A LOS 40 AÑOS DE
LA
“POPULORUM PROGRESSIO”
En 1967, cuando Pablo VI publicó la encíclica
Populorum progressio, la Iglesia vivió un momento
decisivo. Hacía poco más de un año que había sido
clausurado el Vaticano II. Uno de los problemas más
graves, que en aquel momento tenía la Iglesia, estaba en
ver si el papado tomaba en serio el Concilio o si, más
bien, lo que el papado tomaba en serio era mantener a
toda costa el poder del papa y el control de la Curia
sobre el Colegio de los obispos y, mediante ellos, el
dominio sobre la Iglesia entera.
Sin entrar aquí en las cuestiones técnicas de este
asunto y su penosa historia, una cosa ha quedado clara
en los últimos cuarenta años: el papado ha sido más
fuerte que el Concilio. Y también más fuerte que el
Colegio episcopal y que la Iglesia
entera. Ha triunfado el papado. Y con él, la Curia
Vaticana, sus monseñores y sus teólogos.
Pero, ¿ha sido esto lo mejor para la Iglesia y para el
mundo? Éste es uno de los problemas más serios que
tenemos que afrontar al cumplirse los cuarenta años de
la publicación de la Populorum progressio. ¿Por
qué?
Para responder a esta pregunta, la clave está en el
término progressio, “desarrollo”. La Iglesia
¿debe centrarse en el progressio de sí misma o en
el de los pueblos? Es decir, la tarea central de la
Iglesia ¿es defender sus propias verdades, su propio
poder, su influjo en la sociedad, sus derechos y sus
mandatos? O por el contrario, la tarea central de la
Iglesia ¿es promover el desarrollo de los pueblos,
aliviar el sufrimiento de los últimos de este mundo,
ponerse de parte de los que son considerados como los
“nadies” de la tierra?
La respuesta de Pablo VI a esta pregunta queda clara en
el título de la encíclica: lo que nos debe preocupar
y lo que interesa es el desarrollo de los pueblos, antes
que el de la Iglesia. Esta respuesta del papa en
1967 se hizo más evidente en el 68, cuando Pablo VI
presidió la apertura de la Conferencia del episcopado
latinoamericano en Medellín (Colombia). Fue el
acontecimiento que se considera como punto de partida de
la Teología de la Liberación. En aquel momento, tal como
entonces se veían las cosas, parecía que la Iglesia
había optado, no por la exaltación del papado,
sino por el desarrollo de los pueblos. Y de forma
muy especial por la liberación de los pobres y
oprimidos.
Sin embargo, lo que acabo de decir es una visión parcial
y, por tanto, incompleta de lo que realmente sucedía en
la Iglesia. Porque, como bien sabemos, el Papa Montini
era, según la expresión que se atribuye a Juan XXIII,
“il nostro Amleto di Milano”. Un hombre que, como el
príncipe danés de Shakespeare, “tenia más tendencia a
dudar y vacilar que a decidir” (H. Küng).
Una manera de ser que le llevó a anteponer el progreso
de los pueblos a los intereses de la Iglesia, pero que,
al mismo tiempo, prohibió en el Concilio plantear el
problema del celibato de los sacerdotes y que, a
continuación de su presencia en Medellín para alentar la
liberación de los pobres, publicó la Humane vitae
acentuando así la crisis de credibilidad que, desde
entonces, sufre el magisterio de la Iglesia.
El hecho es que Pablo VI fue un papa indeciso, que no
fue capaz de reformar la Curia, como había pedido el
Concilio. Un papa que pensó mucho y decidió poco. Y
cuando tomó decisiones de importancia fueron
precisamente a favor de las tesis que, en el Vaticano II,
había defendido la teología integrista de la Curia y sus
escribas.
Ahora bien, en lo que acabo de decir está, pienso yo,
una de las claves que nos hacen ver, a los 40 años de la
Populorum progressio, por qué la Iglesia, en el
año 2007, ha hablado mucho de la liberación de los
pobres, pero lo que realmente ha promovido y
potenciado es el poder del papa y de la Curia.
Los documentos sociales de Pablo VI y Juan Pablo II han
sido abundantes. Pero lo que de verdad cambia a la
Iglesia no es lo que el papa dice en las
encíclicas, sino lo que el papa hace en el
gobierno de la Iglesia. Y bien sabemos que lo que el
papado ha hecho, en estos 40 años, ha sido sobre todo
potenciar la imagen pública del papa, su prestigio en el
mundo, su poder y su influencia ante los magnates de la
política y la economía.
Esta escalada del poder papal se inicia ya con Pablo
VI; pero alcanza su cima más alta con Juan Pablo II. Yo
estaba en Roma el día que enterraron a Juan XXIII, en un
entierro sencillo, por la tarde, con la plaza de san
Pedro llena de gente sencilla, gente del pueblo, que
lloraba (sic) la muerte de aquel hombre sencillo y
humilde.
La radiante mañana que enterraron a Juan Pablo II, la
plaza de san Pedro estaba ocupada por más de doscientos
jefes de Estado, los grandes de la política y del
mercado, bien protegidos por la policía y el ejército.
El impresionante funeral de Juan Pablo II, un
espectáculo de increíble esplendor, enterró no sólo al
Papa Wojtyla sino también la Iglesia que quiso el papa
Juan.
En los últimos 40 años, la distancia entre los más ricos
y los más pobres del mundo se ha convertido en un abismo
que nos abruma a todos. Los mayores responsables de esta
situación apocalíptica no han sido los que estaban en la
plaza de san Pedro la tarde que enterraron a Juan
XXIII, sino los magnates que ocupaban el centro de la
plaza de san Pedro la mañana que enterraron a Juan Pablo
II.
