CONCIENCIA EPISCOPAL
La
Iglesia debiera ser un espacio de libertad. La verdad nos
hará libres. Pero también es cierto que sólo la libertad nos
llevará a la verdad. Porque la libertad es un estado de
inquietud que no permite estancamientos. Implica búsqueda
constante. Es conciencia de hondura itinerante. Dada la
finitud del ser humano, la verdad tiene que estar siempre
por descubrir, por alcanzar, en permanente estado de
consecución. La verdad alcanzada es un premio a la muerte
en cuanto conclusión definitiva y definitoria. Mientras se
vive se está en peregrinación, en camino, en situación de
provisionalidad.
La
Iglesia, en cuanto prójima de ese peregrinar, debe ser la
anchura donde se realiza la libertad buscadora. La anti-Iglesia
es por el contrario conciencia cerrada sobre sí misma, sin
horizontes, definida por el presente, concluida en el hoy.
Sin embargo, evangélicamente hablando, la Iglesia es
apertura al futuro escatológico, sin el cual, como el rico
que ha atesorado todo, permanece muerta.
Los
Obispos españoles, no digo la Iglesia española, pretenden
taponar ese espacio de libertad con normas, con reglamentos,
con actitudes que no permiten al cristiano entender su
dimensión de búsqueda arriesgada, de inquietud peregrina.
Todo está previamente otorgado y sólo la obediencia ciega le
asegura la salvación. La conciencia episcopal es la norma
suprema y fuera de ella todo es perdición. La libertad del
espíritu permanece enjaulada y le es negada al cristiano de
forma dictatorial.
El
enfrentamiento de la Jerarquía con un gobierno legítimamente
constituido no es signo de libertad, sino más bien sacrílego
orgullo de quien se instala por encima del bien y del mal,
de quien exorciza la historia desde un dogmatismo
dictatorial. A nadie se le otorga el derecho de pernada
sobre el quehacer histórico. A nadie se le entrega el
monopolio de la verdad. Ni un gobierno puede ejercer el
dominio de sus ciudadanos ni puede ejercer ese dominio la
Iglesia. Las dictaduras estrangulan al hombre privándolo de
su libertad, de su posibilidad de decisión.
La Jerarquía española ejerce su papel inquisitorial hasta la
degradación suprema. Se ha echado al monte y desde allí
dispara sin tregua sobre todo lo que se mueve. Y no cabe la
postura que la conduce a un complejo de persecución. La
Iglesia en España no está perseguida. Es más bien una
furtiva que acosa a su presa hasta retorcer su derecho a
construir la historia.
La
Iglesia ha dejado de ser, si alguna vez lo fue, un espacio
de libertad.