Señores obispos, por favor
Les dirijo estas letras respetuosas a todos Vds. pero no
tengo mucha esperanza de que sirvan para gran cosa, porque
de casi el único del que tenemos noticia en los medios de
comunicación es del cardenal Rouco, y éste ha comentado en
público que no suele leer las noticias que le subrayan sus
colaboradores.
Aprovecho para coincidir con su semana de reunión
episcopal, y lo hago con el deseo de que mi sinceridad sirva
para algo. En realidad, mi sinceridad no es mía, sino que
hago de portavoz no oficial de los cristianos practicantes
que estamos afiliados a partidos y sindicatos de izquierdas.
Y somos de izquierdas porque así nos lo exige nuestra forma
de entender el cristianismo, es decir porque la lectura del
evangelio nos impulsa a participar en organizaciones cívicas
que se preocupen de mejorar la vida de los ciudadanos, de
resolver sus problemas, de que lo bueno se reparta, de que
todas las voces se escuchen respetuosamente, y de que todos
los problemas se estudien y se resuelvan. Aunque como Vds.
Saben, hay otros cristianos que también lo son, que
prefieren repartir menos, escuchar menos y zaherir a los de
izquierdas con ocasión y sin ella.
Les voy a plantear varias peticiones:
En primer lugar, que hablen todos ustedes, tal y como
piensa cada uno, porque es impensable que casi 70 obispos
hablen al unísono en cuestiones opinables. Y de muchos de
Vds. no sabemos ni su tono de voz.
En segundo lugar, que se rodeen de asesores competentes
cuando el tema lo exija, y si no tienen una opinión sólida
no hablen, que no pasa nada.
En tercer lugar que adopten un tono pedagógico contrastado,
que sugieran, que propongan, que expongan las ventajas y
desventajas de ciertos argumentos y que insistan
moderadamente, ya que la sociedad actual tiene cultura para
discernir lo que se le dice sin necesidad de que se le
repita a todas horas.
No sean obsesos de sus temas preferidos y demuestren una
preocupación extensa por los temas de amplio espectro como
las Bienaventuranzas. En cambio, obsesiónense, sí, con los
terribles males de la humanidad, como la guerra, el comercio
de armas, la explotación o la pobreza consentida, el
despilfarro y los sueldos abusivos, por ejemplo. Y sean
equitativos, y elogien las iniciativas concordantes con el
evangelio, partan de donde partan, al menos con la misma
libertad que callan casi todo lo éticamente valioso que se
les ocurre a los políticos y ciudadanos de izquierdas.
¿Saben Vds. lo que se dice en la calle? Que si se pudiera
llevar a la cárcel a los “padres abortantes” los obispos no
echarían leña al fuego sino declaraciones de principios. Que
parece mentira que en las preces o en las homilías de los
domingos apenas se aluda a las mujeres víctimas de la
violencia. Que la jerarquía fue mucho más silenciosa –hasta
que no pudo más- con los pederastas de sus filas, más que
con el matrimonio homosexual. Probablemente esto sean
exageraciones, pero sería bueno que los Obispos “distintos”
ante estos temas lo hagan notar.
Actitudes
cuidadosas
Sigo enumerando cuestiones y esta vez es para referirme a
aquello preocupante que produce mayor malestar. El respeto a
la democracia exige unas actitudes por parte de Vds. mucho
más cuidadosas. Claro que todo el mundo tenemos derecho a
dar nuestra opinión con libertad, pero la manera de hacerlo
no es enrarecer el clima con objeciones de conciencia, sino
advertir “yo pienso así y lamento que la Constitución, o el
Parlamento, digan lo contrario, porque hay que aceptarlo”.
No es extraño que a Vds. les desagrade la asignatura de
Educación para la Ciudadanía, porque enseña cosas así.
Esperemos que surjan algunas voces del episcopado que lean
los textos y digan que no son hostiles a la asignatura. O al
menos que expliquen por qué la jerarquía se manifiesta en
contra en España y no dice nada en otros países de nuestro
entorno.
Sin embargo, la palma del malestar se la lleva la Cope.
¿Pueden Vds. explicar por qué poseen esa emisora y
consienten las cosas que dicen que dice? Todavía están Vds.
a tiempo de rectificar, y les aseguro que si no lo hacen
pronto agotarán el crédito y la estima social.
En la legislatura pasada, algunos de Vds. colaboraron en
manifesta-ciones hostiles al gobierno y otros se callaron, y
en ésta ya ha amagado el cardenal Rouco pidiendo un
referéndum sobre su tema estrella. Así no podemos seguir, y
si Vds. desean hacer política recurran al procedimiento
cívico, o no se quejen si les desacreditan en determinados
foros. Y uso el plural porque no he visto que ningún otro
jerarca se desmarque de la iniciativa del referéndum.
No se quejen de que son subestimados, orillados o
“perseguidos”, porque no es verdad. No hay país democrático
con más procesiones, romerías, actos “oficiales” de culto,
ni con más subvenciones del Estado. Decir eso no es jugar
limpio.
Han perdido Vds. la oportunidad de decir a los fieles que
el crucifijo puede desaparecer de los lugares públicos. Que
lo fundamental para los cristianos es llevar una vida
concordante con el evangelio y que el recuerdo de lo que
decía Jesús puede actualizarse personalmente, sin necesidad
de símbolos externos. Esperemos que esta decisión judicial
no les lleve a enemistarse con los que somos favorables.
No obstante, si despejaran algunas incógnitas sería un
alivio. ¿Por qué se niegan a que las víctimas de la
postguerra puedan ser bien recibidas por la tercera
generación de sus familias? Porque aquello de no abrir
heridas no se lo cree nadie. ¿Incluso aunque haya habido
miles de niños secuestrados?
Sería otro alivio por ejemplo que hicieran movimientos de
aproximación a las otras iglesias, y que se sumergieran sin
espanto en el momento actual de la ciencia en todas sus
ramas.
Decía al principio que me sentía intérprete de los deseos
de muchos cristianos de izquierdas y, añado, laicos. Pero
también sé que hay clérigos que se encuentran incómodos y
que les dicen estas cosas en términos parecidos. Vds. tienen
la palabra, pero otra.
Dolores Cabezudo
Catedrática de la UCLM, jubilada
Lanza