LAS RELIGIONES DEL LIBRO
Es lamentable que el Sínodo Mundial de Obispos, que ha sido
clausurado en Roma el pasado domingo, no haya tenido más
resonancia en los medios. Se dirá que eso es asunto de
curas, que no interesa a la mayoría de la gente. Pero en eso
precisamente, creo yo, es donde está la equivocación.
El tema, que ha estudiado el Sínodo, ha sido “La Palabra de
Dios en la vida de la Iglesia”. No entro en problemas
técnicos que plantea este tema. Me refiero a cuestiones que
están en boca de todo el mundo. Porque son cosas que a todos
nos interesan.
Una religión que tiene su centro en la “palabra” que Dios le
ha revelado, es (según un lenguaje convencional que data del
s. XIX), una “religión del libro”. Religiones del libro son
el judaísmo, el cristianismo y el islam. Porque cada una de
estas religiones tiene “su libro”.
Ahora bien, no debe ser mera coincidencia el hecho de que
las tres religiones “del libro” son denominadas también
religiones “de confrontación”. Porque históricamente se han
pasado la vida enfrentándose entre ellas en guerras y
conflictos que duran hasta hoy. ¿Por qué? Por la inevitable
relación que se da entre la “palabra revelada” y el
“fundamentalismo religioso”.
Hablar de “palabra revelada” es hablar de la potente
concepción de una verdad única y absoluta. Una verdad, por
lo tanto, que, en la mentalidad de muchas personas, se
antepone a cualquier otra verdad, incluida la verdad
científica. Y que se antepone a cualquier derecho, incluso
al derecho a la libertad, a la propia dignidad y hasta, si
es preciso, al derecho a la vida.
Los conflictos entre religión y ciencia encuentran aquí se
explicación. Desde Galileo, pasando por Darwin, hasta los
actuales problemas a propósito de las investigaciones con
embriones, el fondo del problema es siempre el mismo. Como
también por este motivo se explican los incesantes
conflictos que se vienen planteando entre la Iglesia y el
Estado desde que, en 1789, la Asamblea Francesa aprobó la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Por
esto las religiones, especialmente las religiones del libro,
se atascan constantemente, lo mismo en su aceptación de los
avances científicos, que en sus relaciones con los progresos
que se van haciendo en la puesta en práctica de los derechos
humanos.
Así las cosas, quienes queremos ser fieles a nuestras
creencias religiosas de forma que en ellas entra también
nuestra permanencia en la Iglesia, pero al mismo tiempo
queremos ser también fieles a nuestro tiempo, a la cultura y
a la sociedad en que vivimos, a la ciudadanía que hemos
aceptado gustosamente, nos preguntamos: ¿pero es que este
conflicto no va a tener nunca solución? ¿vamos a tener que
vivir siempre en la tensión de dos fidelidades que no
sabemos cómo conciliar?
Porque, además, nos duele - y nos duele mucho - ver a tantas
personas de buena voluntad abandonar las creencias
religiosas porque no soportan más esta tensión entre dos
fidelidades que no saben cómo armonizar. Sin olvidar que es
duro verse condenado a vivir en esta especie de “doble
vida”, que es tanto como verse condenado a tener que vivir
siempre en la mala conciencia.
Yo entiendo y respeto a las personas que, estando las cosas
como están, por su psicología o su mentalidad, no encuentran
más salida que el fundamentalismo religioso. Fundamentalismo
no es igual a fanatismo ni autoritarismo. Los
fundamentalistas piden una vuelta a las escrituras o textos
básicos, que deben ser leídos de manera literal, y proponen
que las doctrinas derivadas de tales lecturas sean aplicadas
a la vida social, económica o política.
El fundamentalismo da nueva vitalidad e importancia a los
guardianes de la tradición. Sólo ellos tienen acceso al
“significado exacto” de los textos. El clero u otros
intérpretes privilegiados adquieren así poder secular y
religioso (A. Giddens).
Como es lógico, el fundamentalismo cobra vigor y actualidad
cuando la gente se siente insegura, amenazada, con muchas
preguntas y pocas respuestas. Es lo que ocurrió en la
segunda mitad del s. XIX. Fue entonces cuando nació, en
Estados Unidos, el moderno fundamen-talismo que ahora toma
nuevo vigor. Porque, como bien se ha dicho, los
fundamentalismos son formas defensivas de espiritualidad y
siempre han surgido como respuesta a una crisis amenazante
(K. Armostrong).
A fin de cuentas, el fundamentalismo es siempre “tradición
acorralada”. Y hoy es mucha la gente que se siente
acorralada por un cambio de época que plantea demasiadas
preguntas sin respuesta. Para los que así se sienten, el
refugio más seguro es apuntarse a un grupo fundamentalista.
Quienes no nos resignamos a aceptar que la Palabra de Dios y
la humanidad, en su historia, su cultura y su progreso, han
entrado en un conflicto sin solución, preferimos pensar que
esto tiene salida. No se trata de que la va a tener. Se
trata de que la tuvo.
Los cristianos, según nuestras creencias, encontramos esa
salida en la convicción de que “la Palabra de hizo carne” (Jn
1, 14), es decir, la Palabra se humanizó, se fundió con la
condición humana. De forma que, a partir de entonces, no
puede haber conflicto entre la Palabra de Dios y todo cuanto
es verdaderamente humano. Más aún, a Dios sólo podemos
encontrarlo en lo humano, en lo que es común a todos los
seres humanos.
Aceptar la Palabra es superar todo cuanto nos divide y nos
enfrenta: culturas, ideologías, nacionalismos, religiones.
La convicción más firme de mi vida es que sólo puedo ser
creyente en la medida en que intento ser profundamente
humano. No puedo creer en otra religión.
José M. Castillo