LOS
MONJES CON EL PUEBLO
Los monjes budistas se han echado a las calles, unidos a
su pueblo, en protesta por la opresión que sufren las
gentes del Estado de Myanmar, en el sudeste asiático. Ya
han muerto algunos de estos monjes por causa de la
brutal represión militar que sufre la población.
Hace 20 años, el hambre del pueblo oprimido movilizó a
la población al levantamiento en protesta por la
dictadura brutal de los militares y la corrupción de los
políticos. Entonces hubo unos 3.000 muertos entre
civiles y “hombres de la religión”.
¿En qué va a parar la protesta de ahora? Es
imprevisible. En todo caso, una de las cosas que sabemos
es que los monjes budistas están pagando con su vida la
solidaridad que les une al sufrimiento de aquel pueblo.
El hecho merece una reflexión. Recomiendo el documentado
análisis que Vicenç Fisas ha publicado sobre la
situación política de Myanmar y sus implicaciones (El
País, 29.9.07). Lo que a mí me hace pensar es la
implicación de los monjes en la protesta popular.
En no pocos ambientes del mundo occidental, se ha
divulgado la idea de que el budismo es una religión que
fomenta una espiritualidad ausente de los problemas que
se plantean en la vida civil, en la sociedad, en la
política, en la convivencia ciudadana.
El ideal de tal espiritualidad sería solamente la
Iluminación (“bodhi”) como conocimiento, al margen del
mundo, en el retiro, la oración y el silencio. Y eso es
cierto. Pero eso nada más es sólo una parte de la
verdad. Porque tan cierto como eso es que el budismo
comporta, concretamente para los monjes, una ética
exigente.
Por ejemplo, el profesor Thich Nhat Hanh, que fue
director de la Escuela de Sociología de la Universidad
Vanh Hanh, en Saigón, manifestó que, ya en el siglo
pasado, el budismo se veía enfrentado a dos “ismos”, el
comunismo y el anticomunismo. Y afirmaba que cuando un
soldado mataba a otro hombre a causa de su “ismo”, no
disparaba contra un hombre, sino contra una idea que
brotaba de su propio miedo. Este profesor, monje-poeta,
insistía en que el budismo necesita “actualizarse”, más
que “modernizarse”.
Una de las cosas que más me preocupan, en los tiempos
que vivimos, es la pujanza que ahora tiene en ciertos
ambientes, la espiritualidad que “entontece” a los
devotos. Es éste uno de los “peligros” más serios que
amenazan, no ya a la espiritualidad, sino a las personas
que la cultivan y la fomentan.
No cabe duda de que en la España de la República, de la
guerra civil y de la dictadura franquista hubo miles de
personas profundamente religiosas y que vivieron una
espiritualidad sincera. Personas ejemplares y de una
generosidad a toda prueba. Con todo, yo no sé qué nos
pasa a los cristianos, pero el hecho es que, por
ejemplo, cuando en España hemos sufrido hambre,
represión, violencia y muerte, los “espirituales” nunca
se han echado a la calle, jamás se han fundido con las
protestas del pueblo.
Y si es cierto que hemos tenido hombres y mujeres de
extremo heroísmo que han dado su vida, la han dado más
por “la fe”, por “la religión”, por “la Iglesia”, que
por manifestarse públicamente identificados con el dolor
y la causa de aquellos a quienes les ha tocado la peor
parte en nuestra penosa historia del siglo XX.
Sabemos que la Iglesia ha canonizado al P. Maximiliano
Kolbe, que dio su vida por salvar a un compañero en un
campo de concentración, en la segunda guerra mundial.
Como sabemos que Teresa de Calcuta ya está en los
altares. Pero me pregunto por qué Monseñor Romero,
asesinado en 1980 sobre el altar en el que decía misa,
espera todavía que su causa salga adelante en Roma.
Y como Romero, tantos otros que, en los años de las
dictaduras de América Latina, no hicieron ni más ni
menos que lo que ahora están haciendo los monjes
budistas en Myanmar.
Posiblemente los monjes de la antigua Birmania se han
echado a la calle porque ellos también son víctimas de
le represión militar. Si es así, se comprende su
reacción y su protesta. Seguramente la meditación
budista les ha llevado a identificarse con la suerte y
las desgracias del pueblo atropellado en sus derechos
más fundamentales. Es un ejemplo a imitar. Y un motivo
para pensar.
Y ese pensamiento me lleva a hacerme esta pregunta: ¿por
qué la meditación del Evangelio no lleva a nuestros
obispos, a nuestros sacerdotes, a nuestros frailes y
nuestras monjas a manifestarse gritando por las calles
contra el trato que se les da a muchos inmigrantes,
contra la corrupción urbanística, contra el abandono en
que viven tantos ancianos, contra las pensiones de
miseria con que tienen que sobrevivir muchos miles de
españoles, contra la venta de armamentos, contra las
mentiras de los políticos que nos han crispado a todos?
¿Por qué nos callamos ante cosas que claman al cielo, al
tiempo que mucha gente ve como lo más natural del mundo
que los obispos se tiren a la calle para protestar por
los derechos que se les conceden a los homosexuales?
Seguramente, si los monjes budistas de Myanmar
estuvieran en nuestra España actual, a lo mejor se
quedarían rezando en sus monasterios. No lo sé. Quizá
hace falta verse con el agua al cuello para pedir a
gritos que las cosas cambien.
Pero no olvidemos que ahora mismo hay en España y en el
mundo demasiada gente con el agua al cuello y, que yo
sepa, los que vamos por la vida como “espirituales”, ahí
estamos, satisfechos con nuestra “espiritualidad”. Me da
por pensar que una espiritualidad así, resulta, por lo
menos, “sospechosa”. Sin duda otras cosas se podrían
decir sobre este asunto. El espacio de este artículo no
da para más.
José M. Castillo
Subir