Polvo enamorado
¿Conseguirán alguna vez los Obispos caminar hombro con
hombro con la humanidad? ¿Optarán alguna vez por la
projimidad, la cercanía, la fraternidad? ¿Abandonarán
alguna vez la atalaya del poder, la manipulación de la
verdad, la prepotencia del saber, el dominio del indomable
para ser carne de mundo, entrañas de vida, interioridad
vivificante?
Porque
cuando aspiramos a ser dioses nos convertimos “en pasión
inútil” (Sartre). Pero cuando Dios quiere acostumbrarse a
lo humano se hace hombre. Su mirada es horizontal y el
hombre sólo es salvado desde el hombre. El cristianismo es
nada más, pero nada menos, que la importancia del hombre.
La
vida es un camino hacia el misterio. La muerte tal vez, sólo
tal vez, la posibilidad definitiva de encontrarnos con la
verdad última de ese misterio. A lo mejor por eso la
sentimos como precipicio insondable, como escalofrío
sudoroso de quien ha caminado incansablemente hacia la nada.
“El hombre es un ser para la muerte” nos aseguraban los
existencialistas. No eran exactos. El hombre es un ser para
“su” muerte. Cada uno se muere a sí mismo. Morirse es un
verbo reflexivo.
¿Y
después de la muerte qué? ¿La futura resurrección de los
muertos? ¿El vientre estriado de la nada nunca preñada de
futuro? ¿Es el hombre un fruto en sí mismo, inseminado por
Dios hacia lo definitivamente absoluto? Que cada cual se
responda desde su más interior intimidad.
Es
cierto que aspiramos a la prolongación de la vida, concebida
tal vez de forma excesivamente antropomórfica. Pero es
igualmente cierto que el hombre experimenta su muerte como
el resumen polvoriento de la existencia capaz de diluirse en
una tumba o albergarse en veinte centímetros de urna.
Y aquí
aparece Raúl Berzosa, Obispo auxiliar de Oviedo afirmando,
con la rotundidad con que hablan los Obispos, que la
incineración de los cadáveres va contra la doctrina de la
Iglesia. “Los creyentes deben enterrar el cadáver en tierra
porque creen en la resurrección de los muertos y porque el
cuerpo humano es el templo de Dios.”
Otra
vez los Obispos en la periferia del hombre, nunca en el
hombre mismo. Las formas sobre el fondo, el jardín sobre las
rosas, la arena sobre las olas. Con el miedo siempre de ser
algo hasta el fondo, de adentrarse en el núcleo, de centrar
el centro para hacer del cristianismo una experiencia humana
y humanizante. Prefieren la ley, la norma, el derecho frente
a la libertad infinita como riesgo, apertura y vértigo de
existencia.
La
resurrección del hombre como reunificación teocéntrica de la
vida, nunca como inserción en la universalidad del cosmos al
estilo de Chardin. Los profetas de la luz deben permanecer
plegados a la quietud jerárquica o desterrados a la
inoperancia vital del abismo. Los testigos vivientes sufren
una inquisición elegante, pero inquisición al fin. Son
relegados a la infidelidad. La creación poética no cabe en
la legislación estática mitrada.
Si se
nos entierra el pensamiento, déjennos por lo menos morir
nuestra muerte inalienable. Queremos sólo ser “polvo, mas
polvo enamorado”.
Rafael Fernando
Navarro
http://marpalabra.blogspot.com