HOMOSEXUALIDAD Y SACERDOCIO
En
la casa del amor hay muchas moradas
El tema del amor homosexual sigue planteando numerosas
dificultades en la iglesia católica, tanto en plano personal
como social.
El “matrimonio homosexual” (con o sin ese nombre: ¡uniones
de hecho!) parece civilmente decidido, al menos en
occidente: la sociedad está dispuesta a reconocer la unión
legal de dos homosexuales y la iglesia católica no debe
oponerse a ello, sino pedir a Dios que los así casados se
amen gratuitamente, con generosidad, poniendo su amor al
servicio de los demás, que en eso se centra el evangelio.
Más difícil resulta el tema de acceso de los homosexuales a
los ministerios de la iglesia y para ello se esgrimen dos
razones principales:
(1) la homosexualidad va en contra del amor cristiano;
(2) los ministros homosexuales corren el riesgo de caer en
la pederastia.
Unas tesis
1. Dentro de la iglesia católica, la homosexualidad, tanto
masculina como femenina, es un hecho.
No empieza siendo buena ni mala. Simplemente existe: la vida
nos ha hecho así (a unos heterosexuales y a otros
homosexuales), y así debemos aceptarla, como un elemento de
nuestra complejísima y hermosa existencia, un elemento que
puede ser muy positivo, si es que nos conduce a más amor (de
los homosexuales entre sí y de ellos con el resto de la
sociedad humana, en ambas direcciones).
Por eso, es necesario que empecemos dando gracias a Dios por
los homosexuales cristianos (y no cristianos). Si un
cristiano se avergüenza de ellos o los vuelve a meter en el
armario, se avergüenza del mismo Dios creador.
2. Dentro del clero (y de la vida religiosa) el porcentaje
de homosexuales es más alto que en el resto de la sociedad, quizá por el tipo de vida célibe de sus miembros y
también por una forma especial de filantropía y de
sensibilidad ante la vida que ellos muestran.
No hay porcentajes fiables sobre la iglesia española, pero
sí sobre la norteamericana, según el libro de D. B. Cozzens,
que ha sido uno de los responsables de la formación de los
presbíteros católicos en USA.
Dentro de la mejor tradición jerárquica de aquella iglesia,
Cozzens considera normal que, en las circunstancias
actuales, casi la mitad de los seminaristas y presbíteros
católicos de USA sean homosexuales, un porcentaje muy
superior a la media de la sociedad americana (entre un 10 y
un 15 por ciento). Mientras el clero mantenga su tipo actual
de vida, tendrá una media más alta de homosexuales que el
resto de la sociedad.
3. La mayor parte de los presbíteros y religiosos
homosexuales han llevado y llevan una vida digna,
trabajan a favor de los demás con honradez, al servicio del
evangelio. Estos homosexuales no son buenos pastores a pesar
de su homosexualidad, sino en virtud de ella.
Es evidente que tienen sus problemas afectivos, lo mismo que
los heterosexuales y que, a veces, sus problemas de
integración son mayores. Pero también suelen ser mayores sus
aportaciones de tipo afectivo, social y espiritual. Por eso,
la homosexualidad puede ser una bendición para ellos y para
el resto de la sociedad, en línea de amor.
4. Una minoría de ministros homosexuales de la iglesia han
realizado prácticas delictivas,
seduciendo a menores, sobre todo en lugares donde el
contexto social resulta más cerrado o asfixiante, en
seminarios, internados y grupos juveniles.
Muchos de esos casos podrían resolverse sin acudir a los
tribunales, con la
ayuda
de personas más expertas y/o amigas (médicos, sicólogos
etc.). Pero a veces la seducción ha sido más intensa o
delictiva, de manera que los responsables pueden y deben
acabar en los tribunales.
Si así fuere, cuando hay escándalo real, sean culpables o
no, los clérigos implicados (presbíteros y obispos,
religiosos o religiosas) deberían abandonar su función
pública, al menos por un tiempo, por razón de transparencia,
pues que la vida clerical no es honor, ni ventaja, sino un
servicio.
5. El porcentaje de clérigos culpables de seducción homo- o
hetero-sexual resulta “normal” según las estadísticas. Pero, en muchos casos, esa seducción ha podido resultar más
perniciosa y grave, porque se ha realizado utilizando el
prestigio sacerdotal o religioso de los agresores, de manera
que ellos han herido con más fuerza a sus víctimas.
6. Parece aconsejable que los clérigos homosexuales se
muestren como son, pero no a bombo y platillo, pues en algunas circunstancias, dentro de la vida afectiva, la
mejor actitud sigue siendo la discreción bondadosa, sin
mentiras ni ocultamientos, pero sin alardes
propagandísticos, siempre que no tengan que esconderse
delitos o injusticias graves.
Como
persona
pública en la iglesia, el clérigo tiene que estar dispuesto
a que su vida se conozca. Si una institución religiosa, que
debería ser ejemplo de gratuidad, se empeña en defenderse a
ultranza, protegiendo su poder y su secreto, es digna de ser
condenada y de acabar disolviéndose (o de ser abandonada por
el conjunto de los fieles), sin más retrasos, para bien del
evangelio y, sobre todo, de la sociedad en su conjunto.
CONCLUSIONES
Conforme a lo anterior, los ministros de la iglesia pueden
ser homo- o heterosexuales (y evidentemente casados o
solteros), siempre que sean capaces de amor, comportándose
no sólo como personas afectivamente maduras, sino también
como amigos, en la línea de Jn 21, 15-17: sólo quien ama a
Jesús, es decir, sólo aquel que se ha dejado trasformar por
el amor del evangelio, puede servir en amor a los demás.
Jesús no busca un determinado tipo de amor, sino amor. En sí
mismo, el amor no es homo- ni hétero-sexual, sino entrega
gozosa de la vida, de manera que lo que importa en este
campo no es la coloración, sino la intensidad del amor.
La cuestión no es la existencia de presbíteros homosexuales
en la iglesia, sino su madurez personal, su capacidad de
amor y de servicio evangélico. Lo que importa no es que haya
homosexuales en el clero (cosa normal y clara, según las
estadísticas), sino que sepan amar y lo hagan de un modo
cristiano.
En la nueva etapa de la iglesia, el celibato será opcional,
para quienes quieran vivirlo como carisma o como resultado
de unos caminos peculiares, quedando reservado de un modo
especial a las diversas formas de comunidades religiosas, de
tipo carismático.
A modo de conclusión, podemos afirmar que, al menos en
occidente, parece que está acabando una fase clerical. El
celibato de los presbíteros, que en otro tiempo ha tenido
una función social, parece haberla perdido, al menos en
parte. Lo que importa no es que el presbítero sea célibe o
casado, homo- o hétero-sexual, sino que sea fiel al amor y a
la vida, que sea
persona
de gozo y evangelio, de hondura personal y de servicio
cercano y libre a los demás.
Xabier
PIKAZA
Autor del libro
Palabras de Amor-
Homosexualidad 2,
Desclée de Brouwer, Bilbao 2006
Esto es un extracto de un artículo publicado en su blog
personal.
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tema,
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