Estamos reproduciendo varios fragmentos tomados de
“Teología en serio y en broma”, en homenaje a José María
Díez Alegría.
Está escrito
hace treinta y cinco años, lo que nos permite asombrarnos de
la lucidez y el sentido profético de este hombre.
LIBERTAD CRISTIANA
Hay razones para pensar que el Evangelio de Marcos es más
antiguo de lo que se creía hace unos años.
Podría haber sido escrito, al menos en una primera
redacción, hacia el año cincuenta de nuestra era.
De ser así, resultaría una consecuencia paradójica. Ese algo
divertido, que vemos aparecer con frecuencia en las cosas de
Yahvé Dios.
Lo digo, porque han sido los teólogos conservadores los que
han tenido siempre mucho empeño en probar que los Evangelios
sinópticos eran muy antiguos, mientras los teólogos más
radicales tendían a demostrar que eran relativamente
recientes.
Y ahora resulta que uno de esos Evangelios puede que sea tan
antiguo como lo podían desear los teólogos más
conservadores. Pero da la mala pata de que es el Evangelio
de Marcos. Y resulta que este Evangelio es obra de una
especie de comunidad de base contestataria.
Si pensamos en la situación de Italia, por ejemplo, con
conflictos dolorosos y absurdos entre comunidades de base y
jerarquías eclesiásticas, resulta que el documento
posiblemente más antiguo, a quien les da la razón, es a las
comunidades de base.
Pero a las comunidades de base más centradas en la fe en
Jesús y con más intimo sentido de permanencia en la iglesia.
Marcos no niega el ministerio pastoral. A lo que se opone
ferozmente, aunque sin ferocidad, es a las exageraciones del
culto de la personalidad. Muy especialmente por lo que se
refiere a Pedro.
Marcos parece querer prevenir de antemano todo intento de
secuestro de Jesús por parte de la iglesia. Porque lo más
íntimo del mensaje del Evangelio de Marcos es la soberanía
de Jesús y el carácter inmediato y personalísimo (tú y yo)
de la relación del creyente con Jesús.
Ni siquiera los discípulos más cualificados de Jesús, los
doce pueden pretender monopolizarlo. El Evangelio de Marcos
nos refiere un diálogo significativo, conservado también por
el de Lucas:
Juan le dijo (a Jesús):
— Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu
nombre y hemos intentado impedírselo porque no anda con
nosotros.
Jesús respondió:
—
No se lo impidáis, porque nadie que haga un milagro usando
mi nombre puede a continuación hablar mal de mí. O sea, el
que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y además,
el que os dé a beber un vaso de agua por razón de que seguís
a Cristo, no se quedará sin su recompensa, os lo aseguro»
(Marcos, 9, 38-41).
Se trata de creer en Jesús. Y basta. Sin más complicaciones.
Jesús «enseñaba con autoridad, no como los letrados»
(Marcos, 1, 22).
Entre sus discípulos, pretender enseñar con demasiada
autoridad sería caer en el ridículo. Porque al lado de la
autoridad con que enseñó Jesús, cualquier otro intento de
enseriar con autoridad sería necesariamente una caricatura.
Y tampoco se debería enseñar como «los letrados», que eran
legalistas y esclavos de tradiciones humanas.
Entre los discípulos de Jesús, todos deberían sentirse eso:
«discípulos». Todos escuchándole a él, tratando de aprender
de él, y ayudándose unos a otros a coger lo que él enseñaba
con autoridad.
Claro que entre los discípulos los hay siempre
aventajadillos, y éstos, si son buenas personas y no quieren
darse pote y abusar, pueden ayudar a otros oyentes más
torpes o principiantes. Así es como cabe un «ministerio» del
anuncio o de la palabra. Con ese espíritu.
El Evangelio de Marcos fue escrito para que, entre los
cristianos, nadie pretendiese arroparse la autoridad
incomunicable de Jesús, y ninguno cayese, por otra parte, en
la manera de aquellos letrados legalistas, que soltaban el
mandamiento de Dios para aferrarse a su tradición, y fueron
incapaces de comprender a Jesús (Marcos, 7, 1-23).
Nos narra este episodio:
«Un sábado pasaba Jesús por los sembrados y los discípulos,
mientras andaban, se pusieron a arrancar espigas. Los
fariseos le dijeron:
- Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?
El les replicó:
- ¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus
hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de
Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió los panes
dedicados, que nada más que a los sacerdotes les está
permitido comer, y les dio también a sus compañeros.
Y añadió:
-
El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el
sábado: así que el hijo del hombre es señor también del
sábado»
(Marcos, 2, 23-28).
En las últimas palabras, «el hijo del hombre» es un
hebraísmo que significa «el hombre», pero es también un
título mesiánico escatológico que proviene del libro de
Daniel.
Podrían, pues, significar las palabras que nos refiere el
Evangelio de Marcos: «Yo, Jesús, hijo del hombre (en sentido
mesiánico escatológico) soy señor también del sábado», o
bien esto otro: «El hombre (en general) es también señor del
sábado».
Este segundo sentido es el que corresponde a la frase
inmediatamente precedente: «el sábado se hizo para el hombre
y no el hombre para el sábado». Pero los dos sentidos no se
excluyen mutuamente, pues Jesús es el que viene a liberar al
hombre de tantas ataduras, entre ellas las de tipo
religioso. Jesús es señor del sábado y hace al hombre señor
del sábado, devolviéndole su libertad.
