RELIGIÓN Y POLÍTICA
Desde que en el mundo hay política y religión, la
relación entre ambas ha existido siempre. Y ha sido más
profunda de lo que imaginamos. De tal manera que la
neutralidad política, que algunos propugnan como ideal,
es imposible. El que dice que no se mete en política,
por eso mismo ya se ha metido. Porque, con su pasividad
y su silencio, lo que en realidad hace es apoyar a quien
tiene el poder.
En el caso concreto del cristianismo, sabemos que Jesús
no denunció nunca los abusos que los romanos cometían en
Palestina. Y es que, en política, uno se puede meter por
acuerdo o por desacuerdo.
En el primer caso (por acuerdo), se hace política
apoyando al que manda o guardando silencio ante sus
abusos. En el segundo caso (por desacuerdo), se hace
política por denuncia y crítica de quien abusa del
poder. Esto es lo que hizo Jesús con sus enseñanzas
sobre el poder y el dinero, dos principios determinantes
de cualquier sistema político y económico, que el poder
romano no pudo soportar.
Hasta que en el siglo III, “época de angustia”, miles de
paganos buscaron acogida en las comunidades cristianas
(E. R. Dodds). Así se produjo la gran “difusión del
cristianismo” (Luciano, Epist. 84)). Por eso, desde
comienzos del siglo IV, cambió la situación. La política
de denuncia y crítica evolucionó rápidamente hacia una
política de apoyo y legitimación. De ahí que los
emperadores promocionaron a los obispos con títulos y
favores, al tiempo que los obispos vieron a los
emperadores como los “amigos de Dios” (Eusebio, “Hist.
Ecl., X, 9).
Poca gente sabe que los primeros concilios ecuménicos,
en los que fue definido el “Credo” de la Iglesia, su
doctrina sobre Dios, la Trinidad, Jesucristo y la
Virgen, no fueron convocados ni presididos por los
papas, sino por los emperadores:
·
Nicea (a. 325), por Constantino;
·
I de Constantinopla (a. 381), por Teodosio I;
·
Éfeso (a. 431), por Teodosio II y
·
Calcedonia (a. 451), por Marciano.
La fusión de religión y política fue perfecta. Hasta el
punto de que el banquete que dio Constantino a los
obispos de Nicea, para clausurar el concilio, fue visto
por aquellos obispos como la “imagen del reino de
Cristo” en la tierra (Eusebio, “Vit. Const. III, 15,
21).
Roma sustituyó a Jerusalén. Es decir, la servidumbre
interesada para obtener privilegios sustituyó a la
libertad profética para anunciar el Evangelio. Y lo peor
del asunto es que la obtención de privilegios se ha
visto en la Iglesia como el mejor camino para que
triunfe la verdad y el bien.
Esta mentalidad fue la hoja de ruta para la Iglesia en
el Antiguo Régimen, es decir, mientras los poderes
públicos mantuvieron y ampliaron los privilegios de la
Iglesia. Los problemas se plantearon a partir de la
Ilustración y la Revolución. De ahí los conflictos entre
la Iglesia y el Estado en los dos últimos siglos. Y de
ahí también el apego descarado de la Iglesia a la
derecha, cuyos políticos son vistos por muchos obispos
como los nuevos “amigos de Dios”.
Así están las cosas en este momento. El concilio
Vaticano II fue un intento de poner las cosas en su
sitio. Pero aquel noble intento no ha resistido al
proyecto de Juan Pablo II y Benedicto XVI por
“restaurar” el “orden” antiguo.
Un “proyecto de restauración” que se está llevando a
cabo mediante una calculada política de nombramiento de
obispos en la que se cuida, sobre todo, que sean hombres
incondicionalmente sumisos al proyecto restaurador y que
no tengan un pensamiento propio.
Las consecuencias de este proyecto están a la vista de
todos. Una Iglesia cada día más regresiva hacia un
pasado ya irrecuperable. Una Iglesia, por tanto, cada
día más descolocada en el conjunto de la sociedad y que
se aleja más y más de los cientos de miles de cristianos
que no coinciden con los sectores más fundamentalistas
de la derecha.
Porque una Iglesia así, sólo en la derecha puede
encontrar el apoyo que necesita para proseguir con su
hoja de ruta. La ruta que lleva siempre a la Roma del
poder, nunca a la Jerusalén del Evangelio.
No soñemos ingenuamente con el día en que religión y
política se separen de forma que la una no tenga nada
que ver con la otra. Soñemos más bien con el día en que
religión y política se organicen de forma que ambas
colaboren para defender lo que más necesitan los
ciudadanos.
Yo entiendo que a los obispos les preocupe el aborto y
el matrimonio de los homosexuales. Lo que no entiendo es
que sus preocupaciones confesionales por estos problemas
se las quieran imponer a toda la sociedad mediante leyes
obligatorias para todos por igual. Y menos aún entiendo
que a los obispos nos les preocupen en igual medida los
problemas económicos, laborales y de vivienda que tienen
los jóvenes. Los problemas que más están dañando a las
familias.
Pero más allá de todo esto (con ser tan importante) lo
que nuestros obispos tendrían que pensarse muy en serio
es el estado de división, enfrentamiento y crispación
que ellos, con el papa a la cabeza, han creado dentro de
la Iglesia.
Y lo más triste de todo es que han provocado esta
división por asuntos que no son dogmas de fe, sino
cuestiones opinables sobre las que cada cristiano puede
tener sus legítimas convicciones, sin que por eso se
rompa la comunión en la fe, dentro de la unidad de la
Iglesia.
Es necesario que esto lo sepa todo el mundo. Porque ya
resulta insoportable el rechazo que la gran mayoría de
los ciudadanos y demasiados cristianos de buena voluntad
sienten ante unos obispos que han provocado este estado
de cosas que tanto daño nos hace a todos: a la sociedad
en general y a la Iglesia en concreto.
José M. Castillo
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