La violencia en la Iglesia
y
3.
Hacia una nueva eclesialidad
Las
tensiones y conflictos en la iglesia no se pueden eliminar
ni con la violencia del centralismo que controla todo, ni
con la violencia del autoritarismo que sanciona y excluye,
ni con la violencia del dogmatismo que impone y uniforma, ni
con la violencia del rechazo de la autoridad o de las
verdades fundamentales de la fe y de la moral católicas.
Lo que
se requiere es superar el modelo de iglesia de cristiandad
neoconservadora que ha ido recuperando terreno y que
predomina en la estructura de la iglesia a principios del
tercer milenio.
Hay
que caminar hacia la
aceptación práctica del modelo de iglesia
recuperado por el Vaticano II: una iglesia de comunión,
pueblo de Dios y sacramento del Reino. En ella, debe haber
lugar para el diálogo y la comunicación, la unidad en la
diversidad y un clima de libertad como expresión del amor
que acepta al otro y que crea comunión dentro y fuera de la
iglesia.
Ante
todo, hay necesidad de
una actitud de diálogo
en la iglesia, que lleve a hablar y a escuchar al otro, sin
actitudes inquisitoriales o de rechazo, en la búsqueda
sincera de la verdad a la luz del evangelio tanto en su
interior como con otras confesiones cristianas, otras
religiones y con la sociedad.
A ello
invita el Vaticano II en la Constitución
Gaudium et Spes:
cuando, hablando de la iglesia y de su misión de iluminar a
toda la humanidad con la luz del evangelio, la presentaba
como
“signo
de aquella fraternidad que permite y consolida el
diálogo sincero.
Esto
requiere que, en primer lugar, promovamos en la misma
iglesia la estima mutua, el respeto y la concordia,
reconociendo toda legítima diversidad, para establecer un
diálogo cada vez más fructífero entre todos los que
constituyen el único pueblo de Dios, tanto los pastores como
los demás fieles cristianos.
Lo que
une a los fieles es más fuerte que lo que los divide. Haya
unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en
todo”.
Este
diálogo se extiende también a otras confesiones cristianas
en un auténtico ecumenismo y no excluye “a nadie, ni a
aquellos que cultivan los bienes preclaros del espíritu
humano, pero no reconocen todavía a su Autor, ni a aquellos
que se oponen a la iglesia y la persiguen de diferentes
maneras”[6].
Junto
con el diálogo se requiere una
descentralización
que permita un contacto directo con los desafíos y los
problemas dentro y fuera de la Iglesia. Esto favorecerá la
corresponsabilidad y la práctica de la colegialidad
episcopal y dará menos espacio a actitudes inquisitoriales
alimentadas por acusadores cobardes que tiran la piedra y
esconden la mano y que se creen poseedores de la verdad
“objetiva” y están dominados por el miedo a la
confrontación. Esto en el fondo es miedo a la verdad y a la
auténtica libertad, ya que la verdad es la que nos hace
libres (Jn 8,32).
Juan
Pablo II en su Encíclica
Ut unum sint
afirmaba que
“cuando la iglesia católica afirma que la función del Obispo
de Roma responde a la voluntad de Cristo,
no separa esta función de la misión confiada a todos los
Obispos, también ellos ‘vicarios y legados de Cristo’.
El
Obispo de Roma pertenece a su ‘colegio’ y ellos son sus
hermanos en el ministerio...
Que el
Espíritu Santo nos dé su luz e ilumine a todos los Pastores
y teólogos de nuestras iglesias para que busquemos, por
supuesto juntos,
las formas
con las que este ministerio pueda realizar un servicio de fe
y de amor reconocido por unos y otros”.
Estas
formas nuevas en la estructura de servicios en la iglesia no
solamente son necesarias en el campo ecuménico sino que
también son urgentes al interior de la iglesia católica.
Se
requiere que el Papa sea ayudado en su ministerio más
directamente por las conferencias episcopales que por la
curia romana que ha concentrado excesivamente el poder
decisorio que conduce a la violencia del centralismo, del
autoritarismo y del dogmatismo.
Este
es el motivo por el que cada vez con más fuerza personas de
nombre y jerarquía en la iglesia proponen que los
consultores y consejeros del Papa sean los Presidentes de
las conferencias episcopales.
El
diálogo con ellos daría al Santo Padre una visión más clara
de la realidad y de los desafíos que debe enfrentar la
iglesia en los diversos contextos socio-culturales y
eclesiales.
Así se
evitarían de parte del juridicismo centralista de la curia
romana ordenaciones abstractas y universales que impiden
flexibilidad y adaptación a las diversas circunstancias, que
crean tensiones y conflictos y que
ejercen violencia
con la imposición de una rígida uniformidad, fruto de un
concepto equivocado de unidad.
Este
debe ser superado, puesto que la iglesia “en virtud de su
misión y su naturaleza, no está ligada a ninguna forma
particular de cultura humana o sistema político, económico o
social” y, por tanto, está llamada a vivir la unidad en la
diversidad socio-cultural y eclesial a través de un diálogo
sincero, fraterno y maduro que ayude a superar violencias y
miedos.
Camilo MACISSE
ex-general de los Carmelitas Descalzos
y ex-presidente de la Unión de Superiores Generales
Revista ‘Testimonio’ de la Conferencia de Religiosos
y Religiosas de Chile, noviembre de 2003