El contrato de las olas
Europa, hipócrita ella, pretende simplificar la inmigración
reduciendo el tema a un aspecto meramente laboral. Los ricos
nunca diagnostican. Se desinteresan de las causas y
constatan. Y la constatación es una vergonzante descripción
sin matices ni perfiles claros. Atribuyen la culpa de la
pobreza a los pobres y tranquilizan así sus conciencias
sintiéndose gloriosos constructores de su riqueza.
Pero
la inmigración es ante todo un problema humano. Cada hombre
es él y sus raíces. Y en esas raíces se gesta la
circunstancialidad histórica sobre las que deviene como
unidad, unicidad e irrepetibilidad. El desarraigo encierra
una ruptura que paraliza la sabia vertebral y lo convierte
en mera postura parapléjica.
La
inmigración sin referencia explícita y primera al factor
humano es puro mercantilismo. No importan el hambre, las
condiciones de vida, la sanidad, el analfabetismo. No
importa sobre todo la muerte como consecuencia de la
miseria. Por el contrario, la muerte es una ayuda positiva a
la estadística.
A los
países ricos se les llena la boca de solidaridad. Pero no
están dispuestos a exterminar la situación miserable porque
ello conlleva el reconocimiento de una culpabilidad, la
confesión de complicidad con los factores productores del
hambre y el desprendimiento de cierto bienestar propio en
beneficio de la eliminación de las causas que la producen.
El
mundo rico sólo puede pensar en aumentar su propia riqueza y
en consecuencia busca en el tercer mundo elementos
productivos, rentables, capaces de redituar en sustancioso
beneficio la inversión en salarios mínimos.
La
universalidad de los derechos humanos es en realidad
propiedad privada de unos pocos. La contemporización de esos
derechos con la opresión ejercida da lugar a eufemismos
narcotizantes de conciencias deshumanizadas.
La
tierra no es un derecho de todos los hombres. Se la han
apropiado unos pocos y los demás sólo tendrán acceso a ella
si los auténticos propietarios lo permiten. Tienen libertad
de movimientos el capital, los países sometidos por
dictaduras atroces pero con potenciales clientes de economía
libre. Pero hay un veto de entrada a los desheredados. Están
mal vistas el hambre, las epidemias. Carecen de un diseño
elegante de Valentino como para sentarse entre los que
presencian el oscuro desfile del dinero.
La
inmigración debe ser legal. ¿Pero quién define esa
legalidad? ¿Los pobres? ¿Los de las manos vacías, los
estómagos vacíos, las almas vacías? No Son los ricos, sólo
ellos, los que deciden la bondad o maldad de los que
necesitan llegar a nuestras costas. Pueden venir sólo
aquellos que son necesarios para cubrir unos puestos de
trabajo que desprecian los poseedores del bienestar. Los
otros deben acomodarse a su abandono, a su desesperación, a
su muerte. La riqueza es así de selectiva.
No
será legal el mar. Sólo las olas más hermosas.
Rafael Fernando Navarro