IGLESIA     

                             
                              

 

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Cómo es la comunidad

de Guadalupe (Madrid)

 

 

Se han publicado numerosos libros en los que se explica con detalle y acierto lo que debe ser la Comunidad Cristiana, por lo que sería una pretensión un tanto pedante querer aclarar conceptos teóricos sobre la misma. Tampoco pretendo describir cómo es la comunidad cristiana de laicos.

 

Comunidades hay muchas y muy diversas… Desde aquellas cuyos miembros viven juntos compartiendo mesa y techo…; las que han conseguido vivir en un mismo edificio con algún espacio común donde se reúnen y oran…; las que teniendo un proyecto común, cada uno vive donde puede, dedicando a las reuniones comunitarias algunas horas semanales… Hay comunidades parroquiales –ya las menos desgraciadamente- las hay extra parroquiales…

 

Nosotros somos de las mencionadas en tercer lugar y de las llamadas “parroquiales”, porque fue desde la parroquia de Ntra. Sra. de Guadalupe de Madrid desde donde, hace treinta años, se nos invitó a vivir la experiencia comunitaria.

 

Es posible que nos parezcamos muy poco al ideal de comunidad que con frecuencia describen los teóricos del tema, pero al aceptar -no sin cierto temor y temblor- la invitación que nos hace Alandar, lo único que pretendemos es compartiros humildemente cómo fue nuestro proceso, cuál fue y cómo se gestó nuestro proyecto y a dónde estamos poniendo nuestros acentos en nuestra actual andadura comunitaria.

 

 

Cómo fue nuestro proceso

 

La parroquia fue muy consciente de que formar una Comunidad Cristiana era algo que “no se podía improvisar”, que no surge por arte de magia, ni es la consecuencia o suma de la buena voluntad de la gente… Por eso la llamada fue en principio a vivir un proceso catecumenal de tres años, en el que a través de una temática bien planteada fuimos descubriendo los motivos profundos que nos habían llevado allí.

 

Necesitamos ir conociendo también cuál era el Dios de cada uno, en qué Dios creíamos, qué imágenes y vivencias traíamos de Él… Fue entonces cuando nos percatamos de las falsas imágenes de Dios que muchos veníamos arrastrando y hasta qué punto era urgente “convertirnos” al Dios de Jesús.

 

Otro caballo de batalla era la Iglesia… Si de Dios y de Jesús traía cada uno sus propias ideas, ¿qué pensábamos de la Iglesia? ¿quién era y qué era la Iglesia para nosotros?, ¿en qué Iglesia queríamos vivir y qué clase de Iglesia queríamos construir…?

 

A todas estas cosas y algunas más dedicamos tres largos cursos. Acabado el “proceso”, tampoco quisimos precipitar las cosas. Nos dimos tiempo suficiente, porque el paso a la Comunidad, que entre todos tendríamos que diseñar, debía ser una decisión personalmente reflexionada y sopesada.

 

Como era de esperar, ni todos aguantaron todo el proceso, porque descubrieron que lo que se les ofrecía no era lo que realmente buscaban, ni todos los que lo acabamos respondimos al reto comunitario…, aunque sí una mayoría suficiente como para ponernos a trabajar con ilusión nuestro “proyecto”.

 

Nuestro Proyecto

 

Desde el primer momento quisimos ser realistas evitando la “comunidad ideal”.


Partiendo de nuestra realidad y de la lectura reflexionada y compartida de algunos libros, nos centramos en la búsqueda y concreción de “nuestra comunidad posible”. Una comunidad con unos “rasgos y unos gestos” muy concretos, muy nuestros…

 

Nuestros Rasgos

 

Queríamos que fuera, ante todo, “una Comunidad de iguales” y en la que (sin prisas, pero sin pausas,) pudiéramos compartir lo que somos y tenemos. Era nuestro deseo “compartir vida”. ¿Pero qué entendíamos de verdad y qué seguimos entendiendo por “compartir vida”?


Nuestra respuesta fue: Conocernos unos a otros tal y como somos y en profundidad, conocer nuestra realidad de vida familiar, laboral, ocio, estilo de vida en lo económico, en nuestros proyectos y decisiones, dejándonos confrontar en un discernimiento comunitario… Sabiendo que esto conlleva romper las barreras del individualismo y asumir las situaciones personales de cada miembro de la comunidad dentro de un equilibrio.
 

PAUTAS que nos dimos para realizarlo:

 

o        Comunicarnos en verdad y libertad compartiendo lo cotidiano.

o        Estar dispuestos a ejercer y aceptar la corrección fraterna.

o        Dar a conocer nuestras decisiones importantes antes de tomarlas y discernirlas juntos.

o        Comunicación de nuestros bienes, discerniendo, tanto hacia dentro como hacia fuera, el uso de los mismos.

 

GESTOS concretos y espacios que elegimos para poder realizar dichas pautas:

o        En nuestra realidad comunitaria: dentro de las reuniones, en convivencias, ejercicios, espacios de tiempo libre y vacaciones.

