DE MEDELLIN A HOY
¡Medellín! ¡Tan cerca para algunos, tan lejos para la gran
mayoría! Pues, en 40 años América Latina ha cambiado y la
Iglesia también ha cambiado, tal vez más que la misma
sociedad. Muchos ni se acuerdan de Medellín.
En Medellín los obispos miraban hacia América latina en esta
forma:
“Estamos en el umbral de una nueva época histórica de
nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación
total, de liberación de toda servidumbre, de maduración
personal y de integración colectiva. Percibimos aquí los
prenuncios en la dolorosa gestación de una nueva
civilización. No podemos dejar de interpretar este
gigantesco esfuerzo por una rápida transformación y
desarrollo como un evidente signo del Espíritu que conduce
la historia de los hombres y de los pueblos hacia su
vocación” (Introducción, 4).
Los que todavía hablan así hoy en día son tratados de
dinosaurios.
En 1968 y en 2008 los católicos confiesan los mismos dogmas,
reciben los mismos sacramentos, dentro de la misma
estructura eclesiástica. Pero todo ha cambiado, todo lo que
es realmente importante: la vida. Vamos a ver las grandes
diferencias producidas por 40 años de historia.
1.
El Papa
En 1968, Paulo VI había publicado Populorum Progressio
y todavía tenía todo el prestigio del Concilio Vaticano II
que había llevado hasta un final feliz. No era “popular”
pero podía contar con un gran respeto por parte del clero,
de los religiosos, y de los laicos formados que esperaban de
él que fuera capaz y dispuesto a orientar la aplicación del
Concilio: todavía no se percibían los síntomas de la gran
depresión que iba a afligirlo en los últimos años de su
pontificado.
Paulo VI no era teólogo, pero tenía un gran cultura y una
gran atención a la cultura de su tiempo. Estaba muy marcado
por la Iglesia de Francia, sus teólogos, sus obispos, sus
experiencias pastorales. Maritain era para él lo mejor del
catolicismo francés.
No se había dejado asustar por los franceses aunque la Curia
romana hubiera condenado todo lo que había en Francia. Era
tímido lo que impedía que pudiera imponer su dirección a la
Curia. A veces se dejaba empujar por la Curia, aunque fuera
de Roma pocos estuvieran conscientes de ello en aquel
tiempo.
Había aprobado con evidente satisfacción la propuesta de una
nueva Conferencia, el CELAM, hecha por mons. Manuel Larraín.
Quiso estar presente en su inauguración creando así un
precedente. Su encíclica sobre el desarrollo fue muy
importante en la Conferencia de Medellín.
Paulo VI había entendido muy bien el mensaje de Juan XXIII :
la Iglesia debía mirar hacia el mundo y hablar a los hombres
de su tiempo y emanciparse de un lenguaje que ya nadie
entendía.
Benedicto XVI es un teólogo de gran prestigio.
Es un teólogo conservador bastante distante del mundo
teológico de Alemania. Lo eligieron para que fuera el
continuador de Juan Pablo II.
Había sido durante casi todo el pontificado de Juan Pablo II
el teólogo más influyente al lado del Papa. Fue el gran
defensor de las tesis tradicionales en eclesiología y en
moral. Fue el promotor y el alma del Sínodo extraordinario
de 1985 encargado de explicar y actualizar el Concilio
Vaticano II. En la práctica el Sínodo sirvió para
relativizar el Concilio de tal modo que ya no tuviera
ninguna fuerza de transformación. Aniquiló la fuerza
transformadora del Vaticano II e hizo que la Iglesia se
encerrase en si misma como una fortaleza que se defiende.
El cardenal Ratzinger destruyó y eliminó del vocabulario
eclesiástico el concepto de pueblo de Dios que para la
mayoría conciliar era el núcleo central del Concilio.
Aceptó toda la argumentación de R. Vekemans sobre el
marxismo de la teología de la liberación sin dar atención al
episcopado latinoamericano. Condenó la teología de la
liberación. El Papa trató de atenuar los estragos provocados
por la instrucción del cardenal Ratzinger, pero el mal
estaba hecho. La Instrucción de la Congregación de defensa
de la fe logró que esa teología latino-americana fuera
rechazada como peligrosa en la mayoría de las diócesis. Su
lucha contra esa teología fue implacable. Más fuerte que la
de Juan Pablo II que ya era bastante fuerte. De la teología
de la liberación desde entonces no se puede hablar ni en las
facultades de teología ni en los seminarios, salvo un poco
en Brasil.
Fue el gran adversario de la ordenación de las mujeres, y no
manifiesta señales de cambio en ese asunto.
Estaba muy cercano al movimiento de Giussani Communione e
Liberazione que defendió en la vida pública italiana las
tesis más rigurosas de la moral. Muy cercano también a los
movimientos lefebristas da la impresión de cultivar la
nostalgia de la Iglesia pre-conciliar.
Es una persona muy amable, de muy buenas relaciones
sociales, sin autoritarismo en la relación humana, pero
inflexible en la doctrina. Busca el diálogo y fueron muy
bien vistas sus conversaciones con Habermas o con Küng. Pero
son diálogos sin conclusión: mucha sonrisa, mucha
amabilidad, pero ninguna concesión sobre el fondo de la
cuestión.
En su discurso inaugural en Aparecida el Papa fue muy
moderado. No condenó a nadie. También no había nada para
condenar puesto que Roma tiene el control total sobre todo
lo que pasa en la Iglesia. Aún así su moderación era un
elemento muy favorable porque quiso dejar un espacio de
autonomía a los obispos.
Sin embargo, en el contexto de la Conferencia, los discursos
y las actividades, había dos señales representativas de su
pontificado.
Primero, en un discurso a los obispos del Brasil hizo
referencia a la salida importante de los católicos. Son
millones que se van a las Iglesias pentecostales. Los
obispos fueron culpabilizados porque entendieron que el Papa
les reprochaba una falta de fervor apostólico.
