QUÉ
PASA EN LA IGLESIA
3
LAS
“CINCO LLAGAS” DE LA IGLESIA DE HOY
2ª)
EL JERARCOCENTRISMO
De manera
gráfica, podríamos definir esta llaga diciendo que se ha
deshecho la inversión del orden de los capítulos 2 y 3 que
tuvo lugar en la Constitución del Vaticano II sobre la
Iglesia y que, según todos los comentaristas, tenía un
enorme significado.
La revolución del
Vaticano II
En
efecto: el texto que había preparado la curia romana para la
Constitución sobre la Iglesia comenzaba hablando en primer
lugar de la jerarquía, tras dedicar un capítulo previo a la
Iglesia como misterio.
De este
modo parecía que el constitutivo del misterio de la
Iglesia era el “poder sagrado”. Pero los padres
conciliares rechazaron ese orden por gran mayoría de votos,
y comenzaron hablando del pueblo de Dios.
Este es
el verdadero misterio de la Iglesia: la comunión de todos,
la cual realiza además la definición de la Iglesia como
señal o “sacramento de salvación” (LG 1 y 2).
Sólo una
vez establecido el pueblo de Dios, brotan de él unos
servicios (ministerios) que todo pueblo necesita: entre
ellos el de la autoridad, que es indispensable y querido por
Dios.
Se
evitaba así la herética concepción de que sólo el poder es
Iglesia y el resto de los fieles no pasa de ser un campo en
que pueda desplegarse ese poder. Lo que, en expresión ya
célebre de Y. Congar, había hecho que la eclesiología se
convirtiera en “jerarcología”: hablar de la Iglesia no era
más que hablar de la jerarquía.
El
Vaticano II desautorizó este modo de concebir declarando
expresamente que “la Iglesia no está verdaderamente
formada, ni vive plenamente, ni es representación perfecta
de Cristo, mientras no exista y trabaje con la jerarquía
un laicado propiamente dicho” (Ad G 21)
La Iglesia dejaba así de definirse como “sociedad perfecta” para
pasar a definirse como “comunión”. Esa comunión, que
Vaticano II vería “a semejanza de la Trinidad”, es ante todo
una relación horizontal; y, cuando sea vertical, lo será en
los dos sentidos: tanto de abajo arriba como de arriba
abajo.
Muchas
autoridades de la Iglesia lanzan repetidas apelaciones a la
comunión (entendida sólo como sumisión); pero cabe dudar de
si alguna vez se han preocupado por comulgar verdadera y
decisivamente con los suyos.
La
autoridad eclesiástica tendría aquí campo abierto para esa
inversión evangélica de la autoridad en servicio (Lc
22,24-27) que brilla tan poco en la Iglesia como en los
poderes mundanos.
La
categoría de pueblo es el fundamento de esa comunión que
define a la Iglesia: un pueblo de iguales, donde la
autoridad podía hacer verdaderamente suya la frase de san
Agustín: “soy un creyente con vosotros”.
Su reverso
Pero
pronto aparecieron voces de altas instancias que pretendían
desautorizar la definición de la Iglesia como pueblo de
Dios, dada por Vaticano II, tachándola de “reduccionismo
sociológico”.
Esa
acusación, apuntaba a desvirtuar la noción horizontal de
“comunión” dándole un sentido exclusivamente vertical, en
línea con lo que había escrito Pío X en la Vehementer Nos:
“La Iglesia es una sociedad de desiguales, los pastores y la
grey”.
Es pues
necesario subrayar que tildar de reduccionista la definición
de la Iglesia como “pueblo de Dios” es, una acusación
infundada, y además heterodoxa.
Conviene
recordar que, para el Nuevo Testamento, se trata de un
“pueblo santo” y que, por ello, esa santidad debe
reflejarse no sólo en cada miembro particular sino en su
configuración como pueblo. La Iglesia no podría ser Cuerpo
de Cristo ni Templo del Espíritu si no fuera real y
verdaderamente pueblo del Dios Padre: pueblo sacerdotal y,
por eso, “asamblea santa” (1 Pe 2, 9).
