Visto de cerca
Si
vistos desde lejos los mundos religioso y profano que
rodean esta estrecha franja de tierra de nadie que los
separa tienen grandes semejanzas, vistos de cerca tienen
todavía más. En ambos observamos:
·
Una mayoría de individuos que acatan el orden
establecido sin oponerse a el, simplemente esquivándolo
en la medida que pueden siempre que les resulta ingrato.
·
La
presencia de singulares seres distintos del común.
Mentes abiertas, conciencias claras que cuestionan
dogmas y creencias, que batallan sin tregua por cuanto
creen justo, pero sin entrar en conflicto con las
instituciones a que pertenecen, con las cuales colaboran
fielmente.
·
Una minoría de espíritus rebeldes, extraños seres que
por vete a saber qué milagrosas circunstancias lograron
zafarse del baño homogenizador que la sociedad impone a
cuantos individuos y organizaciones forman parte de
ella, mentes libres que dejaron el camino marcado por
los poderes dominantes para buscar su propia senda y
vivir sus inquietudes de forma distinta a la
establecida.
En
este mundo uniformizado y globalizado a fuerza de siglos
de imposición violenta de los más fuertes sobre el
resto, quienes optan por la libertad tienen que pagar un
elevado precio por ella, porque no hay ningún organismo,
ninguna institución humana, que acoja a quienes rechazan
los principios que tanto el mundo religioso como el
profano considera sagrados.
No
se dan auxilios fuera del territorio demarcado. El
férreo control que el pensamiento dominante ejerce sobre
el ambiente aísla y deja en el mayor desamparo a quienes
de la disensión hacen bandera. El precio de la libertad
suele ser casi siempre, la soledad.
La
soledad es contraria a nuestra humana naturaleza.
Caminar en solitario tiene altos riesgos y un elevado
costo intelectual y emocional. Los seres humanos no
estamos hechos para andar solos por la vida sino para
compartir cuanto nos acontece y colaborar en proyectos
comunes. El saber exige esfuerzo colectivo; la
sabiduría, interacción humana.
Pero la forma de vida que seguimos en nuestro mundo
occidental no promueve la necesaria colaboración de las
mentes en todos los órdenes. Las directrices de la
sociedad en los ámbitos, político, social, económico y
religioso llevan siglos en manos de minorías más atentas
a sus intereses corporativos y personales que al bien
común; de ahí que, por sistema, rechacen cuantas
iniciativas difieran de las suyas, cuantos pensamientos
cuestionen el suyo.
Quienes detentan el poder defienden su apropiación
mediante reiteradas falacias y actúan como si el resto
de los mortales fuesen cretinos. Saben bien que, aun en
su sano juicio, el ser humano teme la libertad por los
riesgos que conlleva y el esfuerzo que exige; pero
sobretodo saben bien que disponen de todos los medios
necesarios para ahogar las voces de quienes se les
oponen.
Aparte de cuanto nos pueda decir la historia, que
siempre puede ser tildada de tendenciosa, cuanto
llevamos vivido en los últimos años nos da a entender
que el pensamiento de quienes llevan siglos dirigiendo
nuestra civilización occidental cristiana está en franca
crisis.
La
arrogancia ególatra de los mandamases no es aceptable ya
en nuestro mundo cada día más interconectado, en el que
cualquier acontecimiento trasciende velozmente. Hoy no
es fiable la sabiduría de unos pocos cuando estos
excluyen del diálogo a la gran mayoría, o bien someten
la expresión de cuanto ella opina a controles y filtros
que la invalidan por competo.
Hoy sabemos bien que nadie está en posesión de la
verdad; que la verdad absoluta es lo más cercano al
error absoluto; que el saber de una vez por todas no es
posible, sino que es preciso e inevitable ir
descubriendo día a día y con esfuerzo lo que es válido y
lo que no lo es; pero sobretodo sabemos que ver y
entender es tarea común de todos los mortales, que no
debe estar en manos de minorías interesadas porque, de
estarlo, el error y la injusticia son inevitables.
A
tenor de cuanto acabamos de observar, nos preguntamos:
·
¿Llegarán algún día los poderosos a tomar en cuenta las
opiniones de quienes desde dentro o desde fuera del
sistema disienten cabalmente?
·
¿Llegarán a entender quienes detentan la palabra que es
inútil persistir en la falacia porque la verdad acaba
aflorando; que el ser humano evoluciona, el pensamiento
se socializa y cada día queda más atrás el simio
ignorante de sí mismo que fueron nuestros lejanos
antepasados?
Como siempre, ignoramos las respuestas; pero no parece
probable que eso vaya a ocurrir de inmediato. Más vale,
pues, que mantengamos firme el ánimo y, sin esperar
nada, sigamos cada cual en su tarea trabajando con
ahínco en pro de lo que entendemos como un mundo más
justo y más humano.
Pepcastelló