Como siempre en la Iglesia, los problemas son atribuidos a
fallas personales. El Papa no puede sentir que es un
problema de estructuras y de cultura., y que los más santos
obispos no podrían impedir esa huída. Pero en la Iglesia
nadie puede decir que el problema es estructural y nadie
puede insinuar que una cultura diferente pueda exigir
cambios. Entonces la culpa la tienen los obispos. Ahora bien
los obispos han sido escogidos por el Papa y hacen
rigurosamente todo lo que la Curia les manda. ¿Cuál es la
conclusión?
En segundo lugar las visitas y los encuentros del Papa
fueron con los movimientos, lo que manifestó una especial
cercanía entre el Papa y los movimientos, continuación del
pontificado de Juan Pablo II. El mensaje era claro para los
obispos.
2.
Vaticano II
La Conferencia de Medellín fue reunida para aplicar el
Concilio a América latina. El Concilio estaba presente a
cada momento. En primer lugar había el movimiento total, el
significado global del Concilio. En América latina fue
entendido como exhortación a los cambios. Los obispos
estaban reunidos para definir los cambios necesarios en la
Iglesia latinoamericana. Esta era su predisposición. Para
casi todos los obispos el Concilio había sido una gran
sorpresa. Todos abrieron los ojos y se convirtieron. Estaban
en Medellín con el fervor de neo-convertidos.
De modo más específico, la preocupación era la promoción de
los laicos, el cambio de los ministerios en el sentido de
servicio al pueblo de Dios, la opción por los pobres, el
servicio activo de la Iglesia en la liberación temporal de
los pueblos de América latina y el cambio de las estructuras
para dar respuesta a esos retos.
En Aparecida, la motivación fundamental no fue enunciada y
no se explicitaba. Había un tabú. Era la inmensa migración
de los católicos hacia las comunidades evangélicas. En
ningún momento se reconoció que éste era el motivo, pero en
las conversaciones informales siempre aparecía. El desafío
era encontrar una respuesta eficaz a ese problema. La
Iglesia estaba perdiendo terreno cuantitativa y
cualitativamente. Su influjo en la sociedad estaba
disminuyendo. No se podía reconocer públicamente. Habría
sido confesar una debilidad.
Por eso, el gran tema fue la misión. Si toda la Iglesia se
hace misionera ella podrá impedir la continuación del
proceso de huída de los católicos y reconquistar el terreno
perdido. De nuevo, no se podía reconocer que esa migración,
que es sobre todo de los pobres, tenía causas estructurales
y necesitaba cambios estructurales.
La causa y el remedio solo podía estar en los individuos:
ahora todos los católicos debían ser misioneros. No se
preguntaba por qué no lo son: solo podía ser por flojera. La
exhortación de los obispos sería suficiente para que
empezaran a hacer lo que no hacían. El problema era de
pereza y no era problema estructural o cultural. En este
momento no se piensa en cambios, sino más bien en
conservación o retorno al pasado para que los individuos
cambien en las mismas estructuras que impidieron que fueran
misioneros. No hay nostalgia del Concilio, sino más bien
nostalgia de la Iglesia pre-conciliar.
3.
El episcopado
Los obispos de Medellín estaban saliendo del Concilio con el
sentimiento de que estaba naciendo una nueva Iglesia. El
CELAM era para ellos una realización de la colegialidad
episcopal.
Pero había algo más que el Concilio: los organizadores de
Medellín venían del Pacto de las Catacumbas firmado en la
catacumba de Sta. Domitila en Roma el 16 de noviembre de
1965 por 40 obispos que querían hacer una opción personal
por los pobres. Discretamente como siempre don Helder Câmara
era el alma del Pacto y el alma de Medellín. Su profunda
amistad con Manuel Larraín y su experiencia de estrecha
colaboración en la fundación y el desarrollo del CELAM le
daba un destaque merecido.
Estos obispos querían que Medellín fuera en primer lugar un
programa de conversión para ellos mismos, los obispos. En la
opción por los pobres, en la lucha por la liberación de los
pueblos latinoamericanos querían estar al frente con la
voluntad de convencer a sus Iglesias particulares a adoptar
las mismas opciones.
Los del Pacto y otros ya se habían convertidos y ya vivían
en medio de los pobres una vida pobre y humilde, totalmente
ajena al modelo tradicional de obispo. No querían aparecer
como príncipes, sino como hermanos.
No todos los obispos latinoamericanos llegaron a imitar a
Helder Câmara, Leonidas Proaño, Enrique Angelelli, Fernando
Ariztía, Sergio Mendes Arceo, Samuel Ruiz y otros más
recientes como Oscar Romero. Pero algo cambió en el estilo
de vida de todos. Todos se hicieron más cercanos a su pueblo
y más cercanos a los pobres, aunque fuera poco.
Los obispos que orientaron Medellín querían estar al frente
de la conversión de la Iglesia a los pobres. Por eso todos
fueron perseguidos. Todos fueron castigados en Roma. Todos
fueron hostilizados por las autoridades políticas y odiados
por los poderosos.
Cuatro obispos murieron asesinados, tal vez cinco El signo
más famoso de esa persecución fue cuando la policía del
Ecuador prendió en Riobamba a 17 obispos latinoamericanos y
los llevaron a un cuartel de Quito, juntamente con 38
personas, entre las cuales, sacerdotes, religiosas, una
pastora alemana y seglares, entre ellos el futuro premio
Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.
Ese acto simbólico fue más significativo cuando se supo que
en el origen de esa prisión estaban el nuncio apostólico y
el arzobispo de Guayaquil, implacables enemigos de mons.
Leónidas Proaño.
El episcopado actual es diferente. Son personas muy dignas,
llenas de virtudes, realizando muy bien el modelo de Trento.
Son buenos administradores, preocupados con su diócesis.
Pero no hacen de los pobres su prioridad, no se meten en los
problemas sociales para defender a los oprimidos. Son
ministros del recinto sagrado, Viven en la Iglesia “ad intra”
y solo aparecen discretamente al lado de las autoridades
civiles o militares. No tienen conflictos y no suscitan
ninguna forma de persecución. Son discretos. La TV solo los
muestra en misas o procesiones, o bien al lado de las
autoridades en algunos eventos públicos.