 

o        Debemos decir a este respecto que al poco tiempo de formar la Comunidad decidimos vivir juntos, incluidos nuestros hijos, una semana de nuestras vacaciones veraniegas. Experiencia que seguimos realizando desde hace veinticinco años y que siempre ha sido uno de los momentos fuertes y más enriquecedores de nuestra comunidad.

 

o        Celebrar la alegría del encuentro, casi siempre semanal, y los acontecimientos de la vida personal de los miembros.

 

o        Crear un fondo común solidario que haga efectiva nuestra comunicación de bienes.

  

“Comunidad que tuviera como base y referencia constante el Mensaje y la Persona de Jesús”.

 

Compartir “lo que somos y tenemos” cobra sentido para nosotros desde el deseo que tenemos de concordar nuestra vida con el Evangelio y compartir nuestra fe con los miembros de la comunidad. Jesús representa para nosotros el mejor modelo a seguir y, aunque estamos muy lejos de vivir en profundidad el mensaje de las bienaventuranzas, a ello tendemos y en ese intento seguimos empeñados…

 

“Comunidad que no viva para sí misma, sino para los demás”.


Nuestra comunidad no podía encerrarse en sí misma. La buena nueva del amor de Dios y de la Esperanza del Reino que celebramos y compartimos, choca con la cruda realidad de una sociedad injusta e insolidaria dominada por el sistema neoliberal capitalista que no hace sino acentuar la línea divisoria entre países ricos y pobres,. Esta experiencia nos duele y nos impulsa a asumir un compromiso serio en la defensa de las causas de los pobres.

 

Para nosotros estar de parte de los pobres es como estar de parte de Dios; vivir en solidaridad con ellos es como entrar ya aquí a participar en el Reino de Dios, que es reino de pobres y para pobres; hacer nuestra su causa es hacer nuestra la causa de Jesús.

 

Estos han sido y siguen siendo los objetivos básicos de nuestra comunidad a los que volvemos cada año al programar el curso. Si decía al principio que “una comunidad no se improvisa”, después de veintiséis largos años de intentarlo, seguimos constatando que “tampoco se acaba nunca de vivir como realmente nos gustaría” y que hay que volver a las raíces para revisar, evaluar y reforzar aquellos aspectos o valores comunitarios que el tiempo, la rutina o nuestros propios defectos y limitaciones, hacen que se vayan desfigurando…

Después de lo expuesto anteriormente, me gustaría destacar ahora algunas cosas que considero parte de nuestros logros comunitarios:

1)

El valor de la vida comunitaria en sí misma. Considero un don de Dios el que nos haya llamado a vivir esta experiencia y que a pesar, incluso de nuestros propios defectos, sigamos empeñados en hacer visibles los valores comunitarios como uno de los objetivos prioritarios de nuestra vida.

 

Creo que ese feliz empeño –algo habrá tenido que ver Dios en ello- y el sentido de pertenencia que se ha ido desarrollando en nosotros, ha hecho que nuestra Comunidad sea para nosotros como “tierra sagrada”… a la que tenemos que mimar y acceder con los pies descalzos, porque es donde Dios se nos manifiesta y nos muestra el camino que debemos seguir en la tarea de construir y vivir los valores del Reino en fraternidad.

 

2)

La Comunidad ha hecho posible que cada uno haya redescubierto su propio don, su carisma. Con el tiempo hemos ido comprendiendo que ejercer el propio don poniéndolo al servicio de los demás, era el mejor modo de construir la Comunidad, pues si todos éramos imprescindibles para el crecimiento y buen funcionamiento de la misma, debíamos estar convencidos de que los demás tenían necesidad de conocer el carisma de cada uno, lo mismo que tenían derecho a experimentar cómo lo ejercíamos…


Esto que parece tan obvio, no es tan fácil de aceptar cuando son los demás los que descubren en ti algo en lo que uno mismo quizá no había pensado nunca. Puede haber dones que sorprenden… Y no fue difícil descubrir que hay…

o        quien tiene el don de sentir y vivir con más solicitud el sufrimiento de los otros.

o        quien tiene el don de percibir cuando algo va mal y puede poner enseguida el dedo en la llaga

o        quien ve más claro en lo que atañe a las opciones fundamentales de la comunidad

o        quien tiene el don de animar y crear una atmósfera propicia a la alegría, al descanso y al crecimiento de cada uno

o        quien tiene el don de la acogida…

 

Cada uno redescubrimos nuestro propio don y todos nos sentimos llamados y urgidos a ejercerlo para bien y crecimiento de la comunidad.

