NAVIDADES insulsAS
Se acerca Navidad. El mundo cristiano se prepara para
celebrar el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús. La
liturgia mostrará todo su esplendor en misas especiales,
como la del Gallo, con adoración del Niño Jesús, cantos de
tradicionales villancicos y un especial sermón del
celebrante en el cual tal vez aluda −aunque sin profundizar
demasiado, sin excederse, que la moderación es virtud− a esa
gran estafa colectiva que es este sistema financiero que
tanto da que hablar actualmente.
El comercio intentará paliar los efectos de la crisis con el
incremento de ventas que estas fiestas conllevan. Habrá
cenas de amigos, de empresa, de compañeros de trabajo... Las
personas unidas por algún vínculo afectivo se expresarán sus
buenos deseos. No faltarán las tradicionales reuniones de
familia con sus correspondientes ágapes y regalos... Y
durante unos días nuestra civilización occidental cristiana
vivirá el tradicional ambiente de fiesta navideña.
Sabemos que en muchos momentos de su historia, diversos
pueblos desarrollaron formas de pensamiento y prácticas
rituales colectivas que sirvieron para organizar su forma de
vida y asegurar su subsistencia. Esas formas de pensamiento
colectivo surgieron a partir del nivel de conocimientos
adquirido por aquella buena gente y abarcaron hasta donde
podían llegar con su imaginación.
Arrancaban, por tanto, de su realidad cultural y se
desarrollaban en ella y con ella. Cuando esa realidad
cambió, cambiaron también las creencias y los rituales que
las acompañaban y aparecieron nuevas formas de satisfacer
las necesidades espirituales de la población. Y así fueron
surgiendo nuevas “religiones” y nuevas formas de pensamiento
colectivo en cada cultura y en cada época.
Hoy el mundo del conocimiento cambia a velocidad de vértigo
y con él se van transformando las costumbres y la forma de
vivir. Las creencias religiosas se tambalean ante la
avalancha de nuevos conocimientos que las cuestionan y un
sinfín de acontecimientos pone en la picota a personajes que
oficialmente figuran como cualificados creyentes.
En el mundo cristiano cada día es mayor el número de
personas que vive su cotidianidad ignorando la religión de
sus antepasados o que la recuerdan como mucho en los
momentos solemnes de su vida. Aun así, desde círculos
religiosos, manejando las estadísticas con habilidad, hay
quienes se atreven a decir cosas como «el 85 % de la
población mundial tiene religión y una tercera parte de esa
población es cristiana»; y también que «la juventud tiene
ansia de trascendencia y la busca afanosamente».
Bien, la opinión es libre, pero la realidad suele ser
elocuente. Las iglesias están vacías la mayor parte del
tiempo y las vocaciones religiosas escasean hasta el punto
de que no hay suficiente sacerdocio para atender a la poca
feligresía que todavía queda. Ante esta evidencia cabe
preguntarse: ¿donde está ese tercio cristiano del 85 % de la
población mundial?
Pero aun en el supuesto de que esa gran masa de población
permaneciese oculta a los incrédulos ojos de quienes
observamos desde fuera el mundo religioso que nos rodea, esa
inadvertencia nos sugiere las preguntas que siguen:
¿En qué consiste hoy día el cristianismo, en un conjunto
de fiestas y celebraciones? ¿Qué relación guarda toda esa
parafernalia navideña a la cual nos referíamos más arriba
con el Reino de Dios y su Justicia?
¿Dónde están, en el mundo cristiano, en esa cuarta parte
larga de población mundial según las estadísticas, las
enseñanzas del Jesús que nos muestran los evangelios? ¿Qué
porcentaje real, auténtico, verdadero de población cristiana
las sigue? Y si no las sigue, ¿como puede considerarse
cristiana?
¿A qué es debido que una organización transnacional tan
poderosa como es la Iglesia esté dando tan mal producto?
¿Acaso sufre algún apagón de Luz del Espíritu Santo?
Quien esto escribe no tiene respuestas categóricas para
estas preguntas y algunas más de orden parecido, pero sí la
sospecha de que «la sal perdió su sabor».
Sin consultar estadística alguna, observando simplemente
desde esta “tierra de nadie” de la no creencia, con todo el
riesgo de subjetividad que ello comporta, se permite opinar
que actualmente el cristianismo no satisface las necesidades
espirituales de esa gran masa de población que
estadísticamente se considera cristiana. Y quede claro que
“necesidad” no es sinónimo de “deseo”.
Desde esta perspectiva cabe pensar que las iglesias
cristianas, empezando por la mayor de ellas, la Iglesia
Católica, tienen sobre sus espaldas la grave responsabilidad
de haber hecho este cristianismo insulso de charanga y
pandereta que tan poco atractivo resulta al occidente actual
y tanta desgana de vida interior provoca. Y también, que ya
va siendo hora de que reflexionen y se tomen en serio su
tarea, antes de que el hacha de la justicia divina haga
astillas de ellas.
Pepcastelló