EL “PENSAMIENTO CATÓLICO” CONTRA OBAMA
El rector de la universidad Notre Dame (Estado de Indiana),
la más prestigiosa de las universidades católicas de Estados
Unidos, ha invitado al presidente Obama a pronunciar, el
próximo 17 de mayo, el importante discurso de graduación.
La invitación del rector ha alterado a buena parte de la
citada universidad. Un grupo, bautizado “Escándalo en Notre
Dame”, ya ha entregado al rectorado 344.000 firmas de
oposición a la conferencia del presidente. ¿Por qué? Porque
Obama es tolerante en cuestiones que contradicen la posición
de muchos obispos: aborto, investigación con células madre,
permisividad en el uso del preservativo.
Al comentar esta noticia, ni pretendo oponerme a los
obispos, ni identificarme con Obama. Tampoco es mi intención
pronunciarme sobre las cuestiones que motivan la oposición
al presidente de Estados Unidos. De todo eso ya se ha
escrito lo indecible y no soy tan ingenuo como para pensar
que voy a convencer a unos o a otros en el reducido espacio
de un artículo de opinión.
Lo que sí me parece que puede interesar a los lectores es
recordar que las cuestiones, que tanto alborotan a la
universidad Notre Dame -y a tantos miles de católicos en
todo el mundo- son “cuestiones debatidas” en la sociedad y,
por tanto, sobre las que no existe un consenso en la
Iglesia, ni siquiera entre los obispos.
Lo que ocurre es que, como la postura del Vaticano es tan
intransigente sobre estos asuntos, son muchos los obispos,
muchísimos los sacerdotes y religiosos e incontables los
laicos que, por respeto (¿miedo, a veces?) a la Curia
Vaticana, no se atreven a pronunciarse públicamente.
En todo caso, es importante saber que las “quaestiones
disputatae” en la Iglesia no son, ni pueden ser, cuestiones
de fe. Porque, como dijo el concilio Vaticano primero (a.
1870), “deben creerse con fe divina y católica todas
aquellas cosas que se contienen en la palabra de Dios..., y
son propuestas por la Iglesia para ser creídas como
divinamente reveladas” (Denzinger-Hün. 3011).
Ahora bien, los asuntos discutidos, entre laicos y clérigos,
teólogos y obispos, no reúnen estas condiciones. Por tanto,
si son cuestiones disputadas, son cuestiones de las que se
puede disentir sin que eso lleve consigo apartarse de la fe
de la Iglesia o incurrir necesariamente en pecado.
Es importante tener esto claro. Porque hay gente de buena
voluntad que tiene la idea de que todo lo que dice el papa
es “verdad de fe”. Lo mismo que hay quienes piensan que el
papa personalmente, prescindiendo de lo que piensa y cree el
conjunto de la Iglesia con sus obispos, puede decidir de
modo definitivo en toda cuestión surgida en asuntos
relacionados con la fe y las costumbres. Pero no es así.
La última definición dogmática, que un papa ha pronunciado
en la Iglesia, fue el año 1950, cuando Pío XII definió el
dogma de la Asunción de la Virgen María. Y es bien sabido
que aquel papa procedió a pronunciar la definición después
de preguntar a todos los obispos del mundo si él podía
definir tal dogma. Y sólo lo hizo cuando recibió la
aceptación de todo el episcopado católico.
Con esto quiero decir que ni los discursos o encíclicas de
los papas, ni siquiera la doctrina del concilio Vaticano II,
nada de eso es doctrina de fe. Porque ninguno de esos
documentos, ni siquiera los del último concilio (que Juan
XXIII lo planteó como un concilio pastoral, no dogmático),
son definiciones dogmáticas de la fe de la Iglesia
universal.
Y me parece que es importante tener esto muy claro siempre.
Pero más en este tiempo nuestro en el que abundan los grupos
fundamentalistas religiosos, que se empeñan en imponer como
religiosamente obligatorios determinados puntos de vista o
doctrinas en las que se puede disentir de lo que dice el
papa o el obispo, sin que por ello se incurra en una
desviación de la fe y mucho menos en un pecado de herejía.
Los grupos fundamentalistas religiosos son una de las
amenazas más serias que tiene el mundo en estos momentos.
Por supuesto, cuando se trata de fundamentalistas violentos
hasta el extremo de traducir en muerte sus ideas personales.
Porque son grupos de fanáticos. Y nunca me cansaré de
repetir lo que sabiamente ha dicho Amos Oz: “Creo que la
esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los
demás a cambiar”.
Pero el peligro no viene sólo de los terroristas que matan
con bombas y pistolas. Si terrorismo es infundir terror, no
deberíamos olvidar que hay muchos procedimientos para
aterrorizar a otras personas. Se puede infundir terror con
la palabra, sobre todo cuando se habla con la pretensión de
que se habla en nombre de Dios. De ahí que pude ser muy
peligroso el terror que se infunde en misas, direcciones
espirituales y reuniones piadosas de la más alta
“espiritualidad” (?).
El terror es una forma de violencia. Y la violencia no se
puede ejercer contra nadie, por más que eso se pretenda
hacer en nombre de Dios. ¿Qué Dios es ése en cuyo nombre y
con cuya presunta autoridad se le mete miedo a la gente, se
ejerce violencia y se crean divisiones y enfrentamientos?
Pero, sin llegar a tanto, protesto aquí también por los
comportamientos de todos los que, basados en argumentos
religiosos que no son obligatorios por fe ni siquiera para
los creyentes, anteponen sus puntos de vista discutibles a
algo que es indiscutible: que no se deben poner más
dificultades a quienes, como es el caso del presidente
Obama, con sus limitaciones y defectos, presenta un proyecto
de acercamiento entre pueblos y culturas, de mayor justicia
y menos sufrimiento en el mundo.
José M. Castillo