Los curas “reducidos”
No se trata de sacerdotes bajitos ni del efecto de un
proceso con hierbas del bosque que algún santón indígena
haya realizado: algo así como las cabezas trabajadas por los
jíbaros.
Se trata ni más ni menos del desprecio colosal del lenguaje
vaticano y canónico acerca de los curas que dejan el
ministerio presbiteral para regresar a su estado de laicos:
según Roma, quedan “reducidos al estado laical”. Un lenguaje
vergonzoso a ojos vista.
El 18 de abril pasado, el cardenal Claudio Hummes,
responsable de la Oficina encargada de los asuntos del Clero
en la Iglesia Católica, escribió a los obispos del mundo
diciendo algunas cosas que la prensa mundial calificó de
extraordinarias, siendo así que son más viejas que el hilo
negro.
Veamos: el cardenal brasileño y además franciscano, que fue
arzobispo de Sao Paulo antes de llegar a su actual
responsabilidad en el Vaticano, recordó que el tema del
celibato clerical es un asunto disciplinario y no de
doctrina: no pertenece a la estantería orgánica de la
iglesia sino que es de la periferia: algo sabido desde
siempre.
Dijo, además, que el Código de Derecho Canónico, que rige
las leyes en la Iglesia Católica, ha quedado sobrepasado, en
algunos puntos relacionados con el celibato clerical, por
nuevas realidades que se presentan problemáticas: algo
obvio, porque ninguna legislación puede abarcar todo el
ámbito de posibilidades ni todos los casos particulares en
una sociedad.
Añadió que en el caso de los clérigos casados o con familia
propia, los hijos “tienen derecho a tener un padre con una
situación regularizada ante Dios y ante su propia
conciencia”.
Menos mal que una voz autorizada desde el Vaticano empieza
a reconocer los derechos de quienes se han retirado del
ejercicio del ministerio por la causa que fuere y han
formado una familia.
Lo lamentable es que se sigue usando un lenguaje agresivo,
anticuado y humillante, como si esta concesión de facilitar
la reincorporación de los clérigos al estado laical,
facultad entregada ahora a los obispos locales, fuera un
regalo sacado con fórceps, a regañadientes y apenas
tolerado.
Se habla de “expulsar” de la clerecía a los que formen una
familia. Según el Diccionario de la Real Academia, que fija
y da esplendor al lenguaje, “expulsar” es tirar fuera,
arrojar algo que estaba de más en un organismo, es decir,
lanzar lejos algo que estorba, que ensucia o que no es
digno.
Pero aquí no se trata de objetos sino de personas a las
que, hasta que cambiaron de rumbo, la misma jerarquía les
reconocía títulos de faramalla: “monseñor”, “reverendo
padre”, y otros parecidos.
Y luego se habla de “reducir” al estado de laicos a esos
curas que no respetaron su promesa de celibato. Reducir, en
nuestro idioma castellano, es “volver algo al lugar donde
antes estaba o al estado que tenía”. Y en este sentido la
palabrita podría digerirse sin dolores abdominales. Pero
también es “disminuir, aminorar” y ése es el sentido que se
le da popularmente y que todos entienden.
Siendo así, es un término inaceptable para el vocabulario
eclesial: el estado laical no es vivir una situación
disminuida, aminorada o secundaria, respecto a los clérigos
que estarían, entonces, en un estado más noble, más
importante y más alto.
Esa falacia no puede ser ni siquiera considerada en el
mundo de las relaciones sociales en la iglesia. Es una
ofensa grave a la dignidad igualitaria de los hijos de Dios.
Por eso este lenguaje vaticano debe ser denunciado y
combatido.
Lo que la carta del cardenal Hummes señala es que de ahora
en adelante los obispos locales tendrán más participación
para manejar ciertas iniciativas que estaban en manos
exclusivas de Roma: los largos procesos para que un clérigo
se liberara de sus obligaciones ministeriales. Largos y
humillantes: porque había que responder cuestionarios que
tocaban temas de intimidad sexual, con declaración de
testigos y con autoconfesiones de culpa.
Ahora los obispos podrán solicitar la reincorporación de
sus curas al laicado de la iglesia, incluso sin la anuencia
del propio interesado que muchas veces no inicia trámite
alguno en ese sentido por diversas razones: porque se sintió
herido por el tratamiento recibido, por dejación e inercia,
por la desilusión ante procesos largos y dolorosos que
duraban años y años, o por no creer en esos procedimientos y
confiar en que Dios tiene más misericordia que la curia
vaticana.
Aún más: la incorporación al estado laical se producirá
automáticamente, tras cinco años de abandono de las
responsabilidades presbiterales de parte de un clérigo.
La carta de Hummes precisa, eso sí, que no entran en esta
concesión a los obispos locales, los casos de abuso sexual
de parte de clérigos, tema que debe ser asumido por los
tribunales de justicia y que, además, son responsabilidad de
otra de las oficinas vaticanas: la Congregación para la
Doctrina de la Fe, ex “santo oficio”.
La carta es, sin duda, un avance respecto a la severa
legislación mantenida en el derecho canónico hasta ahora.
Pero ciertamente no toca el problema de fondo al considerar
todavía el celibato clerical como condición sine qua non
para el ejercicio del sacerdocio en la iglesia católica de
rito latino.
Gran parte del problema de la escasez vocacional para el
servicio pastoral de las comunidades cristianas tendría
solución si la curia vaticana superara otra de sus
obsesiones: que los sacramentos de la iglesia sean propiedad
exclusiva del clero masculino y célibe.
Del universo de presbíteros que han dejado el ministerio,
unos 100.000, según cálculos semi-oficiales, un buen
porcentaje podría ser de nuevo recuperado para la atención
pastoral: aquellos que no han quedado heridos o no han roto
todas las relaciones con su antigua condición y que hasta
añoran esos servicios eclesiales.
También ayudaría una mejor distribución de lo que ya
existe: en la misma Roma estudian, atienden oficinas,
vegetan, administran, ofician de sacristanes y cuidan
bibliotecas, mil o dos mil curas, obispos y cardenales que
podrían salir a terreno por el mundo, compartiendo su fe con
las comunidades cristianas, proclamando el mensaje del
Reino, celebrando la presencia de Dios en su obra creadora,
dedicados a la entrega generosa del pan, la palabra y el
perdón de parte de la Iglesia.
Pero este es otro tema que habrá que abordar más adelante.
Reflexión y Liberación
Chile, junio de 2009