Empecinamiento clerical
En la
España del siglo XXI, donde la religión dejó ya hace años de
regir la vida de las personas en la mayor parte de la
población, el clero utiliza todos los recursos de que
dispone para mantener sus privilegios. Uno de ellos es el
censo de las personas bautizadas.
Habida
cuenta de que a la mayoría de la población censada como
católica fue bautizada sin su consentimiento dado que aun no
tenía uso de razón, cabría esperar que ya en edad adulta las
personas que no desean seguir siendo consideradas católicas
tuviesen la posibilidad de darse de baja de ese censo. Pero
parece que no es así.
Quienes contemplamos esta tenaz resistencia eclesiástica a
reconocer la libertad de conciencia de las personas y
aceptar la realidad de la sociedad española actual, no
podemos sino ver en ella un acto moralmente censurable. Por
él, la Iglesia Católica Española, constituida por la
jerarquía y la feligresía que la sigue, merece la mayor
reprobación de cualquier persona honesta que sienta respeto
por la verdad y por los derechos humanos.
Porque
si ese censo que tan ardientemente defienden fuese solamente
un libro de recuerdos, una crónica de hechos que no
trascendiese para nada a la sociedad actual, podría
entenderse que quien lo custodia se opusiera a cualquier
modificación que se quisiese incorporar en su tradicional
uso. Pero no es así. Ese censo repercute en las relaciones
entre la Iglesia y el Estado, y por ende, entre la población
católica y la que no lo es.
Es
difícil ser justos en un mundo injusto, pero es lamentable
que quienes debieran dar ejemplo de afán de justicia, de lo
único que lo den sea de egoísmo. Y es lamentable también que
la población católica española no intervenga en contra de
todos los atropellos que comete su jerarquía eclesiástica y
apenas deje oír su voz. Discurso tendrán unos y otros para
justificar su conducta, porque siempre hay palabras que
justifiquen hasta las mayores bellaquerías, pero no son las
palabras lo que define a las personas sino sus acciones. Una
vez más nos viene a la memoria «por sus hechos los
conoceréis».
La
empecinada resistencia a aceptar normas de diálogo y
convivencia propias de una sociedad humanamente evolucionada
no es un buen método para sembrar la Buena Nueva. Con
actitudes como la que comentamos, que no es más que una
muestra de las muchas tropelías cometidas por la clerecía
católica, la Iglesia ha perdido credibilidad entre la mayor
parte de la población en los países donde dominaba
socialmente.
Hoy
solamente le quedan las almas incondicionales que no se
enteran de las martingalas clericales o que aun sabiéndolo
sitúan sus sentimientos personales por encima de los valores
humanos. Esas sí; esas están dispuestas a mirar hacia otro
lado con tal de seguir formando parte del pueblo escogido.
En
fin, allá conciencias.
Pepcastelló
http://lahoradelgrillo.blogspot.com/