Un papa que, al irse de este mundo, ha dejado muy claro
que las encíclicas sociales sirven para poco, si quien
escribe tales encíclicas mantiene las mejores relaciones
posibles con los mayores responsa-bles de que en este
mundo haya tanta hambre, tanta humillación y tanto
sufrimiento.
Hoy sabemos muy bien que Juan Pablo II tomó muy en serio
la lucha contra el comunismo y que, para ello, potenció
al sindicado Solidaridad en Polonia. Para
potenciar a Solidaridad, Juan Pablo II necesitaba
mucho dinero. Y lo consiguió mediante sus acuerdos
secretos con la administración Reagan, como bien nos
demostraron Carl Bernstein y Marco Politi, en su
conocido libro His Holiness (“Su Santidad”)
(1996).
Juan Pablo II fue sensible ante la amenaza real del
comunismo. No fue igualmente sensible ante la amenaza
del capitalismo. Juan Pablo II triunfó el día que se
hundió el muro de Berlín. Pero aquel papa no se dio
cuenta de que, a partir de aquel día, el capitalismo se
quedaba como dueño y señor exclusivo del mundo. Y las
consecuencias ahí están.
El prestigioso (y moderado) economista Jeffrey Sachs,
en su estudio The End of Poverty (“El fin de la
pobreza”) (2005), ha dicho: “Actualmente, más de ocho
millones de personas mueren todos los años en todo el
mundo porque son demasiado pobres para sobrevivir”.
Si esto se podía decir ya en la década de los 90 y, por
supuesto, en lo que llevamos del siglo XXI, eso quiere
decir que, si en los países comunistas (según el
conocido y bien documentado Libro negro del comunismo)
se asesinaron unos 90 millones de personas en más de
medio siglo, en el mundo capitalista se han matado más
de 130 millones de seres humanos en poco más de 15 años.
Al capitalismo le cunde más en el cruel oficio de matar
que al comunismo o al nazismo, por citar dos ejemplos
dramáticos y recientes.
Es evidente que la crueldad del sistema capitalista, tal
como de hecho funciona, a quien más daño hace es a los
pobres de la tierra. Pero no sólo a ellos. También hace
daño a la Iglesia y al papado. Porque lesiona gravemente
la credibilidad del magisterio eclesiástico. ¿Quién
puede creer lo que dicen las encíclicas sociales de la
Iglesia, si los papas son recibidos con todos los
honores por los máximos responsables del sufrimiento que
los mismos papas dicen que pretenden remediar con tales
encíclicas?
Se ha dicho, con toda verdad, que “una convicción se
define por el hecho de que orientamos nuestro
comportamiento conforme a ella”. O, dicho de manera más
simple, “una convicción es una regla de comportamiento”
(J. Habermas). Ahora bien, si esto es así, ¿se puede
pensar que los papas están seriamente convencidos de lo
que dicen en sus encíclicas sociales? ¿Cómo pueden estar
convencidos de que el sufrimiento de los pobres es lo
más urgente que hay que remediar, si reciben
solemnemente, y así “legitiman”, a los mayores
responsables del sufrimiento de los pobres?
Estas preguntas nos enfrentan a un asunto muy grave.
Porque nunca debemos olvidar que la fe religiosa no es
un mero saber, sino que es además (y sobre todo)
una convicción. Pero, ¿se puede pensar que creen
en el Evangelio quienes se comportan como grandes y
notables de este mundo, tal como se ve que lo hacen los
papas, bastantes cardenales y muchos obispos?
El 6 de agosto de 1984, el actual papa, el entonces
cardenal J. Ratzinger, hizo pública la Instrucción
sobre algunos aspectos de la teología de la liberación.
El veredicto de la Instrucción era condena-torio.
De esto ya se ha escrito bastante y no lo voy a repetir
aquí. Lo que creo que se debe destacar es que, en el
caso de esta instrucción, no ocurrió lo que suele
ocurrir con las encíclicas sociales.
Las encíclicas se quedan en mera
doctrina. La
instrucción, además de doctrina, fue la expresión de una
convicción. Y esta vez, sin duda, una convicción
que, como era verdadera, desencadenó un
“comportamiento”. El comportamiento que ha tenido el
Vaticano con las comunidades de base, con los teólogos
de la liberación, desde la condena de Leonardo Boff
hasta el documento contra la teología de Jon Sobrino, y
sobre todo la “política” de nombramiento de obispos que
se ha tenido en los últimos 25 años.
El papa y la Curia tienen la firme y decidida
“convicción” de que a la Iglesia le interesan más los
obispos sumisos a Roma que los obispos fieles
al Evangelio. Le interesan más los obispos que no
causen problemas con los gobiernos de cada país que los
obispos que luchan por defender a los pobres.
Y, más que nada, lo que de verdad interesa en el
Vaticano es que los obispos, los sacerdotes, los
religiosas y religiosas, los fieles todos, vivan la mística de la sumisión a lo que dice el papa y a lo
que decide el papa. Y, además de eso, al Vaticano le
interesa tener fieles que amen al papa. Porque no
olvidemos que, como bien dijo Pierre Legendre, “la obra
maestra del poder consiste en hacerse amar”. Porque así,
y sólo así, se perpetúa la sumisión.
El papado lo ha conseguido. Su triunfo, en este sentido,
es innegable. Pero, ¿ha sido y es lo mejor para la
Iglesia? El conocido escritor John Cornwell,
refiriéndose a Juan Pablo II, ha dicho que “cuando el
papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios,
la Iglesia católica decae en influencia moral y
espiritual, en detrimento de todos nosotros”. Se puede
pensar razonablemente que Cornwell ha dado en el
clavo.
José M. Castillo
17-Julio-2007
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