QUÉ
PASA EN LA IGLESIA
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LAS
“CINCO LLAGAS” DE LA IGLESIA DE HOY
1ª)
OLVIDO DE LA CENTRALIDAD DE LOS POBRES
“No podemos decir con mucha verdad que ya hicimos la opción
por los pobres. En primer lugar porque no participamos la
pobreza por ellos experimentada en nuestras vidas. Y en
segundo lugar porque no obramos frente a la riqueza de la
iniquidad con aquella libertad y firmeza empleadas por el
Señor.
La opción por los pobres, que no excluirá nunca la persona
de los ricos, sí excluye el modo de vida de los ricos,
insulto a la miseria de los pobres, y su sistema de
acumulación y privilegio que necesariamente despoja y
margina a la inmensa mayoría de la familia humana.”
Carta de
Pere Casaldáliga a Juan Pablo II, con ocasión de su visita a
Roma.
El
País, 23-06-88
La
situación actual de nuestro mundo, por lo que hace a la
presencia de grandes masas miserables o famélicas y de unas
cuantas fortunas desorbitadas, lejos de ser un accidente
natural es radicalmente contraria a la voluntad de Dios, tal
como reconoce la enseñanza de la misma Iglesia.
“Verse libres de la miseria, hallar con más seguridad la propia
subsistencia, la salud, una ocupación estable; participar
todavía más en las responsabilidades fuera de toda opresión
y al abrigo de situaciones que ofenden su dignidad de
hombres... tal es la aspiración de los hombres de hoy,
mientras un gran número de ellos se ven condenados a vivir
en condiciones que hacen ilusorio ese legítimo deseo... El
hecho más importante del que todos deben tomar conciencia es
que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial”
(Pablo VI, Populorum progressio, 6 y 1).
Cerca de
tres mil millones de hombres ven negada de manera radical
esa aspiración elemental, mientras unos cuantos cientos de
miles han elevado sus niveles de riqueza y de poder
económico a límites inimaginables. No parece que ante ese
drama -quizá el drama mayor de la humanidad cuantitativa y
cualitativamente- pueda la Iglesia decir que ha cumplido
aquella afirmación del Vaticano II: “nada hay verdaderamente
humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).
Esta
constatación resulta más dura porque, como proclamó Juan
Pablo II, la causa de los pobres “la considera la Iglesia
como su misión, su servicio, como verificación de su
fidelidad a Cristo” (LE 8).
Huelga
decir que esa proclamación es muy coherente con la
revelación cristiana porque, según ésta, Dios escucha ese
clamor de los pobres y de las víctimas de toda opresión (Sgo
5,5), y responde a él constituyendo a pobres, hambrientos,
sufrientes y perseguidos en preferidos suyos (Lc 6,20-26).
El
evangelio los considera “propietarios” del proyecto de Dios
sobre la historia, al que la Biblia llama “Reinado de Dios”
(expresión que no alude a un ejercicio de poder impositivo
sino a la liberación de todos los demás poderes o
esclavitudes que impiden la libertad del hombre).
Dios es,
por eso, un “Dios de los pobres”: el canto de la identidad
cristiana lo celebra como aquel que “derriba del trono a los
poderosos y enaltece a los humildes; colma de bienes a los
hambrientos y despide vacíos a los ricos”, y que obra así
“acordándose de su misericordia” (Lc 1, 54).
Precisamente por eso, los evangelios enseñan que el juicio
de Dios sobre nuestro mundo no se juega en el hecho de que
hayamos dado a sus enviados plataformas para actuar, o los
hayamos sentado a nuestra mesa (Lc 13,26), sino en el hecho
de que se le diera de comer cuando tuvo hambre, se le
vistiera cuando estaba desnudo o se le visitara cuando
estaba preso, incluso aunque esas conductas no se refirieran
expresamente a Dios (Mt 25, 31ss).
Se
comprende por qué Juan Pablo II situó en la fidelidad a las
víctimas de la historia, el criterio de fidelidad de la
Iglesia a Jesucristo.
Pero si
aplicamos este criterio a la institución eclesial de
nuestros días, debemos concluir dolorosamente que esa
institución que se reclama del Dios bíblico no es, en modo
alguno, una “Iglesia de los pobres” (Juan XXIII).