Muchas veces son escogidos por su vinculación con
movimientos: Renovación carismática, Opus Dei, Schönstatt,
Focolari. En Brasil es notable el número de obispos hechos
por Chiara Luppich, la fundadora del movimiento Focolari. En
general los nuevos obispos son escogidos entre los que
trabajan con la clase media, pocas veces entre lo que
trabajan en el mundo popular: estos no ofrecen las mismas
garantías de fidelidad al modelo tradicional pre-conciliar.
En tiempos de Medellín varios obispos habían trabajado en la
Acción católica y fueron los que hicieron Medellín. Los
actuales nunca conocieron la Acción católica.
Los obispos actuales no pueden cuestionar estructuras de la
Iglesia. Se atienen a los dogmas definidos y a las normas
morales de la Santa Sede sobre todo en materia de sexo y
reproducción. Defienden los “derechos” de la Iglesia” más
que los derechos humanos y promueven la fundación de muchas
obras de culto o de caridad.
Hay algunas excepciones, por supuesto, pero son excepciones
que no logran cambiar la dirección básica del episcopado que
es conservadora, en el sentido de conservar el pasado.
En actividad ya no hay obispos que estuvieron en Medellín.
Los nuevos son muy controlados por la Curia romana y no
tienen ningún deseo de tener problemas con Roma. Cada vez
más son formados en Roma, incluso se escogen personas que
eran funcionarios de la Curia romana. Así queda más claro
que el obispo será un buen funcionario romano enviado a su
país de origen.
4.
EL CLERO
En tiempos de Medellín en muchas regiones todavía prevalecía
el modelo colonial. Los sacerdotes eran curas-párrocos en
las ciudades. Atendían también a una región rural cercana
pero esa actividad era muy limitada: algunas visitas cada
año y sobre todo participación en la fiesta del Santo o de
la Santa.
Casi todo el tiempo era reservado a la parroquia. La
parroquia concentraba casi toda la actividad pastoral. Había
entre los sacerdotes algunas asociaciones de piedad. La vida
del clero era esencialmente dedicada al culto. Se celebraban
fiestas magníficas con mucha expresividad.
El párroco era una autoridad social reconocida. La religión
todavía era reconocida públicamente y sus fiestas tenían
gran importancia social y cultural. La parroquia todavía era
una realidad cultural importante salvo en las grandes
ciudades con más de un millón de habitantes.
La industrialización estaba confinada todavía a algunas
ciudades. La clase obrera existía en esas ciudades pero
todavía no tenía gran expresión al nivel nacional y los
sindicatos estaban dominados por el Estado o por caciques
locales.
Sin embargo, ya había desde los años 50 algunos sacerdotes
que habían descubierto las periferias de las grandes
ciudades, el nacimiento de los tugurios y las
villas-miseria, que habían descubierto los problemas de los
obreros. En aquel tiempo penetró en algunos países la
Acción católica obrera y estos sacerdotes estaban en
contacto con ese movimiento, que les daba más motivaciones.
Trabajaban con algunos obispos, o bien en forma solitaria.
Querían descentralizar las parroquias y crear pequeñas
comunidades porque estaban bien conscientes de que los
nuevos pobres nunca irían a una Iglesia parroquial.
No se puede subestimar la contribución de los miles de
sacerdotes europeos que Pio XII mandó para América latina.
Los que venían tenían un espíritu misionero más fuerte y
traían experiencias de sus países. A veces creaban problemas
porque querían imponer algo que no respondía a la cultura
del pueblo, pero en general ellos se adaptaban.
Esos grupos de sacerdotes nacionales o extranjeros fueron
los iniciadores de las comunidades eclesiales de base
nacidas de la creatividad de algunos sacerdotes de la misma
región.
En aquel tiempo muchos comentaban que había pocos
sacerdotes. Había un sacerdote para cada 10.000 habitantes.
Hoy día el número de sacerdotes ha triplicado, pero la
población ha triplicado también de tal suerte que la
condición no ha cambiado. En aquel tiempo la mayoría de los
habitantes vivían en el campo y esos no ocupaban el tiempo
de los sacerdotes.
La formación en los seminarios menores o mayores era
habitualmente buena, mejor que ahora. Muchas vocaciones
venían de una familia de nivel cultural superior al promedio
del país. Por eso los sacerdotes parecían más cultos que
ahora, por supuesto en la cultura de ese tiempo.
En la actualidad el clero nacional ha crecido y los
extranjeros están en vías de desaparición. Pero el nuevo
clero es muy diferente del anterior. El anterior acogió y
quiso poner en la práctica el programa de Medellín. Una
parte importante se fue a vivir con los pobres de los
tugurios. Otros entraron en los problemas sociales
levantados por Medellín. Algunos entraron en Cristianos por
el socialismo, o en movimiento de revolución social o
nacional.
Les dieron mucha publicidad, pero numéricamente eran muy
pocos. La mayoría se dedicaba a la evangelización del mundo
popular y a la concienciación política y social dentro de
las normas de Medellín.
El nuevo clero sigue las normas de Juan Pablo II. Concentra
sus actividades en la parroquia. El seminario lo prepara
para administrar parroquias. Por eso tiende a centralizar de
nuevo la pastoral. No cree en las comunidades eclesiales de
base o en los pequeños grupos locales.
Valora mucho el culto y valora todos los elementos que
enriquecen el culto: paramentos litúrgicos, imágenes,
devociones, canto y conjuntos musicales. Hay muchas
oraciones. No hay formación teológica o bíblica o
espiritual. La música y el canto reemplazan a la reflexión y
al estudio. En esto este sistema corresponde muy bien a la
nueva cultura.
Frecuentemente los sacerdotes trabajan con los nuevos
movimientos: sobre todo con el movimiento carismático o
neo-catecumenal o de los focolares y muchos otros más, más o
menos importantes según la región. En ese caso, en la
práctica la pastoral la dirigen los movimientos. Ahora bien
los nuevos movimientos están presentes casi exclusivamente
en la clase media.