 

3)

La Comunidad nos ha permitido vivir la experiencia enriquecedora del perdón y de la aceptación fraterna. Nuestra comunidad no sólo ha tenido gozos y esperanzas. También hemos pasado por momentos de dolor -cuando se ha desgajado alguno de sus miembros- o cuando hemos tenido que poner sobre la mesa comunitaria algún desencuentro entre hermanos…

 

Aunque posiblemente no sea deseable, no es malo experimentar que somos una mezcla de luz y tinieblas, de cualidades y defectos, de amor y desamor, de madurez e inmadurez… Porque cuando se clarifican las causas de esas tensiones mediante un serio discernimiento comunitario y se las lleva a la oración comunitaria para que sea el Señor quien las juzgue, acaban siendo motivo de encuentro y de reconciliación.

 

Se ha dicho que la relación entre personas no es auténtica y estable si no se funda en la aceptación de las debilidades, el perdón y la esperanza de un crecimiento… Pues os puedo asegurar que en la vida comunitaria, el roce con los hermanos, el contraste de pareceres, los propios egoísmos, nos han permitido experimentar y vivir el perdón como un auténtico don de Dios.

 

Si decimos que el punto álgido de la vida comunitaria es la celebración, podemos decir con la misma convicción que su corazón es el perdón y la vivencia del amor mutuo.

 

4)

La Comunidad nos ha llevado a hacer nuestra la causa de los pobres. Os comentaba antes que, queriendo ser realista, tuvimos que renunciar a muchas utopías y sueños comunitarios, tales como vivir juntos, poner nuestros sueldos en común, etc., etc. Pero a lo que no renunciamos nunca es a vivir siempre de cara al mundo de los empobrecidos y a asumir como nuestras sus propias causas.

 

No somos como la viuda del evangelio que entra en el templo y da lo que necesita para comer… Pero tampoco hemos sido nunca de los que miran para otro lado ante el samaritano herido o dan un rodeo para no encontrarse en el camino… Y esto es ¡el milagro de la comunidad en cada uno de nosotros!

 

Siendo conscientes de que damos de lo que nos sobra, hemos experimentado el gozo de que, privándonos de algunas cosas lícitas y no engrosando nuestras cuentas bancarias, con nuestro Fondo Común Solidario se ha podido repetir el milagro de la multiplicación de los panes y los peces….

 

De esto saben mucho algunos proyectos solidarios de Granada (Nicaragua), San Salvador, India, la diócesis de Dapaong en Togo, la Casa de Acogida de Niños sin familia en Lamu (Kenia), Alternativa en Marcha y Acope aquí en Madrid, por citar algunos más recientes…

 

Si menciono todo esto, no es porque nos creamos especiales o porque pensemos que hacemos algo fuera de lo normal. Es simplemente, porque conviene recordarnos que, aunque parezcan parches, podemos ayudar a solucionar muchos problemas, ¡simplemente con lo que nos sobra!

 

Pero lo más importante, es que acercándonos a los pobres mediante estos gestos y mezclándonos con ellos en sus organizaciones, sentimos que “los pobres nos evangelizan”, (no en vano son ellos sacramento de la presencia de Dios) obligándonos a revisar nuestras actitudes evangélicas; y su cercanía nos enriquece, porque descubrimos en ellos su gran dosis de esperanza, sus luchas por salir de situaciones esclavizantes y su alegría y ganas de vivir a pesar de las carencias y necesidades que padecen.

 

5)

La Comunidad nos ha permitido optar por un tipo de Iglesia diferente. Nuestra apuesta ha sido siempre por una Iglesia abierta, participativa, autocrítica, corresponsable y democrática. Una Iglesia donde todos sus miembros formemos la Gran Comunidad de Hermanos sin que nadie se sienta excluido o condenado


Por eso y porque no queríamos encerrarnos en el ámbito parroquial, nos vinculamos desde el principio a realidades eclesiales como “Iglesia de Base de Madrid”; no sólo porque es un enriquecimiento para nosotros, sino porque sentimos la obligación de colaborar a que la voz de los seglares tenga alguna resonancia dentro de la Iglesia y de la Sociedad, por lo menos como “Otra voz distinta” de la “oficial”.

 

Más tarde nos unimos también a la “Corriente Somos Iglesia”, como actualmente a “Redes Cristianas”, pues lo mismo que creemos necesario un cambio en nuestra Iglesia, también pensamos que es  deber nuestro ayudar “desde dentro” a que dicho cambio se convierta algún día en gozosa realidad.

 

Al releer lo escrito y volver la vista a mí mismo y a los miembros de mi propia comunidad, me quedo sorprendido de la cantidad de cosas que se nos quedan en el camino. Quizá por eso la Comunidad sea un proyecto inacabado y siempre mejorable, como lo somos las personas que lo intentamos vivir.

 

Soy consciente de que es difícil transmitir las vivencias y experiencias que vivimos los que tenemos la suerte de pertenecer a alguna comunidad cristiana. En cualquier caso doy gracias a Dios por el don de la comunidad y, a pesar de estar viviéndola tan pobremente, confío que, lo mismo que me ha ayudado a crecer junto a mis hermanos, me permita envejecer en su seno, empeñado en seguir construyéndola y haciéndola visible en nuestra Iglesia.

 

Salvador Mendoza 

Publicado en Alandar