CÓMO SE HACE UN SANTO
Reciente aún la beatificación de 498 mártires de la
guerra civil española, mucha gente habla de santos y
canonizaciones. Algunos dicen que hacer un santo cuesta
un dineral, otros aseguran que eso de los santos no está
claro y otras lindezas por el estilo. Vendrá bien
aclarar algunas cosas.
En los primeros siglos de la Iglesia, la decisión de
venerar a un difunto con culto público no dependía de
ningún poder eclesiástico. Los cristianos veneraban
espontáneamente a sus mártires. Y lo mismo se hizo más
tarde con las buenas personas que en una región
determinada la gente las tenía por santas. Es decir, a
las santas y santos los proclamaba el pueblo, no el
papa.
Hay que esperar hasta el año 993 para que el papa Juan
XV declarara santo a san Ulrico. Pero incluso después,
los cristianos de a pie seguían designando como santos a
quienes popularmente se tenían como personas ejemplares.
A partir de 1171, el papa Alejandro III prohibió a los
obispos la designación de santos “sin la autoridad de la
Iglesia Romana”. O sea, hasta el siglo XII Roma no se
reservó el privilegio de canonizar a los cristianos.
¿Por qué el papado tomó esa decisión?
Esta historia es compleja. Pero en ella hay cosas que
están claras. Un santo es un difunto. Pero sabemos que
no todos los difuntos tienen la misma consideración. No
es igual si el difunto era rico o pobre, si en vida fue
famoso o desconocido, si era de derechas o de
izquierdas, si se murió (sin más) o fue asesinado.
Si el asesino era de derechas, es probable que en la
Iglesia se vea al muerto como un “revolucionario”; pero
si el asesino era de izquierdas, entonces tenemos un
“mártir”. Y si el asesino es un terrorista, el muerto es
una “víctima”, que puede ser interesante para el PP o
para el PSOE según los casos.
Este desvergonzado uso de los muertos no es cosa de
ahora. Por supuesto, la necesidad de recurrir a Roma
para canonizar a un difunto fue presentada como algo
necesario para asegurar la pureza de la fe y el
esplendor del santo en cuestión. Pero en todo esto
influyeron otros motivos. Un santo “bien aprovechado”
puede ser una mina: las peregrinaciones, las reliquias,
los milagros, las indulgencias han sido siempre, y
siguen siendo, una fuente importante de ingresos.
Por eso ha pasado lo que ha pasado.
Por ejemplo, el decreto de Alejandro III estuvo motivado
por la pretensión de dar culto público a un individuo
que había sido un vicioso (“Decretalium” III, 45, I.
Friedberg, II, 650).
Eugenio III canonizó en 1146 al emperador Enrique II de
Baviera en un momento en que a Roma le interesaba
proponer un modelo de emperador piadoso y sumiso a la
Santa Sede. Por el contrario, Alejandro III canonizó en
1173 a Tomás Becket, lo que fue tanto como elevar a los
altares a un obispo rebelde a la autoridad real, cosa
que convenía a Roma.
Más significativo es el caso de san Gregorio VII. Este
santo murió en 1085, pero no fue canonizado hasta 1728
por Benedicto XIII, cuando el papado quería hacer
comprender a los galicanos cuál era su opinión sobre los
derechos de la Santa Sede, el rasgo que más distinguió
al papa Gregorio VII.
Pero, si fuertes han sido los intereses políticos en las
canonizaciones, más lo han sido los intereses
económicos. En 1966, dos sociólogos norteamericanos, K.
y Ch. George, publicaron en Nueva York un minucioso
estudio según el cual, de 1938 casos examinados de
santos canonizados hasta entonces, el 78 % pertenecieron
a la clase alta, el 17 % a la clase media y sólo el 5 %
a la clase baja (“Roman Catholic Sainthood and Social
Status”, en “Bendix and Lipset: Class Status and Power,
Social Stratification in Comparative Perspective”, New
York 1966, 394-402).
Quizá en este dato sorprendente pudo influir, en otros
tiempos, la tendencia de los grupos marginales a dar más
importancia a los hechos de los más distinguidos
socialmente. Pero la verdadera causa de un desequilibrio
tan escandaloso está en que hacer un santo cuesta mucho
dinero. Y se sabe que los costos de las beatificaciones
y canonizaciones se han disparado en las últimas
décadas.
En el pontificado de Pablo VI, la Provincial de unas
monjas me dijo en Roma que estaba escandalizada de lo
que les había costado la canonización de su santa
fundadora: la Superiora General tuvo que vender “varias
fincas” para pagar el largo proceso, las ceremonias en
Roma, los festejos, las peregrinaciones y un boato de
solemnidades que hubieran indignado a la santa
canonizada.
Hay una Orden Religiosa, los monjes cartujos, que no
suelen mover ni un dedo para conseguir que un difunto de
esa Orden llegue al honor de los altares. Y ellos suelen
decir, para explicar esta conducta, que “para tener un
santo cartujo, un cartujo tendría que dejar de ser
santo”.
Porque, según parece, las complicadas y costosas
gestiones que requiere una canonización no son el mejor
camino para conseguir aquello que se pretende ensalzar.
En cualquier caso, parece razonable decir que Roma
debería replantear sus criterios y procedimientos en
todo este asunto de las beatificaciones y
canonizaciones. Para que en ellas esté más presente el
Evangelio y lo que en el Evangelio está presente: los
que sufren, los excluidos, los pobres, los perseguidos.
Sueño con ver un día la plaza de San Pedro abarrotada de
este tipo de gentes celebrando la canonización de uno de
ellos. Sería la fiesta de los “nadies”. Como tenemos el
día de los “santos” o el de los “difuntos”. ¿Veremos
algún día una Iglesia en la que de verdad los “últimos”
sean los “primeros”?
José M. Castillo
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