EL ESPÍRITU
SOBRE LAS AGUAS
Hay una preocupación por la
situación de crisis en que se encuentra la iglesia.
Estudian los sociólogos. Los
teólogos desconfían, a veces, de los sociólogos.
Desconfían más cuanto peores teólogos son. Los obispos,
con cierta frecuencia, desconfían de los sociólogos y
también de los teólogos.
Voy a tratar de hacer una
aportación sin pretensiones. Una teoría humorista de la
crisis de la iglesia. Si se la toma como lo que es, una
modesta aportación, a lo mejor sirve para algo. Por lo
menos para los sociólogos, para los teólogos que no
desconfían de los sociólogos y para los obispos que no
son incapaces de humor. (Últimamente hubo uno admirable
que se llamó Angel Roncalli y, como papa de Roma, Juan
XXIII).
Lo que pasa, quizá, es que
Jesús, para que la iglesia fuera adelante, confió la
cosa al Espíritu Santo. Pero además hizo Cosas (como
elegir a los doce y distinguir a Pedro), y dijo cosas,
que dieron lugar ineluctablemente a que en la iglesia se
constituyeran «ministerios» y a que ciertos ministerios
tuvieran una autoridad pastoral.
Así las cosas, para que la
iglesia marche sin demasiados atascos, es necesario que
los «ministros autorizados» y el Espíritu Santo vayan
bastante al unísono. Si no van, serán los «ministros
autorizados» quienes salgan perdiendo. Porque el
Espíritu Santo no pierde nunca, aunque juega de una
manera tan extraña y para nosotros tan incógnita, que
parece que pierde siempre.
Yo creo humorosamente que los
«ministros autorizados» no se entienden ni pío con el
Espíritu Santo, y que ésta es la raíz del lío en que se
mueve la iglesia.
Y la cuestión es una cuestión
de «humor». Así como suena.
Porque, creo yo, que los
«ministros autorizados», con excepciones admirables,
pero muy contadas, son personas sin «humor». Es más, y
aquí está el quid de la cuestión, son gente que se creen
de buena fe que ser «ministro autorizado» es una cosa
muy «seria» e incompatible con el «humor».
Ahora bien, si en la
misteriosa esfera de lo divino hay algo antitético de la
«seriedad», es precisamente el Espíritu Santo.
El Espíritu es como el poeta
de la trinidad divina. Ya Jesús bendito, en su vida
mortal, fue muy poco «serio». Y según los Evangelios,
sobre todo el de Lucas, la culpa la tenía el Espíritu
Santo, que le estaba siempre llevando por donde quería.
La teología más tradicional
distinguía entre las virtudes infusas y los dones del
Espíritu Santo. Ambas cosas eran sobrenaturales y
gratuitas. Pero las virtudes se suponía que procedían
con cierta lógica. Mientras que los dones eran lo
absolutamente imprevisible, la corazonada poética, el
salto de la vida.
La obra del Espíritu Santo
puede ser trágica o humoroso, pero nunca «seria».
Pero entonces empieza a verse
más clara la raíz de la crisis en que la iglesia se
debate.
Porque la condición de buena
salud en el caminar eclesial sería un cierto paso
unísono entre el Espíritu y los «ministros autorizados».
Pero si los «ministros autorizados» son incapaces de
«humor» y el Espíritu Santo es incapaz de «seriedad», la
marcha concorde es imposible. Y esto es lo que pasa.
Pero todavía hay más. Porque
los «ministros autorizados» están de acuerdo en que
ellos y el Espíritu Santo han de caminar al unísono.
Pero están empeñados en que son ellos les que tienen que
marcar el paso. Y éste es el error fundamental.
Según muchos de ellos, aunque
quizá ni ellos mismos se atreverían a decirlo (ni
siquiera a pensarlo) tan crudamente, el Espíritu Santo
los ha puesto a regir las iglesias y, una vez hecho
esto, ya el Espíritu Santo tiene que acomodarse a lo que
ellos piensen y decidan, porque la autoridad (la
«jurisdicción») la tienen ellos, no el Espíritu Santo.
Y, como su jurisdicción viene de Dios, es sobrenatural.
Y, como es sobrenatural, el Espíritu Santo tiene que
estar siempre detrás de ella.
Por eso los «ministros
autorizados» tienden a opinar que ellos tienen el
monopolio del Espíritu Santo, y que nosotros, las
simples ovejas, podemos sí tener al Espíritu Santo, pero
sólo con la condición de que sirva para hacernos decir
amén a todo lo que quieran los «ministros». Porque
nuestro Espíritu Santo lo administran ellos.
Esta situación se podría
expresar en una parábola humorística.
Los «ministros autorizados»
se creen que ellos llevan la paloma del Espíritu
encerrada en una jaula de oro, que es la «sacra
potestad», a la que tiene que someterse Dios mismo,
porque, al instituir esos «poderes», se ha cogido los
dedos.
Entonces los «ministros»,
quizá muchas veces de buena fe, van por esos mundos con
su jaulita de oro en la mano, un poco como el zahorí va
con la varita, para decirnos dónde está el agua.
Pero resulta que la jaulita
tiene la puertecilla abierta, y la paloma no está allí.
Ha volado.
Porque el Espíritu Santo
sirve para cualquier cosa, menos para encerrarlo en una
jaula. Aunque la jaula sea de oro.
El Espíritu (el «soplo de
Dios»), como el viento, sopla donde quiere. Esto dice
Jesús en el Evangelio de Juan.
Y así nuestros zahoríes
eclesiásticos, buscando con su jaulita vacía dónde está
el agua, no dan en el clavo ni por casualidad.
Con esto en la iglesia se
organiza un lío y hay unos conflictos de miedo.
Pero ¿habrá que desesperar?
¿Nos ha abandonado del todo
el Espíritu? ¿Se marchó para siempre la paloma?
Una respuesta de esperanza la
encuentro en la primera página del Génesis. Es el
comienzo de la Biblia. Allí se dice que, en el
principio, «la tierra era algo caótico y vacío, y
tinieblas se espesaban sobre aquel abismo, pero el
Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas».
Esta es quizá la situación
actual de los cristianos.
Todos deberíamos levantar los
ojos por encima de la confusión, en acecho del batir del
Espíritu.
También los «ministros
autorizados». Nada de hacer el zahorí con una jaula de
oro vacía. Atalayar con los demás, para oír, si es
posible, por dónde sopla el Espíritu.
Porque, en la iglesia, con
perdón de don José María Escrivá de Balaguer, todos
somos clase de tropa.