A VUELTAS CON EL
PECADO
Responsabilidad, culpa, conversión
No quisiera que nadie quedara frustrado con esta
lectura. He renunciado a repetir los esquemas
tradicionales sobre los requisitos para cometer un
pecado y la gravedad de la falta cometida. Me
parecía mejor acercarse a este acontecimiento desde
una perspectiva humana, religiosa y comunitaria, que
nos ayudaran a comprender la verdadera naturaleza
del pecado. Lo resumido en estas páginas me
atrevería a sintetizarlo aún más en este breve
decálogo.
1. La ética es una exigencia universal que brota de
nuestra propia estructura antropológica. La
menesterosidad del ser humano le obliga a canalizar
sus pulsiones en función de un proyecto. El
conflicto entre nuestros deseos más profundos y la
realidad que se impone es inevitable. Al margen de
la fe, toda persona descubre una llamada interior
que le recuerda cómo tiene que actuar para vivir su
vocación humana. El valor ético nos descubre
precisamente aquellos caminos que conducen hacia esa
plena realización.
2. Todos somos conscientes de la fragilidad y
limitación que nos condiciona. Otros valores, más
inmediatos y gustosos, seducen con tal ímpetu que
impiden la coherencia para vivir de acuerdo con el
ideal propuesto. No siempre interesa oír aquello que
nos compromete.
3. Al ser humano, sin embargo, le cuesta reconocer
sus fallos. Hay múltiples excusas para eliminar la
experiencia del fracaso. Se cree condicionado por
otras fuerzas internas y externas, que impiden su
autonomía y libertad. Una ilusión ingenua, como si
quisiera sentirse inocente. La persona madura acepta
y reconoce los límites de su libertad, que no tiene
por qué eliminar su culpa.
4. La misma presentación del pecado, los criterios
para medir su gravedad, la falta de una explicación
razonable -con la imagen de Dios que aparecía por
detrás de estos planteamientos- servían muy poco
para aceptar su realidad. El miedo y la autoridad
ayudaban a interiorizar todo este proceso.
5. El verdadero sentimiento de culpabilidad, más
allá de sus manifestaciones narcisistas y
patológicas, revela la propia fragilidad. Es el
reconocimiento del mal frente al otro. Se acepta la
culpa, aun sin saber con certeza su nivel de
gravedad. Se ha provocado un daño personal o
comunitario por el que uno se siente apenado, y se
busca la alegría de una amistad renovada.
6. Cuando el creyente se acerca a esta condición
humana descubre que semejante situación entraba en
los planes de Dios. La salvación ha hecho posible
que donde abundó el delito también se haga presente
la gracia y el perdón. Detrás de su negativa a vivir
un determinado valor ético, constata también una
ruptura en la amistad con su Creador.
7. El pecado nunca será un gesto superficial y
aleatorio, pues está vinculado siempre a otra opción
más profunda. Su gravedad radica más en esa densidad
interior que en la materia del acto cometido. La
coherencia en la vida tendrá que demostrar la
autenticidad de nuestra opción. Por eso, en la
revelación, el término que mejor expresa esta
ruptura es el de adulterio. Se abandona a Dios,
aunque no sea por malicia, seducido por otros
ídolos.
8. La conversión no implica la búsqueda de un
perfeccionismo narcisista y farisaico para mantener
las apariencias externas, y reprimir todo aquello
que afea nuestra imagen. Es apostar la vida entera
por Dios, como valor absoluto e incondicional, y
entregarla, como Jesús, para el servicio de los
demás. Un amor que puede estar presente hasta en la
experiencia del fracaso.
9. Esto supone romper los límites estrechos de una
ética individualista para abrirse a un compromiso
social y comunitario. Nadie puede sentirse con las
manos limpias cuando todos somos solidarios con el
pecado que existe en el mundo.
10. Una responsabilidad que termina siendo culpable,
en la medida que nuestro conformismo, apatía,
comodidad, abandono del compromiso, o cualquier otro
tipo de falsa justificación, nos encierra en una
moral que solo se preocupa de sus faltas personales.
El pecado es demasiado importante para eliminarlo de
la vida, pero es también demasiado serio para
presentarlo con la superficialidad y ligereza con
las que, en ocasiones, se ha manifestado