El Holocausto, Roma y Jerusalén
El Papa Benedicto XVI acaba de levantar la excomunión a un
grupúsculo de ultraconservadores católicos, comandado por el
obispo francés, ya fallecido, Marcel Lefebvre, expulsado en
1988 de la Iglesia Católica porque sus miembros no estaban
dispuestos a seguir las pautas de modernización marcadas por
el Concilio Vaticano II.
Es una noticia que, expresada así, no debería traspasar los
muros de la Iglesia católica. Si ha trascendido es porque
entre los obispos rehabilitados hay uno que lleva su
extremismo a negar el Holocausto judío. Se trata del obispo
británico Richard Williamson, convencido de que en los
campos de Auschwitz o Sobibor no existieron cámaras de gas y
que no fueron seis millones sino unas 300.000 las víctimas
judías.
Lo que ha llamado la atención de la opinión pública es que
el Papa se arriesgue a un gran descrédito político, a cambio
de traer al redil a un grupito de integristas católicos. No
había razón para tan alto precio, ya que los disidentes
habían perdido su capacidad de seducción al apropiarse el
Vaticano de buen grado de sus tesis extremistas. Los
lefebvristas pueden decir la misa en latín sin contravenir
la ley, denunciar leyes democráticas, como hacen los obispos
españoles, y cerrar bajo siete llaves los decretos más
aperturistas del Vaticano II, como se lleva en Roma.
La
Iglesia se ha derechizado tanto que no hay lugar para que la
desborden por ese flanco. El que la noticia haya aparecido
justo en la semana en la que el mundo conmemora el día del
Holocausto y pocos meses antes de la visita del Papa a
Israel, añade razones a la perplejidad.
Si el coste político ha pesado tan poco en la decisión es
porque la vuelta al redil de este grupo descarriado tiene
mucha más importancia de lo que a primera vista parece. Nada
hay más importante para el Papado que el reconocimiento de
su autoridad y nada que le preocupe tanto como que se la
cuestione.
El lector curioso podrá corroborar estas afirmaciones
leyendo las memorias de un gran personaje, las del dominico
francés Yves Congar, Diario de un teólogo, 1945-1965,
perseguido por el Santo Oficio desde 1945 hasta 1958,
salvado in extremis por la muerte de Pío XII y elevado
luego, en 1994, al cardenalato por el Papa Wojtyla. Este
hombre, que era todo menos progresista, tenía, sin embargo,
el vicio de creer en el ecumenismo, es decir, entendía que
la desunión de los cristianos era el gran problema de la
Iglesia católica.
Nunca cuestionó el protagonismo del obispo de Roma, pero
pensaba, con datos en la mano, que la Iglesia católica tenía
responsabilidades en el origen del protestantismo, que algo
esencial se perdió cuando se separaron los ortodoxos griegos
y que, por tanto, Roma ganaría algo fundamental con la
aproximación a otras confesiones.
La
Iglesia de Pío XII no podía pasar por ahí porque Roma no
necesitaba de los demás y si alguien perdía yéndose, era el
que se iba. En esa conciencia de su superioridad se fundaba
la autoridad del Papado. El diálogo con protestantes u
ortodoxos solo podía significar invitarles a volver al
redil, sin nada a cambio. Pensar que traían algo importante
de lo que Roma careciera, era cuestionar la autoridad del
Vaticano.
A Congar se le prohibió la docencia, se le retiró el
permiso para publicar libros y se le exilió fuera de
Francia. Este gran conocedor de la historia y del sentido de
la Iglesia, a la que solo quería servir, llegó a la
conclusión de que “lo que Roma siempre ha buscado, y busca
ahora, es una sola cosa: la afirmación de su autoridad. El
resto le interesa únicamente como materia para el ejercicio
de esa autoridad”.
El Concilio Vaticano II hizo suyas las doctrinas del fraile
dominico. La Iglesia ha cambiado desde entonces y está más
cerca de Pío XII que de Juan XXIII. Al papa Ratzinger le
interesa más el reconocimiento de la autoridad papal por
parte de los rebeldes ultras que el disgusto de los judíos.
Lo primero es la afirmación del lugar del obispo de Roma y
lo secundario, la relación con otras confesiones.
Por supuesto que el Papa alemán no puede comulgar con el
monseñor británico en la negación del Holocausto judío, ni
va a tolerar que lo repita –los propios lefebvrianos ya han
desautorizado a su obispo–, pero si hay que elegir, se elige
como es debido.
No se prevén grandes reacciones del Estado de Israel. En la
sesión constituyente del Consejo Asesor de Casa Sefarad en
Madrid, que tuvo lugar el pasado día 27 y a la que
pertenecen notables personalidades israelíes, había
indignación pero sin sobresalto. Al fin y al cabo, ya se
sabe el lugar que ocupa Auschwitz en la agenda del Papa
alemán. De ella da idea su interés por la beatificación de
Pío XII, cuya conducta respecto al nazismo fue todo menos
edificante; o el trato a los judíos en la liturgia católica,
que si no repite la expresión “pérfidos judíos”, suprimida
por Juan XXIII, sí les dice que hasta que no entren en la
Iglesia andarán entre tinieblas.
La alegría romana por la vuelta a casa de un grupo tan
claramente antisemita como la Fraternidad de San Pío X es un
asunto interno que debilita política y diplomáticamente a
una Iglesia que ha conocido mejores tiempos.
Manuel Reyes Mate
El Periódico
Reyes Mate es filósofo e investigador del
Consejo
Superior de Investigaciones Científicas