Mitos Y falacias
Desde
muy antiguo es sabido que el ser humano se mueve a golpe de
corazón. Que a golpe de corazón amamos, odiamos, envidiamos,
codiciamos... Nadie se libra de los latidos de esa
metafórica víscera y de las consecuencias que conllevan,
buenas o malas para propios y ajenos, pero siempre por
encima de toda razón.
El
corazón ajeno es, por su gran poder para determinar
conductas, el más frecuente objetivo de todas nuestras
acciones. Ganarlo para ponerlo de nuestra parte o destruirlo
emocional o físicamente cuando esa captura previa no es
posible, suele ser un impulso común a muchos seres humanos.
Y a
ese fin de captura o destrucción se ha aplicado con gran
esfuerzo el intelecto a lo largo de los tiempos. Las
religiones, mitificando y sacralizando cuanto útil para ese
menester hallaban en su entorno. Los regímenes autoritarios,
imponiendo su visión del mundo y de las relaciones humanas,
casi siempre por la simple razón de la fuerza, y no pocas
veces con la colaboración de líderes religiosos del más
variado orden.
Durante siglos, quienes pretendieron ganarse el corazón de
la gente para poder controlar su conducta por vía afectiva
echaron mano de mitos y de símbolos, conscientes de que
ellos son inherentes a la naturaleza humana y expresan sus
anhelos más profundos.
Pero
como no siempre ese afán de control respondía a intenciones
desinteresadas, quienes a él se aplicaban no tuvieron
demasiados escrúpulos en pasar del mito a la falacia. Y así
se dictaron en el mundo, siempre con la ayuda de la fuerza
que en su propio beneficio ejercían los poderosos, preceptos
y dogmas que nada tienen de humanos.
El
término corazón está hoy en desuso. Queda casi como recuerdo
ancestral de épocas aparentemente menos racionales que la
presente. Pero el procedimiento para controlar las masas
sigue siendo, al igual que hace cientos de años, el asedio
emocional que culmina con la captura afectiva de los
individuos.
Y así
vemos con pesar cómo ha sido secuestrado todo pensamiento
liberador, toda sabiduría, por las instituciones de poder de
todo orden, políticas y religiosas o ambas cosas a un
tiempo; cómo permanece cautiva la utopía en los lazos de
quienes dicen propagarla; cómo han sido perversamente
torcidas las enseñanzas de los grandes maestros, entre ellos
Jesús de Nazaret; cómo la más cínica mentira prevalece por
doquier sobre la verdad; cómo triunfan los lobos disfrazados
de cordero...
La
mayor parte de la población que goza hoy de un estatus
suficiente en nuestra opulenta civilización occidental
cristiana, vive con la conciencia anestesiada por un
constante bombardeo emocional que le libra de sentir culpa
alguna ante las injusticias que aseguran su bienestar.
En esa
misma línea hay que apuntar el embeleso religioso, que hace
del culto un fin en sí mismo. Y por más que ya hace siglos
resonó en el mundo judío la advertencia del profeta de que
no era culto lo que Dios quería sino misericordia, los
estamentos religiosos nunca hicieron caso. ¿Para qué, si un
cambio como ése iba en su contra?
Desde
esta perspectiva ex-creyente, ex-católica y ex-religiosa
desde la cual quien esto escribe contempla a ese colectivo
que se autodenomina Iglesia, no es fácil entender la actitud
que ésta adopta ante el cúmulo de tristezas que afligen al
mundo.
Podemos entender humanamente los motivos de todo orden que
laten en los corazones de esos millones de almas que se
cobijan espiritualmente, cuando no también materialmente,
bajo la cúpula de San Pedro. Podemos entender la ceguera
mental que tuvieron en otros tiempos ya pretéritos las
pobres gentes de eso que denominamos pueblo creyente. Pero
en modo alguno podemos aceptar su actual conducta, el
consentimiento que con su silencio cómplice dan hoy a
quienes la lideran, teniendo como hoy se tiene la debida
información y el nivel de conocimiento necesario para
reflexionar.
Resulta doloroso, muy doloroso, llegar a la conclusión de
que ninguna otra organización humana de cuantas se hallan en
nuestro entorno puede suplir la función de desvelar
conciencias que debiera desempeñar esa Iglesia que dice ser
seguidora de Jesús, pero a la cual, con toda la pena que nos
cabe en el alma, no podemos ver sino como falaz e
interesada.
Jesús
dio testimonio con su vida de cuanto creía y predicaba. La
Iglesia lo denominó Cristo e hizo de él un símbolo. Pero
ahora utiliza ese símbolo como objeto de culto para
adormecer conciencias y captar por vía emocional corazones y
afectos hacia sí misma, no hacia los valores que Jesús
predicaba.
Si
desde una perspectiva humana una tal conducta es
inaceptable, ¿cómo puede ser aceptada desde una perspectiva
cristiana? Solamente si ese cristianismo, del cual
abominamos, consiste en seguir a la Iglesia en vez de seguir
al Jesús que nos roba el corazón cuando lo vemos a través
del Evangelio.
Pepcastelló