Pero, vamos a ver, ¿alguno de los que estamos en
esta comisión se ha puesto alguna vez al volante de un
auto?
Silencio.
—
¿Y no sería mejor dejar a los que conducen automóviles
que nos digan lo que ellos piensan del espejito
retrovisor?
*
* *
Como moraleja de estos cuentos, yo me atrevería a
arriesgar un «Principio Fundamental de la Pastoral de
los Señores Curas acerca del sexo y del matrimonio».
Es
un principio recogido de la sabiduría popular y acuñado
en forma de proverbio: Que, por favor, los
«profesionales del celibato» no nos metamos «en camisa
de once varas».
Porque hay que convenir en que una camisa de once varas
no sería lo más a propósito para ayudar a hombres y
mujeres a encontrar la vena secreta y maravillosa del
eros más profundo.
Según el relato del Génesis, cuando Yahve Dios le quiso
hacer al hombre el mejor regalo, le dio a la mujer
intacta, sin camisa. Se la presentó. Y el hombre la
acogió con entusiasmo, como su otro yo. Y Yahvé Dios vio
que aquello era bueno.
RELACIONES PREMATRIMONIALES
Hace unos días, un joven
periodista me pidió unas respuestas a una encuesta, para
ser publicada en una revista exquisitamente
«eclesiástica».
Yo me resistía. El insistió.
Al fin, acepté.
Me remitió las preguntas, y
entre ellas figuraba ésta: «¿Cuál es su opinión sobre
las relaciones prematrimoniales?».
Yo pensé que la dirección de
la revista no publicaría mi respuesta, porque las
direcciones de las revistas exquisitamente
«eclesiásticas», incluso las postconciliares, suelen
estar más cerca de los débiles que de los fuertes.
Pero contesté así:
«No condeno a los jóvenes que
tienen relaciones prematrimoniales con amor, sin abusar
el uno de la otra (o la una del otro), y sintiendo
sinceramente en conciencia que no hacen mal, sino bien.
Es una conciencia que me parece muy respetable. Me
parece muy bien que otros jóvenes se abstengan de ese
tipo de relaciones, si lo hacen no por una inhibición
impuesta, psicológicamente negativa, sino por un juicio
ético-antropológico personalmente asumido. No creo que
el problema pueda plantearse adecuadamente en abstracto.
En abstracto se podrán dar algunas orientaciones
importantes. Hay que procurar ayudar a que la gente haga
lo que haga por conciencia, y no por un tabú
antropológicamente insano y éticamente deleznable».
Esto respondí. Y añadiría que
los que sean víctimas de esos tabús estructuralmente
insanos, no deben ser despreciados, sino respetados y
ayudados en lo posible. Sólo ellos serían, en este caso,
los débiles.
Bueno, lo que pasó con mi
respuesta, es que la dirección de la revista no llegó a
conocerla, porque vetaron mi nombre, antes de saber cómo
había yo respondido.