El nuevo clero no se mete en los problemas sociales, en el
desarrollo de la ciudad o en la cultura local. Los padres
son hombres “separados” como quería el Concilio de Trento y
como no quería el Concilio Vaticano II. Del Vaticano II,
poco se habla y de Medellín nunca.
La vida parroquial se hace más intensa pero limitada en el
espacio, porque alcanza solamente una parte de la población
bautizada..El mundo de los pobres ha sido abandonado y, en
la práctica, entregado a los evangélicos. La gente de la
parroquia pertenece a una clase media baja, y, a veces
también a una parte de la clase media más alta, pero siempre
menos.
Después del Vaticano II y de Medellín muchos sacerdotes
dejaron el ministerio. Pero este fue un problema general,
sobre todo en Europa. Fue bastante común atribuir a Vaticano
II o a Medellín la fuga de tantos sacerdotes. Era la
aplicación del sofisma “post hoc, ergo propter hoc”
En realidad el fenómeno coincidió con la inmensa revolución
cultural de los años 67-68. Esta destruyó las instituciones
tradicionales porque denunció todas las formas de autoridad:
la familia, la escuela, la universidad, el Estado y también
la Iglesia Sólo escapó la empresa mostrando así cuál era la
institución más fuerte.
Esta revolución continúa y también la salida de muchos
sacerdotes absolutamente sin relación con Medellín o
Vaticano II. Es un fenómeno que afecta a toda la cultura
occidental.
5.
L@s religios@s
La evolución de los religiosos y religiosas es en gran parte
paralela a la evolución del clero. En América latina la vida
religiosa había sido muy perturbada por los fenómenos
ligados a la independencia. La vida religiosa antigua casi
desapareció. Durante la segunda mitad del siglo XIX y la
primera mitad del siglo XX se reconstruyó la vida religiosa
por la llegada de innumerables congregaciones religiosas
venidas de Europa o de América del Norte.
Habitualmente fueron europeos o europeas que reinstalaron la
vida religiosa. Lo hicieron en los moldes de su patria de
origen. En aquel tiempo la estructura religiosa era rígida y
los europeos impusieron su modo de vivir a los nativos sin
ninguna adaptación. ¡Mala suerte!
De forma general, los religiosos y las religiosas se
dedicaron a las obras que realizaban en su país de origen.
La diferencia fue que en Europa se dedicaban en gran parte
al mundo popular y en América latina al mundo de la clase
media. Fue sobre todo a la educación, secundariamente a los
hospitales.
Nacieron congregaciones nacionales pero según el modelo
europeo que era el modelo romano, en el que la obediencia
era el resumen de la vida religiosa. Los religiosos varones
fueron orientados hacia las parroquias y perdieron su
carisma específico. Ocuparon el lugar de un clero diocesano
insuficiente. Otros, como también las religiosas, se
dedicaron a la educación de las burguesías de las ciudades.
Ignoraron la existencia del inmenso mundo de los pobres.
Llegó el Vaticano II y llegó Medellín. Cada evento trajo una
crisis. La crisis de identidad de los religiosos afectaba a
las congregaciones europeas, pero indirectamente también a
sus sucursales latino-americanas. En Medellín apareció la
crisis de la aplicación del modelo romano para una América
latina que se hacía consciente de su identidad y de su
propia historia.
“Los cambios provocados en el mundo latinoamericano por el
proceso de desarrollo, y, por otra parte, los planes de
pastoral de conjunto a través de los cuales la Iglesia de
América latina quiere encarnarse en nuestras realidades
concretas, realidades de hoy, exigen una revisión seria y
metódica de la vida religiosa y de la estructura de la
comunidad”. (Religiosos, 7).
Vaticano II y Medellín provocaron dentro de los Institutos
religiosos dramas pequeños o grandes, personales o
comunitarios. Era muy difícil mantener la unidad, era muy
difícil legar a la unanimidad para realizar cambios en la
práctica de cada día, como en los objetivos y la razón de
ser del Instituto, lo que llamaban el carisma de la
congregación.
A la resistencia de los mayores de edad se juntaba la
resistencia de los religiosos o las religiosas que habían
importado un modelo extranjero y asistían a su contestación
por los jóvenes.
Al conflicto de generación se añadió el conflicto entre
naciones y culturas nacionales. En general hubo divisiones
en los Institutos religiosos Una parte de los religiosos o
de las religiosas se fueron al mundo de los pobres y otra
parte se quedó en el mundo de la clase media.
Muchos y muchas jóvenes encontraron en Medellín una
motivación fuerte para emanciparse de una estructura muy
dura y sin relación con su cultura nacional. Muchos
religiosos y religiosas dejaron la vida religiosa después de
haber vivido dramas muy dolorosos.
Además, otro problema vino a perturbar la evolución de los
Institutos religiosos: la concurrencia de los nuevos
movimientos que movilizaron muchísimas mujeres jóvenes
llenas de ideal. La vida religiosa ya no era el único camino
para dedicar su vida a Dios y a su reino.
Para los varones, la situación no era igual. Lo que los
candidatos buscaban en general era más bien el sacerdocio, y
no la vida religiosa. La vida religiosa era una forma de
vida parroquial. No les importaba mucho el color. Entraban
en tal congregación porque era la más asequible. Y había
menos posibilidades para los varones en los nuevos
movimientos.
La CLAR tuvo un papel extraordinario para incentivar los
cambios exigidos por Vaticano II y Medellín. Tuvo en la
directoría durante muchos años personalidades de valor
excepcional.
Al principio hubo entendimiento perfecto entre el CELAM y la
CLAR. Cuando en 1972 Alfonso López asumió de hecho poderes
dictatoriales en el CELAM, inició la guerra. Quiso destruir
la CLAR. Logró infligirle daños importantes. Claro está que
la CLAR ya no tiene en América latina el influjo que tuvo
alrededor de Medellín.
Los religiosos y las religiosas han pasado por una evolución
semejante a la evolución del clero. Las nuevas generaciones
buscan una vida religiosa menos comprometida con el mundo
exterior, más intimista, más recogida en modelos de oración
más tradicionales. Las congregaciones que tienen más
vocaciones son las que se mantienen fieles a las estructuras
pre-conciliares.