Que pueda
hacerse un mal uso de esta definición es algo que también
amenaza a las otras definiciones de la Iglesia y, por eso,
no constituye objeción contra ella.
Consecuencias
Las
consecuencias de estas dos visiones se hacen visibles en
unas duras palabras del cardenal Congar, el gran eclesiólogo
del siglo XX a quien Juan Pablo II calificó como “un regalo
de Dios a su Iglesia”.
Preferimos hablar con sus palabras autorizadas más que con
las nuestras. Para Congar:
“Roma ha
eliminado prácticamente la realidad propia de la ecclesia
para reducirla a una masa dependiente de ella. Curia romana
en todo”...
“Roma no
está verdaderamente persuadida más que de su propia
existencia y de su propia autoridad. Persuadida sin duda de
que así sirve a Dios. Pero ¡qué poco habla ella de Dios! Y
¡qué poco habla a los hombres de creyente a creyente
y de servidor de Jesucristo a servidor de Jesucristo”...
“No busca
más que la afirmación de su autoridad”.
Esta
eliminación práctica de la “ecclesia” (que en griego, y en
la palabra hebrea que traduce, significa precisamente
“asamblea de un pueblo”) tiene, para Congar, unas
consecuencias funestas a la hora de la misión y la
credibilidad de la Iglesia. Por ejemplo:
“Esta
Roma que todo lo reduce a ceremonias”.
“A Roma
sólo le interesa su autoridad, no el evangelio”.
“La
eclesiología de la Curia, dominada por el carácter sagrado
de la persona del papa, hasta no consistir más que en esto…
deriva... de la antropología que se vive allí, donde no hay
confianza alguna ni simpatía por el esfuerzo de los
hombres”.
“La Curia
no comprende nada... Sus miembros se mantienen en la
ignorancia de la realidad, y en la sujeción política
a una eclesiología simplista y falsa en la que todo se
deduce del Papa; no conciben la Iglesia más que como una
enorme administración centralista cuyo centro ocupan ellos”.
Aún
podríamos añadir otra consecuencia que creemos palpar con
frecuencia: el carrerismo, la búsqueda obsesiva de
dignidades (mundanas en el fondo, aunque se vistan de
púrpura) que condiciona la actuación de muchos ministros de
la Iglesia, más atentos a su propia promoción y seguridad
que al cuidado del pueblo de Dios.
Por eso
no es extraño que Congar saque de todo lo dicho una
conclusión muy seria:
“Este
aparato pesado y costoso, prestigioso e infatuado de sí
mismo, prisionero de su propio mito de grandeza, todo eso
que es la parte no cristiana de la Iglesia romana...
condiciona (o mejor impide) su apertura a una tarea
plenamente evangélica y profética...
No
hablaríamos así si esas fuesen palabras nuestras. Pero
conviene añadir dos cosas. Eso mismo es lo que había
percibido Juan XXIII cuando confesó al embajador francés
durante su presentación en el Quirinal:
“Quiero sacudir todo el polvo imperial que, desde Constantino, se ha
pegado al trono de Pedro”.
En
segundo lugar: esto que entonces sólo veían algunos
profetas, es hoy evidente para una gran parte del mundo y
vuelve la imagen de la Iglesia escandalosa para muchos.
Por eso
Congar escribía con alegría ante los cambios del Vaticano
II:
“La
teología conciliar ha cobrado vida: la teología de comunión
es imprescindible y por tanto la teología de la potestas
tendrá que adaptarse a eso.”
Desgraciadamente tememos que ha ocurrido lo contrario: la
comunión se ha adaptado a la potestad.
Una confirmación
La
última, y sorprendente confirmación de lo anterior la
proporciona la siguiente anécdota que contaba Hilari Raguer
en El País (8.02.07):
Durante una visita a Montserrat de un conocido cardenal de la Curia, el
15 de agosto de 1981, escuchó éste, en conversación con la
comunidad benedictina, algunas esperanzas de reforma de la
curia con el nuevo papa, y alguna crítica o duda sobre el
exceso de viajes de Juan Pablo II (expresada ésta por
Evangelista Vilanova). Y se opuso tajantemente a ellas con
esta respuesta: “el carisma del Papa es viajar, el nuestro
es gobernar la Iglesia”.
