Tras la estela navideña
Pasaron ya las fiestas navideñas, esa constelación de
símbolos espirituales preñada de rituales y nostalgias y de
buenos deseos que se desdibuja con el paso del tiempo en
nuestra civilización occidental cristiana, cada día más
carente de sentido. Hace ya años que los tradicionales
villancicos suenan más en los centros comerciales que en los
templos y en las celebraciones familiares.
Los
mensajes navideños de paz y amor se han convertido en meros
tópicos, la codicia humana no respeta tregua alguna y el
individualismo más acerbo impregna por completo la vida de
la mayor parte de la población.
Contrariamente a lo que pueda esperar cualquier persona que
sin formar parte de ninguna iglesia cristiana lea con
atención los evangelios, la población que se considera
creyente no está exenta de esta corriente individualista.
Hemos
visto celebrar las tradicionales ceremonias religiosas y
quien más quien menos ha festejado familiar y socialmente
estas fechas mientras los noticieros informaban de las
masacres perpetradas en el mundo por seres desalmados contra
poblaciones inocentes. Posiblemente algunos colectivos
cristianos hayan tenido presentes en sus preces a esas
pobres almas y se hayan unido en espíritu a quienes se
manifestaban en las calles de diversas poblaciones contra
quienes perpetran y consienten tales crímenes. Tal vez
algunas de esas personas hayan participado también en esas
manifestaciones. Pero no hemos visto ninguna acción enérgica
de protesta por parte de las autoridades eclesiásticas, por
lo menos en la Iglesia Católica. Toda la tenacidad y firmeza
de que hacen gala cuando se trata de presionar a gobiernos
que no ceden a sus exigencias de prebendas o protección
estatal a la Iglesia Católica, ha brillado por su ausencia
en esta ocasión como en tantas otras.
El
mundo rico, del cual somos parte, masacra y esclaviza al
mundo pobre, pero las iglesias callan, o como mucho piden a
su Dios que ponga fin a la impiedad humana, en tanto que la
población creyente sigue gozando de las ventajas de confort
obtenidas mediante la sangre derramada.
Quienes contemplamos el panorama religioso de nuestro
entorno desde una perspectiva no creyente nos preguntamos
cual es la causa de tal inhibición. Desde una perspectiva
humana no religiosa no se entiende que quienes predican el
Evangelio contemplen impasibles tanta matanza, tanto
sufrimiento, tanto martirio. No se entiende que una fe que
permite mantener la sangre fría ante tanto crimen pueda
guardar ninguna relación con las enseñanzas de Jesús de
Nazaret vertidas en las escrituras cristianas.
Aun
sin quererlo nos vienen a la mente un sinfín de preguntas:
1−
¿Hubiese permanecido impasible ante tanto crimen el Jesús
que se opuso a la lapidación de la adúltera, que arrojó del
templo a los mercaderes y que entregó su vida para dar
testimonio de lo que predicaba? ¿Se hubiese inhibido, al
igual que se inhiben quienes dicen ser sus actuales
representantes?
2−
¿Cuál es la causa de que la población católica no exija a
sus autoridades eclesiásticas una actitud más acorde con el
ejemplo de Jesús?
3−
¿Qué puede esperar el mundo de una religión que configura la
mente de quienes la siguen de tal modo que no sientan
necesidad imperiosa de oponerse a tanta ignominia?
Éstas
y muchas más son las preguntas que desde esta perspectiva no
creyente nos hacemos. No tenemos respuestas categóricas,
pero a la luz de los conocimientos que actualmente poseemos
en torno a la conducta humana y el funcionamiento de la
mente podríamos aventurar algunas hipótesis con bastantes
posibilidades de acierto. No obstante, la pregunta clave es:
4−
¿Quiere la población creyente esas respuestas o prefiere
ignorarlas para seguir profesando “su fe de siempre”?
También para esta pregunta podríamos aventurar una respuesta
pero ¿para qué, si las únicas respuestas que nos valen son
las que obtenemos con nuestro propio esfuerzo? Lo que sí nos
atrevemos a afirmar es que las autoridades eclesiásticas
están muy interesadas en que la población creyente no busque
esas respuestas y permanezca fiel a la vieja doctrina que
garantiza su poder.
No
imaginamos a un Jesús de Nazaret poniendo el poder y el
propio bienestar en el primer plano de su vida, sino el
servicio a sus semejantes. Y por esta razón no podemos
entender que esta Iglesia que se llama a si misma cristiana
sea seguidora de Jesús.
Claro
que como ya hemos advertido, nuestra perspectiva no es
creyente. Tal vez con una fuerte dosis de esa “fe cristiana”
que predica la Iglesia lograríamos verlo de otro modo, pero
gracias a Dios no la tenemos.
Pepcastelló