LA TEOLOGÍA ASUSTADA
La severa e incomprensible censura que el obispo Martínez
Camino ha impuesto al libro de José A. Pagola sobre Jesús,
aparte de ser un abuso de autoridad porque impone
obligatoriamente cosas que no pertenecen a la fe de la
Iglesia y que, por tanto, son opinables entre católicos,
tiene un efecto devastador sobre la teología a la que
Martínez Camino tiene el deber de proteger.
Me refiero al efecto del miedo que se acentúa entre quienes,
desde dentro del estamento eclesiástico, se dedican a la
dura y arriesgada tarea de hablar y escribir sobre teología
en los tiempos que corren y dentro de la Iglesia en que
vivimos.
En este momento y tal como están las cosas en la Iglesia
católica, un sacerdote, un religioso o religiosa, sobre todo
si son profesores de un seminario o de un centro de estudios
eclesiásticos, sea el que sea, difícilmente pueden decir y,
menos aún, escribir lo que realmente piensan, si es que
pretenden pensar y hablar con libertad y con creatividad,
por más que hagan eso dentro de los límites de lo opinable
dentro de la fe de la Iglesia.
El problema está en que el proyecto del papado, desde que
Juan Pablo II tomó el mando de la Iglesia, no ha sido poner
en práctica el concilio Vaticano II, sino restaurar la
Iglesia que había antes del concilio. El ideal de la Curia
vaticana es volver a la Iglesia de los tiempos de Pío XII.
Este ideal, que ya se advirtió con claridad en el
pontificado anterior, ha dado la cara abiertamente en el
papado actual.
No me refiero sólo a la vuelta a la misa en latín o cosas
parecidas. Estoy hablando de cosas mucho más serias. Me
refiero, concretamente, al creciente e insoportable control
sobre obispos y teólogos.
Y algo que es aún más preocupante: el papa Ratzinger no ha
aceptado, ni da muestras de aceptar, el logro más importante
de la teología del siglo pasado: la condición “sobrenatural”
del ser humano, tal como Dios ha querido que exista desde el
comienzo de su existencia.
En este punto estuvo la piedra dura en la que Pío XII se
partió los dientes y que, por eso, jamás pudo aceptar los
mejores logros de la teología contemporánea. En eso está la
piedra de escándalo sobre la que la teología más
conservadora se empeña en edificar una Iglesia tan
“sobrenatural” y tan “divina”, que todo lo “humano” es para
ella admisible en tanto en cuanto se somete a las decisiones
eclesiásticas y está bien controlado por lo que quiere el
papa y su curia.
De ahí nacen todos los líos y enfrentamientos que la
Jerarquía eclesiástica viene teniendo con la sociedad, con
lo civil, con lo laico... Porque todo eso es simplemente
“humano” y, por tanto, no vale, si no es elevado a la
condición “sobrenatural” por lo “divino” que, desde su solio
sagrado, rige el único hombre que en la tierra tiene poder
para regir lo “divino” y, desde ahí, discernir lo que está
bien y lo que está mal, separando drásticamente lo bueno de
lo malo.
Mientras estemos así, el papa no dará jamás su brazo a
torcer. De forma que los concordatos y acuerdos con la Santa
Sede sólo serán, de hecho, mecanismos de control para que
Roma imponga, en definitiva, su voluntad.
Así las cosas, mal futuro tiene la Iglesia. Y peor aún la
teología. Precisamente en los años aquéllos de Pío XII, uno
de los teólogos más lúcidos (y más amantes de la Iglesia),
Yves Congar, dejó escrito lo siguiente:
“Ahora conozco la historia. Llevo muchos años estudiándola;
ha dejado claro ante mis ojos numerosos acontecimientos
contemporáneos, al tiempo que la experiencia vivida
particularmente en Roma me aclaraba esta historia. Para mí,
es una evidencia que Roma sólo ha buscado siempre, y busca
ahora, una sola cosa: la afirmación de su autoridad. El
resto le interesa únicamente como materia para el ejercicio
de esta autoridad. Con pocas excepciones, ligada a hombres
de santidad e iniciativa, toda la historia de Roma es una
reivindicación asumida de su autoridad, y la destrucción de
todo lo que no acepta otra cosa que no sea la sumisión”.
Esto, ni más ni menos, es lo que el papa actual quiere
restaurar a toda costa. La reciente decisión de Martínez
Camino contra el libro de Pagola no tiene otra explicación.
En definitiva, es un aviso para navegantes. Y los
navegantes, en este caso, son los teólogos que se atreven a
decir lo que piensan, por más que se trate de cosas que son
aceptadas por la gran mayoría de los cristianos.
Mala cara se le ha puesto al enfermo. Da miedo mirarlo de
cerca. Me refiero a la Iglesia, enferma de fundamentalismo,
integrismo y, por supuesto, de intolerancia.
José M. Castillo