CARTA AL SUCESOR DE PEDRO
Hermano Pedro: es muy de agradecer que un papa pronuncie
los elogios de la razón que venimos oyéndote, así como
el reconocimiento hecho a J. Habermas de que puede haber
–y hay– unas patologías de la religión; y la oferta del
cristianismo como síntesis entre la razón humana y esa
relación del hombre con el Trascendente a la que
llamamos fe.
Cuando leo agradecido esas palabras, temo caer en aquello
del Evangelio de ver la irracionalidad en el ojo ajeno y
no ver la sinrazón en el propio. Me atrevo por eso a
presentar algunas sinrazones que me parece percibir en
nuestro catolicismo actual.
1.
No es racional la falta de procedimientos
democráticos en la Iglesia de hoy.
Sabes que, cuando Bellarmino defendía al papado contra los
protestantes, se apoyaba en argumentos de razón y no en
los textos revelados: la monarquía (pensaban entonces)
es el sistema más racional; es así que Dios quiere lo
mejor para su Iglesia. Luego…
Mucho antes de Bellarmino, las iglesias primeras fueron
estructurán-dose en torno a los ancianos (eso significa
la palabra griega presbíteros). Entonces, cuando la vida
era más corta, los ancianos representaban la
experiencia; por eso parecía que la manera más racional
de estructurar un grupo era en torno a los que hoy
llamaríamos expertos. Lo mismo pensaba la sociedad
civil, como muestra la palabra senadores (derivada de
seniores que es la traducción latina del griego
presbíteros).
Hoy en día hemos progresado algo, y estamos convencidos de
que, pese a sus lastres y defectos, la democracia es el
modo más razonable de estructurar una sociedad. No
constituye pues buen testimonio la falta de democracia
en nuestra Iglesia, por más que el autoritarismo sea más
cómodo.
También en este punto sería fácil atisbar la síntesis entra
la razón y el evangelio (remito a Lucas 22: vosotros no
procedáis como los poderes autoritarios de las
naciones).
2. No
parece señal de racionalidad el lugar que ocupa la mujer
en la Iglesia.
Algún filósofo de la historia dijo que una civilización se
mide por el lugar que en ella ocupa la mujer. No creo
que nuestra iglesia dé aquí un testimonio de aprecio a
la razón. Ni hacemos un servicio a Dios cuando lo
presentamos como salvaguarda de esta situación
irracional nuestra.
Porque también en este punto sería fácil encontrar la
síntesis entre lo que parece decirnos la razón y lo que
dice el Nuevo Testamento, que va mucho más lejos (Gal
3,28: “en Cristo Jesús” no hay distinción entre varón y
mujer).
3.
Tampoco es racional valorar más la costumbre acrítica
que el uso de la sensatez, en la configuración de las
comunidades.
Muchos cristianos conocen esta anécdota de tu pontificado:
a poco de ser elegido criticaste la costumbre de nombrar
obispos como premio de ascenso, por unos servicios
prestados. Reivindicabas que el concilio de Calcedonia
(ya en el s. V) prohibió que se nombraran pastores sin
rebaño. Como puesta en acto de este criterio destinaste
a Cracovia al antiguo secretario de Juan Pablo II, a
quien éste había hecho obispo para agradecerle sus
servicios.
Hasta aquí perfecto. Pero poco después, la curia romana te
obligó a consagrar obispos a tres monseñores que habían
accedido a un cargo, no de responsables de una iglesia
concreta, sino de gestión en la burocracia curial. Se te
arguyó que era una venerable tradición de la Iglesia…
Pero queda la duda de si a esa tradición de nombrar
gobernadores de ningún lugar se la debe llamar venerable
o irracional.
Si uno lee las palabras de Jesús en Mt 15 (“quebrantáis la
voluntad de Dios por aferraros a vuestras tradiciones”)
encontraríamos otra vez que la razón y la fe se abrazan.
Podría seguir con otros ejemplos.
El tema de los milagros para las canonizaciones no parece
funcionar según los dictámenes de una razón serena sino
de otros intereses.
La frase de que los hábitos o el vestido talar son una
señal de trascendencia suscita la sospecha de si no
estaremos confundiendo lo transnacional con lo
irracional o incluso lo estrafalario… También aquí la
razón y la fe podrían encontrarse con facilidad, si nos
decidiéramos a ser más sensatos y más creyentes.
Pero no hay espacio para más, y quiero terminar con una
anécdota.
Hace unos veinte años la Iglesia era, según las encuestas,
la institución con más crédito en Brasil. Se degolló a
la teología de la liberación (calumniándola de marxista
cuando, a lo más, tenía dos o tres mechas de marxismo),
se decapitaron las comunidades de base (calumnián-dolas
de iglesia paralela cuando sólo eran críticas con la
institución eclesial), se descafeinó a casi todo el
episcopado brasileño, y se apagó la mecha humeante de
muchas liturgias que intentaban ser inteligibles y
celebrativas. Hoy asistimos a un declive de la Iglesia
en Brasil y, en lugar de reconocer la propia culpa
romana, se acusa a los brasileños de no evangelizar…
¡Hombre!
Por eso es un ejemplo a agradecer tu valentía para
rectificar lo que dijiste allí de que la evangelización
de América Latina no supuso maltrato ni crímenes contra
los indios. Desgraciadamente los supuso: tanto que un
obispo de Tucumán pedía a los jesuitas fundar unas
reducciones “para mantener a los indios lejos de los
maléficos ejemplos de los blancos”. Sí que tuvo la
Iglesia una pléyade de defensores de los indios (Las
Casas, Valdivieso, Vasco de Quiroga y otros muchos),
maltratados por poderes oficiales, políticos y
religiosos. Gracias, pues, por haber sabido rectificar.
Es una prueba más de que la falta de miedo nos lleva a
la verdad y ésta nos hace libres.
J.
I. González Faus
La
Vanguardia
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