Pero hay Institutos religiosos que se han mantenido en la
línea de Medellín a pesar de los vientos contrarios. Las
grandes Órdenes tradicionales se mantienen más fieles aunque
con un número más reducido de miembros.
Los religiosos han sufrido el contra-golpe de la preferencia
dada a los nuevos movimientos laicales por Juan Paulo II, y,
aparentemente por el Papa actual. Los religiosos nunca han
sido los queridos de Juan Paulo II, seguramente porque no
les encontraba suficientemente obedientes
Es verdad que después de Trento las congregaciones han sido
como el ejército del Papa para defender incondicionalmente
la política del Papa. Después de Vaticano II y de Medellín
han abandonado ese oficio y hasta ahora los movimientos lo
han asumido.
Hubo fundaciones importantes buscando el retorno al esquema
rígido del catolicismo tridentino. Se ubican voluntariamente
al revés de la evolución cultural moderna. Son defensores
agresivos de la moral rígida en materia de sexo y de
reproducción, y, por eso tienen un acceso privilegiado en
Roma. Son sobre todo el Opus Dei y los Legionarios de
Cristo, pero hay muchos otros más locales o menos numerosos
como el Sodalitium en Perú. Son totalmente ajenos al
espíritu de Medellín.
Por otro lado, están apareciendo muchos grupos de jóvenes
que quieren dedicar su vida a Dios según el evangelio, sin
que se sepa si van a evolucionar hacia una forma de vida
religiosa o hacia una forma laical. ¿Será una respuesta? Hay
también muchos grupos o asociaciones que dan señales de
desequilibrio humano.
El Papa dijo que los obispos debían practicar el
discernimiento A veces parece que también en Roma falta
discernimiento.
6.
Los laicos
Lo que se entiende por laico ha cambiado más que todo lo
demás. El documento de Medellín menciona dos categorías de
laicos. Hay movimientos de laicos que
“no supieron ubicar debidamente su apostolado en el contexto
de un compromiso histórico liberador” (Movimientos de
laicos, 4).
No es difícil identificarlos: son el Apostolado de la
Oración, las congregaciones marianas, las antiguas
hermandades, y las asociaciones que preparan fiestas
religiosas, peregrinaciones o practican devociones propias.
Había muchas controversias a propósito de ellas en aquel
tiempo. Medellín las desacredita.
“Lo típicamente laical está constituido por el compromiso en
el mundo, entendido éste como marco de solidaridades
humanas, como trama de acontecimientos y hechos
significativos, en una palabra como historia. El compromiso
debe estar marcado en América latina por las circunstancias
peculiares de su momento histórico presente, por un signo de
liberación, de humanización y de desarrollo” (Movimientos de
laicos, 9).
Los movimientos laicales aprobados y estimulados son los que
se comprometen con la liberación por su acción en el mundo.
Tampoco es difícil identificarlos: son los movimientos de
Acción católica, y los movimientos políticos nacidos de eses
movimientos. ¡Los tiempos han cambiado! Vino el tiempo en el
que hablar de liberación ya era sospechoso.
Las comunidades eclesiales de base todavía no aparecían como
movimiento global. Ellas ya existían en varios lugares bajo
nombres distintos. Medellín les dará una expansión
extraordinariamente rápida, pues en Puebla ya son un
movimiento importante, objeto de controversias muy fuertes.
Pues, pocos años después de Medellín, con el golpe de Sucre
en donde Alfonso López se hizo el dictador del CELAM,
comenzó una campaña muy bien montada, dirigida desde los
Estados Unidos y con la contribución de los poderes
económicos locales, de los medios y también con la
contribución militar. Fue una campaña de denuncia de las
comunidades eclesiales de base, y una campaña en contra de
la Acción católica, y de los movimientos políticos con los
que católicos colaboraban. Todos fueron denunciados como
comunistas.
En los regimenes militares los movimientos políticos de
liberación fueron exterminados. Miles de católicos
comprometidos fueron muertos. En América central (Guatemala,
Honduras, El Salvador) fueron decenas de miles.
Los movimientos de Acción católica fueron perseguidos:
muchos miembros fueron muertos. Las comunidades eclesiales
de base fueron perseguidas sobre todo en América central.
Además las comunidades eclesiales fueron víctimas de la
campaña de difamación también en la Iglesia. Muchas fueron
abandonadas por el clero, otras desaparecieron porque sus
dirigentes fueron muertos o presos. Muchas de las que
subsisten han perdido su carácter original y son comunidades
de culto.
Sobrevive una minoría en algunas diócesis, en donde son
aceptadas o toleradas por el obispo y apoyadas por un padre
o una religiosa. Estas comunidades tratan de vivir su
compromiso en el mundo según las posibilidades actuales. En
total los laicos han pagado un precio de sangre muy alto. Y
un precio de sufrimientos en las cárceles, o los campos de
concentración.
Los laicos fueron las mayores víctimas de la persecución en
contra de Medellín. Si usaban la palabra liberación, ya
eran comunistas. Después de la caída de los militares no se
volvió a la situación anterior porque la Iglesia había
cambiado.
Nuevos movimientos habían surgido. Venían de Europa o de los
Estados Unidos. Venían con muchos medios porque venían de
países ricos y porque en esos países estaban muy bien
instalados en la clase rica.
Estos movimientos llegaron ya con su estructura hecha. Por
eso son también ajenos al espíritu de Medellín puesto que no
conocen la evolución de la Iglesia y se instalan como islas
de cultura superior en medio de las poblaciones
latinoamericanas.
Son acogidos con entusiasmo por las clases medias y
superiores que se encantan con las bellezas importadas desde
países más desarrollados y más cultos.
Los nuevos movimientos llegaron antes de Medellín, pero no
tuvieron mucha expansión. En Medellín no se habla de ellos.
Fue sobre todo a partir de los años 70 cuando se
multiplicaron y ocuparon un lugar importante en la vida
social y política. Ahora han llegado a ser la fuerza
dominante en la Iglesia.
