¿Para qué un sínodo de obispos?
Mucha gente se pregunta acerca del Sínodo de los obispos.
¿Qué es y para qué sirve? La misma temática del sínodo, la
palabra de Dios, suscita interrogantes, en cuanto que no se
ve que tenga interés para la gente.
El origen indirecto de estos Sínodos episcopales fue el
Concilio Vaticano II. Fue la primera experiencia de
globalización de la Iglesia católica, una asamblea mundial
en la que los obispos hablaban directamente entre sí y no
sólo con el gobierno central de la Iglesia.
El Concilio funcionó con autonomía respecto de la curia
romana, lo cual le dio libertad de opinión y le permitió
elaborar documentos que nunca habrían salido a la luz sin la
independencia conciliar. ¿Por qué no continuar esta
experiencia mediante un sínodo de obispos? ¿No era éste un
medio para pasar de la monarquía papal a un gobierno
colegial de la Iglesia? En una época que caminaba hacia la
globalización, ¿no era necesario crear órganos de
representación en los que se hicieran presentes los obispos
de las iglesias nacionales?
Todo esto decidió a Pablo VI en 1965 a crear una nueva
estructura, el sínodo episcopal, que debía ser convocado
para tratar los grandes problemas del mundo y de la Iglesia.
Era un paso adelante en el intento de cambiar las viejas
estructuras centralistas del siglo XIX, de abrir espacios a
la libertad de expresión, de hacer efectivo el co-gobierno
de los obispos con el Papa y de cambiar un modelo de iglesia
papista, vertical y muy romano.
Desde entonces se han sucedido los sínodos con temáticas
actuales: la justicia internacional, la vida sacerdotal, el
laicado, la vida religiosa, la revisión del concilio, etc.
Los objetivos que se pretendían se han logrado sólo
parcialmente.
En el postconcilio comenzó un largo proceso de
transformación del Sínodo episcopal, acentuado tras la
muerte de Pablo VI, que le ha quitado autonomía, libertad de
expresión y eficacia para incidir en la vida de la Iglesia.
La curia romana ha logrado controlar una estructura que
pretendía ser una alternativa al gobierno central de la
Iglesia.
El sínodo es meramente consultivo, sin poder de decisión;
ha dejado de publicar documentos y de comunicar libremente a
la opinión pública sus planteamientos, guardando sus
conclusiones para un documento reservado al Papa; ha crecido
el número de miembros del sínodo nombrados directamente por
Roma, perdiendo peso la autonomía de las iglesias
nacionales; las comisiones y la redacción de los documentos
han sido controlados por personalidades nombradas
directamente por el Papa o la curia romana; se ha acentuado
la presión a las conferencias episcopales para que sus
representantes sean afines a la política del gobierno
central de la Iglesia; se rechaza discutir temas candentes
como el celibato sacerdotal, la ordenación de la mujer, el
control de la natalidad, problemas de bioética, los
obstáculos al ecumenismo, la reforma de la autoridad en la
Iglesia…
La
Iglesia católica vive hoy una grave crisis, sobre todo en
Europa. Sus instituciones y organismos estaban adaptados
para una sociedad jerárquica, homogénea, con muchas raíces
rurales y con una concepción patriarcal y masculina de la
autoridad. El problema es que ha cambiado la sociedad, pero
no la Iglesia, y crece el desfase entre las instituciones,
formas de entender la autoridad y los valores de las
sociedades plurales y democráticas. La Iglesia sigue anclada
en estructuras centenarias, cada vez más desfasadas y menos
eficaces.
La reforma de la Iglesia y de la misma Curia romana,
repetidamente pedida en el Vaticano II, sigue siendo un
problema pendiente. Esta reforma frustrada es una de las
causas de la crisis del catolicismo en Europa. El problema
no es si hay un Papa bueno o malo, no es una cuestión
personal, sino cómo cambiar las estructuras mismas del
papado y del gobierno central de la Iglesia.
La reforma institucional de la Iglesia es más necesaria que
nunca, y se aplaza indefinidamente. La mayoría de los que
detentan la autoridad son personas ancianas, educadas y
socializadas en el viejo modelo societario y eclesial, y sin
mucha sensibilidad ni capacidad para adaptarse a la nueva
sociedad emergente desde el último cuarto de siglo.
El gran reto del Sínodo episcopal es generar una nueva
forma de ejercer la autoridad, más respetuosa con las
Iglesias nacionales y el contexto de la globalización. Pero
faltan las mediaciones para lograrlo y las actuales
estructuras del Sínodo, mucho más restrictivas que las que
tuvo inicialmente, le impiden hacerlo.
Mientras esto dure, cualquier éxito del sínodo será sólo
parcial e insuficiente. Ojalá acierten al impulsar un mejor
conocimiento de la Biblia, pero permanece el problema de
fondo.
Juan
Antonio Estrada
Diario de
Cádiz