Les
ofrecemos una benevolencia paternalista, pero no logramos
expresar esa preferencia radical hacia ellos que sería
sacramento del amor de Dios. Más bien damos la sensación de
reaccionar ante las víctimas como todo el mundo: con una
clara tibieza que busca más tranquilizar la propia
conciencia y que los excluidos no nos molesten demasiado.
Ante esta
situación resuenan las palabras de san Vicente de Paul: no
se puede amar a Dios sin amar incondicionalmente aquello que
Él más ama...
Dicho de
manera un poco brutal, damos más la impresión de ser una
iglesia de los ricos que una iglesia de los pobres. Nunca se
escuchan, en los responsables de la Iglesia, palabras que
traduzcan la dura advertencia del Nuevo Testamento: “¿no son
los ricos los que blasfeman vuestro hermoso nombre?” (Sgo
5,7). Más bien parece que la institución eclesial espere su
salvación de los ricos y no del Señor.
Una
prueba de lo dicho la tenemos en el contraste doloroso que
últimamente hemos presenciado demasiadas veces: por un lado
no faltan en la comunidad eclesial personas, grupos o
instituciones que optan decididamente por los pobres y las
víctimas de la historia. Por el otro lado, esas gentes
encuentran con demasiada frecuencia gran cantidad de
dificultades, de rechazos y hasta persecución, por parte de
los responsables de la comunidad eclesial.
No hay
por qué negar que, en ese tipo de opciones radicales hacia
los pobres, se puedan producir desequilibrios,
imperfecciones o hasta conductas sesgadas. Y más cuando
(como es lo ordinario), se llevan a cabo en condiciones de
una soledad heroica.
Pero
reconocido eso, sigue resultando escandaloso que la Iglesia
no sepa reaccionar ante ellas siguiendo el consejo
evangélico de “no quebrar la caña cascada ni apagar la mecha
humeante” (Mt 12,20), sino tratando más bien de silenciarlos
o desautorizarlos por completo.
Para ello
se esgrimen argumentos toscos, de “dignidad litúrgica” y
acusaciones de reduccionismos y materialismos. Como si
pudiese haber un verdadero “culto espiritual” al margen de
las víctimas de la tierra, cuando lo único que la Iglesia
puede ofrecer como culto a su Dios es la entrega de la
Víctima Suprema que recapituló toda la injusticia de la
historia.
Y como si
hubiésemos olvidado aquella verdad tan cristiana, que
reformulamos parodiando a N. Berdiaeff: el pan para mí puede
ser una cuestión pagana o de egoísmo (“material”), pero el
pan para mi hermano es una cuestión religiosa y cristológica
(“espiritual”).
Todo eso
se agrava paradigmáticamente en nuestros días, cuando Dios
parece haber llamado a la Iglesia a un cambio de rumbo
radical en este punto. Pues en tiempos pasados la pobreza
era muchas veces efecto de insuficiencias históricas. Pero
en nuestros días, tras el despliegue del crecimiento
económico de los dos últimos siglos, la existencia de la
pobreza constituye un escándalo sin precedentes que es,
además, fuente de continuas tentaciones de violencia.
La Iglesia todavía no ha sabido discernir este signo de los tiempos
que es la llamada a esa justicia que (desde el Antiguo
Testamento) se usó tantas veces para definir a Dios. En la
teología actual se habla mucho del “privilegio hermenéutico
de los pobres”; pero aún está por aparecer un solo documento
oficial que ponga en juego ese privilegio para articular sus
enseñanzas.
Nada de
lo antedicho lo escribimos en plan de acusación sino en plan
de confesión: reconocemos que nosotros mismos estamos
bastante lejos de lo que el Evangelio nos pide. Pero más
allá de esta ceguera y esta sordera, lo decisivo es que la
Iglesia pierde credibilidad, y su anuncio carece de la
transparencia evangélica y la autoridad interior que
llamaban la atención en las palabras y hechos de su Maestro.
Xavier Alegre
Josep Jiménez
José Ignacio González
Faus
Josep Mª Rambla
Un cuaderno de Cristianisme i Justicia
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