Cristianos con mentalidad laica
Allá por
los años sesenta del siglo pasado, los misioneros populares
clamaban desde los púlpitos: ¡Se está perdiendo el sentido
del pecado!
Analizando aquella denuncia con la perspectiva actual,
podemos decir que aquel tímido proceso evolutivo era quizá
el primer brote esperanzador de una sociedad laica desde el
dinamismo imparable de su propia raíz telúrica.
Sin
embargo, ese mismo proceso, analizado desde una perspectiva
confesional, se percibía como una perversión suprema.
Ni que
decir tiene que existen muchas personas creyentes que tienen
mentalidad laica. Y no es una contradicción. Al contrario,
significa sacar nuevas y más profundas consecuencias de su
propia fe religiosa. Me refiero específicamente a la fe
cristiana, porque es mayoritaria en nuestra sociedad y
porque es la que en España plantea más conflictos
institucionales, por llamarlos de algún modo, a la hora de
tomar asiento en una sociedad laica.
Está muy
claro. Una sociedad laica no debe tener sentido del pecado.
El concepto de pecado se sitúa fuera de esa cosmovisión
plural de la vida y de las personas, de las culturas y
sensibilidades que integran una sociedad laica. Pero es
importante subrayar que existe un punto clave de encuentro.
La tradición judeo-cristiana contiene una poderosa veta
ininterrumpida donde la religión se concreta en practicar la
justicia, atender al huérfano y a la viuda, al extranjero y
al inmigrante...
Los
sectores más necesitados de aquella sociedad. Y el Nuevo
Testamento, en la primera carta de Juan, formula con toda
claridad: "Toda injusticia es pecado". El pecado es la
dimensión religiosa de la injusticia, en cuanto se opone al
proyecto de Dios sobre la fraternidad y la felicidad de
todos los seres humanos, tal como lo formuló Jesús de
Nazaret.
En lugar
del sentido del pecado, cualquier sociedad con un mínimo
proyecto de dimensión humana debe tener un agudo sentido de
la injusticia. Esa es su esperanza de futuro: que la
percepción de la injusticia se haga más firme y más
generalizada. Y que los mecanismos de reacción frente a la
injusticia sean más ágiles y más eficaces.
Nuestra
rebelión individual y colectiva frente a la injusticia del
hambre en el mundo, nuestra protesta activa frente a la
exclusión social, nuestra denuncia, por ejemplo, de la
Directiva Europea de la Vergüenza contra la población
inmigrante... todo este tipo de actuaciones son un indicador
encomiable de salud social. Y actúan como revulsivo incómodo
ante los poderes públicos.
En
cambio, la pasividad, el silencio evasivo y esa complicidad
más o menos diluida en que nos encontramos inmersas las
sociedades opulentas, porque trincamos la mejor parte, son
los mejores aliados para que se consolide la injusticia como
estructura social permanente.
El reto,
por tanto, es de los poderes públicos, de los colectivos
políticos y sociales y de cada persona en su específica
responsabilidad individual. De modo que una persona creyente
y laica a la vez se encuentra perfectamente cómoda en una
sociedad laica.
Hay más
cambios de lenguaje que no acaban de encajar en mentalidades
religiosas tradicionales. Por ejemplo, no tiene sentido
hablar de mandamientos de la ley de Dios en una sociedad
laica porque los mandamientos divinos son pautas para la
convivencia humana que se enmarcan en motivaciones
religiosas. Pero el fondo común de convergencia son los
derechos humanos como la fórmula más justa, armoniosa y
placentera de convivencia. Y la que debería ser puesta
eficazmente en práctica por todas las leyes de todos los
países.
Este
reto común es un nuevo espacio de convergencia para todas
las sensibilidades religiosas, políticas, filosóficas o
sociales donde podemos encontrarnos todos los seres humanos.
Un
último ejemplo. Jesús de Nazaret hablaba con mucha
frecuencia sobre el reino-reinado de Dios. Esta formulación
pertenece a la cultura judía de aquella época, pero se aleja
mucho de nuestra comprensión actual. El nacional-catolicismo
encontró un poderoso baluarte político-religioso en el
Reinado Social del Sagrado Corazón y en aquellos pomposos
actos donde se consagraba España al Sagrado Corazón. Por
fortuna, tenemos un lenguaje laico que formula en términos
comprensibles y aceptables para infinidad de personas
aquella utopía que Jesús fue desgranando con su vida, pero
que no es exclusiva del cristianismo ni del propio Jesús:
¡la sociedad alternativa! ¡Otro mundo es posible!.
Infinidad de personas creyentes nos sentimos cómodas y
entusiasmadas en una sociedad laica. Con nuestras
específicas motivaciones religiosas podemos trabajar codo a
codo con otra mucha gente en favor de la justicia y de la
solidaridad.
Pope
Godoy