Pertenecen a la clase media que es la única que puede entrar
en sus modelos culturales. Ignoran el mundo popular, salvo
en parte los movimientos carismáticos.
Su éxito se debe en gran parte a la evolución social. Con la
globalización las organizaciones populares perdieron su
fuerza social y política. También hubo la gran migración del
campo para la ciudad que debilitó mucho las tradiciones
religiosas del pueblo del campo. Nació una clase media más
numerosa mientras la clase obrera iba disminuyendo por las
nuevas tecnologías que eliminaron mucha mano de obra.
Millones de campesinos expulsados de la tierra vinieron a
formar las inmensas masas que viven en las periferias de
megalópolis con más de 5 millones de habitantes, inmensas
masas de marginados sin empleo, sin garantías sociales, con
habitación muy precaria. Forman entre ellas una pequeña
economía paralela.
La Iglesia católica las abandonó y ellas migraron para
Iglesias evangélicas. Con eso la presencia del mundo popular
en la Iglesia solo podía disminuir.
Todavía hay viejos fieles a Medellín que mantienen restos de
organizaciones populares, pero su influjo real en la
pastoral es mínimo. A veces todavía algunos recuerdan el
discurso de Medellín pero la vida corre por otros caminos.
El movimiento más fuerte, que logra a veces penetrar en el
mundo popular, es el Movimiento carismático. Como todos los
movimientos sustenta obras de caridad para ayudar a los más
abandonados, y hacen en eso un trabajo excelente.
Pero están muy lejos del espíritu de Medellín. El centro es
la oración carismática con fenómenos sicológicos típicos que
atribuyen al Espíritu Santo. No se puede descartar que haya
fenómenos místicos, pero no es lo más común y la mística
nunca ha sido un fenómeno de masa.
Hay en la humanidad una larga tradición de experiencias
religiosas de masa con exaltación religiosa que dan la
impresión de ultrapasar las fronteras del conocimiento
natural, como si fuera la entrada en un mundo sobrenatural.
Basta evocar las religiones africanas que han llegado con
los esclavos y están llenas de semejantes fenómenos.
Los fenómenos carismáticos cumplen con un problema creado
por la civilización capitalista: el vacío de espiritualidad,
la soledad, el desamparo en una sociedad que ignora a las
personas y las trata como puros productores-consumidores.
En la reunión de oración carismática el hombre y la mujer
salen de su aislamiento: sienten que Jesús está con él o
ella y les ofrece socorro en los sufrimientos de la vida.
Viven habitualmente en un purgatorio y de repente pasan
algunas horas en el cielo.
Además, con la gran vuelta al culto, hay un número siempre
más importante de laicos al servicio de las parroquias y
sobre todo del culto. Aparecieron muchos ministerios
litúrgicos con paramentos que recuerdan las antiguas
hermandades. Esos laicos no tienen ninguna relación con
Medellín.
El laicado está muy dividido en partidos que parecen
antagónicos. Hay los que vuelven a las Cruzadas como los
Heraldos del evangelio. Otros vuelven a Trento, como los
Legionarios de Cristo o el Opus Dei. Otros están integrados
en la lucha de la Iglesia para defender su posición
privilegiada en la sociedad, fase inaugurada por los Papas
Pio’s y reasumida por los nuevos movimientos.
Por otro lado hay el resto de las comunidades eclesiales de
base. Hay algunos sobrevivientes de los movimientos de
liberación al lado de otros que se han convertido a la
globalización neoliberal. Finalmente hay los que sirven en
la parroquia fuera del tiempo, del mundo terrestre y de la
historia.
También no podemos olvidar que la nueva cultura de masa que
procede de los Estados Unidos, logra ocupar de tal modo la
psicología de la juventud que quedan pocas entradas para
algo religioso. La juventud sabe poco de la antigua cultura
rural tan religiosa. En las favelas poca cosa subsiste de
ese pasado.
7.
La Iglesia y el mundo
Medellín se ubicó en la línea de Gaudium et Spes y
de Populorum Progressio. Quiere tratar de la Iglesia
como servicio al mundo, incluso en su evolución terrestre y
actual. Cuando mira hacia el mundo, es para buscar la
contribución que puede darle. Las primeras palabras de la
introducción ya lo dicen claramente:
“La Iglesia Latinoamericana, reunida en la Segunda
Conferencia General de su Episcopado, centró su atención en
el hombre de este continente, que vive un momento decisivo
de su proceso histórico”.
Medellín deja de ver al hombre como objeto inerte de la
evangelización, puro receptor pasivo destinado a ser formado
por la Iglesia. Ve en el hombre un sujeto activo que
construye su existencia y un mundo nuevo. No se trata de
formar al hombre como si se dejara manipular pasivamente.
Esta fue la visión de la Iglesia durante toda la
cristiandad. Medellín rompe con esa visión.
Los obispos de Medellín tienen viva conciencia de que
América latina está en un proceso de conquista de autonomía,
de búsqueda de liberación, de creación de una sociedad más
justa. El sentimiento de cambio era básico, así como él es
inexistente en la actualidad.
Los obispos se ubicaban en medio de los diversos movimientos
de liberación de ese tiempo. Rechazaban, pero con
comprensión, los movimientos que querían una revolución por
las armas. Claro que era una alusión a Cuba y a todos los
movimientos que empezaban a querer realizar una revolución
semejante en su país.
Todos se acordaban de Camilo Torres, y no querían otros
Camilo Torres. Pero daban fuerte apoyo a los movimientos que
buscaban una revolución por medios pacíficos y el modelo era
el Chile de Eduardo Frei., católico convicto y fervoroso.
Todos, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos eran
convocados para entrar en luchas semejantes.
En aquella época dominaba un gran optimismo histórico. Había
un gran optimismo en la confianza en la fuerza histórica de
los pobres, de la concienciación y de la Iglesia. Esto ha
desaparecido desde la restauración de la llamada democracia.
La globalización lo aplastó.