Las
críticas a los viajes podrán ser discutidas. Pero la
afirmación de que el carisma de la Curia es gobernar, es
falsa y eclesialmente heterodoxa.
La
autoridad de la Iglesia no es la Curia romana, sino el
colegio apostólico con su cabeza. La Curia no es más que un
necesario complejo administrativo al servicio de la
autoridad de la Iglesia pero no en sustitución de ésta.
Y nos
parece innegable que hoy la Curia funciona más como lo
segundo que como lo primero: hace muchas veces de pantalla
entre el colegio y su cabeza, en lugar de vivir a su
servicio. Por eso se la criticó durante el pasado Concilio.
Pero luego fracasó su reforma tras el Vaticano II, fracasó
con Pablo VI, para llegar al final a esa entente de que el
papa hace otra cosa y ellos gobiernan.
Una pieza
clave para esta actuación errónea es el hecho de que los
miembros de la Curia sean ordenados obispos contra lo
ordenado por el Concilio de Calcedonia (451) sobre las
llamadas “ordenaciones absolutas”, es decir: de un obispo
sin ninguna iglesia a la que presidir y servir.
Se
pretende eludir esa infracción con la sutileza jurídica de
nombrarles obispos “in partibus” es decir: obispos de
iglesias antiguas que ya no existen. Pero es difícil que
semejante escapatoria pueda tranquilizar conciencias, entre
los seguidores de Aquél que reprendía por “quebrantar la
voluntad de Dios amparándose en las tradiciones de vuestros
mayores” (Mt 15,3).
Por duro
que resulte lo dicho no somos los únicos en pensar así. El
arzobispo Quinn, que fue miembro de la Curia y presidente de
la conferencia episcopal norteamericana escribe:
“La curia
ha adoptado numerosas decisiones que van contra la
colegialidad. Repetidas veces, algunas decisiones de las
conferencias episcopales fueron rescindidas. Traducciones
del catecismo y del Leccionario, aprobadas por las
conferencias episcopales en varios países, fueron rechazadas
por la Curia...
En el
nombramiento de los obispos no es raro que sean nombrados
algunos que nunca habían sido propuestos por los obispos de
la región e incluso son desconocidos para ellos”.
Porque
“el episcopado no es simplemente un órgano secundario que
deba ser instruido y formado por la Curia para que adopte un
determinado punto de vista, especialmente en materias que
están abiertas a la libre opinión en la Iglesia”.
Por eso
no puede darse por supuesto en modo alguno que “la curia
tiene la función de adoctrinar y formar al episcopado en una
cuestión que no es de fe.”
Así
funcionan las cosas. Aquí no pretendemos imponer a nadie
nuestra opinión, pero defendemos que es una postura
totalmente ortodoxa y sostenible en la iglesia de hoy.
Por eso,
no puede ser desautorizada o excluida de la comunión
eclesial, acusándola de herejía o de falta de amor a la
Iglesia. Estas desautorizaciones son demasiado cómodas,
visto que el Vaticano II reclamó que la curia romana y sus
dicasterios “sean sometidos a una nueva ordenación más
adaptada a las necesidades de los tiempos y regiones” (ChD
9).
Y cabría
contraponerles aquellas palabras del propio Pablo VI,
dirigiéndose a la curia romana:
“Nos
aceptamos con humildad y reflexión crítica, y admitimos lo
que se señala con justicia. Roma no necesita ponerse a la
defensiva, cerrando los oídos a las observaciones que
proceden de fuentes respetadas, y menos aún cuando esas
fuentes son amigas y hermanas”.
Xavier Alegre
Josep Jiménez
José Ignacio González
Faus
Josep Mª Rambla
Un cuaderno de Cristianisme i Justicia
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