El Jesús del Evangelio de Marcos hace curaciones y libra a
la gente de posesiones demoníacas.
El lector puede tener la impresión de que en esos relatos
hay algo de leyenda, efecto de la fuerza poemática del
pueblo ante la figura y la realidad de Jesús. Por más que
las referencias sean cronológicamente muy próximas a los
acontecimientos históricos.
Pero las narraciones de curaciones y expulsiones de demonios
son, en el Evangelio de Marcos, ante todo «significativas».
Jesús es el que viene a libertar de los lazos que atenazan
al hombre.
* * *
Pablo de Tarso, hacia el año 57 de nuestra era, escribe su
carta a los gálatas, que es un himno a la libertad
cristiana:
«Cristo nos libertó para que seamos libres; de manera que
manteneos firmes y no os dejéis uncir de nuevo al yugo de la
esclavitud»
(Gálatas, 5, 1).
La primera palabra de los escritos del Nuevo Testamento es,
pues, la palabra libertad.
Es verdad que no se quiere que la libertad se convierta en
libertinaje. Pero, para evitar esto, no se piensa ante todo
en la «obediencia» y en el «orden jerárquico». Se piensa en
el amor mutuo de los hombres:
«A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad: lo
único que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al
contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás,
porque la ley entera queda cumplida con un solo mandamiento,
el de amarás a tu prójimo como a ti mismo»
(Gálatas, 5, 13-14).
* * *
Iluminados por esta concepción básica del cristianismo que
viene de Jesús, podemos atrevemos a afrontar una pregunta
inoportuna.
La pregunta fue recibida hace poco en una revista católica
española. Era esta: «¿Para qué sirven los obispos?».
Probablemente, al señor que hacía la pregunta le parecía que
no servían para nada. Por eso lo preguntaba.
Y los redactores de la revista andaban buscando al guapo que
se arriesgara a contestar. Probablemente porque tampoco a
ellos se les ocurría una respuesta fácil.
Yo creo que la gente de la base cristiana no experimenta que
los obispos les sirvan para gran cosa.
Muchos cristianos de los llamados progresistas, de verdad
creyentes y que quieren mantenerse en comunión de fe con los
creyentes, lo que desean de los obispos es que no les den un
palo. A veces son ayudados por un obispo fraterno, que los
acoge cuando han sido vapuleados por otro obispo o jerarca.
Un eclesiólogo escolástico tradicional respondería que los
obispos sirven para muchísimas cosas, y enumeraría una lista
abstracta de las cosas para las que los obispos deberían
servir.
Pero yo veo, por ejemplo cuando hablo con militantes
cristianos obreros, que son dos lenguajes más diferentes que
lo pueden ser el sánscrito y el quechua. Porque los
militantes obreros, y otros no obreros, preguntan para qué
sirven de hecho.
Yo tengo algunos obispos amigos, que me ayudan mucho, porque
creen, y su fe confirma la mía. Supongo que todos los
obispos creen. Pero la fe de éstos que digo, yo la siento. Y
esto me ayuda.
Claro que alguno dirá: ¡vaya una ayuda! Así todos los
cristianes pueden ayudar.
Y yo le diría: pero ¿de qué otra manera piensas tú que puede
un obispo ayudar a los demás, más que siendo cristiano?
* * *
De todos modos, quiero ensayar una respuesta más funcional.
Porque en el fondo de esa pregunta: «¿para qué sirven los
obispos?», está quizá implícita esta otra: «¿cómo nos
bandeamos con los que nos han tocado en suerte?».
Entonces yo me atrevería a contestar (hablando en un plano
analógico, es decir de cosas parecidas, pero no iguales):
«Los obispos sirven como los médicos del seguro de
enfermedad». La comparación con los médicos tiene raíz
evangélica, pues Jesús mismo comparó su función a la del
médico.
Entonces, ¿qué hace la gente? La gente quiere que haya
seguro de enfermedad y que haya médicos del seguro. Y está
encantada cuando los médicos del seguro la cuidan y atienden
bien. Pero cuando, por lo que sea, aquello no funciona bien,
y empiezan a temer que el médico del seguro los va a mandar
al cementerio, se buscan por su cuenta ayuda médica. Pero
¡ojalá no tuvieran necesidad de esto! Así creo yo que piensa
la gente.
Pues una cosa así debía pasar entre los cristianos
conscientes de su fe y los obispos.
Es claro, según el Evangelio, que no debe estar el pueblo al
servicio de los obispos, sino los obispos al servicio del
pueblo. Porque Jesús les dice a los doce:
«Sabéis que los que pretenden gobernar a los pueblos los
tiranizan, y que los grandes los oprimen, pero no ha de ser
así entre vosotros; al contrario, el que quiera subir, sea
servidor vuestro, y el que quiera ser el primero, sea
esclavo de todos„ porque tampoco el hijo del hombre ha
venido a que le sirvan, sino para servir y dar su vida en
rescate por todos»
(Marcos, 10, 42-45).
El derecho de los obispos a ser obedecidos no es ni
despótico ni incondicionado. Ni hace falta que lo sea, si su
ministerio ha de ser de veras evangélico.
Pero
libertad y obediencia (o, si se quiere, «resistencia y
sumisión») serán posibles, si todos --empezando por los
obispos— se empapan de que, en la comunidad cristiana, el
punto de partida (y el de llegada) es la libertad con amor.