En el tiempo de Medellín ya había en Brasil una dictadura
militar nacida de un golpe el 31 de marzo de 1964. Ese golpe
militar fue acogido por el episcopado y la inmensa mayoría
de los católicos como un regalo de Dios. Agradecieron a los
militares que habían salvado el país del comunismo. Miles de
católicos habían sido muertos, presos o exiliados. De eso no
se habló en Medellín.
En Brasil algunos obispos ya habían empezado a abrir los
ojos, animados por dom Helder, dom Távora, dom Fragoso y
otros pero la mayoría no imaginaba lo malo que podían ser
los regímenes militares. La CNBB perseveraba en su
confianza en los militares y creía que realmente su país
había estado en situación de peligro de comunismo.
Pero luego en 1968 el régimen se puso más duro en Brasil y
aparecieron golpes militares en Chile, Uruguay, Argentina,
Perú, Ecuador, Bolivia. En Colombia una dictadura militar no
era necesaria puesto que, dada la guerra civil, los
militares dominaban de hecho la política. Después vinieron
El Salvador y Guatemala. En otros países no fue necesario
porque el mando estaba en manos de dictadores civiles que
eran fieles servidores de Estados Unidos: República
Dominicana, Haití, Nicaragua, Paraguay. Honduras. En México
el PRI era una garantía.
La Iglesia quedó dividida. Después de 1970 en Brasil,
algunos meses después del golpe en Chile, el episcopado se
puso crítico de los militares. La Iglesia fue un refugio
para muchos perseguidos políticos y nacieron instituciones
de defensa de los derechos humanos bajo la protección de los
obispos.
En esos países la resistencia al gobierno militar
dictatorial favoreció la expansión de las comunidades
eclesiales de base. Aunque fueran sospechosas y muchas veces
perseguidas, ellas ofrecían una base de resistencia.
En la Argentina el episcopado, salvo pocas excepciones, se
identificó con los generales. Cerró los ojos. 30.000
murieron sin que los obispos dijeran nada. El nuncio jugaba
tenis con el almirante Massera el más cruel de la Junta
Militar.
Hubo resistencia de algunos sacerdotes y algunos laicos,
pero muchos militantes católicos habían sido asesinados. El
drama de las Madres de la Plaza de Mayo ilustraba muy bien
la situación.
En Perú, el general Velasco Alvarado realizó algunas
reformas sociales pero fue reemplazado. En el Ecuador, los
militares se mostraron más moderados que en la Argentina.
Por eso en Perú y Ecuador los conflictos fueron menos
acentuadas, y las complicidades menos graves.
En América central sucedió lo peor. En El Salvador la
mayoría de los obispos apoyó a los militares incluso después
del martirio de mons. Romero. Mataron muchos miles pero la
voz de mons. Romero no encontró apoyo en la mayoría de los
obispos.
En Guatemala la Iglesia tomó una actitud de denuncia y de
resistencia, pero decenas de miles fueron asesinados por las
fuerzas militares.
Roma siempre tuvo una actitud ambigua. Globalmente dio apoyo
a los gobiernos militares. Lo más escandaloso fue en la
Argentina y en Chile. En Chile el nuncio Angelo Sodano fue
aliado fiel de Pinochet y cambió todo el episcopado que
estaba en la oposición.
En Brasil hubo conflicto permanente de la nunciatura contra
la Conferencia episcopal. En el Ecuador la nunciatura
provocó la prisión de los 17 obispos reunidos en Riobamba.
En El Salvador la mayoría de los obispos dieron apoyo a los
que mataron a Romero.
Roma tenía acuerdos con los Estados Unidos y se había
comprometido en la lucha contra el comunismo. Adoptaba todas
las informaciones de las agencias norte-americanas
denunciando el comunismo en cualquier movimiento social o
popular.
Un momento significativo fue el viaje de Juan Pablo II a
Nicaragua en donde había tres sacerdotes en el gobierno
sandinista. Otro fue el viaje a Cuba en donde el Papa
pensaba que iba a levantar un movimiento popular en contra
de Fidel Castro. No pasó nada.
Los obispos críticos del sistema militar fueron castigados,
por ejemplo los cardenales Lorscheider y Arns en Brasil, y
muchos otros.
Terminaron los gobiernos dictatoriales militares. Vino la
democracia. Este cambio fue bien acogido por casi todos los
católicos, salvo algunos argentinos. Pero esa democracia
llevó de hecho a una desmovilización popular.
La Iglesia como muchos pensó que la democracia iba a
instalar sistemas sociales justos, iba a promover a los
pobres y a garantizar una participación de todos los
ciudadanos en el gobierno. Creían que la liberación
anunciada en Medellín iba a realizarla el gobierno
democrático y no ya la concienciación popular.
Lo que sucedió fue otra cosa. Fue la instalación del sistema
económico neoliberal en todos los países. En los 90 cada
país tuvo un presidente que se encargó de abrir las puertas
de su país a las multinacionales, al capital extranjero, al
libre mercado. Se trataba de modernizar la economía
aplicando los preceptos del neoliberalismo. Se trataba de
transformarlo de tal modo que en poco tiempo pudiera entrar
en el Primer Mundo.
En esa forma pusieron a su país en la dependencia de las
potencias dominantes. Los poderosos no practican el libre
mercado pero quieren imponerlo a los países más débiles:
quieren conquistar las naciones más débiles por la
dependencia económica.
Las víctimas fueron los pobres. Aumentó la pobreza de forma
catastrófica. Lo peor fue en la Argentina pero todos los
países sufrieron. La emigración a los Estados Unidos y
Europa apareció a muchos latinoamericanos como la única
solución. Vino la crisis en los Estados Unidos y hoy día hay
una amenaza de depresión en todas las naciones
dependientes.
Los pobres fueron las victimas porque se destruyeron los
movimientos populares por todos los métodos posibles, se
redujeron las leyes sociales de protección a los
trabajadores, apareció una inmensa cesantía y la creación de
una economía informal entre los millones de habitantes de
las grandes ciudades, excluidos de la vida ciudadana.
La reacción de la Iglesia ha sido muy débil. Queda la
impresión de que la jerarquía opina que ese problema es de
los laicos y ella no tiene por qué intervenir. Pero los
laicos católicos ni hablan, ni actúan, si la jerarquía no
levanta la voz. Han sido formados para obedecer y no para
tomar iniciativas. Y no tienen autoridad en la Iglesia, ni
en la sociedad.
Los poderes económicos dominantes controlan el inmenso
aparato tecnológico que permite centralizar todas las
informaciones que circulan en el mundo. Siempre defienden
sus privilegios y engañan a los pobres.
El poder ideológico del sistema de globalización es algo
nunca imaginado en la historia. Existe realmente un
pensamiento único. Cómo habrá democracia con un pensamiento
único. Estamos en una dictadura mundial dirigida por un
grupo reducido de poderes financieros.
No es una dictadura como las del siglo XX. Es mucho más
profunda porque su aparato ideológico es mucho más fuerte.
No se trata solamente de escribir documentos que nadie lee.
Son necesarios signos elocuentes de denuncia y de repudio
del sistema. Por si sola la llamada doctrina social de la
Iglesia es totalmente ineficiente. Las clases dominantes no
le dan ninguna importancia porque no molesta en nada.
La voz de Medellín fue muy fuerte porque suscitó una
reacción formidable de los poderosos. Los de Medellín fueron
perseguidos: señal de su valor evangélico. Ahora la Iglesia
no es perseguida. Está durmiendo tranquilamente sin temer
nada. No es una buena señal.
En la práctica muchos católicos y casi todos los de clase
media aceptan la evolución actual del sistema
socio-económico. Viven según el principio moral del sistema:
cada cual cuida de sí mismo. Todos tratan de ser buenos
productores-consumidores dentro de las normas morales del
sistema o bien poquito al lado.
La Iglesia está separada del mundo económico, social e
informativo. No cuenta para nada y ella no se molesta.
En estos últimos años han aparecido gobiernos de un tipo
diferente. Son gobiernos conducidos por líderes con mucha
fuerza carismática que fueron elegidos por las masas
populares contra la clase dominante tradicional. Ellos
disponen de un apoyo popular, sobre todo de los más pobres y
realizan reformas sociales que benefician a los pobres sobre
todo en materia de educación, salud, habitación, sueldo
vital. Esto se ha producido en Venezuela, Bolivia, Ecuador,
Nicaragua, Paraguay.
Por primera vez las elecciones han logrado derrumbar las
clases tradicionales que mantuvieron el estado de pobreza de
las masas. Fue una señal de que por medio de elecciones
democráticas es posible en algunas circunstancias establecer
gobiernos que logran hacer algunas de las reformas que la
Iglesia reclama hace muchos años.
Sin embargo, esos gobiernos encuentran una oposición en
algunos casos incluso muy virulenta por parte de la
jerarquía y buena parte del clero. El clero conducido por
sus obispos toma la defensa de las clases que dominaron y
oprimieron el país durante siglos. Esto muestra que la
Iglesia actual está muy lejos de los pobres, ni los conoce,
ni los entiende, ni los acepta a pesar de discursos bonitos,
pero sin contenido real.
El mismo documento de Aparecida alude a esos nuevos
gobiernos en forma claramente negativa (n. 74). Es una señal
de que los obispos escuchan lo que dicen las elites y no lo
que piensa el pueblo de los pobres.
La jerarquía exhorta a los laicos a que asuman compromisos
políticos, pero el sentido es ambiguo, porque se tiene la
impresión de que la acción de los laicos tiene por criterio
la defensa de los derechos de la Iglesia, más bien que los
derechos de los pobres y para imponer a la sociedad entera
la moral definida por los Papas.
Como en el siglo XIX y durante la época de los Papas Pio’s
la Iglesia está a la defensiva. Defiende su pasado. Lo
contrario de lo que querían Vaticano II y Medellín.
8.
¿Qué queda de Medellín?
Queda una señal inolvidable. Medellín es más evangélico que
todos los Concilios ecuménicos. Por eso Medellín tiene
mucho más sentido. Pero aplicarlo siempre será difícil.
Que la Iglesia sea evangélica es muy difícil. La cuestión de
la pobreza es el gran desafío. Jesús nació pobre, vivió
pobre, murió pobre, actuó en medio de los pobres, quiso
liberar a los pobres, restituirles la conciencia de su
dignidad, de su valor, de ser los privilegiados de Dios y
darles una vida mejor aquí mismo en la tierra y no solo en
el cielo. En el evangelio la cuestión de la pobreza es
prioritaria.
Puesto que la prioridad de los pobres, que incluye que la
Iglesia sea de los pobres es algo terrible, espontáneamente
tratamos de eliminar esa exigencia, atenuando el sentido de
las palabras de los evangelios, buscando todos los
subterfugios posibles para no ver la verdad.
Claro está que debemos reconocer nuestra debilidad y nuestra
incapacidad de ir lejos en el camino de Jesús, pero debemos
reconocer que es el único válido. Los obispos de Medellín lo
hicieron. Los Concilios anteriores no lo hicieron. Estaban
preocupados con otras cosas que, sin embargo, eran
secundarias.
Esto fue posible en Medellín porque muchos participantes ya
estaban bien adelantados en el camino de Jesús, no en las
palabras, sino en la realidad material de la vida de cada
día.
En segundo lugar, queda una minoría abrahámica que permanece
fiel y mantiene viva la llama de Medellín, buscando la vida
evangélica. Gracias a esa minoría de obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos, Medellín deja más que un
libro y un recuerdo de cristianos del pasado, Medellín
permanece vivo porque algunos lo viven y dan testimonio en
medio de la Iglesia que trata de evitar el tema.
En la historia cristiana hubo muchas personas, laicos,
ordenados, consagrados que siguieron ese camino de Jesús.
Pero nunca hubo una asamblea de obispos, lo que le confiere
un valor de autenticidad más grande.
José Comblin
Editor: Enrique A. Orellana F.
CUADERNOS OPCION por los POBRES - CHILE
MOVIMIENTO TEOLOGIA de la LIBERACION
opcion_porlospobres_chile@yahoo.com